Capítulo 2
CHIARA CARUSO
Habían pasado quince días desde la última paliza que mi madre y mi padrastro tanto disfrutaban dándome.
Por suerte, si es que podía llamarlo así, él no había participado aquella vez porque estaba de viaje por encargo del don.
Pero unos días después entró en mi habitación, en plena noche.
Su visita no fue tan inesperada como me habría gustado y confirmó lo que ya sabía: no pensaba dejar pasar lo que había averiguado.
Todavía se me erizaba la piel y se me revolvía el estómago al recordar cómo me acarició la cara sin que yo lo quisiera y me habló muy cerca del oído.
—Tu madre me ha contado lo que has estado haciendo con ese mocoso que se cree rico. Espero que no hayas olvidado nuestros planes, ragazza. De lo contrario, desearás haberte casado con ese maldito cuando descubras todo lo que pienso hacerte.
—Jamás permitiré que me pongas un dedo encima —gruñí, conteniendo el impulso de golpearlo allí mismo. No podía descubrir de lo que era capaz. Todavía no.
Federico soltó una risa repugnante y, de pronto, me aprisionó contra su cuerpo con todas sus fuerzas.
Me sujetó los brazos por encima de la cabeza, dejando más expuesta la camisola corta que llevaba aquella noche.
La forma en que miraba mi pecho a través de la tela me llenó de asco.
Rogué al cielo que no cumpliera sus amenazas y recordara el maldito plan.
Al fin y al cabo, aquel plan había sido mi salvación durante los últimos años.
—Sabes muy bien por qué aún no he hecho contigo todo lo que me gustaría, ragazza[6]. Pero, en cuanto te cases con ese desgraciado, nada me impedirá cumplir mis deseos con mi querida hijastra.
Antes de poder contenerme, le escupí a la cara, incapaz de ocultar el asco que sentía por él. Podía ser más fuerte que yo, pero jamás me sometería sin luchar.
—¡Maledetta[7]! —gruñó al darse cuenta de lo que había hecho.
Antes de que pudiera liberar los brazos, que ahora me sujetaba con una sola mano, me asestó un puñetazo en la mandíbula.
El golpe me dejó aturdida durante unos instantes—.
No vuelvas a atreverte a hacer eso. Si lo haces, me olvidaré de esta mierda de venganza y te daré una buena lección.
Me soltó y oí cómo daba un portazo al salir, sin importarle que mi madre descubriera que había estado en mi habitación. Me llevé las manos a la mandíbula y el dolor se extendió por toda mi cara. Antes de que pudiera contenerme, rompí a llorar.
Los odiaba. Tal vez incluso más que al propio don por lo que le habían hecho a mi padre.
Mi madre y mi padrastro alimentaban aquel odio día tras día, y cada vez me costaba más reprimir el impulso de defenderme.
Pero aún no podía mostrarles todo lo que llevaba años practicando a escondidas.
Federico podría matarme y no sabía si sería capaz de impedirlo.
Entonces utilizarían a mi hermana para sus propósitos.
Solo imaginar que él pudiera hacerle las mismas cosas horribles que me hacía a mí me hervía la sangre.
Cuando hablaba con Genevive, siempre me decía que él apenas le dirigía la palabra y que nunca le había puesto una mano encima.
Eso me aliviaba, aunque también me intrigaba su obsesión conmigo.
Tampoco entendía la absoluta falta de afecto de mi madre hacia mí.
Con Genevive no era así. No es que se mostrara cariñosa, pero al menos no la golpeaba sin motivo.
Claro que Genevive era discreta, a diferencia de mí, la oveja negra de la familia.
Aunque conocía los planes que tenían para mí, no renunciaba a hacer lo que me gustaba en los pocos momentos en que podía.
Vitto era uno de ellos. Sabía que nunca debería haber empezado aquella relación y que no podría tener un final feliz a su lado, a menos que aceptara huir con él como me había propuesto en nuestro último encuentro.
Pero no sería capaz de abandonar a mi hermana en la boca del lobo.
Suspiré mientras me tumbaba con el vestido negro y ajustado puesto bajo la camiseta del pijama, por si alguno de ellos entraba a comprobar que ya me había dormido.
No solía ocurrir. Por lo general, mi padrastro me visitaba cuando había hecho algo que le disgustaba o cuando le apetecía provocarme.
Mi madre pasaba por mi habitación hacia las diez de la noche para asegurarse de que todo estuviera ordenado y de que yo ya durmiera.
Conocía muy bien a la hija que tenía y quería impedir que hiciera algo que pusiera en peligro sus objetivos.
Ese era el único motivo por el que se acercaba.
Nunca entraba para darme las buenas noches, besarme o desearme dulces sueños.
Cuando oí sus pasos aproximarse, cerré los ojos y recé para que se limitara a mirar desde la puerta, como de costumbre.
Escuché girar el picaporte. Aunque mantuve los ojos cerrados, percibí que estaba observando la habitación.
Dio unos pasos hacia dentro y tuve que esforzarme por no demostrar que seguía alerta, despierta.
Oí cómo se alejaba y cerraba la puerta. Por fin respiré aliviada. Noté que había echado la llave, pero no me importó: no pensaba salir por allí.
Esperé hasta que dejé de oír ruidos cerca. Entonces me levanté y terminé de maquillarme, cubriendo el leve moratón que todavía tenía en la mandíbula por el puñetazo de mi querido padrastro.
Me delineé los ojos de negro para destacar su tono verde y terminé con un poco de colorete y un pintalabios rojo intenso.
Me solté el pelo y lo eché hacia un lado hasta que me gustó cómo quedaba. Después cogí mis botines de cuero negro, de tacón fino y unos diez centímetros de altura. El cuero estaba trabajado y, en la parte delantera, unas piedras brillantes formaban una hoja. Eran perfectos para la ocasión.
Observé el encaje que remataba mi vestido negro, cuyo bajo me llegaba hasta la mitad de los muslos. Me encantaba cómo me quedaba. Aquella noche me sentía sensual y quería arrancarle más de un suspiro a Vitto cuando me viera.
Cogí la cuerda en la que había hecho varios nudos grandes para facilitar la bajada y la subida.
Mi habitación estaba en la segunda planta.
Abrí la ventana con cuidado para no hacer ruido y miré los tres metros que me separaban del suelo.
La adrenalina se mezcló con las ganas de disfrutar un poco después de pasar quince largos días encerrada por la paliza que me había dado mi madre.
Me había dejado el cuerpo lleno de marcas y cortes con el cable que utilizó para azotarme.
Y, como si eso no bastara, mi padrastro me había amenazado y golpeado.
Necesitaba salir; si pasaba un minuto más en el infierno de aquella casa, acabaría volviéndome loca.
Comprobé que no hubiera ningún guardia de seguridad en aquella parte del jardín.
Tiré la cuerda y lancé los botines al suelo dentro de un bolso.
Luego me senté en el alféizar, agarré con firmeza la cuerda que había atado a uno de los pilares de mi habitación y empecé a bajar con cuidado para no caerme sobre el césped.
Vi a lo lejos el coche de mi amiga, aparcado en la calle lateral que daba a mi habitación, y corrí hacia él todavía descalza.
Desactivé la alarma de la pequeña verja y la abrí con mi llave.
En cuanto llegué a la acera, Giana abrió la puerta del copiloto.
Me metí en el coche y ella aceleró para que nos alejáramos antes de que notaran mi ausencia.
—Dio mio[8], todavía no me acostumbro a tus escapadas. Siempre temo que te pillen —comentó Giana, tratando de recuperar el aliento mientras yo me reía y me ponía los botines.
—Si me pillaran, me darían otra paliza. —Me encogí de hombros, fingiendo indiferencia, y me abroché el cinturón—. Nada a lo que no esté acostumbrada.
Por el rabillo del ojo vi cómo mi amiga encogía los hombros, angustiada por mi situación.
Pero no había mucho que hacer, y ella lo sabía tan bien como yo.
Escapar de una familia de mafiosos no sería fácil.
Tenían contactos, y Federico utilizaría todos los recursos a su alcance para encontrarme si decidía huir.
—¿Vitto va a reunirse con nosotras allí? —preguntó, cambiando de tema. Se lo agradecí en silencio.
Cogí el móvil para comprobar si tenía algún mensaje suyo y lo que encontré me decepcionó.
Vitto: Perdona, gatita. Sigo atrapado en la cena que ha organizado mi padre. No podré ir a verte.
Intentaba no comportarme como una novia celosa y paranoica, pero sentía que Vitto se estaba alejando de mí desde nuestro último encuentro.
Apenas me escribía y, cuando respondía a mis mensajes, lo hacía con pocas palabras.
Durante aquellos quince días casi no me había llamado.
Ahora que por fin podíamos vernos, tenía la impresión de que utilizaba otra cena como excusa para evitarme.
Tal vez fueran imaginaciones mías, pero algo me decía que se había cansado de mí.
Noté que las lágrimas amenazaban con acumularse en mis ojos, pero no dejé que cayeran. Miré mi vestido perfecto y pensé en el efecto que habría causado en Vitto. Sabía cuánto le gustaba verme con los labios rojos, pero no iba a permitir que aquello me arruinara la noche.
Aquella noche era mía. Era mi oportunidad de escapar por unas horas, divertirme y ser una chica normal de dieciocho años. No permitiría que Vitto ni nadie la estropeara. Quince días atrás solo habíamos aplazado la celebración, no la habíamos cancelado, y su ausencia no iba a impedirme disfrutarla.
Miré a mi amiga, me obligué a sonreír y recordé que aún no le había respondido.
—Estaremos solo nosotras dos. ¡Noche de chicas!
Giana se dio cuenta de que intentaba no venirme abajo por el plantón de mi novio. Fingió celebrarlo con un grito de entusiasmo y yo le seguí el juego.
***
El Club Paradiso era deslumbrante: contemporáneo, moderno y elegante a la vez. Parecía llenarse un poco más a cada minuto mientras esperábamos nuestras bebidas en una de las barras.
Había pequeñas tarimas de pole dance repartidas por la discoteca.
Las bailarinas no llevaban más que un tanga y unas pequeñas máscaras del mismo color.
Sus movimientos eran tremendamente sensuales y me alegré de que Vitto no hubiera venido.
No me habría gustado ver el deseo en sus ojos mientras observaba a aquellas mujeres bailar a pocos metros de mí.
Por un instante me pregunté cómo sería bailar así en privado. Creía que se me daría bien. Quizá algún día pudiera aprender.