Capítulo 1 #2
—¡Feliz cumpleaños, gatita! —dijo Vitto, poniendo fin a nuestros besos con un largo roce de labios. Sonreí, satisfecha. A excepción de él, mi amiga Giana y mi hermana Genevive, nadie más me había felicitado, algo a lo que, sinceramente, ya estaba acostumbrada—. ¡Te he traído un regalo!
—Ya te dije que no tenías que molestarte... —Intenté protestar, pero no me dejó terminar.
—Y yo ya te dije que eso ni se discute.
Puse los ojos en blanco, aunque su gesto me había conmovido. Vitto cogió la mochila que había dejado cerca y sacó una cajita de terciopelo negro. La abrió delante de mí y descubrí un collar de oro blanco precioso y extravagante.
—Vaya, es precioso —comenté sin saber muy bien qué decir.
Lo era, pero no se trataba de un collar que yo llevaría.
Resultaba demasiado llamativo para una chica que acababa de cumplir dieciocho años.
Podría ponérmelo en una gala o incluso en aquel maldito baile, me recordó mi mente, pero no habría sido mi elección.
Aun así, agradecía que hubiera querido complacerme—. Gracias.
—Me encantaría verte llevándolo... y nada más. —Abrí mucho los ojos al comprender lo que quería decir y me quedé sin palabras—. Tranquila, gatita. Estoy bromeando...
Solté una risita por la nariz, entre aliviada y frustrada, porque sabía que no bromeaba.
Vitto insistía cada vez más en que diéramos otro paso en nuestra relación y, aunque yo también lo deseaba, todavía me sentía insegura.
Además, no podía hacerlo sin echar por tierra todos los planes de mis padres.
Se esperaba que llegara virgen a la noche de bodas, si es que aquel matrimonio acababa celebrándose.
—Vitto, sabes que no puedo dar ese paso, por mucho que quiera —intenté explicarle una vez más.
—¿Y si nos fugamos? Podríamos irnos muy lejos, a un lugar donde nadie de la mafia te presione para casarte con alguien a quien no amas.
Estaríamos tú y yo, nada más. Tenemos miles de filiales repartidas por todo el mundo.
Seguro que a mi padre no le importaría que me hiciera cargo de alguna; de hecho, estaría encantado de que por fin cediera en ese asunto.
Respiré hondo. La frustración se mezcló con las ganas de hacer una locura y pensar en mí por una vez en la vida.
—No tienes que responder ahora —añadió Vitto, interrumpiendo mis pensamientos—. Pero la propuesta sigue en pie, por si quieres huir conmigo.
—Sabes que es lo que más deseo. Odio la idea de tener que casarme con alguien a quien no amo, y menos aún con él...
—No pude ocultar el asco al pronunciar aquella última palabra—.
Pero no puedo ser egoísta. Tengo que pensar en mi hermana.
No quiero imaginar que tenga que ocupar mi lugar en los planes de mi madre. No es más que una niña.
Vitto guardó silencio durante un rato. Cuando la falta de conversación empezó a resultar incómoda, se aclaró la garganta y dijo:
—Esta noche no podré ir a la discoteca con vosotras.
Giana me había convencido de ir al Club Paradiso, aunque, a decir verdad, no había necesitado muchos argumentos.
Mi madre y mi padrastro no se enterarían: les diría que iba a dormir en casa de mi amiga, algo que, por algún milagro divino, mi madre permitía de vez en cuando.
Después iríamos a celebrar mi cumpleaños.
Había invitado a Vitto en cuanto hicimos el plan, así que saber que no vendría me desanimó.
—¿En serio? Pensé que podríamos disfrutar de la noche juntos...
—Disfrutar de la noche... —Soltó una risa breve y frustrada. Percibí la ironía en aquellas pocas palabras—. Dándonos unos besos y unos magreos, como siempre.
Suspiré, frustrada, sin saber qué decirle para pedirle una paciencia que sabía que se le estaba agotando.
—Vitto... Por favor, intenta entenderme.
Miró el reloj de oro que llevaba en la muñeca.
—Tengo que irme. Mis padres han organizado una cena de negocios y no puedo llegar tarde.
Así que ese era el motivo por el que faltaría a la celebración de mi cumpleaños. Asentí, decepcionada, sin mucho que responder.
—Va bene, yo también tengo que prepararme.
Me dio un beso rápido, con mucha menos pasión que al llegar, y me acompañó hasta la entrada de la casa abandonada. No podíamos salir juntos y arriesgarnos a que nos vieran. Para mí sería una auténtica tragedia.
—Si cambias de opinión, avísame —comentó sin creer que fuera a hacerlo. Al ver que guardaba silencio, resopló y se alejó sin molestarse siquiera en despedirse.
Me quedé mirándolo mientras se marchaba a grandes zancadas, con las manos metidas en los bolsillos delanteros del pantalón. Sabía que lo estaba perdiendo y que no podía hacer nada para cambiarlo.
Regresé despacio, pensando en todo lo ocurrido durante nuestro breve encuentro. No tenía ninguna gana de volver al infierno al que llamaba hogar, y menos después de comprobar que la paciencia de Vitto conmigo se agotaba. Las ganas de ir a la fiesta con Giana también se habían evaporado.
Pero, si ya tenía pocas ganas de salir, al entrar en casa y encontrar a mi madre mirándome con todo el desprecio que sentía por mí, supe que la noche se había ido al traste.
A su lado estaba mi despreciable primo Alexandre, hermano de Leonardo, con esa sonrisa maliciosa que siempre aparecía en su hermoso rostro cuando me veía.
—¿No te he dicho ya que te alejes de ese chico? ¡Hoy voy a darte una paliza como nunca! —Me estremecí ante su amenaza. Ya me habían dejado inconsciente a golpes otras veces de tanto pegarme—. La próxima vez que se te ocurra verlo, recordarás las consecuencias.
Alexandre se apartó de mi madre con una sonrisa aún más amplia. Al pasar junto a mí, me golpeó el hombro a propósito. Lo fulminé con la mirada, consumida por la rabia.
—Feliz cumpleaños, prima —me susurró al oído antes de salir dando un portazo. Me dejó a solas con mi madre, que sostenía un cable de cobre entre las manos.