Capítulo 1
CHIARA CARUSO
¡Dieciocho años!
No sabía si alegrarme o entristecerme por haber llegado al 10 de abril y, con él, a la mayoría de edad.
Una parte de mí se sentía satisfecha. Si quisiera, podría recoger mis cosas, buscar trabajo o casarme con Vitto, mi novio —aunque aún no hubiéramos hecho pública nuestra relación—, y seguir con mi vida lejos de aquella familia de mierda.
Por desgracia, mi vida distaba mucho de ser un camino de rosas.
Se parecía más a un día de lluvia interminable, con tormentas una detrás de otra.
Deseaba que el sol apareciera en algún momento y trajera un poco de luz y calma.
Pero cada vez me parecía menos probable.
Si era sincera, estaba perdiendo la esperanza de que algún día ocurriera.
Lo que me llenaba de desesperación al alcanzar aquella edad tan deseada, al menos por la mayoría de los adolescentes normales, era saber lo que me aguardaba a partir de ahora. La venganza.
Yo era la esperanza de mi madre para llevar a cabo, por fin, su venganza contra los Lucchese.
Eran la familia al frente de la Cosa Nostra, la mafia más poderosa de Estados Unidos e Italia, comandada entonces por Matteo Lucchese, nuestro capo o don, como solían llamarlo.
¿Y qué tenía que ver yo con aquella maldita familia?
Muy sencillo: mi madre quería utilizarme como moneda de cambio y concertar mi matrimonio con el propio don.
Ya había intentado, a través de mi padrastro —a quien odiaba con todas mis fuerzas—, llegar a un acuerdo para casarnos.
Pero, al parecer, Salvatore Lucchese, el padre de Matteo y don por aquel entonces, permitía que su hijo eligiera a una mujer que le interesase, siempre que cumpliera los requisitos de la mafia. Por eso no pensaba obligarlo a nada.
Sin embargo, si ninguna mujer lograba despertar algo en su corazón de hielo antes de que cumpliera treinta años, Matteo perdería el derecho a elegir y tendría que casarse con Elisa Moretti.
Hasta donde sabíamos, los líderes del consejo de la mafia no estaban dispuestos a permitir que siguiera siendo aquel soltero irresponsable.
No es que fuera irresponsable con sus deberes como don.
Todo lo contrario: Matteo Lucchese había conseguido ganarse la confianza de todos —o, mejor dicho, infundirles miedo— en menos tiempo que su propio padre.
Lo había logrado con su frialdad, sus retorcidos métodos de tortura y su olfato para expandir los negocios más allá del tráfico de drogas, hacia la fabricación y venta de armas.
Sí, aquel hombre parecía una máquina para los negocios.
Por eso, todo el consejo había aceptado la propuesta de su padre de esperar hasta que Matteo cumpliera treinta años.
Pero el plazo estaba a punto de agotarse: solo faltaban tres meses.
Mientras tanto, él seguía disfrutando de la vida con quien quería y como le daba la gana, sin preocuparse por lo que pensaran o dijeran de él.
Sinceramente, dudaba que obedeciera a su padre si no encontraba a alguien que le interesara.
No parecía tener muchas ganas de cumplir aquella parte del acuerdo.
Y, en el fondo, deseaba que no lo hiciera.
Lo odiaba. Odiaba a su familia mezquina, que se creía superior a todo el mundo y trataba a sus subordinados como si solo existieran para servirlos y protegerlos de las mierdas que ellos mismos provocaban. Por no hablar de las drogas que fabricaban y vendían, destruyendo miles de familias.
Me hervía la sangre cada vez que recordaba que la mía había quedado destrozada por culpa de aquellos malditos. Por eso, a veces, la venganza que mi madre tanto me exigía tenía sentido para mí, siempre que pudiera vengar lo que le habían hecho a mi padre.
Me observé en el espejo mientras peinaba mi cabello dorado. Mis ojos verdosos me devolvieron la mirada y recordé lo que esperaban de mí.
Habían preservado mi virginidad y me habían enseñado a comportarme como una primera dama: todas las normas de etiqueta necesarias para demostrar mi buena educación y la sumisión que, según mi madre y mi padrastro, le gustaba al don.
¿Cómo lo sabían? No tenía ni idea. Pero esperaban que me mostrara sumisa ante él y, al mismo tiempo, desplegara toda mi sensualidad para llamar su atención en el baile de las elegidas.
Según Irene, eso no supondría ningún problema para mí.
Decía que tenía mirada de ángel, pero que tanto mi cuerpo como mi alma estaban llenos de malicia. Mi rostro delicado y mis curvas en los lugares adecuados bastarían para despertar su interés.
Tal vez tuviera razón. Y quizá, si era capaz de mostrarme sensual pese a mi escasa experiencia, se debiera a que me habían arrebatado la inocencia demasiado pronto.
El problema era que aquel hombre me repugnaba. Lo deseaba tanto como deseaba que me picara un escorpión. Cuanto más lejos estuviera de él, mejor.
Por eso rogaba con todas mis fuerzas que me odiara, que no sintiera el menor interés por mí. Así, al menos, no sería culpa mía que fracasaran los horribles planes de mi madre.
Pero sabía que, si no salía bien, intentaría arrojar a mi hermana Genevive a la boca del lobo. Para mí seguía siendo una niña, aunque ya tuviera catorce años.
Al don solo le quedaban tres meses para elegir esposa, así que apenas habría tiempo para llevar a cabo ningún plan que involucrara a mi hermana.
Sin embargo, cuando se trataba de las ansias de venganza de Irene y Federico, su actual marido, sabía que no aceptarían una derrota.
Aunque tuvieran que casar al don con una menor de edad, lo permitirían sin pestañear con tal de conseguir lo que querían.
Suspiré, frustrada. No tenía muchas opciones: debía llamar la atención del don para proteger la inocencia de mi hermana, incluso de mi querido padrastro.
Así que, por mucho que quisiera hacer justo lo contrario de lo que me exigían, tenía que obedecerlos y fingir que deseaba aquella venganza tanto como ellos.
Mi móvil anunció la llegada de un mensaje. Al ver que era de Vitto, por fin apareció una sonrisa sincera en mis labios.
Llevábamos un año juntos y lo amaba, aunque no pudiera dejarme llevar por mis ganas de huir y entregarme por completo a él.
Ganas no me faltaban. En nuestros encuentros a escondidas, cada vez me resultaba más difícil mantener las bragas en su sitio.
Pero mi vida tenía un propósito, y no era ser feliz al lado de Vitto, sino desgraciada junto a Matteo, a quien también conocían como el asesino de mi padre.
A él tendría que entregarle mi virginidad y dejar que utilizara mi cuerpo cada día a su antojo.
Respiré hondo, intentando apartar los pensamientos que tanto me atormentaban, y abrí el mensaje.
Vitto me deseaba feliz cumpleaños y me pedía que nos viéramos más tarde.
Me mordí una esquina del labio inferior, indecisa sobre si conseguiría escaparme de mi madre, pero estaba claro que lo intentaría.
Le respondí que estaría en el lugar y a la hora acordados.
—¡Chiara! ¿Has perdido la noción del tiempo? Tu profesora de piano lleva horas esperándote —gritó mi madre mientras aporreaba la puerta.
Sabía que mentía, porque no había sonado el timbre en ningún momento.
Lo que pasaba era que exigía que estuviera preparada en el taburete, con los dedos calientes, cuando la profesora llegara para darme clase.
Solté el aire despacio, tratando de reunir una calma que cada vez me costaba más encontrar, y me levanté.
Contemplé el recatado vestido negro que llevaba, los zapatos de tacón del mismo color, el maquillaje impecable y el pintalabios rosa claro que mi madre me obligaba a usar.
El pelo me caía suelto en suaves ondas, con el flequillo hacia el lado izquierdo.
Comprobé que todo estuviera en su sitio. Aunque mi aspecto parecía perfecto, yo sentía que había algo profundamente equivocado en él. Como si viera a otra persona en el espejo, a alguien que no conocía, pero que hacía cuanto le exigían porque no le quedaba más remedio.
Odiaba a mi madre. Odiaba a mi padrastro. Odiaba aquella vida de mierda. Pero amaba a mi hermana, y por ella me sometería a todo lo que me exigieran.
Respiré hondo una vez más, buscando un poco de paz para afrontar otro largo día. Antes de bajar a desayunar y prepararme para la clase de piano, me miré al espejo y me dije:
—Feliz cumpleaños, Chiara.
***
Salir de casa no fue tan difícil como había imaginado.
Le dije a mi madre que Giana, mi mejor amiga, me había llamado para que fuera a su casa. Gracias a eso, no tuve mayores problemas para encontrarme con Vitto.
Habíamos quedado en un lugar algo alejado del centro de la ciudad, precisamente para evitar que nos vieran. A fin de cuentas, nadie sabía que estábamos juntos: mi madre daba por hecho que me casaría con el don.
Solté un suspiro de resignación al entrar en la casa abandonada donde habíamos acordado vernos. Solo pensar que los planes de mi madre pudieran hacerse realidad me revolvía el estómago.
Sacudí la cabeza para apartar esos pensamientos.
Estaba a punto de encontrarme con mi amor de la infancia, el chico que me había conquistado en cuanto lo conocí en el colegio: Vitto Gambino, heredero de una gran empresa de logística.
No descubrí que él también estaba interesado en mí hasta un año atrás.
Entonces empezamos a vernos a escondidas, después de que le explicara mi situación.
Por supuesto, omití lo de la venganza. Confiaba en él, pero, si mi madre llegaba a enterarse de que le había hablado de sus planes, me mataría sin ninguna duda. Y no era una forma de hablar.
Su perfume amaderado me llegó antes que él y una sonrisa apareció en mis labios mientras buscaba a aquel rubio alto, de ojos dulces como el chocolate, que conseguía llevar un poco de paz a mi vida infernal.
Unos brazos me rodearon la cintura por detrás.
Por instinto, metí la mano en el bolso para sacar la pequeña daga que llevaba dentro, pero entonces reconocí con más intensidad su perfume.
Vitto soltó una carcajada con aquella voz que siempre me hacía temblar el corazón y me dio un beso sonoro en la mejilla.
—¡Cuánto te he echado de menos, gatita!
Me volví hacia él y, antes de que pudiera responder, sus labios buscaron los míos en un beso ardiente, lleno de deseo. Me atrajo contra su cuerpo y seguimos así hasta que tuvimos que separarnos para recuperar el aliento.