Matteo (El Imperio del Mafioso 1) Prólogo
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Matteo (El Imperio del Mafioso 1)

Matteo (El Imperio del Mafioso 1)

Por Karen Trujillo

© inepub.com

Prólogo

CHIARA CARUSO

HACE CUATRO AÑOS

Hay quien dice que los mafiosos son ricos y viven bien.

Siento decepcionar a quienes piensan así, pero yo no lo veía de esa manera.

No cuando mi padre se había vuelto adicto a la mercancía que vendía para la maldita familia Lucchese, que gobernaba la Cosa Nostra y dominaba buena parte de Italia.

Claro que ellos no tenían por qué saberlo mientras mi padre pagara lo que debía.

Tampoco sabían si la mercancía que Davide Caruso, más conocido como mi padre, les compraba era solo para venderla o también para consumirla.

Nosotros sí lo sabíamos, y la mierda en la que aquello estaba convirtiendo nuestra vida no tenía ninguna gracia.

Antes de que él cayera en las drogas vivíamos bien.

Hasta se podría decir que éramos una familia normal, dentro de lo normal que podía ser una familia de la mafia.

Mi padre era uno de los soldados del capo, Salvatore Lucchese, y se llevaba bien con todos ellos.

Incluso se planteaban ascenderlo a caporegime si seguía desempeñando bien su trabajo.

Sin embargo, con el tiempo todo empezó a torcerse, sobre todo en casa, donde mi madre nunca dejaba de exigir más.

La verdad era que jamás estaba satisfecha con lo que teníamos.

Su ambición siempre había sido su mayor problema, y llegó a plantearse presentarme al futuro don[1] para concertar mi matrimonio con su hijo, Matteo Lucchese.

Yo solo tenía ocho años. Mi padre se opuso porque, según él, mi madre no pensaba en mí como en una hija: lo único que quería era hacerse con la enorme fortuna de la famiglia.

Y, aunque formábamos parte de la mafia, él no quería que yo creciera con una diana en la espalda. No era la vida que deseaba para mí.

Mi padre siempre fue el único que me demostró cariño. Mi madre, en cambio, me veía como la gallina de los huevos de oro que algún día le daría todo lo que esperaba. Sus planes para mí me daban miedo.

Con los años, la convivencia entre ellos se volvió insoportable y las discusiones pasaron a ser cosa de todos los días. Mi padre empezó a beber más de la cuenta y, un día, decidió probar la maldita cocaína que vendía su capo. No cuesta imaginar lo que vino después: se volvió adicto.

Su trabajo se resintió y el puesto que tanto había deseado dejó de importarle. Lo mismo ocurrió con la comida en casa; tenerla se convirtió en un lujo. Para costearse el vicio, empezó a vender cuanto teníamos y, a partir de ahí, todo fue cuesta abajo.

Por eso, en aquel momento iba con mi primo y fiel compañero, Leonardo Caruso, al mercado nocturno de Sicilia.

Queríamos recuperar algunos de los alimentos que los vendedores solían tirar para tener algo que comer aquel día.

Mi hermana Genevive tenía solo diez años y lloraba de hambre.

Mi madre estaba más irritable que de costumbre y mi padre, para variar, había desaparecido.

A pesar de todo, esperaba que volviera vivo a casa.

—Me queda algo de dinero de la paga. Esta vez no hace falta que busques comida en la basura —comentó mi primo cuando nos acercábamos a un callejón estrecho y desierto.

A decir verdad, no me gustaba pasar por allí, y menos aún sola, pero nos ahorraba bastante camino.

Como Leonardo estaba conmigo, no vi ningún problema.

—No te preocupes. No quiero que gastes tu paga en nosotros.

—Deja de decir tonterías, cazzo[2]. Sé que tú harías lo mismo por mí. ¡Y no pienso discutirlo!

Resoplé, resignada. Sabía que no ganaría aquella discusión. Mi primo era tan terco como yo, o incluso más, si eso era posible.

—Va bene[3]. Pero te lo devolveré en cuanto pueda... —Al menos esa era mi intención, aunque, por desgracia, él sabía tan bien como yo que cumplir aquella promesa no sería fácil—. Y podrías... Eh...

—No le diré nada a tu madre. Tranquila, mia ragazza[4].

Así era nuestra amistad: ni siquiera necesitaba terminar una frase para que él supiera lo que quería decir.

Mi primo estaba a punto de cumplir la mayoría de edad y le entusiasmaba la idea de empezar pronto como soldado.

Mi tío, que era uno de los caporegimes, le había conseguido una oportunidad para entrar en la mafia, y Leonardo se emocionaba cada vez más al hablar de ello.

Lo echaría de menos: él y mi hermana eran las únicas personas que conseguían distraerme de todo lo demás.

—Cazzo. Hay unos soldados de la mafia más adelante. Sigamos andando para no llamar todavía más la atención y esperemos que nos dejen pasar sin problemas.

Miré hacia donde señalaba Leonardo y vi a tres hombres bien vestidos, muy parecidos a los policías de Sicilia. La diferencia era el emblema blanco y redondo que llevaban en la ropa, con las letras CN, que los identificaba como miembros de la Cosa Nostra.

Había oído muchas historias sobre soldados corruptos que extorsionaban a las mujeres y abusaban de ellas cuando estaban solas. Recé para que aquellos tres no fueran de esa clase. La mayoría protegía a las familias de la mafia, y esperaba que ellos hicieran lo mismo.

La posibilidad de meternos en más problemas me dejó sin aire. Respiré hondo para intentar calmarme y seguí caminando junto a Leonardo. Cada vez estábamos más cerca de los tres hombres, que ya nos observaban con mala cara.

—Vaya, vaya, vaya. ¿Qué tenemos aquí? —dijo uno de ellos. Era alto y había tanta maldad en su mirada que un escalofrío me recorrió la espalda. Algo me advirtió de que era uno de los corruptos. Nunca había deseado tanto equivocarme.

—No queremos problemas, señor —dijo Leonardo, colocándose delante de mí y empujándome para que siguiera adelante. Pero otro soldado me cortó el paso y bloqueó por completo la salida. Tragué saliva e hice todo lo posible por ocultar mi angustia.

Mi padre siempre decía que el secreto estaba en no mostrar jamás nuestras debilidades, aunque nos estuviéramos muriendo de miedo.

—Qué lástima. A mí me encantan los problemas... —El más alto clavó los ojos en mí y me recorrió el cuerpo con una mirada cargada de lascivia. Me hizo sentir desnuda, aunque iba bien cubierta con unos vaqueros anchos y una camiseta negra de manga larga que ocultaba mis pechos medianos.

Por instinto, me cubrí el pecho con el antebrazo, intentando protegerme de la mirada repugnante de aquel soldado. Dio unos pasos hacia mí y el miedo volvió a apoderarse de mi cuerpo.

—Baja el brazo, ragazza[5]. —No lo hice. Algo me decía que debía protegerme—. ¿Estás sorda? ¡Cazzo! —gritó, acercando su rostro al mío. Mi primo dio un paso al frente y lo empujó, sin pensar en las consecuencias.

El soldado trastabilló, sorprendido, y soltó una carcajada desagradable. Miró a sus compañeros, que entendieron al instante lo que quería. Se colocaron detrás de Leonardo y le sujetaron los brazos con tanta fuerza que no pudo soltarse.

Entonces, el soldado que seguía junto a mí se abalanzó sobre mi primo y le asestó un puñetazo en el estómago que lo dejó sin aire.

Grité del susto y me llevé una mano a la boca. Intenté correr hacia Leonardo para ayudarlo, pero unos brazos fuertes me atraparon y me impidieron avanzar.

—¡Suéltame, cobarde! ¡No ha hecho nada para que le pegues! —grité mientras forcejeaba.

—Las rebeldes son las que más me gustan —dijo el hombre, hundiendo la nariz en mi pelo rubio y estrechándome contra él—. Si hubieras sabido lo mucho que me gusta, te habrías portado bien para evitar lo que viene.

—¡Suéltala, desgraciado! —gritó Leonardo, tratando de liberarse de los otros dos soldados, que se reían de lo que decía su compañero—. ¡Juro que te mato si le pones un dedo encima!

—Me encantan los desafíos. —Chasqueó la lengua con un sonido irritante—. Ya tenía planes para ella desde que la vi, pero ahora me has dado otro motivo.

El corazón se me desbocó. Solo de pensar que pudiera cumplir su amenaza, la sangre se me heló en las venas. Uno de los soldados le ató un trozo de tela sobre la boca a Leonardo para impedirle pedir ayuda.

Mientras tanto, el hombre que me sujetaba me empujó contra la pared del callejón y me apretó el antebrazo contra el cuello. Me costaba respirar y no podía gritar.

—Vas a portarte bien o será peor para ti, ¿entendido, ragazza?

—Me acarició la cara con un dedo. Intenté apartarlo de un empujón, pero no tenía fuerza suficiente.

Me agarró y volvió a estrellarme contra la pared, esta vez con más violencia.

El golpe en la parte de atrás de la cabeza me dejó aturdida por un instante—. ¿Es que no me escuchas, joder?

Entonces comprendí que seguir luchando podía empeorar las cosas. Hasta ese momento había confiado en encontrar una forma de escapar, pero, si quería salir viva de aquel callejón, tenía que obedecer. Me quedé quieta, aunque todo en mí se resistía a lo que pretendía hacerme.

Sus dedos ásperos bajaron por mi cuello y, antes de que comprendiera lo que iba a hacer, me rasgó la camiseta. El aire frío de la madrugada me erizó la piel.

Me quitó la prenda de un tirón. Las lágrimas empezaron a correr por mis mejillas pese a mis esfuerzos por contenerlas. Leonardo seguía forcejeando con los dos soldados que lo sujetaban mientras aquel hombre me agredía sexualmente.

Después me agarró de la cintura de los vaqueros y tiró con fuerza. Oí caer el botón al suelo y cerré los ojos, aterrada por lo que pudiera ocurrir a continuación.

Solo tenía catorce años. Había crecido entre las normas de las familias de la mafia y siempre había imaginado que mi primera vez llegaría después de casarme. Apenas sabía qué sucedía en una noche de bodas, salvo por lo que había oído comentar a algunas amigas del colegio.

No quería seguir viendo el horror en los ojos de Leonardo, ni la crueldad en los de aquel soldado, y mucho menos la diversión en los rostros de los hombres que sujetaban a mi primo. Por eso mantuve los ojos cerrados cuando me obligó a arrodillarme y me gritó:

—¡Abre los ojos de una vez! Quiero que me mires mientras haces lo que te ordeno, desgraciada.

El terror me invadió. Las lágrimas empezaron a caer sin que pudiera contenerlas y negué una y otra vez con la cabeza. No quería obedecerlo.

Oía los gritos ahogados de Leonardo. Seguía amordazado, con la mirada fija en el soldado.

—Cuanto más te resistas, peor lo pagará ella. ¿Todavía no entiendes que solo estás perjudicando a tu noviecita?

Miré a mi primo y, cuando nuestros ojos se encontraron, le pedí en silencio que se quedara quieto y le aseguré que todo iba bien, aunque no fuera cierto. Pareció comprenderme. Dejó de forcejear, pero su respiración agitada revelaba que apenas lograba contenerse.

El soldado me agarró de la cara y me obligó a mirar al frente.

—Mírame, zorra —gruñó el soldado mientras se desabrochaba el cinturón—. Harás lo que te diga. Y, si intentas defenderte, haré que te reúnas con tu padre en un abrir y cerrar de ojos.

No tuve tiempo de asimilar la amenaza. Me agarró por la nuca y me obligó a someterme. Las lágrimas me corrían por la cara; apenas podía respirar. Intenté apartarme, pero me sujetó con más fuerza.

Después de lo que pareció una eternidad, el desgraciado eyaculó en mi boca.

—Haz lo que te he dicho, desgraciada. —No pude. La náusea me cerró la garganta y estuve a punto de vomitar. Me echó la cabeza hacia atrás tirándome del pelo y me golpeó en la mandíbula. Caí al suelo, aturdida—. ¡Cuando te doy una orden, obedeces, joder! Levántate. Aún no he terminado contigo.

Recuerdo que rogué al cielo que me sacara de allí. En aquel momento no encontraba otra forma de escapar del horror que me rodeaba.

Intenté incorporarme, pero entre el golpe en la cabeza y el de la mandíbula apenas tenía fuerzas. Aun así, obligué a mi cuerpo a moverse y, con dificultad, conseguí ponerme en pie.

Antes de darme cuenta, tenía su cuerpo pegado a mi espalda y a Leonardo justo enfrente.

—Mira qué generoso soy. Voy a dejar que disfrutes del espectáculo mientras hago con ella lo que me dé la gana. —Empezó a agredirme sexualmente con la mano y sentí un dolor insoportable. Justo entonces, su móvil empezó a sonar sin parar.

Se apartó de mí un instante, sacó el teléfono y gruñó, irritado.

—Cazzo. Quédate quietecita o será peor para ti... —Aun así, no se fió. Me tapó la boca con la otra mano antes de responder—. ¿Sí, señor Ferrari? Claro. Estaremos allí en diez minutos.

Reconocí de inmediato con quién hablaba y sentí una oleada de alivio. Tal vez el segundo al mando acababa de salvarme sin saber siquiera lo que estaba ocurriendo.

En cuanto colgó, me tiró al suelo como si fuera un objeto que ya no le servía para nada. Se arregló los pantalones y miró a los otros soldados.

—Tenemos que irnos. Marco quiere que lleguemos cuanto antes a una entrega prevista para ahora.

Parece que ha surgido un problema y somos los que estamos más cerca.

—Bajó hacia mí aquella mirada cargada de malicia y esbozó una sonrisa espantosa.

Yo intentaba cubrirme con los brazos y mantener las piernas juntas, con los vaqueros todavía bajados hasta los muslos—. Hasta pronto, ragazza.

Oí el golpe del cuerpo de Leonardo al caer al suelo después de que le dieran varios puñetazos en el estómago. Nos dejaron allí tirados y se alejaron entre risas, como si no hubiera pasado nada, como si no acabaran de destruir la inocencia que yo había tenido hasta entonces.

Mi primo me cubrió con su sudadera y me abrazó, intentando aliviar la tristeza que me consumía.

Permanecimos así en aquel callejón, no sé durante cuánto tiempo.

Cuando empezó a amanecer, comprendí que tenía que terminar mis tareas si no quería que las cosas empeoraran al llegar a casa, aunque me costaba imaginar que mi día pudiera ir a peor.

—Tenemos que irnos —conseguí decir—. Sabes que mi madre me matará si vuelvo sin las verduras.

—Después de lo que te ha pasado, no estás en condiciones de ir al mercado. ¿Te has vuelto loca?

—Ahora no puedo pensar en todo lo que me ha hecho. Tengo que llevar las verduras a casa o mi madre se pondrá furiosa conmigo. —Respiré hondo antes de continuar—. Cuando termine mis tareas, tendré tiempo de intentar aclararme.

Leonardo suspiró, frustrado, y me ayudó a levantarme.

Me acompañó a comprar todo lo necesario para la comida.

Cuando ya nos acercábamos a mi calle, dejó las bolsas en el suelo y me estrechó entre sus brazos.

Entonces me permití llorar, ahogando contra su pecho todo lo que había intentado contener.

No estuvimos así más de diez minutos. En cuanto logré recomponerme, me sequé las lágrimas y me obligué a seguir hacia el otro infierno en el que vivía: mi casa.

Lo que no esperaba era encontrar a mi madre aguardándome con un cinturón en la mano cuando dejé las bolsas en la cocina.

—¿Te mando al mercado a buscar comida y te encuentro abrazada a Leonardo en plena calle? ¿Eso es lo que haces, desagradecida? Sabes muy bien cómo funcionan las cosas. Andar tonteando con hombres es inadmisible, y ahora voy a asegurarme de que no vuelvas a olvidarlo.

Me retracté: mi día sí podía empeorar. Las numerosas marcas que llevaba en el cuerpo no dejaban lugar a dudas.