Matt. Agencia Pipen 4 CAPITULO 28 #3
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CAPITULO 28 #3

Matt cerró la puerta principal con un chasquido sordo que decretó el inicio de su nueva realidad. Caminó hacia la estancia donde Taylor permanecía de pie, observándolo con una timidez trémula que le encendía las facciones.

No dijo nada; se acercó despacio, le tomó la mano derecha y se la llevó a la boca, besándole los nudillos con una delicadeza lenta que hizo que Taylor soltara un suspiro largo.

—Gracias, mi Tay. Sé lo que debió costar que…

—No, Matt. En verdad no costó tanto, te lo prometo. Fue… Fue necesario, pero curativo. Shei y yo… Estamos bien y queremos estar mejor. Y te adoramos.

—Voy a hacer lo imposible por responder a las expectativas. En todo sentido, mi preciosa.

Las emociones comenzaban a cambiar y ahora lo urgían al sexo. Quería demostrar de inmediato su adoración, pero eso vendría. Momentos, quería construir momentos en esta casa ya. Hogar. Su hogar con Tay y Shei. Su vida.

Tomó las dos copas de vino sobre la mesa y le dio una a Tay, tomándola de la mano para recorrer el lugar otra vez, pero esta vez con la parsimonia de los dueños que reconocen su territorio.

El silencio de la casa señorial ya no era el vacío de una propiedad abandonada; estaba preñado de una complicidad líquida, de una sensualidad sutil que aumentaba con cada paso que daban sobre la madera pulida.

Terminaron el recorrido saliendo por las puertas dobles del fondo hacia el patio semi cerrado, un espacio íntimo rodeado de muros de piedra y cubierto por una pérgola de madera donde la luz de la tarde comenzaba a desvanecerse, tiñendo el cielo de un azul profundo y estrellado.

Taylor dejó su copa sobre un mostrador de madera exótica y se giró hacia él. El viento fresco de la tarde le movió los mechones castaños del cabello, pero sus ojos estaban fijos en los de Matt con un hambre limpia, desprovista de la culpa que la había atormentado durante semanas.

Matt dejó su propia copa a un lado, acortó la distancia y la encerró entre sus piernas, haciéndola retorcer hasta el borde de una reposera, acorralándola con su envergadura.

Se inclinó y la besó en los labios con una ternura pausada, saboreando su boca con una lentitud que a Taylor le erizó los vellos de la nuca.

Ella se aferró a sus hombros anchos abriendo los labios para permitir que la lengua de Matt entrara, profunda, cálida, reclamando su lugar bajo su piel. Es tiempo de ser valiente y tomar la iniciativa, Taylor. Haz lo que tantas fantasías ha provocado. Están juntos. Goza.

Rompió el contacto de sus bocas, pero no de sus miradas, mientras se deslizaba suavemente hacia abajo, arrodillándose sobre el suelo de madera del patio, justo entre las piernas del guardaespaldas. Matt soltó un jadeo sordo al comprender su intención.

Taylor levantó las manos, le desabrochó el cinturón con dedos firmes y le bajó la cremallera del pantalón, liberando su miembro que ya pulsaba con una rigidez encendida. Joder, esta polla era su juguete favorito, el único.

Tomó el largo con una palma temblorosa, maravillada por el calor y el tamaño, por la suavidad aterciopelada de la verga que palpitaba y se humedecía. Luego, se pasó la lengua por los labios y disfrutó del gruñido masculino.

—¡Puta madre, eres jodidamente sensual, Tay!

Encendida, se inclinó para regalarle un oral exhaustivo, largo y lento.

La pija llenó su boca y pareció apoderarse de la misma.

Trató de acomodar sus movimientos, de no morderlo, de que su lengua trabajara con devoción paciente, succionando la punta con movimientos rítmicos, dejando que sus labios se deslizaran por toda la longitud mientras su respiración caliente le golpeaba la base de los muslos.

Matt tiró la cabeza hacia atrás, cerrando los ojos con fuerza mientras soltaba tacos roncos en español, enterrando los dedos en el cabello de Tay para sostener el equilibrio ante el placer brutal que ella le estaba provocando. Ella, Taylor, lograba esto. Rendirlo. Joder, un subidón.

Antes de que el impulso lo hiciera vaciarse, Matt la tomó por las axilas con sus brazos potentes y la izó del suelo de un solo tirón, depositándola de espaldas sobre la amplia reposera de madera del patio.

Quitar ropa del medio fue la urgencia primera y cuando lo logró, Taylor jadeaba con las piernas abiertas revelando la humedad que ya le empapaba la lencería oscura. Matt se deshizo de sus pantalones con movimientos urgentes, se posicionó entre sus muslos altos y la miró fijo a los ojos.

—Eres mía, Taylor. Joder, eres mi cordura. No puedo ir lento, no esta noche. Tómame todo —le susurró con la voz rota por la excitación antes de hundirse en ella de un solo golpe, profundo, firme, que los llenó a ambos por igual.

Taylor soltó un grito ahogado que se perdió en el viento del patio, arqueando su espalda baja y la pelvis mientras sus manos acariciaban la piel de la espalda de Matt, arañándolo con una posesión salvaje.

El sexo entre ellos se desarrolló con una sensualidad exhaustiva, un ritmo lento, castigador y profundo que se regocijaba en el roce de sus pieles sudorosas y en el sabor del vino que todavía compartían en los labios.

Matt la poseía con golpes largos, ascendentes, saboreando su estrechez caliente, mientras ella le envolvía la cintura con las piernas, buscando más presión, fundiéndose en la dureza de su pelvis con una audacia que nunca antes se había permitido.

—¡Dame más, Matt! No te guardes nada… Fóllame duro, hazme correr.

—Hermosa… Tan rica… Te voy a llenar de leche, mi Tay…

—¡Sí, sí!

Las palabras sutiles y las promesas mudas se mezclaron con los jadeos en mitad de la suite exterior.

Era salvaje, era primario, era fuego en las pieles, en las respiraciones agitadas, en el sudor entre ambos.

El ruido del roce tenía una cualidad despojada y casi pervertida de no ser más que sexo.

Oh, si, esto era pasión arrolladora, pero también amor desesperado.

La mutua explosión los alcanzó primero a ella en una sacudida violenta y eléctrica que hizo que Matt se desesperara por vaciarse dentro de ella con un rugido sordo en su cuello, mientras Taylor se contraía a su alrededor en un orgasmo largo que la dejó temblando, con los ojos en blanco bajo el cielo azul.

Luego, abrazados en mitad de la reposera, cubiertos por el edredón de la noche y el siseo del viento entre los árboles, disfrutaron.

Taylor apoyó la frente en el pecho de Matt escuchando el latido desbocado de su corazón mientras él la rodeaba con sus brazos protectores, besándole la coronilla con una devoción eterna.

—Casi había aceptado que no te vería más, Matt —confesó Taylor en un susurro roto, con las manos entrelazadas en su nuca—. Pensaba que dar el paso al costado era la única forma de no romper a mi familia. No sabía cómo mirar a Shei a la cara.

Matt le tomó la mandíbula con suavidad, obligándola a levantar el rostro para mirarlo con esa fijeza gélida y limpia que la desarmaba.

—No podría haberte dejado, Tay. No puedo —le aseguró con firmeza—. Me pasa con las dos. Están tan adentro mío que no sé cómo respirar si me falta una de las Miller. Por favor, no renuncies nunca a esto. A mí. Vamos a hacer que esta locura funcione.

Taylor cerró los ojos sonriendo con una serenidad que le nacía del alma, sintiendo que los escombros del desierto finalmente habían quedado atrás.

—Aprenderemos a gestionarlo, Matt —concluyó ella, acomodándose contra su pecho—. Ustedes lo son todo para mí.