Matt. Agencia Pipen 4 CAPITULO 29
100%

CAPITULO 29

El olor a café gourmet (indicativo de la mano de la esposa del jefe, Bianca) y a desinfectante era el sello de identidad de la cocina de la central de la agencia en Providence.

Matt permanecía apoyado contra la barra de formica gris sosteniendo una taza de cerámica blanca entre las manos.

Tenía la mirada fija en el líquido oscuro de la cafetera, pero su mente seguía atrapada en las paredes de piedra de la casa señorial, rememorando el tacto de la piel de Taylor y la serenidad de los muros que ahora compartían.

Las facciones relajadas y la mente en calma luego de semanas, disfrutaba de un minuto de tregua antes de que el turno de oficina lo obligara a revisar informes de logística.

La puerta de vaivén de la cocina se abrió con un golpe seco, rompiendo la calma. Elijah entró al habitáculo y Matt hizo una mueca porque la expresión del cateto era conocida.

La sonrisa de suficiencia, el caminar lento y el silbido. Sí, el jodido se traía algo. En la mano derecha sostenía una caja de cartón blanca de una pastelería cercana, de la que emanaba un olor empalagoso a azúcar glaseado y manteca.

—Buenos días por la mañana, mi amigo —soltó Elijah, dejando la caja sobre la mesa central con un movimiento teatral.

Miró a Matt, arqueando una ceja—. He traído el desayuno para el turno.

Y mira lo que elegí especialmente para ti, Matt…

Donas. Dos —hizo el número con sus dedos—.

Dos donas de chocolate juntas en el mismo paquete.

Sé que te gusta el juego doble, que eres hombre de mantener los recursos bien equilibrados.

Matt no le dio lugar al chiste malo. Malísimo. Sostuvo la taza con mayor tensión manteniendo la expresión adusta de su rostro, pero soltó un suspiro largo y pesado por dentro. Era la tercera indirecta de la semana.

Elijah llevaba días lanzando pullas sutiles sobre tríos, combinaciones dobles y menús de tres platos, demostrando que su radar de cotilla oficial de la agencia Pipen había captado el vaivén de Matt entre las dos residencias de las Miller antes de que se mudaran juntos.

En la esquina de la cocina, sentado frente a su portátil, Louie levantó la vista de la pantalla. El hacker de la agencia entornó los ojos con fastidio y miró a su novio.

—Elijah, por el amor de Dios, cállate la boca. Deja de arrastrar los cables —susurró, aunque aceptó el beso—. Tu sutilidad tiene la delicadeza de un tanque de guerra. Si sigues tirando del hilo, vas a terminar metiendo la pata.

Elijah soltó una risita displicente, cruzándose de brazos mientras se apoyaba en el borde de la mesa, ignorando por completo la advertencia.

—Por favor, Lou, me conoces. Yo solo soy un hombre generoso que comparte los dulces —Elijah volvió a clavar sus ojos vivaces en Matt, ensanchando la sonrisa—.

Además, a nuestro chico se le nota en la cara.

Tiene esa mirada de los hombres que están atendiendo dos frentes de batalla y no saben si la pólvora les va a alcanzar para el fin de semana.

Matt dejó la taza sobre la barra con un chasquido seco. Se enderezó, usando toda su envergadura física para recortar la distancia con Elijah, obligándolo a sostenerle la mirada seria, dura, que solía usar para amedrentar a los sospechosos en los perímetros.

—¿Algo que quieras saber de verdad, Elijah? —le preguntó directo, con un tono serio que borró parte de la burla del otro guardaespaldas.

Elijah parpadeó, pero no se amilanó. Su naturaleza de cotilla indomable era más fuerte. Se inclinó un centímetro hacia delante, suavizando el gesto, mostrando esa complicidad limpia de los hombres que han visto demasiada basura en el mundo como para asustarse por las formas del amor.

Elijah operaba desde un territorio libre de juicios morales tradicionales; le importaba un bledo la estructura, solo quería confirmar la jugada.

—Ya que lo mencionas, Matt… sí —admitió Elijah, bajando la voz a un susurro conspirador—. ¿Es verdad lo que se rumorea por los pasillos tácticos? ¿Que estás metido en mitad de las sábanas de las dos Miller?

Louie soltó un resoplido de fastidio al fondo, tapándose la cara con las manos. Matt sostuvo el aire un segundo, midiendo la respuesta, pero la fijeza de Elijah no tenía malicia, solo esa curiosidad insaciable que lo definía.

—Sí, Elijah. Es verdad. Y ahora, vivimos juntos —soltó Matt con una honestidad brutal que dejó al cotilla con la boca sutilmente abierta—. ¿Tienes algún problema con eso?

Elijah se quedó inmóvil un mili segundo, procesando el impacto de la confirmación directa. Luego, exhaló un silbido bajo y su rostro recuperó la elasticidad habitual, asintiendo con una mezcla de respeto y absoluto deleite.

—¿Problema? ¡Por favor! ¡Eso es tener categoría, manito!

—exclamó Elijah, dándole un golpe afectuoso en el hombro—.

Pero dime una cosa... ¿puedes conseguirme el autógrafo de Natasha Morozova en una de las portadas de la revista de fitness?

Sabes como es Lou, está obsesionado con su rutina de piernas y con esa firma sería un incentivo.

—¡No me involucres, cateto! —dijo Louie con indignación.

Matt parpadeó, descolocado por el giro logístico de la conversación. Soltó un suspiro tenso, pero una media sonrisa de lado terminó por romperle la máscara de piedra.

—¿Detrás de eso andabas, pedazo de cabrón? —le espetó Matt, dándole un empujón leve en el pecho.

—¡Pues claro! ¿Qué más iba a ser? —Elijah agarró una de las donas de la caja y le dio un mordisco generoso, guiñándole un ojo con una picardía descarada—.

La vida privada de mis compañeros me importa lo justo para tener material de chantaje afectuoso.

Pero un consejo de amigo, ya que te veo esas ojeras de carretera nocturna.

.. Descansa un poco, o vas a envejecer más rápido que los veteranos de la marina y vas a terminar necesitando la pastillita azul antes de los cuarenta.

Y sería una pena romper ese mito de Pipen.

Louie soltó una carcajada desde su esquina, cerrando el portátil de un golpe. Matt negó con la cabeza, agarrando su taza de café mientras caminaba hacia la salida de la cocina, sintiendo que el peso del secreto se aligeraba por completo gracias a la descarada ligereza de este gilipollas. Su amigo.

+++

El reloj de pared de la cocina marcaba las ocho de la tarde.

El ambiente estaba inundado por el olor reconfortante de un guiso de carne y verduras que Taylor había estado vigilando a fuego lento durante las últimas dos horas, un aroma casero que contrastaba con la inmensidad noble de las maderas de la estancia.

La mesa rústica del centro ya estaba servida con tres platos de loza blanca, tres copas y una cubertería sencilla que despojaba al lugar de cualquier pomposidad de catálogo de lujo.

Matt estaba apoyado contra la isla de la cocina, vistiendo unos pantalones cómodos y una camiseta gris. Observaba a Taylor moverse colocando las servilletas con simetría exacta que a él le causaba una ternura infinita. Ella se giró al escuchar el ruido de la verja exterior.

—Es ella —dijo Taylor, con una sonrisa dulce que le borró la seriedad de las facciones—. Llegó a tiempo.

En segundos la puerta principal se abrió y los pasos de Sheila resonaron en el vestíbulo, seguidos por el golpe sordo de sus maletas definitivas al ser depositadas en el suelo.

La estrella entró a la cocina quitándose una chaqueta ligera. Vestía ropa deportiva fina, llevaba el cabello rubio sujeto en un moño alto y su rostro mostraba esa limpieza radiante de las tardes de rodaje exitosas. Traía una carpeta de cuero bajo el brazo y los ojos brillantes.

Se acercó a Matt en el acto, se empinó y le plantó un beso rápido, sonoro, en los labios, antes de girarse hacia Taylor y rodearla con un brazo corto por la cintura, dándole un beso afectuoso en la mejilla.

—Huele a gloria aquí dentro, Tay —dijo Sheila, dejándose caer en una de las sillas de madera rústica y colocando la carpeta sobre la mesa—. Mi agente me llamó hace una hora, justo cuando salía del plató. Traigo novedades de la fiscalía de Maine. El asunto de Henry está cerrado de forma definitiva.

Matt se enderezó de inmediato, sentándose a su lado mientras Taylor servía las tres copas de vino y se colocaba en el extremo opuesto, cerrando el triángulo alrededor de la madera.

La atmósfera se volvió densa por un segundo, pero ya no era el pánico del pasado; era la expectación de los dueños que aseguran los cerrojos de su propiedad.

—¿Qué dijeron los abogados, Shei? —preguntó Matt, con los ojos oscuros entornados.

—Le revocaron la libertad condicional de forma fulminante en cuanto el informe de Logan y la policía del condado entró al registro federal —explicó Sheila, abriendo la carpeta para mostrar un documento oficial firmado—.

El asalto con arma blanca en el motel y el secuestro agravado se han sumado a su expediente anterior.

El fiscal federal no va a negociar, Matt.

Le van a caer un mínimo de veinte años en una prisión de máxima seguridad en el norte, sin derecho a fianza ni a reducciones por buen comportamiento.

Henry está enterrado en vida. No va a volver a ver la luz del sol ni a pisar este estado en el resto de su perra existencia.

Hubo un triple suspiro largo que pareció quitarles un peso de toneladas de los hombros. Tay estiró la mano sobre la mesa y atrapó los dedos de su hermana, apretándolos con fuerza.

—Se terminó, Shei —susurró Taylor, con las lágrimas asomando a sus ojos—. El frío de Maine se terminó para siempre. Estás a salvo. Estamos a salvo.

Sheila asintió, devolviéndole la presión de los dedos con una madurez asentada que conmovió a Matt. Ella luego lo miró y le dedicó una sonrisa limpia, llena de una gratitud eterna que valía más que cualquier tesoro.

—Estamos a salvo gracias a nuestro oso de la agencia —bromeó Sheila, rompiendo la solemnidad del momento con una risita viva—.

Todo está bien. Incluso tenemos admiradores en la Agencia.

Un tal Elijah me llamó después para pedirme un autógrafo dedicado para su novio.

Me dijo que te vio cara de necesitar vitaminas, Matt.

¿Qué le estuviste haciendo a mi hermana mientras yo no estaba?

Taylor se sonrojó de golpe hasta las orejas, desviando la mirada hacia su plato mientras su boca se abría con asombro por el descaro de la estrella.

Matt soltó una carcajada ronca, potente, que llenó las vigas de madera de la cocina, sintiendo que la electricidad estática de los celos y el pasado finalmente se convertía en una dinámica agradable, madura y cómplice entre los tres.

Se sentaron a la mesa y compartieron los alimentos con una parsimonia feliz, conversando sobre los nuevos proyectos de la empresa independiente de Taylor y las rutinas de fitness que Sheila iba a grabar a la mañana siguiente.

No había pantallas de por medio, ni teléfonos interrumpiendo, ni el ruido de los paparazzis cruzando los muros de piedra. La primera regla de la convivencia se estaba ejecutando con una fluidez que azoraba y daba esperanzas.

Al terminar de cenar, el silencio de la noche se asentó en el refugio señorial. Taylor y Sheila se encargaron de recoger la mesa juntas, moviéndose por el espacio con una complicidad de hermanas que Matt se quedó contemplando desde el umbral, con el pecho ensanchado por un orgullo inmenso.

El laberinto de los tres tenía sus propias normas, desafiaba la lógica del mundo exterior y obligaba a jugar roles diferentes ante las cámaras, pero dentro de esos muros, las Miller y su guardián habían encontrado un frente unido, indestructible y eterno.

Su final feliz estaba ganado en cada rincón de esta casa de piedra.

La logística eran detalles a construir y Matt, Tay y Shei no podían esperar a que esta se asentara. Habría desencuentros, eso asegurado. Habría rencillas, tal vez. Pero había amor y pasión y eso… Eso no se podía perder ni arriesgar. Eran tres caminos vueltos uno.

FIN