CAPITULO 28 #2
—No, no es lo que quiero y definitivamente no es lo que quiere Matt —la cortó Sheila con firmeza, tomándole las manos—.
He reflexionado mucho, Taylor. Escuché a Matt hablar con su hermana por vídeo.
Sus sentimientos son puros por las dos, le brotan del pecho con una limpieza que me dio vergüenza dudar de él.
Yo puedo aceptar compartirlo, Taylor... pero solo contigo.
Sé cómo eres. Conozco tu rectitud y sé que no me vas a traicionar por la espalda.
Pero debe haber reglas estrictas. Nadie en mi trabajo, ni las cadenas, ni los fans, pueden enterarse jamás de esto.
Sería un escándalo que nos destruiría a los tres.
Taylor abrió los ojos con asombro, la timidez intrínseca de su personalidad guardada encendiéndose ante la propuesta logística.
—Sería horrible, Shei... la presión social, la opinión pública... No sé si tengo el valor para vivir en una estructura así. ¿Cómo se supone que funcionaríamos?
—No es como si tuviéramos que estar los tres metidos en la misma cama todo el tiempo, Tay —Sheila soltó una pequeña risa, restándole peso al tabú con una practicidad desarmante—.
Hay formas de convivir en las que esto puede ser algo doméstico, maduro y organizado.
Tú eres una adicta a agendarlo todo, a cuadrar los horarios y a manejar presupuestos.
Taylor parpadeó y asintió, de a poco subiéndose a bordo de lo que parecía insano, pero podía ser la solución. Sheila continuó:
—Necesitamos un lugar grande, una casa fuera del alcance de los paparazzis, con espacios independientes para cada una y zonas comunes donde compartir la vida con él. ¿Estarías dispuesta a intentarlo, Taylor? ¿A construir ese refugio con nosotros?
Taylor se quedó en silencio contemplando el salón de su apartamento.
Miró el espacio vacío y luego el rostro esperanzado de su hermana.
Pensó en Matt, en el calor de sus manos, en la dulzura con la que la hacía feliz.
Pensar en perderlo, en volver a la soledad y quedarse con recuerdos… Dolía infinito.
—Lo amo, Shei. Lo amo demasiado como para perderlo —admitió en un susurro.
—No puede ser solo por temor a perderlo, Tay —le corrigió Sheila, apretándole los dedos—. Tienes que hacerlo porque quieres recuperar tu vida. Porque nos queremos las dos.
Taylor asintió despacio, sintiendo que una paz inédita le inundaba el pecho por primera vez en años.
—Está bien —cedió —. Vamos a intentarlo. Estoy aterrada —confesó en un hilo de voz.
—Yo también. Pero tengo esperanza, mucha. Haremos que funcione.
Ambas asintieron. No había fuerza más grande que el amor, y parecía que este sobraba entre ellos. Taylor rogaba que la rutina y las presiones no los rompieran a pedazos.
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El coche se detuvo frente a una verja de hierro forjado en una zona residencial arbolada y exclusiva a las afueras de Providence. Matt bajó del vehículo y le abrió la puerta a Sheila, frunciendo el ceño al observar el entorno.
Ella lo había traído hasta allí porque quería enseñarle una propiedad que un posible patrocinador de su ciclo de fitness le había recomendado para grabar unos contenidos exteriores, pero la logística del lugar no le cuadraba.
Era una casa señorial de piedra gris, rodeada de un jardín inmenso y protegida por altos muros que garantizaban una privacidad absoluta contra cualquier teleobjetivo.
—Shei, este perímetro es demasiado grande para cubrirlo yo solo si pretendes usarlo como set —advirtió, adoptando su tono profesional mientras subían los escalones del porche de madera.
—No te preocupes por el perímetro. Entra —respondió Sheila con una sonrisa misteriosa que encendió su curiosidad.
Sheila empujó la puerta principal de madera. Al cruzar el umbral Matt se quedó congelado en el centro del inmenso vestíbulo de entrada.
Taylor estaba allí plantada junto a la barandilla de la escalera de madera que subía al segundo piso. Vestía unos pantalones cómodos, llevaba el cabello suelto y sostenía tres copas de cristal en una mano y una botella de vino en la otra.
No había tensión en su rostro; solo una serenidad dulce que a Matt le dio un vuelco en el corazón.
—¿Taylor? ¿Qué... qué está pasando aquí? —Matt miró a una y luego a la otra, completamente desorientado por la emboscada.
—Bienvenido a casa, Matt —dijo Taylor, acercándose despacio para dejar las copas sobre una mesa auxiliar.
Sheila se colocó a su lado, entrelazando su brazo con el de su hermana en un frente unido que lo dejó sin palabras.
Con una fluidez que denotaba que lo tenían todo planificado, las dos hermanas lo guiaron por un recorrido exhaustivo a lo largo de las estancias de la enorme propiedad señorial.
Matt no salía de su asombro, pero una pequeña chispa crecía en él.
—Manejamos esto juntas, Matt —le explicaba Taylor, mientras recorrían el ala este—.
La casa está registrada bajo una sociedad anónima independiente de mi empresa para que ningún periodista pueda rastrearnos.
Arriba hay dos dormitorios principales enormes, dos suites maritales idénticas con camas king size y baños integrados que tienen bañera de mármol, ducha independiente y vestidor propio.
Una para Shei y otra para mí. Nadie invade el espacio de la otra.
También hay otros tres dormitorios más espartanos en el ala oeste para las visitas o el personal de la agencia si fuera necesario.
O para ti, cuando te canses —dijo quedo y con una sonrisa adorable.
—Y aquí abajo tienes tu templo. También mio, por supuesto —añadió Sheila, abriendo las puertas dobles de una estancia luminosa que daba al jardín trasero—.
Un gimnasio perfectamente dotado con pesas, poleas y suelo de goma para los entrenamientos.
Y al lado, una oficina espaciosa para que Taylor pueda gestionar sus proyectos.
Matt caminaba en silencio con los ojos oscuros desorbitados por el asombro y el pecho subiendo y bajando con fuerza.
Examinó la cocina enorme equipada con electrodomésticos industriales y una mesa de madera rústica diseñada para compartir desayunos prolongados, y luego el living alternativo, una sala más pequeña e íntima con chimenea, sofás profundos y estanterías de libros pensada para mirar televisión, leer o escuchar música lejos del ruido.
No podía creérselo. Las dos mujeres que habían estado a punto de destrozarse en el desierto habían construido un refugio doméstico impecable para albergar su amor tripartito. Al regresar al gran salón principal, Matt se detuvo, conmovido hasta la médula.
Se giró hacia ellas, las tomó a ambas de las manos y las atrajo hacia su cuerpo con una fuerza que buscaba unirlas en un solo bloque de carne. Se inclinó y les besó las mejillas con una ternura profunda, pausada, sintiendo que los ojos se le humedecían por un alivio que le desbordaba el pecho.
—Joder... no sé qué decir —admitió, la voz ronca, rota por la emoción—. Esto es... es un milagro. Gracias. De verdad, gracias por no rendirse. Yo… Las amo tanto… —su voz se quebró.
No seas pendejo. No vayas a llorar, Matt, no lo hagas. Míralas. Dios, son tan hermosas. ¿Cómo cojones tienes tanta suerte?
Taylor le puso una mano en el pecho, obligándolo a sostener la mirada seria que la caracterizaba. Matt respiró hondo y asintió, sin palabras.
—Tenemos que poner las reglas sobre la mesa desde el primer día, Matt —declaró Tay con esa firmeza que a él le daba seguridad —.
Esto no es un picadero para organizar tríos ni fantasías sexuales.
Esto es un hogar. Eso es lo que queremos para los tres —tanto él como Shei asintieron con vehemencia—.
Y para que funcione, la comunicación tiene que ser fundamental, vital.
Somos tres personas con traumas diferentes y si alguna siente celos o incomodidad, se habla en el acto.
—Exacto —coincidió Sheila, asintiendo con madurez—.
El tiempo compartido es necesario para mantener el equilibrio.
Hemos acordado que la cena será nuestro momento obligatorio; todos los días que la logística del trabajo lo permita, nos sentaremos los tres a esta mesa a compartir la vida, sin pantallas de por medio.
Matt las miró, sintiendo que la fatiga acumulada de los viajes nocturnos desaparecía por completo ante la perspectiva de esa paz doméstica.
No podía creer que lo que anhelaba se estuviera concretando, que ambas hubieran depuesto los egos, las viejas cuentas, los enojos, por este proyecto. Por su amor.
—Acepto cada maldita regla —prometió Matt, besándoles los nudillos a ambas—. Lo juro.
Por un instante solo hubo silencio y unión de cuerpos en una ofrenda de paz y un acuerdo de voluntades. Sus vidas iban a cruzarse para volverse una. La emoción amenazó con quebrarlo y notó la misma sensación de incrédula felicidad en las dos.
Sheila miró su reloj de pulsera de golpe, soltando un bufido de fastidio profesional.
—Mierda, tengo que moverme ya si quiero llegar a tiempo a los estudios para la grabación del programa de la tarde. El tráfico de la salida va a estar horrible. Volveré en dos días con la primera parte de mis objetos personales para empezar a instalarme en mi suite.
Se acercó a Taylor, la rodeó con un brazo corto y le susurró algo al oído con una sonrisa cómplice que hizo que la mánager se sonrojara levemente:
—Todo va a estar bien, Tay. Cuídalo mientras vuelvo.
Sheila caminó hacia la entrada principal y Matt la acompañó hasta la puerta exterior.
Antes de salir al porche, la acorraló contra el marco de madera y la despidió con un beso apasionado, fogoso, una entrega húmeda y profunda que le dejó claro que su posición en su pecho seguía intacta.
Sheila le mordió el labio inferior con un gemido de posesión antes de subir a su coche y salir de la propiedad, dejándole el terreno libre con su hermana.
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