CAPITULO 28
El silencio en la suite de Boston solo era interrumpido por el rumor amortiguado del tráfico que subía desde la avenida. La pantalla del televisor proyectaba el menú principal de una película que nunca llegaron a reproducir, tiñendo las paredes de un resplandor azulado y constante.
En mitad del gran sofá de terciopelo, Matt yacía desplomado de lado, con un brazo colgando hacia la alfombra y la cabeza apoyada en un cojín de seda.
Se había quedado dormido media hora después de cruzar el umbral de la suite, rendido antes de que el servicio de habitaciones pudiera subir la cena que habían encargado.
Sheila permanecía sentada a su lado, con las piernas cruzadas y una taza de té templado entre las manos, contemplándolo.
Su mirada recorría con una mezcla de fijeza y ternura las facciones del guardaespaldas.
Sin la rigidez que adoptaba cuando estaba en servicio y desprovisto de la tensión de sus ojos negros, el rostro de Matt delataba un desgaste físico brutal.
Tenía unas ojeras violáceas que le surcaban la piel debajo de las pestañas menores y la línea de la mandíbula se mostraba relajada por un cansancio que parecía nacerle de los huesos.
Sheila se solazaba con la visión de su cuerpo corpulento, sintiendo el orgullo posesivo de tenerlo allí, pero la boca se le llenó de una amargura limpia al comprender el motivo de esa fatiga.
Se estiró para dejar la taza sobre la mesa de cristal y alargó los dedos, rozándole apenas un mechón de cabello oscuro que le caía sobre la frente.
Matt ni se inmutó; su respiración seguía siendo profunda, pesada, el sueño de un hombre que corría al límite de sus fuerzas mecánicas.
Sheila suspiró, apartando la mano con una mezcla de culpa y resolución.
Sabía que ella lo absorbía con sus demandas, su desintoxicación y las hordas de fans que ahora la perseguían tras el éxito del programa de fitness. Pero también sabía a dónde iba Matt cuando desaparecía por las madrugadas de la suite. Iba al sur. Iba con Taylor.
Agarró su teléfono móvil, que descansaba sobre el reposabrazos, y descubrió un mensaje en la bandeja de entrada. La pantalla parpadeó, mostrando el nombre de Isabel.
Sheila se había estado escribiendo con la hermana de Matt de forma esporádica durante la últimas semanas, buscando en ella un cable a tierra para entender al hombre que compartían. Leyó las líneas y la última frase le provocó una punzada directa en el estómago:
ISABEL: Cuida a mi manito, Shei. Es mi familia querida, el hombre más generoso que conozco, pero se está desviviendo por sus dos amores y va a terminar rompiéndose en mitad de una carretera. Habla con Taylor.
Sheila se quedó mirando las palabras hasta que la pantalla se oscureció.
La ira y los celos que la habían devorado en el tráiler del desierto ya no estaban; la terapia y la distancia de las pastillas le habían limpiado la sangre, permitiéndole ver la realidad con una madurez que la asombraba a ella misma.
Matt se estaba matando por mantenerlas a salvo a las dos, dividiéndose en dos mitades para no dañar a ninguna.
Con los labios apretados y el pulgar firme sobre el cristal, Sheila abrió el chat de su hermana.
Hacía meses que no le escribía un texto que no tuviera que ver con un saludo, agradecer una felicitación por su éxito o coordinar alguna comida para Matt cuando iba de una a la otra.
Pero esta noche las reglas de las Miller tenían que cambiar.
SHEI: Necesito verte mañana en tu apartamento. Es por Matt. Tenemos que hablar.
+++
Taylor caminaba de un lado a otro del salón de su pequeño apartamento, con los brazos cruzados sobre el pecho y los nervios a flor de piel.
El siseo del agua hirviendo en la cocina la obligó a detenerse.
Apagó el fuego de la tetera y se frotó las sienes, sintiendo que el corazón le latía con una cadencia frenética.
Llevaba dos horas limpiando las superficies y ordenando los cojines, una inercia neurótica diseñada para no pensar en lo que estaba a punto de ocurrir. Sheila venía en camino.
Su hermana iba a cruzar la puerta de su refugio privado por primera vez y temía sus intenciones. Probablemente quitarla del mapa de Matt. Tragó saliva y se armó de valor.
No te dejes impresionar por ella. No puede decidir por los tres. Matt es quien debe decidir entre las dos, o tú. En última instancia, solo tú, Taylor.
El timbre sonó con dos golpes secos, cortando el aire del apartamento. Taylor sopló, se alisó la blusa con manos trémulas y caminó hacia la entrada. Al abrir la puerta se encontró con una estampa que la desarmó.
Sheila estaba allí, pero no llevaba el abrigo de diseñador ni el maquillaje de Natasha Morozova. Vestía unos vaqueros sencillos, una chaqueta vaquera holgada y las zapatillas que Taylor le había comprado.
Su gorra de visera y las gafas la hacían anónima y cuando se quitó estas, la mirada que la encontró fue de una timidez tan humana que Taylor recordó de golpe a la niña que se escondía en su habitación cuando el mundo se ponía horrible.
—Hola, Tay —susurró Sheila, manteniendo los brazos pegados al cuerpo—. ¿Puedo entrar?
—Sí, claro. Pasa —Taylor se hizo a un lado, cerrando la puerta tras ella.
Al principio, la atmósfera en el salón fue densa, cargada de cautela. Se sentaron en los extremos opuestos del pequeño sofá, separadas por un vacío de años de competencia y silencios obligados.
Taylor le ofreció una taza de té que Sheila aceptó, y por unos minutos mantuvo los ojos fijos en el vapor que subía de la porcelana. Ninguna sabía por dónde romper el hielo, hasta que el nombre de Matt se materializó de forma inevitable.
—Se quedó dormido en el sofá anoche, Tay —soltó Sheila con una media sonrisa trémula—. Ni siquiera esperó a la cena. Tenía la cabeza de lado y parecía un oso de peluche gigante completamente noqueado. Creo que si hubiera entrado un batallón de la policía no se habría enterado.
Taylor no pudo evitarlo; una sonrisa breve y sincera le partió la rigidez del rostro al imaginar la escena. Sabía perfectamente cómo dormía Matt cuando el cansancio lo vencía: de golpe, pesado y sin defensas.
—Tiene esa costumbre de no admitir que está cansado hasta que se desploma —añadió Taylor con voz baja, el cariño tiñéndole las palabras—. Es un cabezota.
La mención del guardaespaldas suavizó las facciones de ambas, pero también trajo de vuelta la gravedad de la situación. El silencio regresó, pero esta vez fue un silencio limpio, desprovisto de la hostilidad del desierto.
—¿Qué estamos haciendo, Tay? —preguntó Sheila de pronto, girándose en el sofá para mirarla de frente, con los ojos claros inundados de madurez—. ¿Qué demonios estamos haciendo con nuestras vidas?
Taylor se encogió de hombros, bajando la vista hacia sus propias manos.
—Amar al mismo hombre, Shei —admitió con un hilo de voz, sintiendo que la confesión le pesaba en la garganta—. No deberíamos estar pasando por esto. Es una locura. Va contra todo lo que nos enseñaron.
—Es una puta locura —asintió Sheila, y por primera vez las lágrimas asomaron a sus ojos, resbalando por sus mejillas limpias—.
Pero la verdad es que lo amo, Taylor. Lo amo con un miedo que me asusta porque es el único hombre que me ha mirado y ha visto a Sheila.
Pero también te quiero a ti, hermana. Joder, te quiero.
No importa lo que nos hayamos dicho en ese tráiler, no importa el veneno que te escupí por culpa de los celos.
.. me dolió en el alma ver la devastación en tu cara cuando te enteraste de lo del vecino.
No quiero que nos sigamos destrozando por un hombre.
Taylor soltó un sollozo ahogado, las compuertas de sus emociones hundiéndose por completo. Se inclinó hacia delante y, por primera vez en diez años, rodeó a su hermana con los brazos.
Sheila se aferró a ella con fuerza, escondiendo el rostro en su hombro mientras ambas lloraban con un llanto desgarbado, un drenaje necesario que se llevó por delante la culpa, la envidia y los escombros del pasado.
No supieron cuanto pasó, pero no apuraron el momento. Tenía años de retraso. Era purificador.
—Me duele tanto, Shei... —gimió Taylor, apretándola contra sí—.
Me muero de culpa por no haber estado ahí cuando tenías doce años.
Estaba tan ciega, tan metida en mis libros.
.. Pensaba que mi única responsabilidad era estudiar para asegurarnos el futuro.
Y la promesa que le hice a mamá en el hospital, de mantenerte a salvo, la hice consciente, porque así lo quise. A veces me pesó, pero… Joder, eras…
—Una perra, sí, lo acepto. La terapia me está ayudando, Tay —le aseguró Sheila, separándose despacio para limpiarle las lágrimas con los dedos—.
La doctora me está enseñando que nadie tiene la culpa de la maldad de otros.
Tú estabas creciendo, Taylor. No eras mi guardaespaldas.
Pero Matt sí lo es. Él está en nuestra vida y nos está curando a las dos.
Pero estamos agotando. Está demacrado, distraído en la oficina de Providence, corriendo como un demente de Boston a tu apartamento en las madrugadas solo para pasar tres horas contigo antes de volver al norte a cubrir mi seguridad.
No va a aguantar, Tay. Se va a matar en la carretera.
Taylor se enderezó, recuperando una fracción de su seriedad habitual, aunque el rostro le temblaba por la emoción.
—Yo daré un paso al costado, Shei. Es lo que corresponde —dijo Taylor, tragándose el dolor de la resolución—. Tú lo necesitas más. Tu carrera está despegando y...