CAPITULO 27 #2
La voz preocupada le contó que se había ido por un instante de la cita, y se obligó a volver. Cada jodido minuto respirando el mismo aire valía la puta pena. La abrazó por la cintura y la atrajo hacia él para consumirle la boca en un beso candente y propietario.
La marcaba, la devoraba, la calmaba y se calmaba. Mientras las tuviera a las dos, mientras pudiera darles el amor que merecían y apuntalarlas, todo estaba bien.
+++
Matt cerró la puerta de madera del pequeño despacho auxiliar de la agencia en Providence, asegurándose de pasar el pestillo con un chasquido sordo que le garantizara privacidad absoluta.
Se despojó de la chaqueta y la arrojó sobre la silla, dejándose caer en el asiento de cuero con una pesadez que delataba el límite de sus fuerzas.
Tenía la garganta seca y una fatiga gris le pesaba en los párpados como si le hubieran metido arena gruesa; apenas había dormido tres horas la noche anterior tras conducir de madrugada desde Boston bajo una lluvia torrencial.
Se frotó el rostro con ambas manos, forzándose a despejarse antes de encender el ordenador de la agencia y activar el canal de la videollamada privada.
La pantalla parpadeó dos veces en mitad de la penumbra del despacho antes de mostrar el rostro radiante de su hermana Isabel.
Estaba sentada en el salón de su casa con una luz de mañana limpia y templada entrándole por el ventanal del fondo.
Al verlo aparecer, su sonrisa se ensanchó con esa calidez familiar que a Matt siempre le devolvía el eje.
—¡Manito! —exclamó Isabel—. Espera, déjame enseñarte cómo va esto antes de que empecemos a hablar de trabajo.
Se acarició la panza con ambas palmas, realizando movimientos circulares con una suavidad que a Matt le ablandó de inmediato las facciones. No se cansaba de verla.
—Está enorme —sonrió, apoyando los codos en la mesa, sintiendo que la ternura le aligeraba el peso del pecho—. Ese sobrino mío va a nacer pidiendo pista. ¿Cómo va todo por allá?
—Estamos bien, Matt. Ejercitando a diario —rezongó—. Darius se complace en torturarme con pilates y caminatas. Sabes lo que me gusta eso —hizo una mueca y Matt soltó una carcajada corta.
Isabel dejó de sonreír despacio. Sostuvo el teléfono más cerca de su rostro, escudriñándolo a través de la pantalla con esa fijeza implacable de las mujeres de su sangre que no se dejaban engañar por las fachadas de los hombres de la familia.
Lo conocía como si lo hubiera parido, y la rigidez de su mandíbula no le pasó desapercibida.
—Bueno, Matt —dijo Isabel, con una voz más baja, seria, pero cargada de un cariño inmenso—. Ahora dime qué te pasa. Tienes unas ojeras que te llegan a la boca, la mirada ausente y la voz rota. Te conozco, hermano. Estás al límite. ¿Qué está pasando con tus dos mujeres?
Matt soltó un suspiro largo, pasándose la mano por el cabello antes de entrelazar los dedos de forma tensa. La necesidad de drenar la verdad con la única persona que no lo juzgaría fue más fuerte que su disciplina profesional.
—Las adoro, Chabela. Joder, las adoro a las dos con el alma —confesó, y la voz le salió arrastrada por el cansancio—.
Son preciosas, Isabel. Son distintas, pero tan jodidamente complementarias.
Con Sheila siento un impulso salvaje de meter el cuerpo ante la bala, de protegerla del fango ahora que está limpia de las pastillas y comprometida con su terapia.
Su resiliencia y su belleza me desarman.
Y Taylor... Taylor es mi cable a tierra, la mujer con la que puedo desnudar mis cicatrices sin necesidad de usar máscaras.
Estoy súper contento, de verdad que lo estoy, pero…
Sabes que siempre soy abierto con mis amigos, pero no he dicho una sola palabra en la agencia, sin ser a Pipen, y poco.
Evito a Elijah, al que adoro, como la peste.
Ya sabes cómo es. Si se entera de que estoy metido en las camas de las dos hermanas…
Isabel lo escuchó en silencio, asintiendo a través de la distancia digital, con los ojos llenos de una comprensión dulce.
—Escúchame bien, manito —le interrumpió Isabel con suavidad—. Lo que tus amigos y la gente de la agencia quieren, Elijah incluido, es que seas feliz. Nadie que te conozca de verdad te va a juzgar. Tú no solo estás en sus camas, no lo digas así. Estás en sus corazones, y ella en el tuyo.
—Es así.
—Matt, eres generoso con el amor y te desvives por cuidar a los que te importan. El problema aquí no es lo que piense la agencia. El problema es lo que te estás haciendo a ti mismo en el proceso. No vas a poder sostener este ritmo de viajes y secretos sin terminar rompiéndote.
Tras cortar la comunicación, Matt se quedó a solas en la penumbra del despacho, contemplando la pantalla vacía del ordenador.
Las palabras de su hermana le dolieron en los huesos porque arrastraban una verdad innegable.
Era inmensamente feliz, sí; tenía el amor de las dos mujeres que le habían devuelto la vida.
Pero su físico estaba sufriendo las consecuencias del poco sueño, las horas infinitas al volante en las carreteras nocturnas y los viajes constantes entre Providence, Boston y el apartamento de Taylor.