Matt. Agencia Pipen 4 CAPITULO 27
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CAPITULO 27

El sol de la mañana de Boston se reflejaba con fuerza en las inmensas cristaleras de la sede de la cadena televisiva creando un destello cegador sobre el pavimento.

Matt permanecía de pie junto a la puerta giratoria del edificio principal, su postura rígida, las manos entrelazadas al frente y los pies sutilmente separados.

Las gafas de sol oscuras ocultaban la mirada que no dejaba de escanear la acera.

Su chaqueta marcaba la línea de los hombros anchos proyectando una presencia adusta e imponente que funcionaba como un muro invisible.

No necesitaba gesticular ni levantar la voz; los transeúntes y los empleados que entraban y salían del complejo lo rodeaban intuyendo la amenaza latente en su quietud.

La puerta de cristal giró con un leve siseo y Sheila apareció en la acera.

Vestía un traje de chaqueta entallado de color blanco inmaculado que realzaba la recuperación de su figura, y unos tacones altos que hacían resonar sus pasos con seguridad.

Sin embargo, lo que verdaderamente detuvo a Matt por un segundo no fue la elegancia de su ropa, sino la luz limpia que emanaba de su rostro.

La deslumbrante Natasha Morozova seguía ahí, pero desprovista de la tensión histérica que solía atenazarle las facciones.

Acababa de firmar el contrato definitivo con la cadena para convertirse en la figura estelar de un ciclo de programas dedicados al fitness, la nutrición y la reconstrucción física.

Era un proyecto diseñado a su medida, un territorio profesional que la alejaba por fin de la toxicidad de los realities de convivencia y la colocaba en el centro de lo que de verdad le apasionaba.

Al verla salir, un grupo de fans que llevaba horas esperándola se adelantó con cuadernos, revistas y teléfonos móviles en las manos. Matt sintió que el instinto de guardián se le encendía en la sangre y dio un paso firme al frente, interponiendo sus hombros entre la multitud y la estrella.

Sin embargo, Sheila le tocó levemente el antebrazo con un gesto suave, deteniéndolo.

Estaba sonriendo, una mueca genuina que no tenía nada de la condescendencia que solía impostar ante las cámaras.

Con una paciencia inédita, se paró con ellos, firmó los autógrafos con un trazo firme y escuchó los halagos sin desviar la mirada.

—¡Natasha, eres una sobreviviente, te admiramos mucho! —le gritó una chica joven, conmovida.

—Muchas gracias, de verdad —respondió Sheila, clavándole sus pupilas claras con una calidez que asombró al propio Matt—. Significa mucho para mí que lo digas. Ahora vamos a construir algo mucho más sano, lo prometo.

Matt observó el intercambio en silencio y sintiendo que un orgullo profundo y una debilidad innegable le ablandaban el pecho. La transformación que la terapia estaba logrando en ella era un milagro; ya no necesitaba esconderse detrás de una fachada de diva intratable para proteger sus cicatrices.

Una vez que el grupo se dispersó, Matt la guió con un brazo protector hacia el coche que esperaba junto a la acera, asegurándose de que entrara antes de subirse él al asiento del conductor y poner el motor en marcha.

En cuanto los cristales oscuros del vehículo los aislaron del ruido exterior, el ambiente cambió por completo.

Sheila soltó un largo suspiro de alivio, arqueando la espalda contra el asiento de cuero. Con movimientos rápidos se descalzó de los tacones y se puso unas zapatillas cómodas que Taylor le había dejado en la guantera semanas atrás.

Rebuscó en su bolso por las toallas demaquillantes y comenzó a limpiarse la base de la cara, despojándose de la estrella de la televisión con cada pasada, hasta que su piel pálida quedó al descubierto.

Entonces, se inclinó sobre la consola central y rodeó el cuello de Matt con los brazos, pegando sus labios a los de él en un beso feliz, rítmico y ruidoso que olía a vainilla y a un nuevo comienzo.

—Gracias, Matt —le susurró contra la boca, con las mejillas todavía encendidas por la adrenalina del contrato—. Gracias por impulsarme a firmar esto. Por no dejarme tirar la toalla cuando los abogados de la cadena se pusieron difíciles con las cláusulas de privacidad.

Matt le acarició la línea de la mandíbula con el pulgar, disfrutando del calor de su cercanía.

—¿Estás feliz, Shei?

—Mucho. Sí —admitió ella, volviendo a su asiento, pero conservando la mano entrelazada con la de él—. Esto me pone muy nerviosa, es un territorio nuevo y me da pánico fallar, pero sé que es crecimiento. De verdad lo es.

Matt asintió, sintiendo un alivio inmenso al verla procesar su futuro sin la necesidad de recurrir a la bruma de las pastillas.

Sin embargo, en cuanto Sheila focalizó su atención en los mensajes de su móvil, el agobio de su propia realidad le cayó encima.

El mapa mental de sus responsabilidades se estiró de golpe.

Su puesto base en la agencia Pipen estaba en Providence y, aunque su jefe le otorgaba tareas cerca de Boston siempre que la logística lo permitía para mantenerlo cerca de la estrella, la distancia física y emocional empezaba a convertirse en un motor de desgaste.

Sabía que Sheila y Taylor se escribían y habían acuerdos, pero la reconciliación total aún estaba lejos. La imposibilidad de reunirlas en un mismo espacio y la necesidad de correr de una cama a la otra, sosteniendo dos vidas secretas, empezaba a asfixiarlo.

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El escenario del encuentro esta vez era un pequeño restaurante de luces tenues y paredes de ladrillo visto en una zona residencial a las afueras de Providence.

Matt contemplaba a Taylor a través del destello parpadeante de la vela que decoraba el centro de la mesa, fascinado por la forma en que la penumbra le suavizaba la seriedad pulcra de las facciones.

Ella estaba tan hermosa que parecía brillar. Era su aura el que insuflaba gracia a la blusa pálida, o sus ojos inteligentes y vivos. La boca bien dibujada y apenas con un gloss sonreía y ella gesticulaba con las manos para hablarle de sus nuevos proyectos.

—Tuvimos un desliz que casi nos cuesta mucho la semana pasada, Matt —le contó, dando un pequeño sorbo a su copa de vino, con una mezcla de orgullo y fatiga en la voz—.

Hubo un problema gravísimo de coordinación con la empresa productora encargada del packing de los nuevos productos independientes que estamos gestionando.

Retrasaron la entrega de los contenedores tres días y estuvimos a punto de perder el contrato de distribución principal con las tiendas del norte.

Me pasé dos noches en vela encerrada en mi despacho revisando las cláusulas de rescisión y buscando vacíos legales, pero al final logré resolverlo.

—Esa es mi chica —dijo, aunque el detalle de que descuidara su descanso no le gustó nada—. Prométeme que te cuidarás mejor, Tay. Nada vale más que tu salud.

Tomó su mano y la apretó sobre la mesa. Ella sonrió con calidez y enredó sus dedos en los suyos mientras asentía.

—Fue una excepción. Pudimos lograr una penalización económica a los responsables y cambiamos de proveedor en tiempo récord —suspiró largo—. Mi empresa está caminando sola, Matt.

—No podría ser de otro modo, Tay, eres la hostia.

Ella se mordió el labio inferior y pareció más tímida.

—¿Está mal que me guste más porque no tiene nada que ver con la burbuja de Natasha Morozova? No es que…

—Tay, ey… Entiendo lo que dices, mi vida, lo hago. Y sé que Shei también lo hará.

Ella meneó la cabeza y tomó su copa para dar un sorbo.

—No es una conversación que pretendo tener.

—Es válido que disfrutes lo que ganaste con esfuerzo y sacrificio, Tay.

Matt sonrió de lado, sintiendo que el orgullo le ensanchaba el pecho al verla florecer lejos de la sombra absorbente de su hermana. Tay entendería que esa versión de Shei estaba cambiando, que había sido un mecanismo de defensa desesperado por olvidar y clavar las garras en una vida menos dolorosa.

Tomaría tiempo. Pero esta noche no se trataba de Sheila sino de ellos. Volvió a atrapar la mano y la apretó con cariño firme que buscaba transmitirle toda la admiración que sentía por ella.

—Te lo mereces, Tay —le dijo con su voz baja, ronca—. Eres una mujer brillante.

Salieron del restaurante una hora más tarde, caminando despacio por la acera oscura de la avenida y de la mano. El aire de la noche era fresco, un viento limpio que anunciaba el cambio de estación, pero la cercanía de sus cuerpos los mantenía en una burbuja de intimidad perfecta.

Matt la detuvo de golpe bajo la sombra tupida de un árbol, apartándola de la luz de las farolas.

Le tomó el rostro entre las manos, obligándola a levantar la vista, y la besó con ternura, saboreando el vino en sus labios con una necesidad que llevaba días acumulándose en su torrente sanguíneo.

La echaba de menos. Quería más con ella. Más tiempo, más momentos, más charlas.

Taylor se pegó a su pecho con un suspiro trémulo, entregándose al contacto con una suavidad que lo desarmó. Ella sentí igual. Los tres lo hacían, pero jugaban a una red de combinaciones de sus tiempos y espacios en un equilibrio imperfecto que lo iba deshilachando.

La logística de estar en dos camas diferentes, o tres cuando sumaba la ducha tan vacía en Providence, sosteniendo dos universos emocionales que se negaban a tocarse, era un motor implacable que estaba amenazando su resistencia.

Scott era comprensivo y hacía lo que podía.

Era el único, salvo Logan, al que le había dicho algo en la agencia, apenas la punta del iceberg.

El jefe, que era también amigo, le asignaba misiones intermedias y tareas de oficina en Providence para justificar sus movimientos, pero el desgaste de pasar las madrugadas al volante, devorando kilómetros de asfalto solo para pasar unas horas con Taylor antes de tener que regresar corriendo al norte para ver a Shei…

El cuerpo lo sentía, pero también el corazón, que las quería a ambas cerca.

—¿Matt? ¿Estás bien?