Matt. Agencia Pipen 4 CAPÍTULO 26 #2
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CAPÍTULO 26 #2

—Shei está dispuesta a intentarlo, Taylor —asestó Matt, y el golpe de realidad la dejó completamente muda, con los ojos desorbitados por la sorpresa.

—Imposible. Ella… Shei puede ser una buena actriz, pero… Es posesiva. Matt, yo… Te quiero, pero… Es una locura.

—Sheila me escuchó hablar con el corazón en la mano con mi hermana Isabel. Vio lo que siento por las dos. Y me dijo que si ser feliz conmigo implica compartirme contigo, lo acepta. Sabe cómo eres, Tay. Sabe que la quieres y que no eres su enemiga.

La confusión en el rostro de Taylor era total. Negaba con la cabeza, asimilando las piezas de un puzle que se negaba a encajar.

—No sé... no sé cómo funcionaría algo así, Matt —susurró, con una duda real en las pupilas—. Es inconcebible... la prensa, la familia, nosotras...

—Si me quieres, Tay, si sientes lo mismo que yo, podemos descubrir cómo funciona juntos —le pidió Matt, acercando su rostro hasta que sus respiraciones se mezclaron—. No me dejes fuera de tu vida por una culpa que no te pertenece.

Taylor lo miró, y el muro de su lógica se derrumbó ante la fijeza de esos ojos negros que la devoraban.

—Solo sé... solo sé que te tengo bajo la piel, Matt.

Que intento sacarte y no puedo —admitió en un susurro vencido—.

Pero… Lo hacen parecer fácil. Y esto no lo sería.

Sheila tiene heridas que sanar. Yo también.

Además, ¿qué seríamos? Los periodistas, los fans, tu familia, tus colegas…

Este es un mundo cruel, que lastima, y lo distinto…

—No escucho que digas que no quieres hacerlo, Tay —dijo él, acercándose y abrazándola—. Dime que no quieres, que no me quieres, y lo entenderé. Háblame de tu disgusto, de tu asco, de tu necesidad de más, y lo entenderé. Lo aceptaré.

Ella abrió y cerró su boca, pero no salió sonido.

Parpadeó y entonces Matt la besó. Suave, sin apuro, imprimiendo la verdad de su sentir con su boca, en su boca.

Sus manos fueron a sus caderas, le acariciaron la espalda mientras la disfrutaba y ella se desmadejaba en sus brazos. Mía, querida, adorable, Tay.

La realidad volvió luego de un rato de sentirse por la piel y respirarse y Matt pasó sus dedos por las mejillas surcadas de lágrimas.

—Matt, no sé qué hacer, te lo juro. Te quiero… Oh, sí, no hay dudas de eso, pero…

—Da un salto de fe conmigo, Tay —rogó.

Ella soltó el aire de golpe y pareció desinflarse, pero sus ojos lo miraron con la belleza de la posibilidad.

—No hagas que me arrepienta, Matt, te lo ruego.

—Te prometo por lo más sagrado que no lo haré. Tú y Shei son un regalo, querida mía.

Besó sus nudillos, besó su frente y luego la abrazó. Estuvieron así un buen rato. Charlaron, él contestó sus mil preguntas sobre Shei, sobre su situación, sobre Henry. La luna los encontró en la cama horas después.

La intimidad se dio de manera natural, como una consecuencia inevitable de la verdad expuesta y de la distancia que les había lacerado los nervios durante casi un mes.

El sexo esta vez no tuvo la urgencia violenta del hangar, para nada. Esta fue una entrega delicada, tierna, el inicio de un encuentro largo y lento que se había hecho esperar con la madurez de una necesidad real.

La habitación fue testigo de textiles que caían despacio, dejando que las pieles se descubrieran bajo la luz tenue. Matt se regocijó en la textura de su cuerpo, recorriéndole los costados, saboreando la calidez de su cuello con besos suaves que hicieron soltar sonidos inusuales a Taylor.

Se acostaron sobre las sábanas, demorándose en cada roce, grabándose el sabor de las pieles en la memoria. Matt se deslizó hacia abajo, arrodillándose entre sus piernas con una devoción que a Taylor le encendió el vientre.

La miró fijo antes de inclinarse, tomándole los muslos con firmeza, y comenzó a hacerle sexo oral con una intensidad pasional, concentrado, como si quisiera devorarla por completo, lamiendo y succionando su centro con un ritmo pausado que la hizo vibrar, enterrando las manos en las sábanas mientras soltaba jadeos desesperados.

Taylor temblaba bajo su boca, perdiendo el control de su propia rectitud, rindiéndose al refugio de carne que el guardaespaldas le ofrecía.

Cuando el clímax la rozó, Matt se incorporó y Taylor, impulsada por un ardor recíproco y una necesidad de posesión idéntica, lo empujó suavemente hacia atrás sobre las almohadas. Se deslizó por su torso duro, recorriendo con los labios las marcas de su pecho hasta quedar entre sus piernas.

Le tomó el miembro con una mano temblorosa y le regaló una fellatio lenta, profunda, asimilando su tamaño y su calor con una entrega que a Matt le arrancó tacos roncos en español, con las manos clavadas en el colchón para no perder el sentido por el placer que le provocaba.

—Joder, Tay… Me pones como un tren… No pares…

La boca sensual se redondeó para tragarlo y hasta la garganta fue, atorándola con su carne. Ella retrocedió y parpadeó, pero con la vena porfiada que parecía el sino de las Miller, volvió a devorarlo y jugó con su largo, deslizándose para crear una locura de sensaciones en Matt.

Su semen se acumulaba y la vio tragar parte de lo que aun no era explosión, pero si muestra de lo que se venía.

Cuando no pudo tolerar más placer y su mandíbula estaba tensa de soportar, cuando la tensión sexual llegó al límite, al punto de no retorno donde los cuerpos exigían la comunión definitiva, Matt tomó su polla por la base y retrocedió.

La expresión de pena en el rostro de Tay casi lo hace correr ahí mismo. La tomó por la cintura, la giró despacio y se posicionó sobre ella. Se miraron a los ojos en mitad de la oscuridad.

—¿Estás segura? ¿Esto es lo que quieres?

Asintió y movió su pelvis para recibirlo.

Matt se unió a ella con un movimiento firme, hondo, que les sacó un gemido al unísono.

El ritmo que siguió fue pausado pero implacable, una danza larga donde se regodearon en el roce de sus pieles, susurrándose palabras sutiles al oído y promesas mudas sobre la cama.

—Tay, Tay… Tu piel es seda…

—Oh, Matt, sí… Hazme tuya.

No había prisa; era la consolidación de su amor, la curación de la culpa a través del fuego de los cuerpos.

La mutua explosión los alcanzó juntos, una sacudida violenta que los hizo aferrarse el uno al otro con las yemas hincadas en los hombros, desatando el sumum de la pasión postergada durante semanas.

Quedaron abrazados en mitad de la penumbra, con los corazones latiendo con fuerza contra las costillas y las respiraciones acopladas. Taylor apoyó la frente en el pecho húmedo de Matt, dejando que las lágrimas del alivio le empaparan la piel.

—Casi había aceptado que no te vería más, Matt —confesó Taylor en un susurro roto, con las manos entrelazadas detrás de su espalda—. Había decidido dejarte ir con ella para no causar más daño.

Matt le tomó la barbilla con suavidad, obligándola a levantar la cara para mirarlo con una fijeza gélida y eterna.

—No podría dejarte, Tay. No puedo —le aseguró, besándole las comisuras de los labios—. Me pasa con ambas. Las dos se han metido tan adentro que no sé cómo respirar si me falta una. Por favor, intentemos esta locura.

Taylor cerró los ojos, sintiendo el calor de su cuerpo y el peso de la realidad familiar que la esperaba afuera de ese apartamento.

—No sé si funcionará, Matt... no sé cómo hacerlo, pero... —susurró, rindiéndose definitivamente al laberinto.

—Aprenderemos juntos —concluyó Matt, apretándola contra sí con una fuerza protectora—. Ustedes lo son todo para mí.