Matt. Agencia Pipen 4 CAPÍTULO 26
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CAPÍTULO 26

Las últimas semanas habían sido un ejercicio brutal de supervivencia emocional.

Desde el momento en que Sheila huyó del set del desierto, Taylor había sentido que el mundo real se desvanecía, sustituido por una inercia gris y automática.

Recordaba cómo se había quedado de pie, sola en mitad de la grava, sintiendo el vacío que dejó la huida de su hermana y el peso aplastante de la culpa.

El eco de los secretos desenterrados en el desierto: el abuso de los doce años, la marginalidad en Maine, el mutuo interés en Matt, le continuaba perforando la conciencia. Se sentía un monstruo por haber cedido al deseo con Matt en el hangar mientras su hermana se rompía por dentro.

El temor de que Sheila hiciera una locura primero, y luego de saber de su secuestro, que Henry la destruyera antes de que los agentes la encontraran, la había tenido al borde de la locura.

La noticia del rescate fue un alivio que llegó como un golpe de oxígeno que le devolvió el pulso, pero no le dio tregua. Taylor se tragó las lágrimas, se ajustó la máscara profesional y actuó con una eficiencia magistral.

Durante días fue la portavoz que gerenció la crisis con los productores y el director del reality con frialdad corporativa, conteniendo los rumores y redactando comunicados oficiales para blindar el nombre de Natasha Morozova.

Sin embargo, la procesión iba por dentro, y la hipocresía del entorno no tardó en hacerle perder la paciencia.

No faltaron momentos en que deseó chillar y patear, sacudir a más de una de las patéticas estrellitas que solo pensaban en seguidores y oportunismo.

Como cuando la influencer del reality, esa chica de sonrisa plástica, había soltado una risita displicente mientras miraba su teléfono.

—Vaya con Natasha. Menudo teatro ha montado para conseguir más publicidad. La mitad de este acoso debe de ser un truco de su mánager para catapultar el estreno.

El actor, un tipo egocéntrico que no toleraba que nadie le robara los focos, había asentido con una mueca de desprecio.

—Es patético. Usar historias de delincuentes y navajas para subir el rating. Todo el mundo sabe que esta gente de la tele vende a su madre por un titular.

Taylor se plantó frente a ellos con una indignación tan ardiente que los papeles le temblaron en las manos. Los miró con un desprecio gélido que borró las sonrisas de sus rostros en un segundo.

—Cállense la maldita boca —les espetó con una voz baja y cortante que silenció la carpa—.

Mi hermana fue atacada por un criminal real, y mientras ustedes se preocupan por sus patéticos seguidores, ella está curándose las heridas que le dejó una navaja.

Si escucho un solo comentario más cuestionando la veracidad de este asunto, me encargaré personalmente de que sus contratos de exclusividad se rescindan por difamación antes de que termine la tarde. ¿Ha quedado claro?

Nadie respiró. Taylor dio media vuelta y abandonó el set de modo definitivo.

Ya no pertenecía a ese circo. Con la producción encarrilada y Sheila a salvo en la ciudad, Taylor se recluyó en su pequeño apartamento del centro.

La soledad de esas cuatro paredes se convirtió en su refugio y en su condena.

Por primera vez en años, tenía tiempo libre para dedicarse por completo a su propia empresa de gestión de proyectos independientes. Se reunió a tomar café con su socia en una cafetería tranquila lejos de los platós; trazaron planes, revisaron presupuestos y organizaron lanzamientos futuros.

Durante el día, Taylor vivía su propia vida, una existencia limpia, organizada, sin nada de la vorágine de Sheila en el medio.

Pero tampoco estaba Matt. Y ese vacío era un dolor sordo que el trabajo no lograba apagar.

Era absurdo como una presencia relativamente nueva en su vida podía tener tanto peso.

Por las noches, Taylor encendía el televisor o leía la prensa digital. Veía las imágenes de su hermana y parecía que a Sheila no le hubiera pasado nada. El reality había comenzado a emitirse y ella brillaba en las pantallas como Natasha Morozova, más deslumbrante y magnifica que nunca.

Los fans caían a raudales a sus pies, desbordando las redes de admiración por su fuerza de sobreviviente. Al verla sonreír ante las cámaras, Taylor se alegraba. Se alegraba sin dudar, con un amor fraternal que le nacía de las entrañas.

Mirando la pantalla, los recuerdos de la infancia la asaltaron.

Recordó cuando eran niñas y solo se tenían la una a la otra en aquella casa vacía mientras su madre doblaba turnos.

Taylor había tratado de hacer las cosas bien, de cuidarla como prometió, creyendo fielmente que lo que hacía era cumplir con una responsabilidad, una condena de culpa ante la promesa que le había hecho a su madre moribunda.

Pero al verla brillar ahora, le vinieron también los buenos recuerdos.

Los días en que ambas eran solo dos adolescentes que reían despreocupadas en la alfombra, haciéndose la manicura con esmaltes baratos o hablando de alguna compañera de clase sin la menor piedad, unidas por una complicidad que el dinero y el trauma posterior habían empañado.

La amaba. A pesar de los gritos del tráiler, la amaba.

Y luego, en mitad de la noche, le regresaban las caricias de Matt.

Su sonrisa de lado, su olor a cuero y la confesión brutalmente honesta de que ella le interesaba por quién era, por cómo era.

El guardaespaldas no había dejado de llamarla ni una sola noche, pero a Taylor cada vez le costaba más mantener su fachada profesional por el teléfono.

Le dolía escucharlo, le dolía presentir la intimidad que él ya estaba reconstruyendo con su hermana en la suite del hotel de lujo en que se resguardaban. Un nido de amor.

No iba a ponerse entre ambos. Había visto la cara de Sheila en el tráiler; su hermana amaba a ese hombre con una necesidad desesperada. Dar un paso al costado era lo que correspondía, la única forma de sanar a su familia, aunque el sacrificio le rompiera el corazón en mil pedazos.

De pronto, un noche de esas, un golpe firme y rítmico en la puerta de madera rompió el silencio del apartamento. Taylor parpadeó, limpiándose una lágrima rezagada con el dorso de la mano. Se levantó despacio y abrió la cerradura. Al abrirse la hoja, el aire se le congeló en los pulmones.

Matt estaba allí plantado en el pasillo. Y todo su trabajo para tratar de frenarse y ser lógica y responsable y no patética se desplomó.

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El alivio de verla sana, salva y fuera de la demencia del set le bajó a Matt por el pecho como una oleada de agua tibia.

Taylor estaba en el umbral, vestida con un suéter sencillo, el cabello castaño sujeto en un moño desordenado y esos ojos inteligentes que a él le daban la vida brillaban, aunque la rigidez de su postura delataba que estaba levantando muros de defensa.

Matt no esperó a que ella le diera permiso para pasar. Dio un paso al frente, invadiendo su espacio, y la encerró en sus brazos con una posesión rabiosa y necesitada. La apretó contra su cuerpo, hundiéndole la cara en el pelo, aspirando su olor a limpio y eso que solo Taylor olía.

Ella se puso rígida un segundo, pero Matt se inclinó y la besó en los labios con una desesperación contenida, un beso húmedo, lento, que le rompió la resistencia hasta que la escuchó soltar un suspiro trémulo contra su boca.

—Te he echado de menos, Tay. Joder, te he echado de menos cada maldito segundo de estas semanas —le susurró contra los labios, sin soltarle la cintura, empujándola hacia el interior del apartamento y cerrando la puerta con el taco de la bota.

Taylor se separó un par de centímetros, mirándolo con una confusión dolorosa, intentando recuperar el aire.

—Matt... no deberías estar aquí. Sheila...

—Sheila sabe que estoy aquí, Taylor. Vine porque tenemos que hablar.

Los tres —la interrumpió Matt, tomándole las manos para mantener el contacto físico—.

No he dejado de pensar en lo que me dijiste en el coche.

En que en otra vida pudimos ser algo real.

No voy a esperar a otra vida, Tay. Lo quiero en esta.

Se la llevó hacia el pequeño sofá de la estancia, obligándola a sentarse a su lado. Matt la miró con una seriedad absoluta, desnudando sus sentimientos sin guardarse un solo escudo.

—Sé lo que sientes, sé el miedo que tienes por la culpa familiar y sé que piensas que dar un paso al costado es lo correcto.

—Lo es. Nuestra prioridad ha de ser Shei…

—Mi prioridad es doble. Ella. Tú. No son excluyentes para mí.

Ella se mordió el labio y quiso soltarse, pero no la dejó. Tay quería retraerse y sacrificarse, pero en esta relación no habría un cordero sagrado, pensó Matt con fiereza.

—Matt, no lo hagas más difícil. El corazón debe elegir.

—¡Pero mi corazón no funciona así! He estado leyendo, Taylor. He estado buscando respuestas a esta locura que me pasa en el pecho porque no soy un bastardo que quiere jugar con dos hermanas.

—No, no pienso que…

—Existe el poliamor, existen las relaciones donde el sentimiento es limpio, recíproco y donde no hay engaños porque todo se pone sobre la mesa. Eso es lo que deseo contigo. Y con ella —dijo Matt.

Taylor se quedó fría de asombro. La palabra flotó en el salón de su apartamento como un concepto alienígena, una locura que le heló la sangre y le encendió las sienes al mismo tiempo.

Miró las manos de Matt, confundida, con la mente cuadriculada intentando procesar una estructura que desafiaba toda su educación moral.

—¿Poliamor? Matt... eso es una locura colectiva —articuló Taylor, con la voz trémula—. Sheila jamás... ella es posesiva, ella te quiere solo para ella... Y el mundo no se cree eso, en general es la licencia del hombre para tener un haren.

—¿Eso piensas de mí, Tay?

La mortificación de su tono y su expresión atrajeron la mano de Taylor sobre su mejilla. Ella lloraba en silencio y negaba. Tenía que convencerla.