Matt. Agencia Pipen 4 CAPÍTULO 25 #2
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CAPÍTULO 25 #2

Le describió su resiliencia ante el dolor de su infancia, su belleza descarnada cuando no llevaba maquillaje, su capacidad de trabajo y el modo en que había aprendido a defenderse sola en ese motel de carretera.

Y luego... luego le habló de Taylor. De su sencillez elegante, de su inteligencia desarmante, de la rectitud con la que manejaba el circo de su hermana mientras se ahogaba en su propio arrepentimiento.

Isabel fue sacándole la información con preguntas cortas, directas, guiándolo por el laberinto de sus propios emociones hasta que Matt soltó la última amarra.

—Mis sentimientos son puros por ambas, Isabel. No puedo decidirme por una y no quiero hacerlo. No es un juego de ego, ni un capricho de semental. Joder, las quiero a las dos porque ambas completan partes de mí que estaban muertas desde que salí de la guerra. Siempre soñé con una familia, hijos…

Isabel sonrió a la pantalla, una mueca dulce, desprovista de cualquier juicio moral.

—Tú tienes corazón para las dos, eso lo sé bien, manito —dijo con suavidad—.

Siempre has sido generoso con él. Desde que eras un niño te costaba guardarte el amor solo para una cosa; te desbordabas cuidando a todo el mundo.

El problema no es tu capacidad de amar, Matt.

El problema es si ellas sienten lo mismo por ti.

—Eso espero. Creo que con Sheila sí, y Taylor.

.. Taylor se muere de miedo por la culpa, pero sé lo que pasó entre nosotros —Matt se pasó una mano por el cabello, exhalando un aire caliente—.

Sé que a la vista de otros esto es un escándalo.

Es inconcebible. En la agencia me verían como un jugador, como un bastardo que se aprovecha de dos hermanas vulnerables.

Creo que ellas también lo piensan a veces.

Y no quiero perderlas, Chabela. No quiero destrozar lo único real que he encontrado en años.

Cuando la larga y drenante charla terminó, Matt se despidió de su hermana con un beso a la pantalla y colgó el teléfono.

Se quedó sentado en la penumbra del despacho, apoyando los codos en las rodillas.

A pesar de la incertidumbre, sentía un alivio inmenso, una ligereza física en el pecho por haber dicho su verdad en voz alta, sin disimulos.

—Te creo, Matt.

La voz de Sheila llegó desde el marco de la puerta, un susurro limpio que hizo que Matt se pusiera de pie de un salto, con el corazón dándole un vuelco en las costillas.

No la había escuchado entrar. Sheila estaba apoyada en la madera, con los brazos cruzados sobre el pecho y una mirada serena, desprovista de la rabia del desierto. Sus ojos fijos en él reflejaban comprensión.

—Sé que no quieres meterte en nuestras camas por pura lujuria o por el subidón de tu ego —continuó Sheila, dando un paso lento hacia el interior del despacho—.

Escuché lo que le dijiste a tu hermana. Eres un buen hombre, Matt Vargas.

El hombre que quiero a mi lado. El que me hace sentir que la basura del pasado ya no me define.

Se detuvo a un palmo de él, obligándolo a sostenerle la mirada.

—Pero también quiero a Taylor —admitió Sheila, y su voz no tuvo veneno, sino una madurez nueva, texturizada por la terapia—. Sé que la herí, sé lo que sufre por mi culpa. Y si ser feliz contigo implica tener que compartirte con ella... tal vez pueda aceptarlo. No lo sé, eso espero.

Matt la miró, conmovido hasta la médula. Extendió las manos y le tomó las muñecas con suavidad, con una mueca de disculpa en las facciones.

—Shei, lo siento... no era mi intención que escucharas esto de esta manera, no quería que pensaras que eres una opción divisible...

—Sé siempre honesto, Matt. Eso es lo que amo de ti —lo interrumpió ella, colocándole una mano sobre la mejilla, deteniendo sus disculpas—.

Tu honestidad es mi única droga ahora. Si debo compartirte con alguien en este mundo, está bien que sea con Taylor.

Sé cómo es ella. Conozco su rectitud, sé que me quiere a pesar de mis desastres.

No quiero dañarte a ti, Matt, y tampoco quiero seguir dañándola a ella.

Sheila se inclinó y lo abrazó por la cintura, pegando la mejilla a su pecho firme.

—Estoy dispuesta a intentarlo —susurró contra su camiseta—. Si ella acepta, buscaremos la forma de que esta locura funcione.

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Sheila se mantuvo aferrada al cuerpo de Matt, escuchando el latido constante y potente de su corazón bajo la tela de la camiseta. Su mente, habitualmente una tormenta de pensamientos caóticos, se sentía en calma.

Recordó cada palabra de la conversación que acababa de presenciar entre los dos hermanos. Ver la cercanía tan pura que Matt tenía con Isabel, el modo en que hablaban de todo, desde el embarazo y los nombres del bebé hasta las miserias más profundas de su trabajo, la había dejado maravillada.

Ningún hombre en su pasado había tenido esa densidad emocional; los tipos con los que se rodeaba en la farándula o los delincuentes de Maine eran criaturas superficiales que solo hablaban de dinero, drogas o marcas. Pero Matt Vargas sentía con la fuerza de un ejército.

Escuchar su confesión, el modo en que la describió ante su hermana, no como la diva histérica de la televisión ni como la adicta rota, sino como una mujer resiliente, hermosa y con una capacidad de trabajo imbatible, la había hecho sentir vista y entendida.

Hubo un pequeño dolorcito en el pecho, una punzada inevitable al escucharle declarar ese amor partido en dos, esa necesidad de tener también a Taylor en su órbita. Pero la ira que la habría hecho romper los muebles en el desierto se había esfumado.

Las sesiones de terapia y la limpieza de las pastillas le estaban devolviendo la cordura; entendía que su furia del tráiler era solo el miedo histérico a perder el único refugio seguro que había encontrado en su vida.

Lo veía enamorado. Su postura, sus gestos, sus palabras cuando hablaba de las dos con su hermana, tenían una verdad tan limpia que era imposible dudar de él. Tal vez estaba mal, pero estaba enamorada; amaba la seguridad de sus brazos, la reverencia de sus caricias y la forma en que la devoraba.

¿Y Taylor? Sheila cerró los ojos, apretando más los brazos alrededor de la cintura del guardaespaldas.

Su hermana la quería, de eso no tenía la menor duda después de escucharla desquiciada de alivio por el manos libres, prometiendo blindar su nombre ante los haters y gerenciar la producción para que ella pudiera curarse. Parece que Matt también la quería.

Se separó un par de centímetros de su pecho y miró el rostro grave del hombre, buscando una respuesta en sus facciones curtidas.

¿Podía una burbuja de amor ser de tres? La lógica del mundo decía que no, que aquello era un escándalo destructivo destinado al fracaso.

Pero las Miller nunca habían tenido una vida lógica.

Si compartir a Matt con Taylor significaba mantener la paz familiar, sanar las heridas del pasado y conservar a este hombre, Sheila estaba dispuesta a romper las reglas del manual. Al final, estar en los brazos de Matt y no perder a su hermana valían cualquier locura.