CAPÍTULO 25
Esta era de verdad una nueva etapa, pensó Matt mientras aspiraba el aroma a café recién hecho y disfrutaba del sol limpio que se filtraba por el gran ventanal.
Sentada en el borde del sofá con un conjunto deportivo gris que le sentaba de cojones y el cabello rubio recogido en una coleta alta, Sheila era Natasha Morozova en su esplendor.
Sus ojos tenían una claridad que Matt no le había visto desde que empezó la misión. La desintoxicación y las primeras sesiones con una terapeuta que cobraba un riñón estaban dando sus frutos; la coraza de la diva se estaba ablandando para dejar salir a la mujer real.
Matt se acercó despacio y se sentó a su lado. Le tomó la mano, recorriendo con el pulgar la piel suave de sus dedos.
—Shei, tenemos que hablar de lo que viene —dijo Matt.
Su contrato estaba llegando a su fin, y él deseaba… Quería saber qué pasaría con su relación. Quería traer a Taylor a la ecuación. Las hermanas necesitaban verse, recomponer su vinculo, y acordar en…
Tal vez soñar en una tríada, como lo hacía, era un despropósito. Lo entendía. De a ratos le avergonzaba sentir este amor dividido, y el peso de las convenciones lo abrumaba.
A él su madrecita le había enseñado a respetar a las mujeres, y pensar en estar con dos al mismo tiempo tenía un viso de prohibición que no ignoraba. Sabía que muchos verían su situación como la del aprovechado.
—Sí, lo sé. Entiendo tu punto, lo he considerado —admitió ella mirándolo de frente—.
La terapia me está ayudando a entender que irme del set así, sin pensar, sin considerar nada…
Fue un reflejo de huir de mí misma, no solo de ti o de Taylor.
Como sea, precipitó el final del acoso. Henry ya no tiene poder sobre mí, Matt.
Pero necesito saber qué quiero hacer con el resto de mi vida.
—¿Y qué es lo que quieres de verdad, Shei? —preguntó, entornando los ojos con suavidad.
—Quiero estar bien. Sentirme segura por mí misma, no volver a las pastillas —confesó ella, y una pequeña chispa de la ambición limpia de su juventud brilló en sus pupilas—.
Y quiero confiar en que puedo ser una mujer de los medios por mi propio peso.
Me encanta el fitness, Matt. Me apasiona el entrenamiento, estar frente a la cámara mostrando cómo el cuerpo puede reconstruirse.
Quiero enfocar mi carrera hacia ese lado, lejos de los realities.
Matt le dedicó una sonrisa breve, sincera, admirando la resiliencia que estaba demostrando. Pero la burbuja de paz siempre tenía un límite, y el nombre que flotaba en el aire desde hacía quince días no tardó en materializarse.
—¿Y qué hay de Taylor? —preguntó Matt, midiendo el peso de sus palabras.
Las emociones corrieron fuerte en el rostro de Sheila en un segundo. La mandíbula se le tensó y sus ojos volvieron a anegarse, aunque esta vez no era el llanto descontrolado de la abstinencia, sino el dolor de los nudos familiares que aún no se habían desatado.
—Amo a mi hermana, Matt. Joder, es mi sangre y sé que se ha desdoblado para atenderme, para estar para mí —dijo Sheila con una honestidad que le costó arrancar del pecho—.
Pero hay rabia en mi corazón también. Así como antes había envidia.
.. pura y dura envidia por no ser como ella.
Por no ser la hija perfecta, la que estudiaba, la que no daba problemas.
Me daba rabia que ella tuviera un mundo limpio mientras el mío estaba lleno de basura.
Matt no la dejó seguir. Se inclinó hacia delante y la rodeó con sus brazos grandes, conteniéndola contra su pecho, dejando que Sheila apoyara la frente en su hombro. La estrechó con fuerza, ofreciéndole su calor hasta que el temblor de su espalda disminuyó.
—Quiero estar para ti, Shei. Siempre —le susurró contra el cabello—.
Pero ahora que el acosador está preso y el peligro real ha pasado, debo volver a mi puesto en la agencia.
Eso no significa que me vaya a borrar. Me gustaría ser alguien permanente en tu vida, alguien real.
.. Solo que... Taylor también me importa. Mucho.
Sheila se mordió el labio inferior. Se desprendió de su abrazo despacio y se puso en pie, comenzando a moverse por la sala de la suite con pasos inquietos, rozando el borde de los muebles con los dedos.
—No lo entiendo, Matt —dijo, girándose para mirarlo con una mueca de confusión y desamparo—.
Quiero creerte, de verdad que sí. Pero Taylor entre nosotros dos.
.. es un escollo. Es mi hermana, mi soporte.
¿Cómo se supone que voy a compartir al hombre que me salvó la vida con la mujer con la que llevo compitiendo desde los doce años?
Matt la observó desde el sofá, sintiendo el peso muerto del laberinto en el estómago. Soltó un suspiro largo, pesado, y desvió la vista hacia el ventanal, decidiendo dejar el tema antes de que la tensión volviera a quebrar la escasa estabilidad de la muchacha.
—Descansa, Shei. No tenemos que resolverlo todo hoy —concluyó con suavidad.
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Matt caminó hacia el pequeño despacho auxiliar de la suite, cerrando la puerta tras de sí con un chasquido sordo. La inquietud le latía en las sienes como un eco persistente.
Sentía un alivio inmenso, brutal, al ver la evolución de Sheila en las últimas dos semanas. La muchacha había salido del pozo de las pastillas con una entereza que lo tenía asombrado.
Ayer mismo la observó manejarse como una verdadera estrella ante la prensa durante la entrevista de presentación de la nueva etapa del reality.
Lo sucedido en el motel, lejos de hundirla, había catapultado la curiosidad del público por ella.
Las expresiones de asombro por lo que había vivido y la admiración masiva de la audiencia la habían colocado en un pedestal nuevo.
Matt sentía un orgullo profundo y una debilidad innegable por ella. Había dormido a su lado durante quince días, cuidándole las noches y asegurándose de que comiera.
El contrato con la agencia Pipen se había renovado de manera automática, porque ahora, aunque el acosador estaba en una celda federal, Natasha Morozova debía ser protegida de las hordas de fans y paparazzis que colapsaban las entradas del hotel.
Por suerte, no había presión de la prensa sobre el equipo de seguridad; Sheila había declarado con una astucia magistral en los medios que la presencia constante del guardaespaldas en su entorno civil era en verdad un truco táctico destinado a desorientar al acosador de Maine antes de su captura.
Que el supuesto romance no fue más que un ardid.
El problema no era Sheila. El problema era que Matt no podía dejar de añorar a Taylor. No había dejado de llamarla ni una sola noche. Pero aquella estaba cada vez más renuente a tomar sus llamadas.
Cuando respondía, sus palabras eran escuetas, profesionales, desprovistas de cualquier rastro del fuego que los había consumido contra el metal del hangar. Se le estaba deslizando entre los dedos, alejándose por la culpa que la devoraba.
Matt se sentía el fiel de la balanza entre las dos hermanas Miller.
Las quería a las dos con una intensidad que desafiaba toda lógica, pero la presencia constante de Sheila en la suite, sus demandas físicas y su recuperación lo absorbían, dejándolo sin espacio para recuperar a la otra mujer de los márgenes.
Necesitaba aire. Necesitaba hablar con la única persona en el mundo que conocía el tamaño de su corazón sin juzgarlo. Asegurándose de que Sheila se había quedado concentrada revisando sus rutinas de fitness en el salón, Matt sacó el teléfono y activó una videollamada.
La pantalla parpadeó dos veces antes de mostrar el rostro sonriente de su hermana Isabel. Estaba sentada en el porche de su casa, con el sol de la mañana iluminándole las facciones dulces.
—¡Manito! —exclamó Isabel, y la calidez de su voz en español le sentó a Matt como un bálsamo en mitad del pecho—. Qué milagro que llamas a estas horas. Te noto cansado, hermano.
—Hola, Chabela —Matt forzó una sonrisa, recostándose contra el escritorio—. El trabajo ha estado intenso por aquí. Pero dime tú, ¿cómo va ese embarazo? ¿Cómo se porta mi sobrino?
Isabel soltó una carcajada limpia y acomodó la cámara, bajándola un poco para mostrarle con orgullo la prominencia de su tripa bajo un vestido de algodón holgado. Se acarició la panza con ambas manos, con una felicidad que a Matt le limpió la bruma de los ojos por un segundo.
—Creciendo a lo loco, Matt. El médico dice que está todo perfecto.
Ya sabes que con Darius decidimos que no queremos saber el sexo hasta el día del nacimiento, pero nos pasamos las noches jugando con los nombres.
Si es varón, Darius quiere ponerle Mateo, por ti, pero yo le digo que va a salir muy bruto si hereda tu nombre —bromeó, guiñándole un ojo—.
Y si es niña, Sofía está ganando la votación.
Matt soltó una risa corta, sintiendo que el pecho se le aligeraba.
—Mateo es un gran nombre, no te quejes. Dile a Darius que tiene buen gusto.
Isabel dejó de reír despacio. Sostuvo el teléfono más cerca de su rostro, escudriñando las facciones de su hermano a través de la pantalla.
—Bueno, ya nos reímos, manito —dijo Isabel, con un tono más suave, maduro—. Ahora dime qué te pasa. Tienes la mirada oscura, Matt. Es la misma cara que ponías cuando tenías que tomar una decisión jodida en el ejército. ¿Qué está pasando?
Matt guardó silencio unos segundos, pasando los dedos por el puente de la nariz. Era renuente a soltarlo, por temor la reacción tradicional de su hermana, pero la presión interna era demasiada.
—Tengo el corazón atrapado entre dos mujeres, Isabel —confesó en un susurro, sintiendo que la verdad le pesaba en la lengua—. Y no sé cómo coño salir de aquí.
Isabel no se escandalizó. Solo se acomodó en la silla y lo escuchó con una paciencia infinita mientras Matt comenzaba a desnudarse emocionalmente. Le habló de Sheila; le contó lo distinta que era la muchacha real en comparación con la imagen frívola y demandante que proyectaba en la televisión.