CAPÍTULO 24 #2
Para Sheila, esto no era solo sexo; era una capitulación total, un bautismo de fuego. En sus encuentros anteriores, incluso en las noches más ardientes, siempre había mantenido una pequeña parte de sí misma bajo resguardo, una muralla invisible construida con frialdad.
Pero esta noche la muralla estaba hecha escombros. Se sentía desnuda de alma. Se entregaba sin defensas, sin dobleces, con el corazón expuesto y latiendo en la superficie de la piel.
Matt la besaba con ardor. Sus labios recorrieron la línea de su mandíbula, bajaron por la garganta expuesta y se ensañaron con la piel sensible de la clavícula, mordisqueando con un ritmo castigador, dejando marcas, marcas físicas de posesión que hacían que Sheila se removiera excitada sobre el colchón, soltando gemidos agudos que inundaban la suite.
—Dios, mi guera, me prendes cabrón —le gruñó Matt, la lengua de sus entrañas saliendo a la luz, caliente y húmeda contra su oído, mientras una de sus manos grandes bajaba por su vientre, buscando el nido de calor entre sus piernas.
Sheila separó los muslos con un jadeo desesperado, entregándose al tacto del guardaespaldas.
Cuando los dedos largos y expertos encontraron su intimidad, descubrieron que ya estaba empapada, ardiendo por él.
Matt la acarició la raja con una lentitud tortuosa, rozando el clítoris con el índice, haciéndola temblar, obligándola a suplicar con la voz rota por la excitación y la falta de aire.
—Matt... por favor. Ahora. No me hagas esperar —gimió, enterrando las manos en el cabello oscuro del hombre, tirando de él hacia abajo.
No se lo haría sencillo porque sus palabras y sus sonidos eran alimento para su pasión. Mojó el mayor y el índice en sus jugos y desparramó la humedad hasta su entrada trasera, que trazó lento.
—Aquí también voy a poner mi polla, güerita… ¿Quieres eso? ¿Mi pija gorda en tu culo, sacudiéndote?
—Maaat, Dios, por favor…
Sheila se movía con desesperación sobre su mano, frotándose, queriendo más, sus pechos brincando. Atrapó uno en su boca y se movió para inmovilizarla debajo, abierta para él, hambriento de ella, de su pasión, de su cuerpo.
—Eres toda preciosa… Este coñito rosa… No mames… Tengo que probarlo.
Retrocedió, sus ojos negros de lujuria, y su boca se hizo un festín. Su lengua dio cåtedra de geometría trazando formas en su intimidad; rectas, paralelas, perpendiculares, círculos, para hacer de Sheila una mujer poseída que gemía y pedía más, empujando su cabeza para colocarlo sobre su clítoris.
—¡Fóllame, Matt! Clávame la verga hasta la garganta, quiero sentirla hondo!
Matt no la hizo esperar más; él estaba que se corría apenas de tenerla abajo suyo.
Esto era real, era físico, era divino. Se colocó entre sus piernas, le tomó las muñecas y entrelazó sus dedos con los de ella por encima de la almohada, cuidando la muñeca derecha vendada, pero manteniéndola fija contra el colchón con una firmeza implacable.
La miró fijo a los ojos, sosteniendo la mirada en mitad de la penumbra, y se hundió en ella de un golpe profundo, firme, llenándola por completo. Sheila soltó un grito que Matt ahogó volviendo a aplastar sus labios contra los suyos.
—¿Me sientes? ¿Sientes mi polla tomándote, Shei?
—¡Sí! Oh, sí, sí, joder. La quiero toda, muévete, vamos, ¡fóllame!
El impacto físico de la penetración los sacudió a los dos por igual. Fue un incendio de alto voltaje, un encuentro desprovisto de toda timidez o delicadeza fingida; era sexo crudo, visceral, pero cargado de una densidad emocional que les oprimía el pecho.
A los pocos segundos, retrocedió y le dio una palmada fuerte en el gluteo para que se pusiera en cuatro y así la volvió a penetrar. Matt jugó con las velocidades y la profundidad de sus embestidas mientras le contaba lo bonita que era, lo perfecta, cómo lo volvía loco.
Luego, no quedó lógica, sobrepasada por el placer y la necesidad, y comenzó a moverse con un ritmo exigente, pesado, ascendente, cada embestida hundiéndose hasta el fondo, haciendo que el cabecero de la cama golpeara rítmicamente contra la pared.
La sensualidad de la escena se texturizó con el sudor que empezó a empaparles las pieles, el siseo constante de las sábanas de hilo y las palabras sucias, desesperadas, que se regalaban al oído en mitad de los jadeos.
Sheila se movía con él, elevando las caderas con una audacia salvaje, buscando la fricción exacta que la estaba llevando al borde del colapso.
Ya no sentía el dolor de los cortes, ni el frío de Maine, ni la náusea de la abstinencia; el cuerpo de Matt, la dureza de su miembro y el ritmo implacable de su pelvis eran la única realidad, una medicina de carne y fuego que la estaba curando por dentro.
Matt perdió los restos de la disciplina. Su respiración se volvió un rugido animal en el cuello de la estrella. Le soltó las manos y la agarró por los muslos, abriéndola un poco más, hundiéndose con una fuerza que hizo que Sheila estallara en espasmos.
El orgasmo la alcanzó con la violencia de una ola, contrayéndole los músculos vaginales alrededor del miembro de Matt con una presión brutal. Ella tiró la cabeza hacia atrás, con los ojos en blanco, gimiendo su nombre como si fuera un rezo en mitad de la oscuridad.
Al sentir la contracción de la mujer, Matt perdió el suelo.
Soltó un taco ronco en español y se vació dentro de ella con una sacudida violenta, un espasmo largo que le recorrió la columna y lo dejó desplomado sobre su cuerpo, con el pecho subiendo y bajando con fuerza, el corazón latiéndole desbocado contra las costillas de Sheila.
El silencio regresó lentamente a la suite de cinco estrellas, interrumpido solo por el murmullo de sus respiraciones. Matt se rodó hacia un lado despacio, cuidando de no lastimarla, pero la arrastró consigo.
—Te quiero, Shei.
—Sí, yo también. No lo puedo creer, pero es así.
Sheila apoyó la cabeza en su pecho húmedo de sudor, trazando círculos invisibles con el dedo sobre la línea dura de sus pectorales. Se sentía limpia, cansada, inmensamente protegida.
El laberinto familiar seguía esperándolos afuera, la figura de Taylor continuaba siendo una sombra para la que no encontraba certeza, pero en los brazos de Matt, la diva rota había encontrado su anclaje.