CAPÍTULO 24
El vehículo de la agencia Pipen avanzó con un ronroneo pesado dejando atrás las luces de la autopista y los perfiles industriales de los barrios periféricos.
Matt guió el coche con precisión por Boston, metiéndose por las avenidas arboladas hasta detenerse frente a la fachada imponente de un hotel elegante de cinco estrellas.
Era un coloso de piedra noble y cristales ahumados donde la discreción de los clientes se pagaba a precio de oro, y donde los empleados de etiqueta sabían mirar hacia otro lado. Scott Pipen se había asegurado de alquilar una suite a nombre de la agencia, con lo cual el anonimato se mantendría.
En este sentido venían muy bien ya que la rápida acción en el motel y la colaboración de los involucrados permitió que la agente de prensa de Sheila, Taylor y los productores del reality pudieran controlar la narrativa a favor de la estrella y del show.
Ahora, vestida en unos jeans, un sudadera básicas, lentes y pañuelo como turbante chic, Sheila era una mujer joven y bonita que podía pasar por alguien común, aunque su luz y su encanto, a los ojos comprometidos de Matt, eran innegables.
—Tengan una feliz estadía en el hotel. Estamos a las ordenes. ¿Recién casados? —inquirió el recepcionista, y ambos sonrieron sin comprometer respuesta.
—Diría que más bien somos amantes —dijo Sheila muy quedo y sonrió, moviendo sus cejas en un gesto ridículo que la hizo parecer desinhibida y juguetona, para delicia de Matt.
—No es que no me gustaría, pero creo que ese papel ya lo jugué, y voy por más -señaló mientras la miraba muy fijo, tanto que ella se ruborizó—. Joder, ¿quién es esta chica tímida?
—Deja que recupere la energía y verás como regresa mi postura de diva insoportable.
—No conmigo, espero.
Lo miró con ojos suaves y su mano fue a su mandíbula, que acarició con lentitud.
—No contigo, no.
La vida durante los dos días siguientes, se convirtió en una burbuja de aislamiento y marcó la fase final de la desintoxicación.
Matt la apuntaló en lo emocional y lo físico, saliendo a correr con ella al amanecer, practicando los ejercicios de fuerza en tándem, apostando a la comida sana y los suplementos imprescindibles.
A la tranquilidad de su cabeza colaboró el trabajo de Taylor, quien hizo un trabajo magistral desde el set del desierto: mano a mano con el agente de Sheila, contuvieron los rumores, gerenciaron los nervios del director, de reality, y emitieron un comunicado oficial milimétrico sobre el «incidente de seguridad resuelto con éxito por las autoridades».
Con ello mantuvieron a los paparazzis y a los reporteros de cotilleos alejados de la ubicación real del hotel.
Pero Sheila también se preparó para la inevitable fuga de información.
La suite se llenó de bolsas de tiendas exclusivas que fueron entregadas en la puerta por botones silenciosos que se retiraban con una inclinación de cabeza: ropa deportiva de élite, vestidos de fiesta, lencería fina, zapatos de tacón y zapatillas de alto rendimiento.
Para el día seis, la estrella de la televisión había regresado con una fuerza renovada, una resiliencia que brotaba de sus propias cenizas. Sheila se decidió a aparecer en sus redes sociales, sentada en el sofá de terciopelo de la suite con el portátil en las rodillas.
Con la ayuda de las directrices estratégicas de su agente redactó una versión online de los hechos que incendió las plataformas digitales.
Admitió con crudeza haber sido acosada por un peligro real de su juventud, agradeció con solemnidad el trabajo implacable de su equipo de seguridad y se mostró ante las cámaras como una sobreviviente fuerte, una mujer que ya no se dejaba amedrentar por los criminales del pasado. Sus palabras finales fueron virales:
—Fui una víctima de violencia que trabajó para superarse y siempre creí en mi fuerza interna.
Pero mi resiliencia y mi amor propio me sostuvieron y me hicieron luchar.
He vencido, estoy renovada y no soy una víctima.
Quienes, como yo, han sufrido acoso y sufrimiento, sepan que no hay que quebrarse.
El entrenamiento, mi esfuerzo y la confianza en mi misma, además de la ayuda de buenas personas en mi camino, me pusieron aquí.
Prometo ser mejor persona ahora que el miedo no existe. ¡Vamos!
La respuesta de sus millones de fans fue inmediata. Un fervor absoluto, una marea humana de fidelidad; los comentarios de apoyo, las declaraciones de admiración y los hashtags con su nombre se multiplicaron por miles en cuestión de horas, elevando su popularidad a niveles que nunca había alcanzado.
Matt estaba azorado por la inmediatez de las respuestas y como esto acallaba a las voces más críticas. Sheila estaba conmovida.
Entre ellos la intimidad se volvió doméstica. Matt no intentó nada hasta que Sheila hizo evidente su interés. El guardaespaldas vio crecer su fijación con ella y se confesaba enamorado, pero fue cauto.
No se perdonaría apurarla, y tampoco quería imponer una agenda que, tal vez, Sheila no compartiera. Tal vez por ello lo tomó por sorpresa la abierta seducción con la que ella lo arrinconó una de las nochecitas.
Sheila se levantó del sofá, dejando el portátil sobre la mesa de cristal con ruido.
Vestía uno de los camisones de seda que habían llegado por la mañana, una prenda de un color verde esmeralda que le caía por los muslos como agua viva, contrastando de manera salvaje con el rubio encendido de su cabello suelto y la palidez ya recuperada de su piel.
Caminó hacia él con paso seductor, balanceando las caderas con cadencia deliberada, descalza sobre la alfombra de la suite.
Matt estaba de pie junto al gran ventanal de suelo a techo, contemplando el mar de luces de la ciudad. Sostenía un vaso de whisky en la mano derecha que ni siquiera había probado, y llevaba la camisa blanca entreabierta.
—Se terminó el trabajo por hoy, Matt —susurró Sheila, deteniéndose a solo unos centímetros de su pecho.
El aroma a vainilla de su jabón caro y la fragancia limpia de su piel le inundaron las fosas nasales. Sheila levantó las manos y apoyó las palmas sobre la camisa, abriendo los botones que restaban para dejar el pecho desnudo.
El latido potente, rítmico, del corazón de Matt se aceleró bajo su tacto.
—Muy bien, el mundo tiene mi versión de la historia.
Ahora, quiero lo que me pertenece. Te necesito, Matt.
—continuó ella, subiendo la mirada con las pupilas dilatadas por un fuego que encendía la yesca en Matt —.
Necesito al hombre confiable y pasional, el que me ha hecho recuperar la fe en el género.
Matt dejó el vaso de whisky sobre la repisa de madera sin apartar los ojos de los suyos.
Los ojos femeninos estaban velados por un hambre física y espiritual absoluta; era el deseo puro de la mujer que se sabía viva, que había derrotado a sus demonios y quería celebrarlo perdiéndose en el cuerpo del hombre que la hacía sentir a salvo.
—Shei, tienes que descansar. Tus piernas... tu muñeca todavía está vendada —intentó decir él, aunque su voz sonó como un rugido sordo, áspero, delatando que su propio control se estaba cayendo a pedazos.
—Mi muñeca está perfecta. Pero mi piel… Mis labios… Mi coño… Están secos, arden… Necesitan tu toque, tus besos, tu polla, Matt. Tu adoración —lo interrumpió ella, con un susurro seguro, pero debajo Matt leyó inseguridad.
Tomó las manos de Matt y las guió directamente hacia sus caderas, y él rompió la distancia de inmediato para sentir la textura resbaladiza de la seda verde y el calor abrasador de la piel que latía y temblaba justo debajo.
—Consúmeme, Matt. Hazme sentir que estoy aquí, viva, contigo.
—Oh, Shei… No tienes idea de lo que te deseo…
Matt no pudo contener el impulso por más tiempo. El arrepentimiento, las culpas familiares del tráiler y las dudas morales se disolvieron bajo la marea de una pasión visceral, una necesidad biológica que los arrastró a ambos hacia la inmensa cama king size.
La tomó por la cintura hincándole los dedos en la carne firme de los costados, izándola del suelo sin el menor esfuerzo mientras su boca caía sobre la de ella en un beso salvaje, húmedo, profundo, que le arrancó a Sheila un gemido ahogado.
Ella le enredó las piernas alrededor de la cadera en el acto, abriéndose para él con una urgencia desesperada, tiroteando de la camisa con ferocidad para dejarla en jirones. Sus uñas se clavaron en la espalda desnuda a medida que Matt la depositaba sobre las sábanas de hilo egipcio.
—Eres tan bella… —recitó él mientras su boca la empapaba desde el lóbulo de la oreja hasta el comienzo de los senos, su lengua jugando a dejar sendas, su boca tomando los pezones durísimos a través del encaje, succionando.
Fueron confusión de ropa rasgada, jadeos y respiraciones acopladas sobre la cama.
Matt se deshizo de los pantalones con movimientos torpes, maldiciendo entre dientes por la prisa que le quemaba las venas, mientras Sheila tiraba del cuello de su camisa hasta terminar de arrancar los botones sobrantes.
Él era un hombre entrenado para resistir el dolor, la fatiga y las balas, pero frente a esta mujer era un maldito esclavo de los instintos; se hundía en ella con la consciencia de quien se tira a un precipicio sabiendo que no hay red abajo, rindiéndose por completo al magnetismo de la diva.
Le deslizó el camisón de seda esmeralda hacia abajo de los senos con una mano. Los globos aparecieron deliciosos y chupó con placer, mientras su otra mano amontonaba la tela verde de la falda alrededor de su cintura.
La luz que se filtraba por el ventanal iluminó la perfección de sus muslos entrenados, las vendas blancas que cubrían los cortes finos de la pelea y la línea curva de su vientre que subía y bajaba con una violencia hermosa.
Matt se detuvo un segundo sobre ella, apoyando el peso de su torso en los antebrazos, devorándola con la mirada.