Matt. Agencia Pipen 4 CAPÍTULO 23
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CAPÍTULO 23

La puerta de chapa y madera aglomerada no ofreció resistencia frente al impacto de la bota militar y se astilló con un estruendo que liberó al instante un olor rancio a encierro, humedad, sudor y tabaco viejo.

Matt entró a la habitación del motel con el arma al frente, el cañón barriendo el espacio en un arco limpio, con la adrenalina quemándome la garganta y los ojos inyectados en una furia que llevaba conteniendo desde que Louie dio con la ubicación en el mapa.

Lo único que había tenido en la cabeza durante el maldito trayecto de carretera, ignorando los límites de velocidad y los semáforos, era la imagen de Sheila rota en un rincón por culpa del hijo de perra que la había consumido en el pasado y pretendía destrozarla hoy.

Lo que vio en el centro de la habitación le detuvo el corazón por un milisegundo, transformando el pánico en asombro.

El acosador y raptor estaba en el suelo, desnudo, de rodillas, jadeando de forma espasmódica y agarrándose el cuello con ambas manos mientras intentaba recuperar el oxígeno con desesperación .

Sheila estaba sobre el colchón luchando con una muñeca esposada al cabecero de hierro y la camiseta rota. Pero sus ojos dilatados no reflejaban la derrota de una víctima.

Eran dos focos de puro instinto de supervivencia. Era obvio que había peleado y había ganado.

—¡Al suelo, bastardo! ¡No te muevas o te vuelo la tapa de los sesos! —rugió Logan, pasándole a Matt por el flanco como un torbellino.

Con la frialdad táctica que lo caracterizaba Logan plantó la bota en la nuca a Henry hundiéndole la cara contra la alfombra mugrienta y le calzó las esposas en la espalda con un chasquido seco.

Matt guardó la pistola en la cartuchera de la axila de un solo movimiento y se lanzó hacia la cama, las rodillas golpeando el borde del colchón.

Se le cayó el alma al suelo al ver el cerco de sangre que el metal del grillete había dejado en la muñeca derecha de Sheila, pero la alarma se multiplicó cuando sus ojos barrieron el resto de su cuerpo.

La lucha física había sido encarnizada; la navaja de Henry había alcanzado a rasgar la piel de las piernas de Sheila dejando varios cortes finos que sangraban de manera constante tiñendo de rojo la colcha y sus muslos desnudos.

Preocupación y un pánico que no tenían nada que ver con los manuales de seguridad encendió a Matt por dentro.

—Shei... ¡joder, Shei! —la llamó, y la voz le salió rota, desprovista de cualquier distancia profesional.

Extendió las manos y comenzó a revisarla con urgencia cargada de delicadeza reverencial, como si temiera romperla. Sus dedos temblaron al rozar los bordes de las heridas de las piernas, evaluando la profundidad de los cortes mientras la sangre le manchaba las yemas.

El alivio de encontrarla entera, respirando y con esa llama salvaje encendida en las pupilas le inundó el pecho de una forma tan violenta que le costó respirar.

Agarró las llaves universales de su cinturón táctico, abrió la cerradura de la esposa de un solo movimiento limpio y arrojó el metal viejo contra la pared.

De inmediato, la izó en vilo y la cargó contra su pecho, acomodando su cuerpo herido con cuidado.

—Hay movimiento afuera, Matt. La policía del condado viene en camino, escucho las sirenas —advirtió Logan, manteniendo la rodilla sobre la espalda baja de Henry—.

Y los clientes del motel están saliendo a los pasillos con los teléfonos en la mano.

No pasará dos minutos que la reconozcan y esto se vuelva un caos de medios.

Matt maldijo entre dientes apretando a Sheila contra su cuerpo con posesión irracional. El destello azul y rojo de las patrullas ya empezaba a rebotar contra las ventanas del motel.

No podía permitir que la imagen de Natasha Morozova descalza, sangrando, con la ropa rasgada y arrastrando las secuelas de una crisis de abstinencia terminara en las redes sociales de cualquier camionero de paso. Sería el fin de su carrera y el combustible perfecto para los tabloides.

Con gestos rápidos y cargados de cuidado meticuloso la envolvió por completo en una manta, ocultándola de las miradas curiosas.

Le colocó sus propios lentes negros de aviador para tapar sus ojos hinchados y, manteniéndola pegada a sí, la sacó del habitáculo protegiéndola de los teléfonos móviles que ya apuntaban desde los pasillos exteriores.

Caminó con paso implacable, usándose como un escudo humano.

Las patrullas locales y una ambulancia del condado acababan de frenar en el estacionamiento, levantando polvo. Matt interceptó a los paramédicos y a los oficiales con Sheila en brazos y antes de que le dijeran nada, afirmó:

—Es la víctima y está herida, pero no voy a dejar que la expongan aquí —le exigió al sargento a cargo, mostrando su credencial mientras avanzaba a la ambulancia y, sin prestar atención a los paramédicos, se colaba en el vehículo médico —.

Sus heridas de arma blanca necesitan atención inmediata, pero las cámaras de los civiles van a armar un circo.

Que no se acerquen —demandó al oficial, que asintió con reserva.

Los que siguieron fueron los treinta minutos más largos que recordaba, porque su instinto le gritaba que la sacara de allí al instante. Con ojo de águila observó trabajar a los dos paramédicos y cuando las heridas estuvieron vendadas, volvió a cubrirla.

—Señor Vargas, tenemos que hablar con ella —demandó el policía a cargo desde la boca de la ambulancia—. Su compañero nos explicó la situación y el perpetrador está en custodia. Pero necesitamos el testimonio de la víctima.

—Lo tendrán cuando esté resguardada —respondió Matt con irritación, pero la mano de Sheila en su brazo lo contuvo.

La mujer desplegó una sonrisa cansada que, así y todo, iluminó a Matt. Ella estaba bien. Sacudida, pero estaría bien.

—Oficial, espero que entienda. He pasado una situación…

No puedo describirlo. Quiero testificar, me urge que ese monstruo reciba lo que se merece.

Pero entienda, estoy expuesta. Soy Natasha Morozova y cualquier noticia sobre mi es tendencia.

Lo digo sin vanidad, créame, nada me gustaría mas que poder hablar sin reparos.

¿Podría tomarme declaración en un hotel de la ciudad?

El hombre la miró y asintió y con esto, Matt se aflojó. Eso les daba tranquilidad y blindaje contra la prensa y el ruido exterior. Su mirada fue a ella y, muy lento, el alivio lo invadió y se sintió más liviano.

—Gracias, Matt… —susurró ella—. Gracias por venir, por salvarme.

—No podría ser de otro modo, Shei, cariño —respondió muy quedo y despejó su rostro de cabello y su pulgar pasó por sobre sus labios con suavidad—. Iría al maldito fin del mundo a buscarte.

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El momento en que los brazos de Matt la liberaron de las esposas y la levantaron fue el puntapié para que Sheila finalmente se permitiera dejar de existir como una fortaleza.

El cansancio acumulado, el dolor sordo de los cortes en sus piernas y la brutal descarga de adrenalina de la pelea se licuaron de golpe, dejándola en un estado de vulnerabilidad que no se había atrevido a mostrar a nadie.

Sentirse cargada por él, sentir la dureza de su pecho y la seguridad con la que se movía le trajo un alivio vasto que le sacudió el pecho. Con la cabeza apoyada en su hombro, Sheila valoraba cada uno de sus gestos con una lucidez flotante y conmovida.

Nadie en su jodida vida la había tocado con esa reverencia.

Sus manos grandes, que hacía unos minutos sostenían un arma dispuesta a matar, ahora se movían sobre ella con unas caricias leves, casi temerosas de causarle más daño.

Cuando Matt se inclinó y le dejó un beso corto y cálido en la frente mientras la acomodaba en la camilla, Sheila sintió que algo se le terminaba de romper por dentro, pero de una manera hermosa.

Este hombre era el adecuado. El perfecto. El único que no la miraba como a una mula para droga, una máquina de hacer dinero o como a un trofeo sexual desechable.

La curación de sus heridas, la protección de su intimidad contra las cámaras de móviles implacables, su obstinación frente a los oficiales le demostraban que Matt operaba en una liga distinta.

Se sentía tan protegida que la paranoia que la había perseguido por años pareció disolverse en el trayecto al hotel.

De hecho, la baja de la adrenalina más el calmante suministrado por los paramédicos la sumieron en un agradable estado flotante. Mientras Matt terminaba de acomodarla en el lecho, dejó su teléfono sobre la mesilla de noche y activó el manos libres para comunicarse con el desierto.

Entonces se escuchó la voz de Taylor inundando el espacio y Sheila se quedó inmóvil, escuchando con los ojos fijos en el techo. Su hermana estaba al borde; reconoció su respiración entrecortada y su voz contenida que parecía desbordarse cada cuatro o cinco palabras.

Debía estar frenética, pensó, pero no tuvo ganas de hablarle para calmarla. Pequeñas y tontas venganzas.

—¿Matt? Por favor, dime que está bien... —suplicó Taylor—. ¿Qué ha pasado?

—Está a salvo, Taylor. Sheila está conmigo en un hotel —respondió Matt, y su voz cambió por completo, volviéndose suave, baja, tiñéndose de esa misma preocupación densa que Sheila le había escuchado en el tráiler—. Los médicos ya le limpiaron los cortes.

—¿Cortes? Oh, Dios, ¿es grave? Dime que…

—Está descansando. Está a salvo.

Un sollozo desarmado de puro alivio llegó a través del altavoz.

Mmm. Esta Taylor al borde no se parecía en nada a la habitual nerd que lo dominaba todo, pensó Sheila.

Arrugó el ceño y aguantó el deseo de decir algo.

Lo que sea que saliera de su boca no iba a ser bueno, no.

Su cabeza estaba más calma, pero su sangre estaba caliente.

—Gracias a Dios... Gracias, Matt. Dile que la quiero —dijo Taylor, y sus palabras llenaron la habitación cargadas de una urgencia filial que a Sheila le dio un vuelco en el estómago.

Taylor, ella y las palabras de mutuo amor no solían habitar el mismo espacio—.

Dile que quiero que esté bien, por favor.

Que no se preocupe por el set ni por el reality.

Yo me voy a encargar de todo desde aquí, voy a gerenciar cada detalle con los productores.

No va a haber un solo hater que pueda hablar una mierda en las redes sin que sea baneado y demandado en cinco minutos.

Voy a blindar su nombre, Matt. Que solo se concentre en curarse.

Sheila dejó escapar un suspiro largo, cerrando los ojos contra la almohada. La furia y el veneno que le había escupido a su hermana en el tráiler parecieron evaporarse, sustituidos por una punzada de vergüenza y una profunda ternura.

Taylor no la odiaba. Taylor seguía siendo su escudo, la mujer que movía el mundo para que ella pudiera brillar.

Miró de reojo a Matt. El guardaespaldas hablaba con Tay de una manera tan dulce, tan atenta, que era evidente lo mucho que le importaba, lo preocupado que él también estaba por la estabilidad emocional de su hermana.

¿Qué implicaba esto para ella? Sheila se acomodó contra las sábanas limpias, sintiendo el peso de esa verdad. Curiosamente, la constatación de que Matt también quería a Taylor ya no le sonaba tan amenazante ni tan dolorosa como en mitad del desierto.

El miedo a ser desplazada seguía allí, pero después de ver a Matt reventar una puerta para salvarla y escuchar a Taylor romperse de alivio por el manos libres, Sheila entendió que el laberinto de los tres iba a ser una historia que tendrían que aprender a escribir juntos.

Pero esta noche había mucho que procesar. Se había salvado a si misma, en gran parte, y por fin el frío de Maine se había terminado. Había otros fantasmas, pero ella podía. Ella podía.