Matt. Agencia Pipen 4 CAPÍTULO 22 #2
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CAPÍTULO 22 #2

—¿Qué está pasando contigo, hermano? —preguntó su compañero, nunca de los que perdía tiempo con vueltas—.

Te conozco desde hace años, Matt. Te he visto mantener la calma con tíos apuntándote al pecho con una automática.

Pero estás al borde… Y no me digas que es preocupación por una cliente y las emociones de su hermana.

Matt desvió la mirada hacia la ventanilla, contemplando cómo los árboles de la cuneta se convertían en borrones oscuros bajo la noche. Un sonrojo imperceptible le subió por el cuello, una oleada de calor que le resultó violenta.

Inspiró hondo y soltó un suspiro largo, un aire pesado que arrastraba toda la fatiga emocional de los últimos días.

—Es complicado, Logan. Joder, es muy complicado.

—A mí no me suena a complicado, Matt. Me suena a trío —replicó Logan sin endulzar su pensar—.

Y en nuestro trabajo, las matemáticas de tres nunca terminan bien.

Esa mujer, Natasha, es una bomba de relojería.

Es caprichosa, tiene un historial del carajo y arrastra una toxicidad que te puede hundir.

Además de que se arrojó directo a la boca del lobo.

—No la conoces —la defensa de Matt brotó en el acto, encendida por una pasión repentina que le endureció el gesto de nuevo—.

Sheila… Ese es su nombre real. No es la fachada que vende en la televisión, Logan.

No tienes idea de lo que ha tenido que soportar para llegar a donde está.

Está rota, sí. Ha cometido errores de mierda y las pastillas le han podrido la estabilidad, pero tiene un corazón que le desborda del pecho cuando se despoja de la máscara.

No voy a dejar que ese bastardo la toque. Ni a ella, ni a Taylor.

Logan palmeó el borde del salpicadero, cerrando el asunto con un asentimiento respetuoso.

—No te estoy juzgando, Matt. Solo necesito saber que tienes la cabeza fría para lo que viene. Si dices que vas a por las dos, voy contigo. Y los demás, lo sabes. Pero no te ciegues.

El sonido del teléfono los alertó. Era Louie.

—El sedán acaba de saltar en una cámara de tráfico de la salida 14, cerca de un área de moteles. Se desvió de la interestatal. Les envío la ubicación exacta en el GPS.

Matt apretó el puño, sintiendo el subidón de la adrenalina pura.

—Acelera, Logan —ordenó, con los ojos fijos en el mapa digital que empezaba a parpadear en verde—. Vamos a por ella.

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El tintineo metálico de las esposas contra el cabecero de hierro de la cama era el único sonido que competía con el zumbido asmático del aparato de calefacción del motel.

Sheila parpadeó, sintiendo que la bruma pastosa comenzaba a retirarse de su cerebro, sustituida por un frío analítico. Su mente, entumecida hacía una hora por el terror elemental de volver a ver a Henry, empezaba a enfriarse, a recuperar la lucidez de la supervivencia.

Miró a su alrededor. La habitación era un puto asco. Henry la había arrastrado al interior de este tugurio de carretera tras pagar en metálico a un recepcionista indiferente.

Tenía la muñeca derecha sujeta al barrote oxidado con unos grilletes que le mordían la piel a cada movimiento. Estaba descalza, con el dobladillo de la camiseta de tirantes rasgado y las piernas cubiertas de una fina capa de polvo del estacionamiento.

Estás sola, Sheila. Volviste a cagarla.

Una parte de su mente, la parte cobarde que se había alimentado de ansiolíticos durante los últimos años, le susurró que se rindiera, que Henry la conocía demasiado bien y que no tenía ninguna oportunidad contra el filo de su navaja.

Pero esa voz empezaba a perder fuerza en favor de su costado resileente, la de la mujer que había crecido bajo el escrutinio de millones de personas, la que había aprendido a moldear su cuerpo y su carácter para convertirse en una fuerza imbatible en la pantalla.

Ya no era la muchacha desnutrida de diecisiete años que pasaba hambre en las pensiones de Maine. Había entrenado, era potente, sus músculos tenían memoria y su instinto de sobreviviente, el mismo que la había hecho mantenerse firme en el estrado de la fiscalía federal, eligió resistir.

No iba a dejarse quebrar en una habitación de mala muerte. Taylor y Matt no la iban a abandonar. Esa certeza le llegó como una revelación limpia en mitad de la oscuridad.

No importaban los gritos del tráiler, ni el veneno que le había escupido a su hermana por culpa de los celos. Taylor la amaba con esa terquedad silenciosa que la definía; vendría a buscarla aunque tuviera que levantar cada piedra del estado.

¿Y Matt? Sheila se cuestionó por qué sentía una seguridad tan absoluta respecto al guardaespaldas de la agencia Pipen.

No era solo porque fuera su trabajo. Eran las frases que él le había dicho durante el tiempo que había estado a su lado, palabras dulces que se enredaban en la pasión de las noches oscuras, promesas que Matt le había susurrado al oído cuando la cuidaba durante la primera noche de desintoxicación, sosteniéndole la cabeza mientras ella temblaba y vomitaba bilis.

O aquella tarde en el set, cuando él se había tirado al pozo por ella mientras los demás miraban o gritaban. Esos ojos negros cargados de una promesa de lealtad incondicional. «No estás sola, Shei. Te tengo». Esas palabras eran reales. Matt vendría.

La puerta del baño se abrió y Henry salió. Sheila desmesuró sus ojos con shock. Venía desnudo, con la piel pálida cubierta de tatuajes carcelarios borrosos y una toalla gris colgada del cuello.

Al verlo así, desprovisto de la ropa que disimulaba su delgadez enfermiza, la invadió una oleada de asco profundo. El hombre que una vez le pareció un dios protector ahora no era más que un despojo miserable con una sonrisa que mostraba los dientes gastados mientras se reía de su cautiverio.

—Mírate, Natasha —se mofó Henry, arrastrando las palabras con una suficiencia asquerosa—. Toda una reina de la televisión, esposada a una cama de veinte dólares la noche.

El tipo caminó hacia la mesa auxiliar, sacó una pequeña bolsa de plástico del bolsillo de su chaqueta de cuero y vertió un polvo blanco sobre la madera astillada.

Con la hoja de la navaja, alineó la droga con movimientos mecánicos, rápidos.

Se inclinó y aspiró una línea larga, soltando un bufido de satisfacción mientras el efecto del estimulante le encendía las pupilas volviéndolas más dementes.

—Vamos a recordar los viejos tiempos, muñeca —dijo, agarrando la navaja y caminando hacia la cama con paso errático, el filo apuntando al rostro de Sheila—. Vas a pedirme perdón por cada año que pasé en esa jaula.

Henry se subió a la cama intentando forzarla, usando su peso para aplastarle las piernas mientras levantaba el brazo armado para intimidarla. El disgusto se transformó en una rabia purificadora en la sangre de Sheila.

Esperó el segundo exacto, midiendo la distancia con el ojo de una cazadora. Cuando Henry se inclinó sobre ella, lanzando un insulto salivado, Sheila utilizó su pierna libre con una fuerza brutal, conectando un rodillazo limpio en la entrepierna del tipo.

Henry soltó un alarido ahogado, perdiendo el equilibrio.

Aprovechando el espasmo de dolor del hombre, Sheila estiró el cuerpo al límite que el grillete le permitía y le enredó las piernas alrededor del cuello en una llave de tijera desesperada, apretando los muslos con toda la potencia física que había acumulado en sus años de entrenamiento.

Henry pataleó, asfixiándose, el rostro poniéndosele de un color púrpura violento mientras intentaba clavar la navaja a ciegas. Sheila apretó más, sin importarle el roce feroz del metal en su piel. Una, dos veces, la cortó. La sangre fluyó, pero ella no aflojó.

Apretó, forzando sus abductores, sus aductores, su pelvis, insuflando ira salvaje y recuerdos odiosos al ataque. Su mano libre lo tomó del cabello y tironeó sin piedad, mientras sus dientes mordían la oreja de Henry como un predador.

Los alaridos de dolor la enervaron y cuando los dedos de Henry perdieron fuerza y la navaja cayó sobre las sábanas, la perspectiva del triunfo la hizo gritar de júbilo. Con un movimiento rápido de su mano libre barrió el arma lejos de la cama, desarmándolo por completo.

El movimiento aflojó el agarre y Henry cayó de lado en el suelo, jadeando, buscando aire, mientras Sheila, frenética, con la muñeca ensangrentada por la fricción del metal, pretendía zafarse del barrote, buscando cualquier objeto en la mesilla para forzar la cerradura del grillete.

El corazón le latía a mil por hora en las orejas.

Tenía que aprovechar el ataque, la debilidad. Era urgente, tenía que soltarse. Entonces, la puerta de la habitación estalló. La madera del marco se astilló con un estruendo ensordecedor cuando una bota la reventó desde el exterior.

La figura imponente de Matt irrumpió en el habitáculo como un camión de mercancías, con la pistola al frente y los ojos oscuros inyectados en furia, seguido de cerca por la silueta alerta de otro hombre igual de grande.

El rescate había llegado. Un sonido ahogado de alivio, mezcla de llanto y gemido, se escapó de su boca. Estaba viva. Matt estaba aquí.