Matt. Agencia Pipen 4 CAPÍTULO 22
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CAPÍTULO 22

El habitáculo del coche de la agencia Pipen era una caja de presión en absoluto silencio, roto por el zumbido sordo del motor forzado al límite y el siseo de los neumáticos devorando el asfalto de la autopista.

Logan mantenía ambas manos fijas en el volante, con la mirada afilada y rígida sobre la carretera, mientras Matt, en el asiento del copiloto, dictaba instrucciones escuetas, espaciadas por indicaciones de coordenadas.

Iba pegado al teléfono, con los ojos fijos en la pantalla de la tableta donde el localizador GPS del SUV de la productora marcaba un punto estático en mitad de la nada. Ninguno de los dos hablaba. La tensión de Matt era tan evidente que Logan ni siquiera intentaba romper el hielo.

Cuando Logan derrapó levemente sobre la grava del estacionamiento de la gasolinera de veinticuatro horas, las luces de neón amarillas y rosas de la tienda parpadearon sobre el parabrisas. Matt abrió la puerta antes de que el coche se detuviera por completo.

La primera bofetada de realidad fue un jarro de agua fría: el coche negro de la productora estaba allí, cruzado entre líneas blancas, pero estaba vacío.

Matt se acercó al vehículo con el arma corta ya floja en la cartuchera de la axila.

Nada. ¡Mierda! Por un instante había tenido la ilusión de encontrarla dormida en el asiento.

—¡Joder! —gruñó, girándose hacia la tienda de conveniencia con pasos largos y urgentes.

Cada minuto que Sheila pasaba sola era uno que podía ir jodidamente mal. Estaba en restricción de químicos, con las emociones descontroladas, sola. Matt espantó la convicción de que él no había ayudado. No debido dejarla sola, debió… Resopló y cruzó el umbral haciendo sonar la campanilla.

Detrás del mostrador, un dependiente joven con el uniforme de la gasolinera lo miró con una desidia insufrible, y bajó los ojos de vuelta a la pantalla de su móvil, con una mueca aburrida que a Matt le encendió la sangre.

Llegó al mostrador y descargó el puño cerrado sobre la formica con un golpe seco que hizo saltar el exhibidor de encendedores y los caramelos.

—¡Mírame! —rugió Matt, invadiendo el espacio del tipo, con las venas del cuello gruesas como sogas—. ¡Necesito ver las grabaciones de seguridad ahora mismo!

El empleado palideció y dio un paso atrás asustado por la envergadura y la furia que emanaba del hombre de la camiseta negra. Antes de que Matt perdiera los estribos por completo y saltara el mostrador, Logan intervino.

Puso una mano firme en el hombro de su compañero empujándolo un par de centímetros hacia atrás con suavidad, pero con la rigidez necesaria para frenarlo.

—Matt, déjame esto a mí —ordenó manteniendo la voz baja, calmada, el tono exacto del profesional que sabe cómo desescalar la situación para obtener lo que busca.

Logan miró al dependiente, entornando los ojos bajo la visera de su gorra—.

Disculpa los modos, pero mi compañero está muy alterado porque su…

—Logan miró a Matt de reojo—. Buscamos a una mujer.

Puede estar en grave riesgo. Mira la foto —le puso el teléfono adelante y el dependiente se acercó con renuencia, sin perder vista de Matt—.

Sabemos que estuvo aquí, su auto está ahí afuera.

—Mmm —El joven asintió y luego parpadeó—. Joder, esa…. ¿Es esa Natasha…? ¡Hostia puta! No la reconocí… Pero sí, sí, compró rosquillas. ¡Soy un gilipollas! —se lamentó.

Matt se adelantó otra vez y Logan lo fulminó con la mirada.

—¿No viste adónde se fue?

—Nah, hombre, estaba jugando Call of Duty.

—Necesitamos acceso a las cámaras.

El joven parpadeó y se lo vio inseguro.

—No lo sé. Mi jefe… De todos modos hay varias que son de coña. Solo funciona una de afuera, la que da a los surtidores. Pero no tengo autorización.

—¿Quieres ser responsable de lo que pueda pasarle a esta mujer? —dijo Logan, su voz filosa.

El joven sacudió su cabeza con vehemencia.

—Debemos llamar a la policía.

—Eso haremos, pero antes queremos ver las cámaras para adelantarnos a cualquier problema.

El chico tragó saliva, asintiendo con la cabeza de forma espasmódica, y giró un monitor pequeño que estaba debajo de la caja registradora, tecleando un código rápido.

—Ahí... ahí está el exterior de la zona de neumáticos.

Matt vino al lado de Logan al instante y miró la pantalla con la respiración entrecortada. El despliegue de las imágenes en blanco y negro le atravesó el pecho con la fuerza de una bayoneta.

En la grabación se veía el SUV estacionar. Luego, la silueta descalza de Sheila bajando del vehículo, con los hombros sacudidos por un llanto que la distorsión del vídeo no lograba ocultar.

El ángulo indicaba que venía al quiosco. A los pocos minutos se la veía caminar hacia el vehículo, sentarse en el asfalto y abrir una caja de rosquillas con dedos torpes.

Y entonces, vieron al tipo avanzando. Logan se inclinó adelante y Matt hizo lo mismo, pero con el pecho como un tambor. La actitud, el paso… Era malas noticias. Matt vio cómo en una película de pesadilla como se acercaba, hablaba y la acorralaba.

El destello metálico del arma blanca en su mano fue inconfundible. Tras un intercambio de palabras que dejó a Sheila paralizada, la arrastraba por el brazo hacia la zona trasera del estacionamiento.

Con la garganta cerrada y la mente en negación Matt vio un sedán familiar desgastado que salía de la gasolinera con Sheila en el asiento del copiloto.

Frente a la pantalla, las emociones de Matt sufrieron un cortocircuito brutal.

La visión de Sheila indefensa, descalza y a merced de ese malnacido activó un resorte oscuro que estaba fresco en su memoria. Demasiado.

El estacionamiento polvoriento de la gasolinera se desvaneció, sustituido por el recuerdo del pánico de saber que Isabel había desaparecido. Igual que aquella vez, en esta no pudo hacer nada.

Ese dolor primario, esa impotencia absoluta le estalló en el pecho al comprender que la historia se estaba repitiendo. Estaba pasando otra vez. Perdía a alguien que le importaba.

Se quedó sin aire, apoyando ambas manos en el borde del mostrador, con la mirada fija en el monitor parpadeante, sintiendo que el suelo se le movía. Logan le soltó un golpe seco, firme, con la palma de la mano en mitad de la espalda, un impacto físico diseñado para devolverlo al presente.

—Matt, mírame —le exigió Logan, agarrándolo por la nuca con fuerza, obligándolo a romper el trance—. Recomponte, joder. Te necesito lúcido. El pánico no la va a sacar de ese coche. Vamos a cazar a ese hijo de puta, pero te necesito al cien por cien. Muévete.

Matt parpadeó, tragándose el nudo de bilis que le subía por la garganta. El instinto militar sustituyó al shock. Asintió una sola vez, estirando los hombros.

—Sí, sí. Ya pasó, estoy bien.Vamos.

No era tiempo de perderse en lamentos, remordimientos o culpa.

Era tiempo de buscar, de perseguir, de encontrar.

Salieron a la carrera hacia el coche de la agencia, no sin antes pedirle al dependiente que llamara a la policía y diera cuenta de lo que había pasado, detallando que ambos pertenecían a una agencia de seguridad.

Scott tendría que intervenir con ellos para responder eventuales preguntas. Matt conectó el canal prioritario con la central de la agencia.

—¡Louie! —casi gritó por el manos libres en cuanto Logan puso el motor en marcha, saliendo del estacionamiento hacia la autopista—.

Tengo el vídeo de la gasolinera de la ruta 9.

Shei… Natasha fue interceptada por un sospechoso se la llevó en un sedán familiar antiguo, color oscuro.

El coche salió en dirección norte por la interestatal.

Te envío el video para que mejores la visual de la matrícula.

Louie, haz tu magia —su voz sonó a ruego—.

Métete en la red de tránsito del estado.

Rastrea esa placa, cruza los peajes automáticos…

—Lo haré, Matt —la voz del hacker llegó envuelta en el tecleo rápido, pero sonó convincente y humana, preocupada. Louie era colega, pero también amigo —. Dame unos minutos.

El silencio cubrió el vehículo, pero Matt estalló.

—¡Puta mierda! Esto no debía pasar… Debí…

Su teléfono vibró de nuevo y se apuró a tomarlo. Joder. Era Taylor. Matt descolgó el auricular, forzándose a modular el tono. Tay quedó atrás en el desierto, muerta de inquietud por su hermana a pesar de la feroz pelea entre ellas.

Y él tenía que decirle que la habían secuestrado.

—Taylor —la rigidez de su voz se suavizó de inmediato adoptando ese matiz protector y cálido que guardaba solo para ella.

—Matt, ¿ya la encontraste?

Sonaba enferma de preocupación. Sacudió su cabeza.

—No, no todavía —evaluó rápido si decirle o no. Decidió que no podía mentir—. Escúchame. Encontramos el SUV de producción en la gasolinera. Está vacío. Un tipo la interceptó allí y se la llevó en otro vehículo.

Escuchó el gemido ahogado de Taylor al otro lado, un siseo de terror puro.

—¿Se la llevó? Oh, Dios, Matt... Tiene que ser el acosador. ¡Por favor, tienes que encontrarla, Matt! No la dejes sola, te lo ruego...

—Vamos en ruta detrás de ellos, Taylor. La Agencia tiene sus recursos en esto, la encontraremos —le aseguró con una firmeza que buscaba inyectarle la calma que a él le faltaba—.

No está sola. Ese bastardo no va a salirse con la suya.

Necesito que te mantengas firme en el set, Taylor.

Gestiona al director, diles que Sheila tuvo una descompensación médica por el estrés y que la agencia Pipen la trasladó a un centro médico privado.

Mantén a los periodistas alejados. Mantente firme, cariño, la voy a traer de vuelta.

Te llamo en cuanto la tenga en mis brazos.

Cortó la comunicación tras escuchar el asentimiento quedo. Clavó los ojos en el mapa digital de la tableta que empezaba a cargarse con las líneas verdes de la red de tránsito. Logan soltó un largo suspiro a su lado, relajando apenas la presión sobre el volante, aunque su perfil seguía alerta.