Matt. Agencia Pipen 4 CAPÍTULO 21
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CAPÍTULO 21

El sudor le corría a raudales y se pegaba a la camiseta de tirantes. Este maldito desierto. Tenía las manos pegadas al volante del SUV, apretando el cuero con tanta fuerza que los tendones de las muñecas le sobresalían como cuerdas tensas.

Su mente era un hervidero de imágenes distorsionadas que cambiaban al ritmo de las luces de los postes de la autopista.

La mirada de Matt sobre ella, sus caricias y sus palabras.

Las bonitas, pero también las que decían que quería a Taylor.

La expresión de su hermana al escuchar lo del vecino y lo ocurrido en Maine.

Además, su cuerpo pasándole factura por sus malas decisiones. La abstinencia la estaba partiendo; sentía calambres punzantes en las pantorrillas, un temblor espasmódico en los párpados y una náusea ácida que le subía por la garganta cada vez que parpadeaba.

Había huido. Había escapado de la gente que la protegía, de la red de seguridad que le impedía caer al abismo.

En su cabeza, el cóctel de celos, rabia y el terror visceral a ser abandonada, a perder lo único que sentía real y limpio, que era como veía a Matt, la había empujado a una decisión frenética más.

Quería huir de Taylor, de la culpa que vio en sus ojos, del recordatorio viviente de su infancia rota. Pero el destino, con una ironía macabra, la había traído en línea recta a las estaciones de su propio pasado.

Aparcó el SUV de mala manera, cruzado entre dos líneas blancas del estacionamiento semi vacío de la gasolinera de veinticuatro horas. Las luces de neón amarillas y rosas de la tienda Donut Hole parpadeaban con un zumbido eléctrico que le aumentó la migraña.

Se bajó del coche descalza, sintiendo el asfalto frío y rugoso bajo las plantas de los pies. Había huido descalza. Si algun paparazzi la viera tendría la fotografía del año. No le importaba.

Entró a la tienda con la mirada perdida, compró la caja de rosquillas glaseadas agradeciendo haber traído su tarjeta.

Al menos no estaría sin un duro y, cuando lo decidiera, podría conseguir algún motel de mala muerte.

O una farmacia con un dependiente corrupto o permeable.

Si, tal vez hiciera eso, pensó. Lo que encontrara primero.

Regresó a la sombra del vehículo. Necesitaba el azúcar, el olor a vainilla barata, cualquier anclaje de cuando era una niña y el mundo no estaba infectado. Se sentó en el suelo, apoyando la espalda contra el lateral metálico.

Abrió la caja con dedos torpes y se apresuró a morder un trozo de masa dulce con ansias, aunque el glaseado le supo a plástico.

No podía tragar. Soltó la caja, dejando que las rosquillas se desparramaran por el suelo y escondió el rostro entre las manos, rompiendo a llorar con un llanto silencioso y quebrado.

—Vaya, vaya... Miren a quién tenemos aquí. La pequeña Sheila. Oh, me disculpo, es cierto. Esta es la importante Morozova. Aunque no lo parece tanto hoy.

El tono arrastrado, rasposo e impregnado de familiaridad siniestra encendió campanas de alerta en su cerebro. Se puso en pie de un salto apoyando las manos contra la chapa del coche para no caerse.

De entre las sombras una silueta delgada avanzó despacio hacia ella. Vestía una chaqueta de cuero vieja y agrietada y una gorra oscura que le tapaba la frente. Al enfocarlo bajo el destello intermitente del neón rosa, la mente de Sheila sufrió un violento viaje hacia atrás.

Una cocina oscura que olía a cerveza barata y a marihuana.

Ella llorando en un rincón porque su madre había vuelto a gritarle al teléfono y Henry.

.. Henry estaba allí. Alto, seguro, con esa sonrisa de suficiencia que a ella le pareció un escudo contra el mundo.

Le parecía guapo entonces. La había tomado de la mano y le había prometido que la sacaría de ese pueblo miserable, que con él no sería invisible.

Lo había visto como una salvación divina. Había creído amarlo con la desesperación de quien se está ahogando y se aferra a un salvavidas. Había firmado su propia sentencia por un par de palabras dulces en un coche destartalado.

La realidad regresó de golpe al estacionamiento de la gasolinera, golpeándola como un puñetazo. Miró al hombre que tenía enfrente y el shock fue brutal. El Henry de su memoria, del que creyó estar enamorada, ya no existía. En su lugar había una sombra.

El deterioro físico provocado por años en una prisión federal era evidente: la piel se le pegaba a los pómulos, tenía arrugas prematuras alrededor de unos ojos hundidos y sin brillo, y los hombros se le vencían hacia delante.

Pero la sonrisa seguía siendo la misma. Esa sonrisa retorcida que mostraba unos dientes desparejos y que destilaba crueldad. El terror le secó la garganta.

La había jodido bien. La magnitud de su estupidez era monumental. Por culpa de sus celos, por su miedo histérico a quedarse sola, había huido de Matt, de Taylor. Se había entregado en bandeja de plata.

Sus complejas emociones la habían traído en línea recta a las manos de este hombre, otra vez.

Henry se detuvo a tres metros de ella. En la mano derecha sostenía una navaja corta, un filo metálico que reflejó el neón de la tienda.

—Te lo juré en la sala de vistas, muñeca —susurró, dándole una vuelta al arma entre los dedos—.

Juré que cuando saliera de esa jaula en la que me metiste por tu maldita delación, vendría a cobrarme la factura.

Te has vuelto muy rica, Natasha Morozova.

Muy famosa. Pero sigues siendo la misma perra asustada que compartía mi colchón en Bangor.

Es hora de volver a congelarnos juntos, Sheila.

Y esta vez no hay ningún fiscal federal para salvarte la vida.

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Henry había estado saboreando el regusto amargo del tabaco barato mientras mantenía el motor de su coche encendido a un lado de la carretera secundaria, con las luces apagadas.

Había pasado las últimas horas dando vueltas alrededor del set de filmación, midiendo las distancias, maldiciendo entre dientes cada vez que divisaba la silueta del guardaespaldas grandote de la camiseta negra.

Ese tipo y el otro que merodeaba con cables se movían con la precisión de profesionales y Henry sabía que si intentaba acercarse al tráiler terminaría preso o golpeado antes de poder parpadear.

Estaba buscando una grieta, un maldito descuido para deslizarse entre el perímetro sin ser visto, cuando la suerte le había estallado en la cara. El SUV negro había salido del set quemando rueda, zigzagueando por la grava como si el conductor hubiera perdido la cabeza.

Cuando el vehículo pasó, Henry reconoció el perfil rubio de Sheila a través del cristal.

Fue un regalo del destino. Una puta bendición de la calle.

Sin pensarlo dos veces había metido la marcha y la siguió a una distancia prudencial, mirando en su retrovisor esperando que los guardaespaldas aparecieran. Nada.

No podía creer su puta suerte. La vio desviarse hacia la estación de servicio de la ruta 9. La vio bajarse del coche. A través del parabrisas de su auto, Henry se regodeó en el espectáculo. Estaba trastornada, descalza, con el pelo revuelto y los hombros sacudidos por los espasmos del llanto.

Pero seguía siendo hermosa. Jodidamente hermosa. Tenía esa piel perfecta y ese cuerpo de catálogo que ahora decoraba las vallas publicitarias del país, la misma carne que él había poseído cuando no era nadie.

Su venganza estaba ahí, a la mano, tan cerca que podía olerla mezclada con el aroma a combustible de los surtidores.

Salió de su coche sin hacer ruido y avanzó por el lateral del almacén de neumáticos, saboreando el miedo y la desesperanza que se pintaron en la mirada de Sheila en cuanto escuchó su voz.

Al verla encogerse contra la chapa del SUV sintió una oleada de poder que le recorrió las venas, un subidón más fuerte que cualquier droga que hubiera vendido en Maine. Se sintió el rey del mundo.

¿Esta es la estrella que tantos adoran? ¿Esta es la diva intocable que mueve millones en la televisión? Mírala. Era una criatura patética reducida a escombros en un estacionamiento mugriento.

Se iba a encargar de quebrarla por completo, de romper la fachada de Natasha Morozova pieza por pieza hasta que no quedara nada. Tal vez, después de divertirse un rato y rajarle esa carita de millones, usaría su propio teléfono para postear algo en sus malditas redes sociales oficiales.

Una foto de ella en el suelo, rota, sangrando sobre el asfalto, para mostrarle a todos sus malditos seguidores que la gran diva de la pantalla no era más que basura de la calle. Su basura.

Henry dio un paso más al frente, levantando el filo de la navaja de cara al neón rosa, disfrutando del sonido del llanto ahogado que Sheila no pudo contener.

—Se terminaron los focos, muñeca —sonrió Henry, enseñando los dientes—. Ahora estamos solo tú y yo.