Matt. Agencia Pipen 4 CAPÍTULO 20 #2
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CAPÍTULO 20 #2

Tenía que encontrar a Taylor. Ya. Salió al sol de la tarde y la buscó por el estacionamiento secundario.

No le tomó mucho tiempo divisar el coche, un sedán gris estacionado a unos cincuenta metros, casi oculto tras un camión de mudanzas de la productora.

Matt caminó con paso rápido, implacable, y abrió la puerta del conductor antes de que ella pudiera poner el motor en marcha.

Taylor estaba apoyada contra el volante, con los hombros sacudidos por un llanto silencioso que detuvo en el acto al verlo aparecer.

—Está mejor. Se ha quedado dormida —dijo Matt, plantándose en el marco de la puerta, bloqueándole cualquier intento de salida.

Taylor se limpió las mejillas con un movimiento rápido y hosco, negándose a mirarlo a los ojos.

—Me alegro. Ahora quítate, Matt. Me voy —dijo, con una voz artificialmente fría—. No puedo quedarme aquí. No después de lo que pasó. Esto es una locura.

—No puedes hacerle caso a lo que te dijo ahí dentro, Taylor. Es el estrés, la falta de las pastillas hablando —le espetó Matt, inclinándose hacia el habitáculo—. Está sufriendo el subidón de la abstinencia y desenterrando traumas para defenderse.

—¡No es así, Matt! ¡No son solo las pastillas!

—lo interrumpió Taylor, girándose hacia él con los ojos encendidos de desolación dolorosa—.

Todo lo que dijo es real. Mi madre me hizo jurar que la cuidaría, y yo.

.. yo solo sentía que ella era una cadena.

Y tenía razón en lo del callejón. Me dejé llevar por el deseo contigo.

Matt rodeó el coche y se sentó en el asiento del copiloto cerrando la puerta para obligarla a tener esa intimidad. Le tomó las manos con fuerza, pretendiendo que se calmara, que dejara de dar vueltas en esa espiral de autoflagelación.

—Mírame, Taylor. Calma —pidió, apretándole los dedos.

Ella sacudió la cabeza con vehemencia, negando la cercanía, intentando zafar sus manos del agarre del guardaespaldas.

—No, Matt. Entiéndelo. Sheila ha sufrido demasiado en esta puta vida. Ha soportado cosas que yo ni siquiera puedo imaginar sin querer vomitar. Y hoy... hoy Taylor Miller es el problema aquí. Si me quedo, si sigo cerca de ti, la voy a destruir más.

Las lágrimas volvieron a desbordarse, resbalando por su faz seria. Miró las manos de Matt que sostenían las suyas y soltó un suspiro trémulo, un ruego que le salió directo del estómago.

—Te lo ruego, Matt... cuídala. Protégela de ese acosador, pero sobre todo, protégela de sí misma. No dejes que vuelva a caer en ese agujero. Ella te necesita más que yo. Yo... yo no debí dejarme llevar. No debí permitir que mis deseos nublaran mi lógica.

Se le quebró la voz y desvió la mirada hacia el parabrisas, susurrando una frase que a Matt le heló la sangre:

—En otra vida, Matt... tal vez en otra vida pudimos ser algo real.

—¿Qué pasó allí adentro, Taylor? —exigió saber Matt, con los ojos entornados y la mandíbula rígida. Su instinto le decía que la pelea entre las hermanas había ido mucho más allá de los celos—. ¿Qué más te dijo? ¡Cuéntame, joder!

Taylor sacudió la cabeza, apretando los dientes, manteniendo la boca cerrada. No iba a airear el secreto del vecino; esa verdad y ese dolor le pertenecían a Sheila.

—No insistas, Matt. No te lo voy a decir. Es un asunto de nuestra familia. Solo vete con ella.

Antes de que Matt pudiera replicar o usar la fuerza de sus palabras para desarmar su silencio, el teléfono que llevaba en el bolsillo interior de la chaqueta comenzó a vibrar con un zumbido violento.

El identificador de pantalla mostraba la señal prioritaria del canal táctico de la agencia. Era Logan.

Matt descolgó de inmediato, conectando el auricular.

—Dime, Logan.

—Matt, tenemos una emergencia de la hostia en el ala oeste —la voz de Logan llegó limpia, desprovista del habitual tono calmado—.

Estaba cubriendo el rincón de los contenedores de basura, donde encontramos las colillas esta mañana, esperando que el tipo asomara la nariz.

De repente, la puerta trasera del tráiler se abrió.

Matt frunció el ceño, mirando el reloj del salpicadero del coche. No habían pasado ni diez minutos desde que la había dejado en la cama.

—¿Sheila? La dejé descansando, Logan. Estaba exhausta.

—Pues tiene un chute de adrenalina demente, hermano —replicó Logan, y de fondo se escuchó el ruido de sus botas corriendo sobre la grava—.

Salió como una exhalación. Tenía el rostro desencajado, los ojos fijos en la nada.

Intenté cortarle el paso en el pasillo entre los camiones, pero me esquivó como si fuera un fantasma.

Se subió directo a uno de los vehículos de la productora, el SUV negro de iluminación que siempre dejan con las llaves puestas cerca de las carpas de los técnicos.

Arrancó quemando rueda, Matt. Me paré delante para obligarla a frenar, pero la tía no iba a detenerse.

Me habría pasado por encima si no me tiro a la zanja. Se ha marchado del set.

—¡Mierda! —bramó Matt, golpeando el salpicadero con el puño—. Está en pleno colapso emocional y con la química del cuerpo vuelta loca. No está en condiciones de conducir un puto triciclo, Logan, mucho menos un SUV.

—Salió disparada hacia la autopista —continuó Logan, jadeando por la carrera—. Tienes que moverte, Matt. No sé a dónde coño va, pero en ese estado es un peligro público, y si el acosador la ve salir así, la va a cazar en cinco minutos.

Matt cortó la comunicación con un movimiento brusco y se giró hacia Taylor, que ya no lloraba; el modo de crisis profesional le había borrado las lágrimas de la cara en un segundo, sustituyéndolas por una palidez de espanto.

—Se ha ido —dijo Matt, con la voz helada—. Tenemos que movernos ya.