Matt. Agencia Pipen 4 CAPÍTULO 20
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CAPÍTULO 20

Matt aceleró el paso. A unos diez metros del trailer, los primeros gritos filtrados por el aislamiento del aluminio le hicieron detenerse un segundo. Era una pelea visceral, de esas donde las palabras se usan para arrancar la carne, aunque por fortuna no se entendían.

Matt barrió el campamento con la mirada buscando alguna reacción en el equipo técnico o los asistentes de producción que deambulaban. Nadie hizo puñetero caso. Natasha Morozova tenía mala fama por sus exigencias demandantes, sus portazos y sus crisis de diva histérica.

Un muro de mala reputación que, irónicamente, se había convertido en el escondite perfecto. Gracias a ese carácter intratable todo el mundo estaba asumiendo que los suyos eran berrinches, ayudando a que su doloroso proceso de desintoxicación pasara desapercibido para la prensa y el equipo.

Cuando Matt empujó la puerta y entró, sin embargo, no esperaba encontrar un enfrentamiento de aquella magnitud. El espacio común del tráiler parecía el escenario de un crimen emocional.

Las expresiones de las dos hermanas Miller lo congelaron en el sitio: Taylor estaba paralizada contra la barra de la cocina, con el rostro desencajado y una rigidez que rozaba el shock; Sheila, en mitad del espacio, temblaba con las pupilas dilatadas y las mejillas surcadas de lágrimas.

Al verlo, el eje de Sheila se desvió por completo. Se olvidó de Taylor y vino hacia él como una exhalación, estrellándose contra su pecho. Se pegó a su cuerpo con una desesperación física, hincándole los dedos en la camiseta como si Matt fuera el único pedazo de tierra firme luego de un naufragio.

Una oleada de ternura inmensa lo anegó. Sentir el temblor de sus hombros y la fragilidad de su estructura lo desarmó.

A pesar de los gritos y del veneno que acababa de escupir, Sheila era como una niña en el manejo de sus emociones; una criatura rota que reaccionaba al dolor arañando a los que tenía cerca.

Matt la rodeó con sus brazos ofreciéndole ese refugio de músculos y calor, pero por encima de la cabeza rubia de la estrella, sus ojos oscuros buscaron de inmediato a Taylor.

Continuaba inmóvil, conmocionada, con una mirada de desamparo que a Matt le partió el alma.

Joder. Sentía tanto por ambas que el pecho le dolió.

¿Cómo demonios se procedía en una situación así?

Quería cuidarlas a las dos, proteger a Sheila de sus monstruos y de la abstinencia, pero también meter a Taylor en un coche, alejarla del set y lamerle las heridas hasta que volviera a sonreír con esa seriedad inteligente que lo traía de cabeza.

En mitad de ese caos mental, Matt pensó de golpe en su hermana Isabel. ¿Qué diría ella si lo viera atrapado en este laberinto? Isabel siempre había sido su cable a tierra, la persona que lo conocía antes de las cicatrices y de la agencia.

Necesitaba su consejo. Al principio pensó que ella no iba a entender una locura como esta; una traición a las reglas tradicionales del amor.

O tal vez sí. Isabel sabía mejor que nadie que el corazón de Matt no funcionaba con esquemas simples, y que cuando él se entregaba, lo hacía sin medias tintas.

—Tienes que echarla, Matt —la demanda de Sheila interrumpió sus pensamientos, brutal, directa, pronunciada contra su cuello—. Tienes que hacer que Taylor se vaya de aquí. Ya no confío en ella. No quiero que esté cerca de nosotros. Quiero que te quedes conmigo. Solo conmigo.

La alarma se encendió con fuerza en la mente de Matt. Una presión fría le atenazó las sienes. Él no quería estar en mitad de la guerra de esas dos mujeres, no quería convertirse en el juez de un tribunal familiar donde todas las sentencias implicaban destrozar a alguien. No sabía qué hacer.

En ese segundo de duda, escuchó el chasquido seco de la puerta principal al cerrarse. Miró por encima del hombro y vio el espacio vacío junto a la barra. Taylor se había marchado.

Quiso soltarse para ir tras ella, pero Shei tomó su camisa con ambas manos, tirando de la tela con una fuerza espasmódica que lo retuvo en el sitio. Lo absorbió por completo, reclamando su atención con una mirada desamparada.

—No te vayas, por favor. Quédate aquí —le rogó, con la voz rota, la respiración entrecortada golpeándole el pecho—.

Siento algo muy profundo por ti, Matt. Sé que he sido una perra, sé que fui fría y que te traté como a un empleado en el set, pero esa.

.. Esa es mi máscara. Es lo que hago para que nadie vea lo que hay dentro. Te necesito.

Matt se sintió emocionado, conmovido hasta la médula por la confesión de la diva, aunque una parte de su cerebro de guardián le advertía que aquello también podía ser la adicción hablando, la desesperación de la abstinencia buscando un anclaje emocional.

Antes de que pudiera responder, Sheila se empinó y lo besó.

Fue un beso de una necesidad desesperada, húmedo, salado por las lágrimas y cargado de un hambre que a Matt le desarmó la lógica.

Él era jodidamente débil por esos labios; la reconoció en el acto, respondiendo por puro instinto antes de obligarse a frenar.

Con suavidad, le separó el rostro, tomándola de las mejillas. Con los pulgares le limpió las lágrimas negras que le manchaban la piel, besándole con ternura la punta de la nariz, luego la frente.

—Tienes que calmarte, Shei. Respira —le dijo con voz baja, ronca—. Vamos.

La tomó de la mano y la guió con paso lento hacia la litera. La sentó en el borde y se estiró para alcanzar una botella de agua que estaba sobre la mesilla. Se la ofreció, esperando a que ella diera un par de tragos pequeños.

El líquido pareció asentarla; el temblor de sus manos disminuyó y sus ojos, aunque inyectados en sangre, se mostraron más calmos, fijos en el suelo de la habitación, evitando su mirada.

—Dime qué pasó, Shei. Qué te llevó a esto —preguntó Matt, acuclillándose frente a ella.

Sheila se mordió el labio inferior, mirando hacia el costado, hacia la pequeña ventana. El silencio se prolongó hasta que ella volvió a enfocarlo, con una duda punzante en las pupilas.

—¿La quieres? —preguntó en un hilo de voz—. ¿Quieres a Taylor?

Matt no vaciló. Le tomó la barbilla con suavidad, moviéndole la cabeza de espacio para obligarla a mirarlo a los ojos. No iba a mentirle. No a ella, no en ese estado, y no después de haber prometido honestidad en su fuero interno. No iba a negar lo que sentía.

—Shei... tú me vuelves loco —confesó Matt, y la crudeza de su voz llenó la habitación—.

Me tientas, me derrites cada vez que me tocas.

Sé que eres mucho más de lo que muestras en esa maldita televisión, sé el dolor que escondes.

Quisiera protegerte, cuidarte de todo el fango.

.. Pero también quiero a Taylor. Siento lo mismo por ella.

Sheila soltó una risa amarga, sin ganas, una mueca seca que se transformó de inmediato en un nuevo sollozo. Sus ojos volvieron a anegarse en lágrimas.

—¿Por qué? —susurró, golpeándole levemente el hombro con el puño—. ¿Por qué no puedo tenerte solo para mi? ¿Por qué tiene que quedarse ella con una parte?

—Me tienes, Shei. Estoy aquí —Matt le tomó las manos, atrapando sus dedos temblorosos entre los suyos—. No quiero que creas que juego contigo, o que soy un bastardo que se aprovecha de la situación. Joder, ustedes dos han vuelto mi mundo de cabeza.

La exasperación le ganó por un segundo, rompiéndole el control profesional. Se pasó una mano por el cabello, soltando un taco entre dientes.

—¡Carajo, Shei! Me estás pidiendo que divida lo que no se puede dividir. No puedo apagar lo que siento por ella.

—No puedes querernos a las dos, Matt. Eso no existe —argumentó ella, mirándolo con una fijeza desesperada.

—¿Por qué no? —replicó, con honestidad brutal—. ¿Quién dice las reglas de cuánta gente cabe en el pecho de un hombre si el sentimiento es limpio?

—No quiero que Taylor siga ganando —dijo Sheila muy quedo, bajando la vista hacia sus manos atrapadas—. Toda la vida siendo la perfecta, la santa... No quiero que también se quede contigo.

—¿Por qué dices eso, Shei? —Matt le apretó los dedos con suavidad, forzándola a escuchar—. Ella te quiere. Está aquí contigo, soportando tus tormentas, manejando este circo de la prensa solo para sostenerte. No es tu enemiga.

Sheila negó con la cabeza con amargura, una mueca de desprecio infantil y dolor viejo tiñéndole las facciones.

—Ella no estuvo cuando contaba, Matt. No me protegió. Mamá le pidió que no me dejara sola en su lecho de muerte, lo sé. Está aquí solo por eso... por un maldito contrato de culpa, no porque le importe.

—No —Matt la interrumpió con firmeza, subiendo las manos hasta sus hombros—.

Taylor te quiere, desea tu bien por encima del suyo.

Y yo también. Quiero que te cures, Shei.

Quiero que dejes esa mierda de pastillas, que demuestres lo que de verdad vales, tu brillo, tu valor real sin pantallas de por medio.

Voy a cuidarte en este proceso. Te lo prometo.

Sheila cerró los ojos y dejó escapar un suspiro largo, un aire pesado que pareció desinflarle los músculos. La mezcla de la descarga emocional y el peso de la abstinencia la dejó sin energías.

—Déjame sola, Matt... —pidió, dejándose caer de lado sobre las almohadas—. Tengo que dormir. Me duele todo.

—Son las pastillas, Shei. Es la abstinencia. Va a pasar —le aseguró él.

Se inclinó y besó sus labios con suavidad, un contacto lento, de pura promesa.

Luego le acarició el mentón con el pulgar y llevó sus manos a la boca, besándole los nudillos antes de levantarse.

Arropó su cuerpo con la manta ligera del tráiler, esperó a que cerrara los ojos y salió de la habitación sin hacer ruido, cerrando la puerta con cuidado.