CAPÍTULO 19
Taylor se alisó la ropa con dedos espasmódicos. La tela de la chaqueta le raspaba la piel del cuello, todavía encendida por la boca de Matt. Tenía el labio inferior entumecido y una vibración líquida, pesada, continuaba latiéndole entre los muslos.
Miró hacia el suelo del callejón ciego donde los papeles de su bloc de notas yacían dispersos. Quiso agacharse para recogerlos, pero las rodillas le temblaron de tal manera que tuvo que apoyarse de nuevo contra el metal del hangar.
No miró a Matt. No podía. El peso de lo que acababa de hacer contra esa pared de chapa se le asentó en el pecho como una losa. Había capitulado. Se había entregado al hombre que su hermana consideraba su escudo contra el abismo. El aire, denso y cargado de polvo, le supo a ceniza.
Sin decir una sola palabra comenzó a alejarse. Podía sentir su semen bajando por su muslo interno. Se le encendió la faz y fue demasiado. Miró atrás y le vio con la mandíbula apretada, el pecho subiendo y bajando con fuerza bajo la camiseta negra.
No intentó detenerla. Se acomodó la ropa y el cabello.
Sus pasos la llevaron por el campamento por un buen rato.
Sonrió ante los saludos, respondió a los que preguntaban por Natasha, esquivó a la influencer que grababa un video.
Una parte suya socializaba y la otra saltaba de la sensación de maravilla y gozo a la de pena.
Se sentía tiroteada por varios frentes. Por un lado, Matt, que era el hombre que le provocaba lo que nadie antes. Su piel todavía chisporroteaba, su cabeza dando vueltas a las sensaciones viscerales que él despertó. Pero Sheila…
Su hermana sufría por una adicción que era resultado de su ansiedad por el éxito y, sin dudas, también por su necesidad de olvidar un pasado horrible. Y luego, estaba Taylor misma. La vieja sensación de amor-odio la envolvía y la hacia sentir culpable. Y furiosa por ello.
Cuando volvió, subió los tres escalones de metal del tráiler y el pestillo cedió con un gemido sordo. Entró intentando recomponer su máscara, pero la atmósfera del habitáculo la golpeó como un puñetazo físico.
El olor a lavanda química seguía flotando. Sheila permanecía en el sofá, pero ya no estaba hecha un ovillo. Se había incorporado, apoyando la espalda contra el respaldo de cuero sintético.
Tenía un pañuelo de papel arrugado entre los dedos y los ojos hinchados, inyectados en sangre, pero la fragilidad de la jovencita asustada se había evaporado. Su mirada, fija en la puerta, se había vuelto una línea afilada, cargada de una lucidez ponzoñosa que a Taylor le heló la sangre.
Esta que la miraba era la Sheila difícil y combativa del pasado. Reconocía esa expresión, esa actitud.
—Vaya —soltó Sheila. Su voz no fue un grito, sino un susurro sibilante—. Miren quién decidió regresar a la superficie. La empresaria que se sacrifica por mi bienestar. La hermana perfecta.
Taylor se quedó inmóvil junto a la barra de la cocina, apretando las manos detrás de la espalda para ocultar el temblor que volvía a sacudirle los dedos.
—Sheila, deja las tonterías.
—Tonterías.
—Tienes que estar sobria y en paz. El director dice que el photocall es a las 8. ¿Crees que podrás…?
—Me importa una mierda el director y me importas una puta mierda tú en este momento, Taylor —la cortó, levantándose del sofá con un movimiento brusco, felino, a pesar de que las piernas le flaqueaban.
Dio dos pasos hacia ella, con las pupilas dilatadas por una mezcla de emociones—.
Te vi. Te vi por la maldita ventana de la caravana. Vi cómo lo mirabas…
Oh, joder, no era posible. No tenía fuerzas para confrontarla, era suficiente con su conciencia. Intentó sacudirse, explicar.
—No es lo que piensas —mintió, mal. La culpa le estallaba en las sienes en un dolor punzante. Su propia voz le sonó extraña, falsa, desprovista de la autoridad habitual—. Estábamos,,. El acosador...
—¡No me juegues a la mosquita muerta, Taylor!
¡A mí no! —gritó Sheila, y el chillido resonó en las paredes del tráiler, rompiendo el aire—.
Conozco esa mirada. Conozco esa rigidez de santa reprimida que pones cuando deseas algo, pero no tienes los ovarios de pedirlo.
¡Estabas con mi hombre! El único maldito cabo suelto que me mantiene a salvo de volver a ese infierno, y tú vas y te abres de piernas contra el primer hangar que encuentras.
¿Su hombre? Y esas palabras horribles…
—¡No hables así! —Taylor elevó la voz por primera vez, las lágrimas de la humillación acudiendo a sus ojos.
—Oh, pobrecita Taylor. Santurrona, sacrificada Taylor -dijo con saña, a sabiendas de que hería. Para hacerlo-. ¡Hipócrita! Me escuchaste hablarte con el corazón en la mano, contando una verdad horrible, y solo se te ocurrió follar a mi guardaespaldas. El hombre que me mantiene contenida.
—¡Yo no sabía nada, Sheila! ¡Acabo de enterarme de que eras tan infeliz cuando éramos jóvenes! ¡No tenía idea de lo de Maine, ni del hambre, ni de ese maldito juicio! —elevó sus manos, las bajó, sacudió su cabeza.
Esto era lo contrario de lo que quería. Pelear e insultarse era el camino seguro para perderse una a la otra.
—No lo sabías, no. Nada te importaba más que tu futuro. Salir, dejarnos atrás —murmuró Sheila.
Era injusta, dura. Taylor había hecho lo que pudo y como pudo.
—Eras difícil... eras una maldita pesadilla viviente y mamá no sabía qué demonios hacer contigo -contraatacó. Ella también tenía munición-. Yo... yo solo veía el estudio como mi única puerta de salida hacia el futuro, hacia una vida que no estuviera rota por tus caprichos.
Sheila soltó una risa seca que se cortó con un sollozo ahogado. Dio un paso más, invadiendo su espacio personal.
—¿Tu puerta de salida? ¿El estudio? ¡Eres una jodida hipócrita!
—el rostro de Sheila se deformó por el dolor de sus propios traumas activados, la mención de su madre y de la juventud abriéndole la carne viva—.
¿Te crees muy lista porque te quedabas en la biblioteca hasta las diez de la noche?
¿De verdad pensabas que yo me rebelaba por capricho, Taylor?
¿De verdad eres tan ciega, tan estúpida?
Taylor la miró, noqueada por la intensidad del odio que emanaba de su hermana.
—¿De qué estás hablando? —preguntó Taylor, con un hilo de voz.
—¡Hablo de que mientras tú estabas memorizando tus malditos libros de arte y planeando tu futuro perfecto, el vecino de al lado entraba en la casa!
—el grito de Sheila se quebró, las lágrimas volviendo a brotar con fuerza—.
¡Hablo de que yo tenía catorce años, Taylor!
¡Catorce malditos años! Mamá estaba doblando turnos en la fábrica para pagar tus jodidas matrículas y tú estabas a salvo entre tus paredes de piedra en la universidad, mientras ese maldito viejo me cuidaba.
¿Sabes cómo me cuidaba, Taylor? ¿Sabes lo que me hacía en el sofá mientras tú leías sobre la Revolución Francesa?
El tráiler cayó en un silencio sepulcral, un vacío tan absoluto que el zumbido del aire acondicionado pareció convertirse en un rugido. Taylor retrocedió y chocó la cadera contra el borde de la barra. La información la golpeó con la fuerza de un tren sin control.
Las palabras de Sheila flotaron en el aire, deformándose, cobrando un sentido macabro que le vació el estómago. Catorce años. El vecino. Su madre trabajando. Ella en la biblioteca.
Todo su castillo de superioridad moral, toda su narrativa de la hermana estudiosa frente a la hermana descarriada, se desmoronó en un segundo, convirtiéndose en una montaña de escombros cubiertos de sangre.
—No... —susurró Taylor, llevándose las manos a la boca, sintiendo que el mundo giraba a su alrededor—. No, Sheila... Oh, Dios, no...
—¡Sí! —asestó Sheila, disfrutando con un sadismo desesperado el impacto del golpe en el rostro de su hermana—.
¡Sí! Enterré eso en el fango y me convertí en la rebelde, en la complicada, en la zorra que huyó a Maine para que nadie tuviera que mirarme a la cara y ver lo rota que estaba.
¿Y ahora vienes tú, con tu cara de abnegada, a fingir que me salvas?
No me salvas a mí, Taylor. Te salvas tú de la culpa.
Sheila se limpió las lágrimas con el dorso de la mano, pero el veneno en su voz no disminuyó. Se acercó un centímetro más, clavándole los ojos dilatados en las mejillas encendidas de Taylor.
—Pero esto no es solo por el pasado, ¿verdad?
—la ironía regresó a sus labios, una mueca cruel—.
Esto es por Matt. Te das cuenta de que por fin tengo a alguien que se preocupa de verdad por mí.
No por mi carrera o mis ingresos, no. Alguien que me mira, al que le gusto, que me hace sentir segura, y decides que tienes que quitármelo.
—¡No es así, Shei! No digas eso… —Taylor negaba con lágrimas negras. Desolada, con el pecho oprimido y un dolor que la atravesaba.
—Es envidia, Taylor. Pura y dura envidia gris. Llevas toda la vida odiando que los focos se queden conmigo, y ahora quieres quedarte con Matt para demostrarte que vales algo. Eres una reprimida que cree que el sexo sabe mejor cuando me lo estás robando a mí.
—¡Basta! ¡Cállate la maldita boca! —Taylor gritó, las lágrimas desbordándose en un torrente que le empapó el cuello. El dolor era tan agudo que sentía que el pecho se le iba a partir en dos—. ¡Yo no sabía nada de lo del vecino! ¡Te lo juro por Dios, Sheila, si lo hubiera sabido...!
—¿Si lo hubieras sabido qué? —la interrumpió Sheila con un susurro cargado de amargura—.
Habrías pedido otro libro en la biblioteca para no escuchar los gritos.
Estás aquí porque mamá te lo hizo jurar en su lecho de muerte, Taylor.
«No dejes sola a Sheila, ayúdala, mantenla a salvo».
Esa fue tu condena. No estás aquí porque me quieras, ni porque te importe si vivo o muero.
Estás aquí por una promesa que no tienes el valor de romper.
Las palabras de Sheila contenían tantas medias verdades, tantas mentiras retorcidas combinadas con una realidad histórica innegable que Taylor se sintió devastada. La confrontación la estaba dejando sin defensas.
Era real: su madre le había hecho jurar que cuidaría de Sheila.
Era real: muchas veces había sentido que la carrera de Natasha Morozova era una cadena de oro que le impedía tener una vida propia.
Ese amor-odio destructivo que las había unido desde la infancia estaba ahí, expuesto, sangrando sobre la alfombra del tráiler.
La puerta se abrió de nuevo y Matt entró en el habitáculo.
Su sola presencia pareció absorber parte de la electricidad estática del ambiente.
Miró a Sheila, que temblaba con el rostro desencajado, y luego a Taylor, que permanecía encogida contra la barra, llorando en silencio, con la mirada perdida en el suelo.
—¿Qué está pasando, joder? Si siguen gritando van a atraer la atención…
Dio un paso hacia ellas, pero esta vez fue Sheila quien se interpuso, plantándose frente al guardaespaldas, mirándolo con una mezcla de súplica y reproche.
—Dile la verdad, Matt —pidió Sheila, y su voz se quebró —. Dile que lo de esta tarde fue un error. Dile que me deseas a mí. Que estás aquí para protegerme a mí. Taylor no tiene derecho a involucrarse entre ambos.
Se lanzó a sus brazos y Matt no pudo más que abrirlos y recibirla. Sheila se rompió entre ellos en espasmos estremecidos, y él la recolocó contra sí con gentileza, acariciando su cabello y susurrando en su oido.
Taylor los miró sin moverse, sintiendo una profunda pena por la magnitud del trauma de su hermana. ¿Qué eran sus emociones al lado de las de Sheila? ¿Qué peso podían tener sus sentimientos cuando su hermanita tiraba abajo sus paredes y se desnudaba para mostrar los horrores soportados?
Sí, Taylor la había culpado, a veces detestado, a veces despreciado. Hoy se daba cuenta de que no tenia idea de lo que había vivido Sheila, no de verdad.
Dio un paso atrás y luego otro, devastada y con una vergüenza tan profunda que se sentía más pequeña. Este silencio entre ambas y con Matt al medio se sentía como el posterior a una detonación.