Matt. Agencia Pipen 4 CAPÍTULO 18
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CAPÍTULO 18

Taylor escuchaba las voces a su alrededor como si provinieran del fondo de un pozo de agua helada.

Frente a ella el director del reality movía las manos con entusiasmo, señalando unos bocetos de iluminación para la gala de la noche siguiente y hablando sobre los niveles de audiencia que el filtrado accidente de Natasha había generado en las redes sociales.

Taylor asentía de manera mecánica, con los músculos de la cara tan rígidos que sentía que la piel se le iba a agrietar en cualquier momento.

Sostenía el bloc de notas contra el pecho con una fuerza ridícula, enterrando las uñas en el cartón prensado para obligarse a permanecer anclada a la realidad, para no gritar, para no echarse a llorar allí mismo, en mitad del plató.

Un agujero helado en Maine. Hambre. El miedo a morir en un colchón sucio. Cada palabra de la confesión de Sheila se repetía en su cabeza en un bucle implacable, golpeándole la conciencia con ritmo sádico.

¿Cómo no lo había sabido? Se suponía que ella era la mente analítica, la hermana que lo controlaba todo, la que llevaba la agenda y resolvía los desastres. Pero eso pasó antes. Antes de las cámaras o la fama.

Sheila se hundió en un fango de delincuencia, amenazas y terror mientras Taylor había estado encerrada en la biblioteca de la universidad, rodeada de manuales de historia, creyendo que el silencio de su hermana era solo otra rabieta.

La culpa la quemaba por dentro, un ardor ácido que le subía por el esófago y le dificultaba respirar.

Y luego estaba Matt. La imagen de sus manos grandes acunando la mandíbula de Sheila, la ternura casi devota de su sonrisa en mitad del caos del tráiler.

Esa había sido una estocada fina. El recuerdo del beso que Matt le había dado a ella unas horas antes, ese fuego salvaje que le había desarmado la lógica, ahora le parecía una burla cruel.

Una distracción para el guardaespaldas mientras poseía el cuerpo de su hermana y protegía sus secretos más oscuros.

—...así que necesitamos que Natasha esté lista para el photocall a las ocho en punto, Taylor. ¿Me escuchas? ¿Taylor?

Parpadeó, forzándose a enfocar el rostro del director. Carraspeó, tragándose el nudo que le atenazaba la garganta.

—Sí, claro. A las ocho. Descuida, yo me encargo de la logística —consiguió decir —. Tengo que revisar unos detalles. Si me disculpas...

No esperó a que el hombre respondiera. Dio media vuelta sobre sus botas y comenzó a caminar a paso rápido, huyendo, alejándose de las carpas principales de producción. No sabía a dónde iba; solo necesitaba escapar de la órbita de Natasha, de las luces, del magnetismo asfixiante de Matt Vargas.

No llegó muy lejos. Apenas dobló la esquina del cobertizo de utilería vieja una mano firme la tomó del antebrazo. El agarre no fue doloroso, pero sí lo bastante firme e implacable como para detener su huida en seco. Taylor ahogó un grito.

Matt estaba allí, plantado frente a ella en el estrecho callejón de sombras. Tenía la respiración un pelín alterada y los ojos oscuros fijos en ella con una intensidad que la hizo dar un paso atrás hasta que su espalda chocó contra el metal frío del hangar.

—Suéltame, Matt —siseó Taylor, intentando zafar el brazo con un movimiento inútil.

Su voz temblaba, desprovista de autoridad—.

Vuelve al tráiler. Tu protegida te necesita dentro.

Está teniendo una crisis y tú eres su...

su trofeo de supervivencia, ¿no? Ve a acariciarle la barbilla y a decirle lo magnífica que es.

Matt no la soltó. Al contrario, dio un paso al frente acortando la distancia hasta que Taylor sintió el calor que emanaba de su cuerpo, ese aroma a cuero y musk que la trastocaba por completo.

Apoyó la palma de la otra mano contra la pared metálica, justo al lado de la cabeza de Taylor, acorralándola en el espacio ciego.

—No te vas a ir a ninguna parte, Taylor.

No en este estado —dijo Matt. Su voz era un susurro grave, una vibración densa que le erizó los vellos de la nuca—.

Hay un maldito acosador suelto que sabe cómo moverse por aquí, y tú decides que es un excelente momento para dar un paseo a solas por los callejones oscuros del set. ¿Es que te volviste loca?

—¡La que está loca es mi hermana! ¡La que vivió un infierno mientras yo no hacía nada es ella!

—explotó Taylor, pero se conminó a no atraer atención innecesaria.

Las primeras lágrimas de rabia y frustración acumulada desbordaron sus ojos, resbalando por sus mejillas ardientes—.

¡No sabía nada, Matt! ¡Nada! Pasó hambre, estuvo con delincuentes, testificó en un juicio.

.. Y yo no estuve ahí. Estaba demasiado ocupada siendo la hija perfecta, la maldita nerd que se quedaba en la biblioteca porque mi madre me lo pedía. ¡Toda mi vida es una mentira!

—No digas eso, no es cierto. No puedes culparte así. Escucha…

Sacudió su cabeza y trató de armar una sonrisa cínica como fachada.

—No, nada de eso. ¡Tú estás jugando con las dos!

Me besas como si… —apretó sus puños. Como si te importara, pensó, pero no lo dijo.

Conservaba una pizca de orgullo—. Luego regresas al tráiler a consolar a Sheila, a tocarla como si fuera lo más sagrado.

No puedo hacer esto, Matt. No voy a ser la sombra que gira en su órbita también en la cama. No merezco esto. ¡Déjame ir!

Taylor intentó empujarlo, golpeándole el pecho con el bloc de notas, pero Matt ni se inmutó. El impacto del cartón contra sus músculos apenas lo movió. Con un movimiento rápido y preciso él le arrebató el bloc de las manos y lo arrojó al suelo, donde los papeles se desparramaron sobre la grava.

Luego, la tomó por las muñecas, alzándolas y presionándolas contra el metal del hangar, inmovilizándola por completo.

—Mírame —ordenó Matt, inclinando el rostro hasta que sus respiraciones se mezclaron—. Joder, Taylor, mírame a los ojos y dime que crees que esto es un juego para mí.

Taylor jadeó, intentando apartar la vista, pero la cercanía del hombre era un imán devastador.

Los ojos de Matt eran dos pozos negros cargados de un hambre que no tenía nada que ver con el deber profesional ni con la piedad que le había mostrado a Sheila.

Era pura necesidad salvaje, un ardor que exigía una respuesta inmediata.

—No sé qué pretendes... —susurró ella, con los labios temblando, sintiendo que sus botas se encogían por el deseo que le recorría las piernas.

¡No puedes ceder! ¡No puedes permitir esto!

—Te besé esta tarde porque llevo semanas pensando, queriendo…

—declaró Matt, y su voz sonó cruda, desprovista de cualquier disimulo—.

Porque mientras tu hermana grita y exige atención en el plató y luego me consume como la tirana que es, tú me robas el aliento sin siquiera intentarlo.

Me importa Sheila, claro que sí, es mi trabajo, es una mujer rota que necesita protección.

También me gusta, mucho. Pero esta hambre mía no se agota con ella.

Me quema las entrañas por ti. Tú crees que no tienes órbita propia, pero yo no pienso eso. Déjame enseñarte cuál es tu órbita.

Taylor no pudo responder. Las palabras de Matt le rompieron el escudo de orgullo y culpa.

Lo que él decía estaba intrínsecamente mal…

No le juraba que era la única… No le decía que la elegía frente a Shei.

Era enloquecedor sentir tanto, querer besarlo, abrazarlo, entregarse.

Su cabeza no se aclaraba, predominaba el sentir.

Matt soltó sus muñecas solo para enredar los dedos en su cabello desordenado, lento, dando tiempo para que retrocediera. No lo hizo, permaneció clavada.

Le inclinó la cabeza hacia atrás mientras su boca caía sobre la de ella con una pasión visceral.

El beso no tuvo timidez o exploración; fue un reclamo absoluto, húmedo, profundo y desesperado.

Matt tomó su boca con ardor, metiendo la lengua, reclamando cada rincón con una rudeza que hizo gemir a Taylor contra sus labios.

El cuerpo de ella se derritió contra el masculino. Sus manos, ahora libres, se aferraron a la chaqueta de Matt tirando de la tela con urgencia, necesitando sentir la dureza de sus músculos contra su propio pecho.

El contraste entre el metal frío a su espalda y el calor del cuerpo de Matt la mareaba. La culpa por Sheila, el shock del pasado y el dolor de la tarde se disolvieron bajo la marea de una sensualidad cruda que lo cubrió todo. Incluso la razón, la contención, la ubicación en tiempo y espacio.

Matt arrastró besos por su mandíbula, mordisqueando la piel sensible de su cuello con un ritmo que la hizo temblar y arquearse.

Una de sus manos bajó por el costado de Taylor delineando la curva de la cintura a la cadera con posesión absoluta, hasta llegar al borde de su falda.

Sin romper el contacto de sus bocas, Matt deslizó la mano por el muslo de ella, subiendo la tela, sintiendo el calor de su piel expuesta.

—Matt... aquí no... alguien puede venir —consiguió jadear Taylor cuando el hombre le lamió la base de la oreja, haciéndola temblar sobre sus botas.

No pensaba bien, no quería hacerlo.

—Me importa una mierda —gruñó Matt contra su piel, con la voz rota por la excitación—. Quiero mostrarte lo que me haces… Lo que provocas en mi… Esta urgencia… Deseos…

Con implacable urgencia metió la mano entre las piernas de Taylor y encontró la humedad caliente que empapaba su ropa interior. Ella se desconocía. Esta lujuria ciega, demoledora, que quería tomar e ignorar, que la hacía gemir bajito, era nueva.

Soltó un gritito que Matt ahogó volviendo a aplastar sus labios contra los de ella.

El contacto de los dedos hábiles y firmes frotando su clítoris con un ritmo exigente la hizo perder el control que restaba.

Su nudo de nervios vibraba masajeado con pericia y el resto de sus partes bailaban en sintonía.

Enredó una pierna alrededor de la cadera de Matt buscando más presión, entregándose al refugio de placer que el guardaespaldas le ofrecía en mitad de su destrucción familiar.

El sexo entre ellos se concretó allí mismo, entre metales y los paneles de utilería.

Fue un encuentro de alto voltaje, cargado de una intimidad desesperada; no era un acto de lujuria ligera, no.

Matt la poseyó sin ceremonias. Su mano izquierda la desvistió lo suficiente para tener acceso irrestricto a su coño que los dedos de su derecha abrieron y asediaron.

—Húmeda y preparada… Perfecta para mi pija. Te la voy a clavar al fondo —susurró.

La cabeza redondeada y caliente de su polla se colocó en su entrada demandando ingreso y Taylor se elevó sobre los deditos de sus pies.

Ni pensó en barreras, ella estaba atada a la píldora desde adolescente por sus reglas irregulares.

Matt no perdió el tiempo: la penetró en un movimiento fluido que la enervó y la hizo colgarse de sus hombros.

—Esto es… Puta maravilla… Suave… Tibia para mí, solo para mí…

Guante perfecto —susurraba en su oído y su lengua delineaba su lóbulo mientras pujaba y la llenaba por entero—.

Quiero disfrutarte… Pero no puedo permitir que alguien te vea…

No así. Solo yo… Oh, Tay, Tay, Tay… —su voz cobró una cualidad grave que recorrió la piel femenina y la encendió.

Taylor cerró sus ojos y se dejó llevar, volar, las sensaciones de placer envolviéndola como no le había pasado con alguien antes, su coño conquistado y con él sus miembros, su voz, su cabeza.

La sensación que esa verga despertaba era física, sí; círculos concéntricos de divino placer se replicaban por sus células. Pero también era más. Era su entrega, era posesión, y aceptación.

Taylor se dejó ir sin retacear sonidos o sensaciones, utilizando la pasión devoradora del hombre para olvidar la realidad dura que la rodeaba y la iba a ahogar apenas recobrara sentido.

Cuando el climax la sacudió, lo besó con rabia, con desesperanza, con anhelo, permitiéndose tomar lo que de seguro seria reclamado por su hermana. Solo tendría esto, no lo dudaba, y destinada como estaba a perder, al menos lo haría con un trofeo. Migajera que era.

Matt llegó al orgasmo con un grito ahogado en su cuello, y luego el silencio regresó al callejón, interrumpido solo por las respiraciones acopladas.

La mantuvo sujeta contra su pecho, con los brazos rodeándola con fuerza protectora.

Ella apoyó la frente en su hombro húmedo de sudor, con los ojos cerrados. La cordura podía volver ahora.