CAPÍTULO 17
Matt cruzó el umbral y cerró la puerta de chapa a sus espaldas. El olor a lavanda era dulzón, pesado. Observó fijo a las dos hermanas, un cuadro de tensión contenida que amenazaba con estallar ante el menor roce.
Taylor estaba de pie junto a la pequeña barra de la cocina americana, con los hombros rígidos y la mirada fija en una pila de papeles que sostenía entre los dedos, aunque sus ojos apenas se movían por ellos; sus nudillos, blancos por la fuerza del agarre, delataban que su mente estaba en otra parte.
Tal vez atrapada aún en la vibración del beso que se habían dado hacía apenas una hora. Eso era lo que le pasaba a él.
Al otro lado del trailer Sheila estaba reducía a una fracción de la mujer que devoraba las pantallas de televisión del país. La deslumbrante Morozova había desaparecido dejando en su lugar a una muchacha de veinticinco años hecha un ovillo en la esquina del sofá de cuero sintético.
Tenía las piernas cruzadas contra el pecho y rodeados por brazos que temblaban de forma perceptible.
Su piel mostraba una palidez llamativa y una fina capa de sudor frío le brillaba en las sienes humedeciendo los mechones rubios que se le pegaban a las mejillas.
Sus pupilas dilatadas delataban el verdadero monstruo que la habitaba esa tarde: el síndrome de abstinencia.
Matt se plantó en mitad del espacio común.
Su figura recortó la escasa luz que entraba por la ventanilla alta del tráiler proyectando una sombra larga que cubrió a ambas mujeres.
No hubo preámbulos. Su postura era grave, alerta, con los músculos en tensión bajo la chaqueta, pero manteniendo la calma exterior.
—Es hora de que hablemos de verdad —soltó. No había manera de que esto fuese lindo, así que lo dejó caer en el silencio, su mirada y postura enfocadas en Sheila—. Sé lo que pasó en Maine. Sé lo del juicio. Sé exactamente quién es el tipo que está dejando las notas y escalando el acoso.
Las reacciones no se hicieron esperar. Taylor levantó la cabeza de golpe. Su rostro se transformó, pintándose de sorpresa. Labios entreabiertos, ojos grandes que fueron de él a Sheila, y volvieron a enfocarlo. No tenía idea. Su rostro encantador no mentía. Esto la excedía.
—¿Maine? ¿Un juicio? Pero… ¿De qué hablas? ¿Qué es eso de que conoces al acosador?
Su mente creía conocer cada segundo de la vida pública y privada de la estrella, pero había secretos que esta había estado resguardando con celo feroz. Sheila, al verse descubierta, despojada de la fachada de diva que la protegía del escrutinio público, se quebró ante sus ojos.
Un lamento sordo escapó de su garganta mientras escondía el rostro entre las rodillas. Cuando volvió a levantar la cabeza, las lágrimas ya corrían libres por sus mejillas.
El temblor de sus manos se volvió espasmódico y las palabras comenzaron a brotar de su boca de manera atropellada, con una crudeza emocional que Matt había intuido al leer los fríos informes, pero que en la voz rota de la muchacha cobraba la dimensión de una tragedia viviente.
—Shei, di algo —rogó Taylor—. ¿Esto pasó de verdad?
Asintió, todavía sin palabras.
—Pero… —Taylor sacudió su cabeza—. Eso no es posible, salvo que… —arrugó el ceño mientras pensaba y sacaba cuentas, repasando el pasado en busca de pistas—. Cuando te alejaste, luego de que cumpliste los 17 —murmuró.
—Sí —la voz de Sheila sonó muy queda—. Pensé…
Creí que había encontrado al amor de mi vida, el que me ayudaría a lograr lo que quería.
No tienes idea de lo mal que la pasé... Dios, no tienes idea —sollozó Sheila, meciéndose levemente sobre el sofá, agarrándose los tobillos con una desesperación que encogía el pecho—.
No sabía nada... Era una estúpida que solo quería huir.
Peleando por todo. Terminé en un jodido agujero helado a las afueras de Bangor, en mitad de la nada, donde el invierno nunca se acaba y el cielo parece de plomo.
—Tú dijiste… Cuando volviste… —Taylor estaba confundida y conmovida a partes iguales.
Matt quería tomarlas a las dos por la cintura y sentarse con ellas a cada lado y abrazarlas largo. Utopia tonta.
—Mentí. Claro que no iba a decir que viví como una marginal, en moteles o apartamentos asquerosos que olían a humedad, a tabaco, a drogas.
Pasé hambre... un hambre real, de esa que no te deja dormir, que te hace aceptar cualquier cosa con tal de un plato de comida caliente o un techo que no se caiga a pedazos.
A Matt se le estrujó el corazón. Taylor escuchaba desde su rincón, inmóvil, como si se hubiera convertido en una estatua de sal, pero su rostro era sencillo de leer. Las palabras de su hermana le entraban en los oídos como puñaladas.
—Siempre pensé que ese periodo había sido algo caótico, que tu rebeldía había sido un capricho adolescente, una rabieta de chica bonita que quería probar la libertad de la gran ciudad -musitó.
—Estaba rodeada de monstruos, de delincuentes, de tipos que me miraban como si fuera carne barata —continuó Sheila, con la voz entrecortada por un espasmo de tos provocado por la misma ansiedad—.
Las drogas estaban en todas partes, en la mesa, en la cama.
.. Un ambiente horrible donde la vida de cualquiera de nosotros no valía una mierda.
Cada maldita noche, Matt, cada puta noche me acostaba con el terror metido en los huesos.
Tenía miedo de morir allí mismo, de que me pegaran un tiro por una mala deuda o de sufrir una sobredosis en un colchón sucio y que nadie se enterara nunca.
Trataba de no abusar, pero a veces… Volar de esa realidad era indispensable -dijo muy quedo, y a Matt le quebró el corazón.
-Pensaba en que mi cuerpo se quedaría congelado en un callejón trasero de Maine, cubierto de nieve, y que mamá, que tú… -le habló a Taylor-. Que pasarían el resto de sus vidas buscándome sin saber que me había convertido en basura.
-Oh, Shei, tranquila, no hables si no quieres -susurró Taylor, también quebrada.
Las lágrimas le dificultaban ver.
—Él me enredó en todo eso. Henry —confesó, y el desprecio tiñó su voz —.
Me hizo creer que me quería, que me cuidaría, mientras me utilizaba para mover su mercancía.
Y cuando los federales tiraron la puerta abajo…
Fue mi salida. Tuve que testificar en ese juicio corto.
Firmé cada maldito papel que los fiscales me pusieron delante porque era mi única oportunidad para no pasar años en una celda.
Cuando los alguaciles se lo llevaron arrastrando de la sala de vistas, él se giró -Su mirada se perdió en la memoria-.
Me miró fijamente a los ojos a través del cristal y juró por su vida que saldría de la jaula, que me encontraría en cualquier rincón del país donde me escondiera y que me haría pagar cada segundo que pasara encerrado por mi culpa.
Yo lo sabía... Desde que llegó la primera nota supe que era él.
Pero no pude decirlo. Tenía tanto miedo de que mi fachada explotara, de que los productores, los patrocinadores y todo el maldito país vieran lo que soy, la clase de delincuente que fui…
—Eras muy joven, una menor… Ese hombre abusó de ti, te manipuló —dijo Matt.
Verla de ese modo, reducida a la jovencita asustada que aún temblaba bajo el invierno de Maine lo conmovió. No había una solo posibilidad de mantener la distancia profesional que se había autoimpuesto.
Olvidó los manuales de seguridad y el frío análisis del entorno.
Dio dos pasos para eliminar la distancia que los separaba y se acuclilló frente al sofá quedando a la altura de sus ojos desorbitados.
Se sintió arrastrado por la crudeza de esa confesión, contagiado por el dolor viviente que emanaba de cada poro de Sheila.
Extendió su mano curtida y le acarició la barbilla con delicadeza, obligándola a levantar el rostro para que dejara de esconderse.
Le dedicó una sonrisa tierna, una mueca cargada de un aliento genuino que buscaba transmitirle su fuerza, mientras en su fuero interno no podía evitar pensar en lo jodidamente hermosa que era, incluso en mitad de su total desmoronamiento físico y emocional.
—Estoy aquí para protegerte, Sheila. No estás sola en esto, te lo prometo —le susurró mientras el pulgar le delineaba la mandíbula, intentando detener el temblor de sus labios.
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El contacto físico que fue intimidad expuesta, descarnada y espontánea entre Matt y su hermana, fue el detonante para Taylor. Desde su rincón junto a la cocina, todavía alelada por la revelación de las penurias que Sheila había enfrentado, sintió que el suelo se abría bajo sus pies.
No solo acababa de descubrir que Shei había estado en peligro mortal mientras ella no se había enterado y había estado metida estudiando en una biblioteca, ajena a su sufrimiento, sino que la imagen de Matt con Sheila con esa ternura casi devota le pegó duro.
La mezcla de culpa familiar, el shock de la revelación y los celos punzantes que le atenazaron el estómago formaron un cóctel tóxico que no pudo soportar.
Con la faz seria, rígida como una máscara de mármol que ocultaba la tormenta interna que la devoraba, Taylor dio media vuelta y salió del tráiler dando un portazo que hizo vibrar las delgadas paredes de aluminio y cortó el aire que quedaba dentro.
Matt soltó la barbilla de Sheila despacio y se incorporó dejando escapar un suspiro sordo.
Su mirada se desvió hacia la puerta cerrada.
Sheila, con los ojos vidriosos y empañados por las lágrimas, miró también hacia la salida y luego regresó sus ojos dilatados hacia él, malinterpretando por completo el motivo de la huida y la rigidez de su hermana.
—Taylor está al límite. No logro hacer nada bien—murmuró Sheila con expresión triste aumentada por una culpa amarga que parecía pesarle más que la propia abstinencia—.
Mis mentiras, mis secretos, mis putos desastres de siempre.
.. Es el peso que le he impuesto sobre los hombros desde que éramos adolescentes.
Mi madre le pidió que me cuidara y la he convertido en mi esclava, en la que limpia mi mierda.
Soy una carga insoportable para ella, Matt. Por eso me mira así. Por eso se ha ido.
Matt clavó los ojos en la puerta de madera por la que Taylor había desaparecido. Sus pensamientos eran caóticos. Tal vez Tay estaba cansada de su hermana y sus tejemanejes, sí, pero no dudó de que él tenía responsabilidad esta vez.
—Taylor necesita tiempo. Está frustrada, asustada y sorprendida —respondió con un tono sombrío, pero forzándose a suavizarlo para no alterarla más—.
Tu temperamento no ha ayudado y ella merece que le demuestres el amor.
Como dices, hay cosas por trabajar entre ustedes.
Pero tú… Eres una mujer magnífica, vales mucho más que la fachada que vendes en la televisión.
—¿De verdad crees eso? Siento que soy una máscara que se desarma día a día. Y estoy asustada por ello, y por ese bastardo de Henry.
—Vamos a solucionar esto. El tipo no va a volver a tocarte.
Eso te lo prometo. Lo otro, te toca a ti.
Salvarte de esa adicción y arreglar las cosas con Tay.
Ahora, quédate aquí dentro. Respira, haz yoga, toma agua y come bien.
Esto lo vences hora a hora y trayendo a la superficie a la mujer resiliente que eres.
Matt no esperó a ver si asentía. Sheila era una mujer grande que debía hacerse responsable de sus errores. Y él tenia una tarea. Salió del tráiler con paso firme, bajando los tres escalones de metal de un solo impulso.
Barrió el campamento entornando los ojos para filtrar el movimiento de los técnicos y los asistentes. No tardó en divisarla a unos cincuenta metros, cerca de las carpas de producción principal.
Taylor estaba conversando con el director del reality.
Intentaba mantener la postura, pero Matt notó de inmediato la rigidez de su espalda y la forma en que gesticulaba con nerviosismo, moviendo las manos de una manera exagerada, tensa.
Estaba intentando sostener su máscara profesional frente al jefe del proyecto, pero su cuerpo entero vibraba por el shock.
Matt caminó directo hacia ella, con un paso implacable que apartó a un par de asistentes que se cruzaron en su camino. No iba a dejar que se fuera lejos. No en ese estado, no con un acosador rondando el set.