Matt. Agencia Pipen 4 CAPÍTULO 16
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CAPÍTULO 16

Matt golpeó el volante con la palma de la mano. El eco del impacto retumbó en el habitáculo del coche, un sonido sordo que no alcanzó a apagar la maldita tormenta que le rugía en la cabeza. ¡Mierda! Lo había dejado escapar.

Todavía podía sentir la vibración de la adrenalina corriendo en su torrente sanguíneo, ese latido violento en las sienes que aparecía cuando el peligro le rozaba la piel.

Enganchó la primera marcha con un movimiento brusco haciendo que los neumáticos chirriaran sobre la grava del estacionamiento. Condujo despacio, con los ojos entornados y fijos en los recovecos oscuros que se formaban entre los enormes camiones de producción.

Sí, ese hijo de puta estaba lejos, pero así y todo… Tenía que hacer algo para sentir que manejaba la situación. Matt carraspeó, sintiendo la garganta reseca. No era solo la persecución. Era el recuerdo físico, casi doloroso, de la piel de Natasha en sus manos, de los labios de Taylor en su boca.

Hacía apenas horas que había disfrutado a Shei, como ya era en su mente, y menos aún del beso ardiente con Tay, a la que había tenido acorralada, sintiendo su respiración entrecortada y el sabor prohibido de su boca. Ahora se encontraba cazando fantasmas en el perímetro.

A unos cincuenta metros la silueta conocida le hizo aminorar la marcha. Logan vestía un mono de trabajo azul, desgastado en las rodillas, y cargaba una caja de conexiones plásticas con una naturalidad pasmosa.

Nadie que lo mirase dudaría de que era un técnico de sonido más del equipo, harto de arrastrar cables a toda hora. Matt detuvo el vehículo a su altura y bajó la ventanilla lo justo para que sus voces no viajaran más allá del capó.

—Se esfumó —soltó Matt. Tenía los maxilares tan apretados que una línea blanca se dibujaba bajo la piel de su mandíbula—. Estuvo demasiado cerca, Logan.

Logan no varió su postura de obrero fatigado. Dejó la caja en el suelo con cuidado, simulando revisar una de las pestañas de plástico, pero inclinó el torso hacia el coche, entornando los ojos bajo la visera de su gorra.

—Sí, lo estuvo, pero no se esfumó exactamente, Matt —murmuró—.

Peiné el ala oeste. Detrás de los cobertizos móviles donde almacenan la utilería vieja y los paneles de los decorados que ya no usan.

Hay un recoveco ciego entre los contenedores de basura.

Encontré colillas de cigarrillos que todavía huelen a tabaco fresco y un par de latas de refrescos.

El maldito se esconde ahí cuando viene. Tiene una línea de visión limpia, directa a la puerta del tráiler.

Sabe cuándo entra, cuándo sale y con quién.

Matt asimiló la información en silencio, reconfigurando el mapa mental del set en su cabeza. Había pasado por allí una o dos veces, pero no pareció sospechoso entonces.

Había estado distraído, probablemente. Demasiado en su cabeza, se reprochó, cuando lo que debía hacer era aguzar sus sentidos y atender a sus instintos.

—Bien. No toques nada —respondió, los dedos tamborileando sobre el cuero del volante—. Si dejamos que crea que ese escondite es seguro, mantendrá su rutina. Vamos a dejar que se confíe.

—Pensé lo mismo. En un par de días, cuando baje la guardia, le tenderemos una trampa en ese mismo callejón que no va a ver venir.

—El bastardo se cree invisible. Se las arregló para tirar un papel en el trailer de Natasha. Está muy alterada.

—Ese parece su estado natural—dijo Logan haciendo una mueca sardónica que sentó mal a Matt. Esto se debió traducir muy claro, porque su amigo asintió y luego meneó su cabeza—. Esa, justo esa expresión… Mi amigo, estás bien jodido.

—Logan…

—Ten cuidado. Hoy más que nunca debemos estar alertas. El tipo es un cojonudo escapista y se esconde bien. No hay que subestimarlo. Creo que deberíamos llamar a Scott y …

—Todavía no. Natasha ya está en el ojo de la atención, más seguridad haría que la producción la vea como un problema del que deshacerse.

—Tal vez eso la ayudaría. Saldría de este sitio. Sabes que es una trampa abierta.

Lo sabia, claro. Pero no podía quitar a Natasha de este set. Era su sueño, su escalón al estrellato, eso decía. Estás siendo sentimental y dejas que tus emociones hablen y comanden. Sí, y no podía evitarlo.

Logan se incorporó un par de centímetros. Enarcó una ceja, escudriñando las facciones de Matt con una fijeza incómoda, y luego cruzó los brazos sobre el pecho, apoyando una bota contra la rueda delantera del coche.

—Estás fuera de tu eje, y no intentes colármela. Esta no es la calma fría que mantienes cuando las cosas se ponen feas.

Matt sostuvo la mirada de su compañero a través del cristal medio bajado. El secreto de lo que había ocurrido en las sombras del decorado con Taylor y las intensas noches de sexo visceral que mantenía con Sheila le pesaban en el pecho como un bloque.

No iba a mentirle al hombre que cubría sus espaldas, pero tampoco pensaba desnudarse emocionalmente en mitad de un estacionamiento polvoriento.

—Es el contenido de la nota, Logan —respondió, desviando la vista hacia el frente para romper el escrutinio—.

No es el típico delirio de un seguidor trastornado que quiere un autógrafo o una foto íntima.

Es jodidamente específico. Habla del frío.

Escribió que era hora de volver a viajar juntos.

Es una provocación que demuestra que esto no nació en las redes sociales ni en los platós de Los Ángeles.

—Eso es algo que ella tiene que saber. Y debe decirte, Matt. Se juega su integridad física, la de su hermana, que está muy cerca y puede ser vista como un obstáculo. La tuya también. Tienes que presionarla.

—Voy a hacerlo, dame unas horas. Escribiré a Louie y le pediré que indague más.

Logan sopesó las palabras, golpeando suavemente el metal de la puerta con los nudillos. Su expresión se volvió severa, perdiendo cualquier rastro de la curiosidad anterior para adoptar el tono de advertencia de un viejo amigo.

—Cuídate las espaldas, hermano —dijo, inclinándose un poco más—.

Estás blindado por Pipen y sabes que tenemos los recursos para aplastar a cualquier infeliz que intente pasarse de listo.

Pero mezclar la adrenalina de una persecución con los nervios alterados de dos mujeres que dependen de ti es como jugar con dinamita en un horno.

Ve a asegurar ese tráiler. Yo estaré vigilando.

Si el tipo asoma la nariz por los contenedores, seré quien le dé la bienvenida.

Matt subió la ventanilla con un movimiento eléctrico y fue a estacionar.

Apagó el motor, pero no bajó de inmediato.

Se quedó mirando sus propias manos sobre el volante, notando el leve temblor residual de la persecución abortada.

Necesitaba un maldito segundo de aire, un instante para limpiar la bruma de su mente antes de volver a entrar en el espacio confinado con las dos Miller.

Salió del coche luego de varios minutos sintiendo el aire caliente golpearle el rostro, y caminó hacia un banco de madera astillada que daba la espalda a los talleres de montaje.

Se sentó estirando las piernas y desenroscó el tapón de una botella de agua.

Le dio un trago largo dejando que el líquido le bajara por la garganta y le limpiara el sabor agrio de la frustración.

Suspiró y tomó su móvil. Basta de zarandajas, tenía trabajo que hacer. Llamó a Louie.

—Hola, Elijah al habla. Lou no puede atender en este momento, si desea hablar con mi terrón de azúcar…

Este idiota. Sin querer se le dibujó una sonrisa ante lo ridículo que era su colega. Nadie diría que Elijah Carter era un profesional de la hostia, pero lo era.

—Anda, idiota, pásame a tu mejor mitad.

—Matt, Matt, cuánta hostilidad. El aire del desierto no te sienta, jodido. Por cierto, ¿tienes mis autógrafos?

—No va a pasar. No te pierdes nada, ese deportista es un imbécil.

Escuchó las voces que indicaban el cambio de manos del móvil.

—Matt, iba a llamarte, pero hubo una situación. Escucha, tengo información.

—¿Tiene que ver con lo que te pedí del pasado de Natasha? Porque esto es urgente ahora, hay una nueva nota.

—Pues estamos de suerte. Voy a enviarte un archivo. Tuve que saltarme dos cortafuegos del Departamento de Correcciones de Maine y un protocolo de privacidad estatal.

—¿Maine? —Matt frunció el ceño, dejando la botella de agua sobre el banco mientras sus dedos ya desbloqueaban la pantalla del móvil, buscando la aplicación de la agencia.

Maine era muy frio. ¿Sería a eso que se refería el acosador en su nota? Tenía que ser.

—A las afueras de Bangor, para ser exactos. Ocurrió hace ocho años. Verás que hay actas digitalizadas. Las imágenes no son muy nítidas y hay partes cubiertas porque Natasha era menor, pero pude reconstruir algunas frases que son claves.

—Gracias, Louie.

Matt cortó y se apuró a abrir el archivo. Deslizó el pulgar por la pantalla ignorando los códigos y los sellos oficiales del estado para ir directo al cuerpo del texto jurídico. Los ojos se le entornaron a medida que leía, absorbiendo los detalles con una concentración que le hizo olvidar lo demás.

La verdad comenzó a desglosarse ante él en párrafos mecanografiados con la frialdad de la burocracia policial. El informe detallaba un proceso judicial que se había resuelto por la vía rápida: un juicio corto por confesión e implicación delictiva.

En el centro del expediente figuraba el nombre civil de la diva: Sheila Miller. Con apenas dieciséis años, desamparada y atrapada en una red que la superaba, su firma aparecía al pie de varias declaraciones oficiales.

No fue una simple detenida; se había convertido en la testigo estrella de la fiscalía del distrito en un caso por distribución de estupefacientes y tráfico de sustancias a gran escala en las zonas marginales del norte del estado.

Matt leyó la descripción de los hechos con el estómago contraído.

El expediente describía un entorno sórdido: pensiones de mala muerte donde el invierno congelaba las tuberías, redadas nocturnas y una red de delincuencia local liderada por un tipo con un historial violento que la había utilizado como pantalla y cebo.

Según los registros la defensa del delincuente intentó destrozar psicológicamente a Sheila durante las vistas preliminares acusándola de cómplice, pero la muchacha se había mantenido firme en el estrado.

Su testimonio detallado y la entrega de pruebas clave le ganaron una delación premiada con inmunidad total del Estado a cambio de enviar a su exnovio a una prisión federal de máxima seguridad con una condena en firme de diez años.

Una que, según la última página del archivo que Louie le había adjuntado, se había reconvertido a libertad provisional por buena conducta.

El tipo estaba libre. Tenía que ser el acosador. No dudó que lo primero que había hecho al salir a la calle era seguir el rastro de la mujer que lo había metido en la jaula. La ahora estrella con nombre ruso y estelaridad creciente.

Matt bloqueó la pantalla del teléfono sintiendo el peso físico de la revelación en la palma de la mano.

La frase de la nota cobró un sentido siniestro, desprovisto de cualquier lirismo.

Volver a congelarse juntos no era una metáfora de amor retorcido; era la promesa de venganza de un criminal que había pasado muchos inviernos entre muros de hormigón por culpa de la firma de Sheila Miller.

El tipo no quería recuperarla; quería arrastrarla de vuelta al fango del que ella había logrado escapar. Se puso de pie de un salto guardando el móvil en el bolsillo con un movimiento automático.

Ajustó los hombros de su chaqueta, respiró hondo para asentar la rabia en el fondo de sus pulmones y caminó con paso firme, implacable, hacia el tráiler.

Se habían terminado los juegos de disimulo y las medias verdades. Era hora de abrir el armario de los monstruos.