Matt. Agencia Pipen 4 CAPÍTULO 15
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CAPÍTULO 15

Taylor se quedó inmóvil tras un decorado mirando cómo Matt se alejaba con urgencia, su expresión grave y focalizada. El silencio que siguió fue casi doloroso. Se llevó los dedos a los labios que aún conservaban el rastro del fuego que la boca masculina dejó.

Matt besaba con ardor, tomando, reclamando de una forma que desafiaba toda lógica. ¿Qué clase de hombre es, de verdad?, se preguntó, sintiendo que el pecho le ardía de una mezcla tóxica de deseo y desconfianza.

El y Natasha tenían una relación desde hacía semanas.

Follaban, eso no constituía una relación, corrigió.

Se mordió el carrillo. No era tan simple.

La expresión de Matt, sus palabras… Ese hombre sentía más que deseo por Shei.

Y ella… era difícil saber qué le pasaba de verdad por el corazón en estos momentos. O en general hacía unos años.

¿Y qué clase de mujer eres tú, que sabes lo que pasa y no te indignas y rechazas de plano la situación? No era Shei la que estaba en falta. Era ella, Taylor, que deseaba al hombre que su hermana había elegido. Si era por unas horas, días o meses, no importaba.

Miró su reflejo en un vidrio odiando la imagen que le devolvía el cristal: una mujer con los ojos demasiado brillantes y el cabello desordenado por los dedos de un hombre que no debería desearla.

Masoquista. Tonta. Ilusa. Todo eso era. Natasha era posesiva, siempre había tomado lo que quería del mundo y ahora Matt era su trofeo de supervivencia.

Si su hermana descubría que el hombre en el que depositaba su escasa estabilidad mental estaba besando a su hermana, la invisible todo-terreno que tenia a disposición, vendría el colapso.

Taylor tenía que ser la fuerte, el pegamento, pero en este momento se sentía como el hilo más débil de la trama.

¿Por qué sentía ese deseo que no podía controlar?

Era una traición a su sangre, una falta de respeto a sí misma.

Y, pese a esto, supo que si Matt volviera a ella en este instante, probablemente sus pies volverían a encogerse dentro de sus botas y su cuerpo se derretiría contra el suyo.

Tragó saliva, tratando de recomponer su máscara profesional. Tenía que endurecerse. No era momento de flaquear. Hacer de tripas, corazón, ¿no era así el dicho?

Se alisó la camiseta y caminó hacia el trailer, tratando de que el temblor de sus manos no fuera evidente.

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Natasha estaba tumbada en la penumbra con una toalla húmeda sobre la frente. La gripe estomacal era la mentira oficial, pero la verdad era que el síndrome de abstinencia y la paranoia la tenían prisionera.

Cada ruido exterior (el motor de un camión, una risa lejana del equipo técnico) le sonaba como una amenaza. Cuando Taylor entró no abrió los ojos, pero su voz sonó como un hilo de seda desgarrado.

—¿Dónde estabas, Tay? Siento que el aire aquí dentro se está acabando.

—Solo hablaba con el director, Shei. Todo está bajo control —dijo Taylor, sentándose en el borde de la cama.

Natasha se incorporó con esfuerzo dejando que la toalla cayera sobre sus muslos. Su piel, generalmente perfecta gracias a tratamientos de miles de dólares, se veía cetrina, casi transparente bajo la luz de la lámpara. Miró a su hermana con una intensidad febril.

—Él está fuera, ¿verdad? Matt.

Taylor asintió evitando el contacto visual directo. Natasha soltó una risa seca, sin rastro de humor.

—Es irónico. Paso la vida rodeada de gente que me adora, que me sigue, que compra lo que promociono, y el único que me hace sentir segura es un hombre al que pago para que no deje que me maten.

—No hables así, nadie va a matarte.

—Alguien diría, con razón, que he hecho bastante para hacerlo yo misma.

Se restregó las manos en los muslos, inquieta.

—Este entorno… Es tóxico, Derek es uno más, una prueba.

—Ah, lo es, pero yo lo he sabido siempre. Solo que me dejé llevar. Es que… A veces me duele vivir, Tay —susurró.

—Oh, Shei…

Esa frase… Era vieja, siempre Tay a su lado intentando animarla, ayudarla, protegerla. Intentó sonreír e ignorar la necesidad que crecía. Podría con esta adicción, se la sacaría de encima.

—Hay algo en Matt, Tay... Me mira y parece que puede ver mis grietas. Y parece que no le importan. Es extraño, pero me hace sentir bien.

Natasha se abrazó las rodillas, balanceándose levemente. No era ella el tipo de mujer que hablaba a corazón abierto. Hoy sí, al parecer.

—Él hace su trabajo, Shei —le dijo Taylor con voz plana.

La miró y parpadeó. No, lo de Matt era mucho más que labor. No solo la follaba bien; se había arriesgado, la había cuidado, la había contenido.

—No es solo trabajo. El y yo…

—Lo sé. Derek lo insinuó por ahí, aunque poco caso le hicieron, por suerte.

Taylor desaprobaba, por supuesto. Natasha suspiró.

—Cuando me toca, es real. Puedo verlo, es muy distinto a lo que vibro y vivo a diario con la gente que me rodea.

—Me tienes a tu lado, mi cariño no es falso.

—Lo sé, Tay —la miró muy seria—. Sé perfectamente quién eres.

Te amo también, pensó, su garganta incapaz de pronunciarlo, no sabía bien por qué. Se levantó, tambaleándose un poco, y caminó hacia la pequeña cocina para servirse agua. Fue entonces cuando lo vio.

Al costado del pequeño refrigerador y junto a la ventana entreabierta había un papel doblado del mismo tipo que… que ya había visto antes. El estomago se replegó. Se agachó y lo desdobló. Su rostro, ya pálido, se tornó de un color ceniciento. Sus manos empezaron a temblar.

—El frio del norte no lo era tanto como el de este desierto, ¿verdad, mon ange? El pasado no se borra con maquillaje, y tampoco la traición. Te llevaré de vuelta para congelarnos juntos otra vez —leyó en un susurro que terminó en ahogo.

La referencia fue como un disparo al centro de su memoria. El norte. El frio de Maine. Los días de terror, el juicio. Detalles que había enterrado, pero parecía que el pasado revivía.

Ese maldito, Henry, ¿cómo podía ser? Tenía que estar encerrado, pero no. Quería enloquecerla. Cuando comenzaron a acosarla lo creyó gajes del oficio. Las notas habían ido rompiendo la ilusión. Hoy tenía la prueba de que él… Ese maldito estaba cerca.

Dejó caer el papel y se llevó las manos al pecho empezando a hiperventilar. El pánico, el de verdad, el que no se puede fingir para las cámaras, la golpeó de lleno. Se escuchó gemir y luego hacer sonidos extraños.

—¡Respira, Shei, por favor! Toma, la bolsa de papel…. Es un ataque de ansiedad, no te mueres, no, respira, ¡hazlo!

+++

—Estoy llegando, Logan —dijo Matt.

—Bien, aquí sigo. El tipo no es un fan, ni reportero. Se mueve como si supiera dónde están los puntos ciegos de las cámaras.

—No tengo visual —dijo, y frunció el ceño.

—Joder, debe haberte visto. Es escurridizo el jodido. ¡Ey, vuelve sobre tus pasos, se dirige hacia la parte trasera del trailer de las Miller¡ Va rápido.

Matt salió disparado para retornar, rodeando la unidad de equipo pesado para interceptar al intruso por el flanco. Sus botas apenas hacían ruido sobre la arena. Su mente se vació de Taylor, del beso y de la culpa. Ahora solo era un arma en movimiento.

Llegó a la esquina del trailer justo a tiempo para ver a una figura encapuchada alejarse hacia la oscuridad de las dunas. Matt saltó la valla perimetral con una agilidad que desafiaba su tamaño y corrió tras la sombra.

—¡Alto! —rugió, pero la figura no se detuvo.

Corrieron unos cien metros por la arena suelta, un esfuerzo que quemaba los pulmones.

Matt estaba ganando terreno cuando la sombra se detuvo de golpe frente a una duna alta y se giró.

No había arma, solo una mirada que Matt pudo sentir incluso a través de la oscuridad.

El sujeto levantó una mano en un saludo sardónico y luego se lanzó por la pendiente de la duna opuesta.

Cuando Matt llegó a la cima, no vio a nadie. La carretera parecía una cinta apenas iluminada por la luna. El tipo debió tener el vehículo a la mano y este no hacia ruido ni usaba las luces.

Regresó maldiciendo entre dientes. Su corazón martilleaba contra sus costillas, pero no por el esfuerzo físico, sino por la comprensión de que el acosador no estaba allí para atacar físicamente, al menos no todavía. Estaba allí para demostrarles que podía llegar a ellas cuando quisiera.

Al entrar en la zona de las unidades, vio a Taylor salir con el rostro desencajado.

—¡Matt! —gritó ella, y su voz estaba rota por el terror—. ¡Natasha está recuperándose de un ataque de pánico! Encontró una nota.

Matt la tomó por los hombros, sintiendo el temblor que recorría el cuerpo de Taylor. Por un segundo, el deseo de protegerla y el impulso de volver a besarla lucharon en su interior, pero el profesional ganó la partida.

—¿Una nota? —preguntó con voz de mando.

—Sí, sí. Algo que decía la puso al borde.

Asintió y tomó la mano de Taylor para serenarla. La necesitaba clara y en su centro.

—¿Ella está mejor?

Asintió con vehemencia.

—Entra y cierra la puerta. No abras a nadie que no sea yo o Logan. Estarán bien, lo perseguí lejos, pero quiero registrar el perímetro centímetro a centímetro.

—Matt... —ella lo retuvo un segundo, su mano apretando su antebrazo.

—Entra, Taylor —ordenó él, su voz era ahora pura autoridad—. Tienes que tranquilizar a tu hermana, tú sabes cómo. Estaré con ustedes en un momento.

Mientras ella obedecía, Matt fue por su vehículo. Tenían que rastrear todo el set. Este se extendía por la zona de maquillaje, los trailers estaban desperdigados, estaban las zonas de pruebas con sus entramados de madera y bambalinas.

Ese bastardo debió acechar escondido. Tal vez lo vio con Taylor antes. La idea lo enfureció. Ya no era solo una cuestión de seguridad física; era una guerra psicológica.

Cerró los ojos un instante, sintiendo el peso de la responsabilidad y los ecos de las caricias y besos de ambas mujeres.

El contrato de la Agencia Pipen lo trajo aquí, pero lo que lo mantendría en las vidas de ambas era la necesidad de protegerlas.

Sentía mucho y profundo por ambas, pero eso, temía, estaba destinado al fracaso.

Solo podía moverse con la corriente y rogar que no lo tragara.