Matt. Agencia Pipen 4 CAPÍTULO 14
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CAPÍTULO 14

Taylor se dio la vuelta en la cama para que sus ojos miraran la pared metálica y no la escena en el sofá. Tarde, muy tarde. Debió hacerlo antes. Apretó los párpados muy fuerte.

No debería haber observado. Era indecente, sucio. Candente. Doloroso. A pesar de que no era la que estaba mal, porque no pudo seguir durmiendo cuando el roce de pieles, el ruido de fluidos en fricción, los gemidos y los sonidos de dos personas follando a metros se hizo demasiado, Taylor se culpaba.

Porque no pudo bajar la vista. Sus pupilas se habían fijado en el cuerpo musculoso de Matt, en su polla entrando y saliendo de Sheila con ritmo castigador.

Y cuando él la miró y descubrió que era una voyeur consciente, ¿por qué no saltó de la cama y se fue, haciéndoles ver que la ponían en una situación desagradable?

Porque en ese instante… Había sentido emociones desconocidas.

No podía no mirar. Tragó saliva y enrojeció, las imágenes rondando en implacable bucle.

Los ojos masculinos que la inmovilizaron eran oscuros y estaban cargados de un hambre que era por su hermana, pero, de algún modo, también por ella.

La vergüenza era algo físico, un ardor que le subía por la mandíbula y le quemaba el cuello.

Natasha había vuelto a su sitio, más calma, respirando sin agitación.

El sexo la había agotado y se iba a dormir, satisfecha.

Sin enterarse de que Taylor, a metros, la había visto gozar y arrancar del hombre atractivo un orgasmo que…

Se estremeció. Dios, él era tan sensual.

Podría tener a la mujer que quisiera, y quería a su hermana.

Pero también la había besado a ella. Estaba jugando con las dos. ¿Qué clase de hombre podía desear a una mujer mientras poseía a la otra a centímetros de distancia?

Debía ser una subidón para su ego. Follar a la estrella del momento y tener en vilo a la hermana nerd que parecía no tener órbita propia y giraba en la de Natasha. Viejas inseguridades comenzaron a asomar su cabeza en la mente de Taylor.

Se sentía depravada por haber mirado, pero más sucia aún por lo que había sentido: un anhelo punzante que le robaba el aire.

Natasha, con su posesividad voraz y su fragilidad disfrazada de soberbia, tomaba lo que le gustaba, no solía comprometerse.

Pero estaba frágil. Y ella… Taylor era una masoquista.

Estaba atrapada en una red de deseo que no podía controlar, viendo cómo su hermana se aferraba a Matt como a un clavo ardiendo.

—Taylor…

La voz de Matt fue un susurro urgido y sonó muy cerca. Apretó sus ojos y fingió sordera. No le daría el gusto de mostrarse agitada.

—Tay, por favor, mírame. No sé qué estás pensando, déjame ver tus ojitos —insistió.

Algo en su voz la hizo darse la vuelta. Una urgencia contenida, una emoción filtrándose e impregnado de inseguridad al guardaespaldas seguro de si que había visto hasta ahora.

—¿Qué quieres? —susurró.

Su voz sonó más pequeña de lo que pretendía. Tragó saliva, sintiendo la garganta seca, como si hubiera estado tragando polvo todo el día.

—Necesitamos hablar. A solas. Por favor, necesito… Tay, tenemos que conversar sobre lo que pasó.

Ella se dio la vuelta y miró al techo. Conversar. ¿De qué? ¿Para qué?

—No tienes que explicarme nada.

Él trajo su mano a su barbilla y ella se soltó con un gesto iracundo. Sí, la rabia comenzaba a desplazar a la vergüenza. ¿Por qué iba a apenarse ella? Era él… Matt Vargas era el desgraciado, el poco hombre que… Se mordió el labio.

—Quiero hacerlo. Lo que pueda, Tay, porque… Por favor. Ven.

El hombrón rogaba. Lo miró. Su expresión era casi… Torturada. Raro, estaba bien follado, ironizó. Suspiró, se sentó en la cama y se movió para bajar por la escalera.

Matt intentó ayudarla, pero se lo sacudió. No podía permitir que la tocara. Esas manos, esa boca, estuvieron en Shei. Una punzada angustiada unió su estómago con su garganta.

Se colocó la chaqueta y caminó a la puerta, que abrió con cuidado, mirando al lecho. Natasha era un bulto quieto que respiraba calmada. Al menos eso, pensó.

Observó el cielo oscuro y luego la zona iluminada al centro, a treinta metros.

Sin mirar si él la seguía fue hasta una de las unidades de equipo pesado, un rincón de metal y sombra donde el estruendo de los generadores eléctricos creaba una burbuja de falsa intimidad, aislándolos del resto del mundo.

Matt se colocó enfrente. Taylor hizo un esfuerzo y elevó la mirada. No le demuestres nada, que no vea que te hirió y a pesar de eso, no puedes dejar de…. Parpadeó y enfocó.

Los ojos masculinos no tenían frialdad ni contaban de satisfacción chauvinista; estaban cargados de una frustración cruda, casi salvaje.

—Lo que viste… —empezó él, y se pasó una mano por el cabello corto, un gesto de impaciencia o impotencia, Taylor no supo distinguir entre una y otra —.

No debió pasar así. Taylor, es… complicado.

Juro que no soy ese tipo de hombre que juega a dos bandas, ni busca espectáculos o busca follar a diestra y siniestra…

—No sabría decirlo… No te conozco… No realmente.

—Lo que has visto de mí es lo que hay… —extendió sus manos y trató de tomar las suyas, pero ella las rescató—.

Taylor, yo… Natasha es como una debilidad.

Intento permanecer apartado, no dejarme arrastrar, pero puede más.

Desearía que fuese solo físico, con franqueza.

Me temo que es más —murmuró, y Taylor no supo si se lo decía a ella o a sí mismo.

—Así que dices que la deseas y sientes algo por ella —se escuchó decir—. ¿Por qué besarme entonces?

Se odió por preguntar, por exponerse y mostrar la herida, pero la mezcla de emociones trascendía al orgullo y a la razón.

—Porque también te deseo y me gustas y… ¡Ah, joder! —en su resoplido y gruñido hubo frustración.

Taylor se quedó allí, parpadeando con rapidez.

La explicación se sentía como un insulto y un alivio al mismo tiempo.

Le miró la boca recordando la forma en que se había movido sobre la piel de Natasha.

Cómo se había sentido en la suya. Inconscientemente se mordió el labio inferior, torturándose con la comparación.

Su pulso se aceleró, golpeando rítmicamente en su cuello.

—No puedes… El mundo no funciona así.

—Maldita sea, ¿crees que no me torturo pensándolo?

Mi cabeza… Es un torbellino. Natasha… Sheila es como una droga buena que me enerva, me llena, quiero mi dosis.

Pero es verte y mi corazón late rápido. Quiero besarte, abrazarte.

Soy un pendejo —gruñó Matt, perdiendo la batalla contra su propio autocontrol.

Taylor estaba… sin palabras. Sus ojos taladraban al latino varonil y apuesto, al hombre alto y macizo que era su constante desde Boston. No percibía doblez en él, como no fuese la pretendida atracción por ambas. No intentaba esquivar el bulto. Pero su verdad era… Incómoda, imposible.

—Natasha está en un momento complicado, ella te ve como un brazo en el que sostenerse, confía en ti.

—No quiero lastimarla. Estoy aquí para ella, para cuidarla, mi equipo respalda su seguridad y yo no la dejaré. Taylor, en este momento no es sobre ella. Ambos estamos de acuerdo en que hay que cuidarla y te juro que lo haré con mi vida. Pero quiero que tú… Que me creas.

Sus manos fueron a ambos lados de la cara de Taylor y ella no hizo fuerza para soltarse. Un cansancio viejo la clavó en el piso. Un anhelo antiguo de ser vista, consentida, querida.

Vio su boca acercarse a ella y supo que tenia que salirse. Que debía evitar que él atrapase su lógica y le rompiera el corazón.

—No me hagas esto, Matt —atinó a rogar.

—Oh, Tay… Te juro por la vida de mi hermana, a la que adoro, que no estoy jugando ni mintiendo. Tal vez suene absurdo, pero ustedes dos… No quiero decidirme, no puedo. Tengo lugar para las dos, y si suena lascivo, no lo es.

Su mano se cerró con firmeza en la nuca de Taylor, sin presión, sin violencia, sus dedos hundiéndose en su cabello para anclarla, para impedir que huyera. Antes de que ella pudiera formular una protesta, Matt la atrajo contra su cuerpo macizo y la besó.

No fue como el beso que le había dado a Natasha.

Aquel había sido una exhibición de dominio, una descarga de adrenalina y posesión.

Este era diferente. Taylor sintió que el suelo bajo sus pies desaparecía cuando los labios de él reclamaron los suyos.

Fue largo, deliberadamente lento, un beso que buscaba respuestas en lo más profundo de su garganta.

Ella cerró los ojos con fuerza, abandonándose por completo a la sensación. Un calor líquido le recorrió la mandíbula bajando por su cuello hasta instalarse en su pecho haciéndola vibrar.

Sus dedos de los pies se retrajeron dentro de sus botas, una reacción visceral a la intensidad del contacto que la recorría de pies a cabeza. Matt la apretaba contra si y Taylor podía sentir la dureza de su cuerpo, la solidez de sus músculos contra la suavidad de los suyos.

Gimió sin control, un sonido pequeño, roto y necesitado que sirvió para que él profundizara el contacto envolviéndola en su aroma a café amargo, aire del desierto y esa esencia masculina que la volvía loca.

Era un beso romántico en su brutalidad, refuerzo físico de la confesión de que ella habitaba en su cabeza, pero no en exclusiva.

Cuando Matt se separó, Taylor estaba temblando. Tenía los labios hinchados y el rostro encendido de un rojo intenso que llegaba hasta la raíz del cabello. Se sentía expuesta, vulnerable y, por primera vez, deseada por el hombre correcto en el momento más equivocado posible.

Sin ser capaz de sostenerle la mirada, se dio la vuelta y huyó sin rumbo, sintiendo el vacío frío que dejaba la falta de su cuerpo envolviéndola.

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Matt se quedó allí, solo en la sombra ruidosa de los generadores. Cerró los ojos con fuerza y, en un arranque de furia dirigida a su propia falta de disciplina, golpeó la parte posterior de su cabeza contra el metal de la unidad.

El eco metálico resonó en su cráneo, pero no logró acallar el caos de sus pensamientos. ¿Qué carajo?, se recriminó. Él no era un hombre que perdiera el control. Había sido entrenado para mantener la calma bajo fuego cruzado, para tomar decisiones racionales en segundos de vida o muerte.

Pero Taylor... Taylor era una variable que no podía despejar. Su libido, normalmente bajo un control férreo, se había convertido en un animal indomable.

Debía alejarse. La distancia era la única forma de salvar su profesionalismo. Miró hacia el trailer donde descansaba Sheila. Había visto los cracks en ella, la fragilidad casi infantil que ocultaba tras su máscara de diva.

Ella lo necesitaba; estaba débil, en peligro.

Podía notar su sensibilidad a flor de piel.

Era su deber protegerla. Pero Taylor era su red de seguridad.

Ella era la fortaleza, la que mantenía el mundo de las Miller girando mientras lo demás se quemaba.

Taylor era el centro, el equilibrio. Y él acababa de romper ese equilibrio.

Debería llamar a Scott Pipen. Debería decirle que había fallado, que su imparcialidad estaba muerta y enterrada, y que enviaran a otro guardaespaldas para relevarlo. Logan podría quedarse; él era eficiente, frío y no tenía el corazón dividido entre dos hermanas.

Profesionalmente, era lo único correcto. Pero solo pensar en irse, en dejar a Taylor atrás, en la posibilidad de que otro hombre estuviera cerca de ella, le provocaba una ira sorda que le enervaba la sangre. No podía irse. No todavía.

De repente, su móvil chirrió, rompiendo el momento de introspección con la frialdad de la realidad operativa.

—Matt, hay movimiento en el sector 4 —la voz de Logan era plana, desprovista de emoción, pero el subtexto era de alerta máxima—. No es de la producción ni un coyote. Tenemos una intrusión confirmada a trescientos metros.

Matt nubló lo que no fuese modo operativo al instante. Había una amenaza moviéndose en las sombras de las dunas, no podía bajar la guardia.

—Copiado, Logan. Mantén visual. Voy para allá —respondió.