CAPÍTULO 13
Tumbada en la litera, envuelta en un sudor frío que le pegaba la camiseta de algodón al pecho, Natasha sentía cómo cada terminación nerviosa de su cuerpo disparaba una señal de alarma.
No era solo la falta de la sustancia; era el peso de la vergüenza, una marea negra que amenazaba con ahogarla. La estrella que había conquistado Alaska ante millones de espectadores estaba reducida a un manojo de espasmos y ansiedad en una litera de aluminio de dos metros cuadrados.
Detestaba a Derek con una furia que le quemaba la garganta, una hiel amarga que no podía escupir. Lo odiaba por haber olido su debilidad y por haberla convertido en una marioneta química, pero el odio más lacerante era el que sentía hacia sí misma por haberle entregado el control.
¿En qué momento Sheila Miller volvió a tomar el mando?, se preguntó con amargura. Había dedicado años de dolor, disciplina y cirugías emocionales para enterrar a esa niña rota de Ohio. Natasha Morozova era una fortaleza de mármol, pero Derek había encontrado la grieta y la había llenado de veneno.
Miró hacia la litera superior. Taylor estaba allí, su brazo colgaba. Su hermana, a la que había destratado con una arrogancia gélida para ocultar su envidia, apenas si se había movido de su lado. Taylor había soportado sus desplantes y sus silencios crueles sin chistar, y no por debilidad.
No, justamente esa era de las cualidades que amaba y detestaba en ella. Esa fortaleza leal que la sostenía desde niñas. Sabía que no la merecía; sabía que su lealtad era un regalo que ella no sabía cómo devolver.
La quería de esa forma retorcida y hambrienta en la que los náufragos quieren a la única tabla que flota, pero le dolía reconocer que su propia fuerza era una fachada sostenida por los hombros de una hermana a la que siempre había despreciado por ser ordinaria.
El desasosiego la obligó a incorporarse.
Le picaba la piel; no era una comezón superficial, sino interna, debajo de los músculos, como si miles de hormigas eléctricas recorrieran sus venas.
Se rascó los antebrazos con desesperación, sintiendo el alivio momentáneo del dolor físico sobre la angustia mental, hasta que el ardor de la piel viva la hizo jadear.
Bajó de la litera con las piernas como gelatina. El suelo del tráiler estaba helado, pero ella sentía que sus pulmones estaban llenos de ceniza caliente. Necesitaba algo. Necesitaba que el mundo se detuviera.
—¿Qué ocurre? ¿Quieres agua?
La voz surgió de las sombras, baja, densa, vibrando en el aire estancado del tráiler. Matt. La figura masiva del guardaespaldas se recortó contra la tenue luz de la luna que se filtraba por la claraboya. Estaba sentado en el pequeño sofá, una estatua vigilante de hermoso músculo.
¿Era raro que pensara esto en medio de su situación? Pues lo pensaba. Este hombre se había arriesgado por ella, la había rescatado del pozo reaccionando antes que nadie. Luego, le había sostenido la mano en la carpa médica con obstinación, y ahora la vigilaba en la oscuridad.
De pronto, Natasha sintió un vuelco salvaje en el estómago.
No quería agua; quería ruido. Quería intensidad física, una tan devastadora que borrara el zumbido eléctrico de su cabeza y el vacío de su sistema.
Quería olvidar este tormento, sentirse anclada a la tierra por el peso de un hombre que no la mirara como un producto, sino como una mujer en llamas.
Se incorporó y se acomodó el cabello, pasó su lengua por sus dientes, tragó saliva para quitar el mal gusto, y nada más importó. Se acercó a él dejando que el frío del ambiente rozara sus muslos desnudos bajo la camiseta.
—No quiero agua —susurró, deteniéndose justo entre las piernas abiertas de Matt. El calor que emanaba de su cuerpo era un imán irresistible—. Te quiero a ti. Haz que el ruido pare. Por favor. Fóllame tan fuerte que no sepa dónde termino yo y dónde empiezas tú.
—Nat, no… No aquí…
Sus labios temblaron y sus ojos se agrandaron levemente. Claro que no la quería. Era un desastre… Dio un paso atrás y no pudo contener lágrimas. Él gruñó por lo bajo y se paró para venir a ella y tomarla por la cintura.
—No me deseas… —dijo muy quedo, y él suspiró largo y acercó su rostro al suyo, sus ojos como lava ardiente.
—No hago otra cosa que desearte… Joder, estoy tratando de ser… De restringirme, de no…
—No, no lo hagas. Necesito que me abraces, que me beses y me hagas sentir viva.
—Taylor… Ella…
—Tay duerme muy pesado… Por favor…Ayúdame -rogó.
Rozó sus labios con los de él, una provocación cargada de pánico y deseo. Sintió el estremecimiento de Matt, la lucha interna de un hombre que cree que está a punto de cruzar un limite.
Esa era la cosa con él, era un hombre honorable.
Confiaba, confiaba en él y en el poder de sus caricias y en la fuerza de su polla.
Matt no solo la haría sentir deseada, sino viva y valiosa.
Así había sido desde el primer momento. Por ello había insistido con él, aunque pretendiera que tomaba lo que quería.
Sus manos bajaron por su pecho siguiendo la dureza de los músculos bajo la tela, aferrándose a su piel como si fuera la única cosa real en su universo de mentiras. Cuando Matt finalmente soltó un gruñido ronco y sus manos capturaron sus glúteos, Natasha supo que eran incendio.
+++
Este era un error de jodidas proporciones. Su mente gritaba que Taylor estaba allí, que Natasha estaba en medio de una crisis, que su profesionalismo estaba muriendo ejecutado por su debilidad en ese mismo instante.
Mas cuando sintió la piel de Natasha… Sheila, se recordó. Esa palidez perlada por un sudor fino y el ruego desesperado en sus ojos lo convocaban; su autocontrol se pulverizó. Era demasiado hermosa en su debilidad, y el hambre que le provocaba era una fiera que llevaba días arañando por salir.
—Natasha… no deberíamos hacer esto. Taylor… —masculló él, aunque sus manos ya habían tomado una decisión propia.
—Calla… Solo fóllame.
Matt no pudo más. Sus dedos largos y callosos se hundieron en la carne firme de las caderas de Natasha, tirando de la prenda hacia arriba para dejarla expuesta.
Las piernas torneadas, los glúteos firmes contra sus manos, la boca hambrienta que dejaba de rogar y devorada, los senos que se frotaban contra él… Era demasiado.
La elevó, sus manos hundiéndose en la raja que el tanga apenas cubría, y sus jugos lo empaparon.
Su miembro no podía ser contenido, así que desprendió su cremallera con la izquierda, torpemente, urgido por una desesperación física que no podía ser atribuida a químicos. O si, pero los naturales. Sus hormonas estaban al mando y gritaban ¡conquista!
Retrocedió con ella enredada en su cintura y antes de sentarse maniobró para bajar su pantalón, que cayó laxo a sus pies.
La sentó a horcajadas sobre sus muslos. El contacto del centro femenino, apenas protegido por la fina ropa interior, contra su erección fue una descarga eléctrica que le nubló el juicio.
Sheila soltó un gemido que él ahogó pegando su boca a la de ella en un beso feroz, hambriento, que sabía a urgencia y a prohibición.
Con un movimiento fluido deslizó sus manos por debajo de la camiseta de algodón y las yemas recorrieron la suavidad de sus costillas, disfrutando de la reacción táctil de su piel erizándose al contacto.
Subió la prenda con lentitud tortuosa revelando centímetro a centímetro la belleza pálida de su torso, hasta que sus senos enhiestos quedaron expuestos al aire frío y a su mirada devoradora. Matt soltó un suspiro pesado, admirando la perfección de esos picos rosados y tensos.
—Ay, Dios, mami… —susurró, su acento latino filtrándose entre los dientes apretados—. Eres fuego puro.
Se inclinó, rodeando un pezón con su lengua, trazando círculos lentos que hicieron que Natasha se arqueara, clavando las uñas en sus hombros. Cuando cerró la boca sobre ella y succionó con fuerza, Natasha soltó un sollozo de puro placer.
-Shhh -susurró en su oído y cambió de pecho dejando un rastro de humedad y calor sobre su piel traslúcida. Sus dedos no se quedaron quietos; bajaron por el vientre plano metiéndose bajo el elástico de su ropa interior.
La encontró empapada, lista, su cuerpo traicionando cualquier intento de resistencia. Matt deslizó dos dedos en su interior, moviéndolos con una cadencia que imitaba la embestida que su polla estaba exigiendo a gritos.
Natasha echaba la cabeza hacia atrás, con la garganta expuesta, emitiendo gemidos que Matt sabía que debería silenciar, pero… Era débil. Besó su cuello, su mandíbula, sus orejas.
—Más duro, mami, pídeme más —murmuró mientras sus dedos la trabajaban con una intensidad técnica y lujuriosa, curvándose en su canal, preparándola para lo que venía—. Estás tan caliente para mí, mi reina.
Matt se acomodó abriendo más sus piernas, y su pija saltó, tensa, palpitante y dolorosamente grande, buscando el refugio de aquel calor.
Natasha se abrió más para él y Matt empujó arriba con una estocada lenta, sintiendo cómo el tejido se estiraba para darle paso, llenándola por completo hasta que sus vellos púbicos chocaron.
—Toda mía, Shei—gruñó, usando el nombre real que había escuchado a Taylor repetir vez tras vez—. Siente esto. No hay pasado, no hay miedos. Solo mi polla dentro de ti.
Empezó a follarla con un ritmo brutal, marcado por la necesidad de que olvidara el dolor a través del exceso sensorial. Cada embestida hacía crujir el sofá, un sonido que le recordaba constantemente el riesgo de Taylor, pero esa conciencia solo servía para que su sangre hirviera con más fuerza.
Matt enterró su cara en el hueco del hombro de Natasha, tratando de sofocar sus propios jadeos, pero sus oídos estaban llenos de los susurros quebrados de ella y del sonido húmedo de sus cuerpos colisionando.
Quería cuidarla, sí, pero también quería marcarla, dejarle claro que él era el único que podía devolverle la paz. La levantaba y la volvía a bajar contra él, hundiéndose hasta el fondo, disfrutando de la forma en que su núcleo se contraía a su alrededor.
Fue en el clímax de una estocada profunda, cuando Natasha se tensó, con los ojos en blanco y la boca abierta en un grito silencioso de orgasmo, que Matt levantó la vista hacia la litera superior.
Taylor estaba allí. No estaba dormida. El desmesuró sus ojos, pero no se detuvo.
La mujercita les miraba, asomada sobre el borde de la litera con el rostro iluminado por un jirón de luna, en atento trance, siguiendo cada movimiento.
Sus ojos estaban dilatados, fijos en el punto de unión de sus cuerpos con una fascinación que Matt reconoció de inmediato como puro deseo compartido.
Saber que Taylor lo miraba mientras él poseía a su hermana, saber que ella estaba siendo partícipe de esa comunión carnal, fue el detonante final para Matt. Una ola de adrenalina salvaje le recorrió la columna, endureciendo su polla aún más dentro de Natasha.
Sin apartar la mirada de Taylor, desafiándola y reclamándola al mismo tiempo con los ojos, Matt dio tres embestidas brutales, frenéticas, vaciándose en el interior de Natasha con un rugido que apenas pudo contener.
Cuando el espasmo final terminó, Matt se quedó apoyado contra Natasha, con el rostro enterrado en su cabello platino, jadeando como un animal después de la caza.
El silencio regresó al tráiler, pero era un silencio nuevo, cargado de una tensión eléctrica que los unía a los tres. Cerró los ojos y soltó un suspiro largo, sintiendo el peso de las dos mujeres Miller sobre su conciencia.
¿Qué carajo me están haciendo?, pensó. ¿Qué cojones estoy haciendo?