CAPÍTULO 12
Pero dentro del tráiler, el sonido que lo devoraba todo era la respiración de Natasha.Taylor observaba a su hermana desde la silla plegable sintiéndose impotente, una sensación que detestaba por encima de todas las cosas.
Natasha estaba hecha un ovillo en la litera inferior, envuelta en tres capas de mantas que no lograban detener los escalofríos. Su cuerpo se sacudía en espasmos cortos, rítmicos, una coreografía de dolor que Taylor no sabía cómo frenar.
El sudor le empapaba el cabello platino, pegándoselo a la sien en mechones oscuros que le daban un aspecto de niña enferma, despojándola de cada gramo de esa soberbia que era su armadura pública.
—Taylor… —la voz de Natasha fue un rasguño, un sonido roto que hizo que se le encogiera el corazón.
Se acercó, arrodillándose. Al tocarle la frente sintió que la piel quemaba. Natasha abrió los ojos, pero estaban desenfocados, perdidos en una neblina de pánico.
—Aquí estoy, Shei. Intenta beber esto —susurró Taylor, ofreciéndole un vaso con electrolitos.
—Me duele… me duelen los huesos, los músculos, Tay. Siento que tengo hormigas de fuego debajo de la piel —Apretó las sábanas con tanta fuerza que sus nudillos blancos amenazaban con romper la piel—. Dile a Derek que… que por favor…
Se calló de golpe. El nombre quedó flotando en el aire como una maldición.
Taylor vio cómo el terror cruzaba el rostro de su hermana al recordar que el hombre que le proveía de la calma química ya no estaba, y que la pretendida calma era una mentira de farmacia.
Entonces se aferró a las muñecas de Taylor, sus uñas clavándose con una fuerza desesperada.
—No dejes que vuelva —suplicó, su respiración volviéndose errática—. Aunque grite, aunque te diga que lo necesito para respirar… no dejes que ese hombre me toque otra vez. Prefiero morir aquí a volver a ser su muñeca.
Taylor asintió, las lágrimas picándole en los ojos mientras abrazaba a su hermana por encima de las mantas.
Sentía la culpa royéndole las entrañas. ¿Cómo no lo había visto? ¿Cómo había permitido que el éxito cegara su instinto de protección? Natasha era su sangre, su responsabilidad, y la había dejado a merced de un depredador sofisticado.
Levantó la vista hacia la penumbra del área común. Allí, sentado en un taburete cerca de la puerta, Matt permanecía como una sombra inamovible. Su silueta, recortada por la tenue luz de la luna, era la única cosa que le daba a Taylor la fuerza para no desmoronarse también.
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Matt no se había movido en horas, pero su mente no había dejado de trabajar. Había pasado gran parte de su vida adulta en zonas de conflicto donde el peligro era una bala o una mina, algo que podías ver o evitar con entrenamiento.
Pero ver a una mujer… A esta hermosa mujer, a Natasha, ser desmantelada desde dentro por una dependencia impuesta era un tipo de guerra para el que no había manuales de campo.
Cada jadeo de Natasha, cada sollozo que Taylor intentaba ahogar, golpeaba su instinto de protección con la fuerza de un mazo.
Pobrecilla, pensó, ajustando su posición sobre el taburete. Conocía el patrón. Había visto a soldados en el extranjero caer en agujeros similares, buscando un respiro para el horror cotidiano.
Lo de Natasha era más retorcido; era una jaula diseñada a medida, potenciada por la ambición del triunfo y la presencia tóxica de un hombre sin moral. Si no hubiese sido Derek, otro habría tomado su lugar. Había muchos carroñeros circulando alrededor de las personas de éxito.
Se puso de pie con movimientos lentos, felinos, para no alertar a los nervios ya destrozados de las mujeres. Se acercó a la litera y puso una mano sobre el hombro de Taylor. Sintió el temblor de ella bajo la tela de su camisa, una vibración de agotamiento puro.
—Trae más paños con agua fría, Taylor —le dijo—. Y prepárate un café. Estás blanca como un papel. Yo me encargo de ella un rato.
Taylor lo miró, y por un segundo, Matt vio en sus ojos una gratitud tan profunda que le resultó casi dolorosa. Ella asintió y se movió primero hacia la pequeña cocina, donde mojó los paños, que le alcanzó, y luego se preparó un café, con el que salió del trailer.
Matt se sentó en el borde de la litera. El espacio era tan reducido que su rodilla rozaba la cama. Colocó un paño en su frente, con suavidad.
Natasha abrió los ojos. Estaban dilatados, las pupilas tragándose el iris. Cuando lo vio, su respiración se aceleró. No era miedo, sino la reacción de un animalito herido ante alguien que sabe que puede ayudarle.
Matt tragó saliva y apretó la emoción en el pecho, evitando que su rostro denotara la pena que le provocaba ver a esta mujer apasionada y bella en este estado.
Natasha estaba hecha para quemar el mundo a su paso y generar admiración, alegría, envidia, no para arder en el altar de sus inseguridades alimentadas por sustancias.
Cuando zafara de esta mierda, vería de hacerle entender esto a fuerza de discursos, besos, noches de sudor y orgasmos, discusiones, lo que fuera. La rondaría como un merodeador obsesionado con su buena salud.
Joder, tío, que ido estás, se dijo. Esto no era simple calentura con una mujer bonita, era mucho más.
—Matt… —susurró ella, y un escalofrío violento recorrió su cuerpo bajo las mantas—. Siento que hay estática en mi cabeza. Como si diez radios estuvieran encendidas a la vez. No puedo… no puedo hacer que se callen.
—Tienes que resistir y lo estás haciendo bien.
Muy bien, de hecho. Es difícil, pero lo tienes.
Esto no te va a frenar. Eres la puta ama de los realities, puedes con todo —murmuró Matt muy cerquita de su oreja, su tono confiado, pero despojado de cualquier artificio—.
Deja que el cuerpo luche. Estás en medio de un asalto y tu sistema está respondiendo.
Es una mierda, lo sé. Pero cada minuto que pasa, avanzas.
Extendió la mano y cubrió la femenina. Estaba húmeda, helada, pero activa. Ella le apretó los dedos, tirando de él hacia sí, buscando el ancla que Matt representaba. Dejó que ella apoyara la frente contra su antebrazo, sintiendo el calor febril de su piel contra la suya.
Aquí y ahora, Matt no era un guardaespaldas pagado para vigilar un perímetro; era un hombre sosteniendo a una mujer al borde.
—Tranquila, hermosa —murmuró—. Estás a salvo. Nadie va a cruzar esa puerta.
Ella asintió y su respiración se acompasó de a poco hasta que el sueño la acogió, él acariciando su cabello con levedad. Media hora después Taylor regresó. Matt la observó acercarse para arrodillarse a su lado y mirar a su hermana con atención.
Matt aprovechó ese momento para observarla. La luz de la luna que entraba por el ventanuco daba en su faz y resaltaba la curva de su mandíbula y ponía plata en sus mejillas.
La misma sensación de querer se reavivó en Matt, pero con una vibración distinta. Estas dos mujeres lo tenían envuelto en emociones desconocidas y cuestionándose su sanidad. A su cuerpo y a su mente no les importaba que pareciera imposible o indecente ; quería y eso mandaba.
—Duerme profundo —susurró Taylor.
Matt se levantó con agilidad a pesar de que sus articulaciones protestaron tras horas de inmovilidad.
—Ha pasado el primer pico —dijo Matt, haciendo una seña a Taylor para que se acercaran a la zona del sofá—. Pero mañana será peor. El cerebro va a reclamar su dosis con más fuerza antes de empezar a rendirse.
Taylor se apoyó contra la encimera, abrazándose a sí misma. El frío del desierto parecía haberse colado por las rendijas.
—Tengo miedo, Matt.
Matt dio un paso hacia ella, invadiendo su espacio. Ella lo miraba con desolación y expectativa, como si esperara que mágicamente diera solución a las cosas. Ojalá pudiera.
Atrajo a Taylor contra si y aspiró la fragancia que ya asociaba con ella, envolvió su cintura, cerró los ojos y no escuchó advertencias internas. Estaba aquí, donde era necesitado, y cada célula le gritaba que diera fuerzas a Taylor, que le hiciera ver que no estaba sola.
Ella se refugió en su pecho, derritiéndose contra él, y Matt pensó que cabía perfecto allí, como si sus brazos estuviesen hechos para esto. Un pensamiento cutre, tal vez, pero no por ello menos real.
—No temas, Tay. Esto va a pasar. Ella es fuerte, ya viste que pelea —dijo, y Taylor movió la cabeza asintiendo.
—Tiene una voluntad formidable. Es solo que, a veces, sus demonios pueden más. Supongo que por eso…
No siguió, pero Matt entendió.
—Si Derek cuenta…
—No lo hará, pero en el escenario improbable, lo solucionarán y Natasha saldrá fortalecida. La gente adora el drama y lo malo, cuando se cuenta bien y se hace novela, vende —argumentó.
—Es triste, pero cierto.
—Louie, uno de mis colegas, es brillante con la tecnología. Tiene sus comunicaciones bajo vigilancia. Si ese tipo intenta enviar un solo correo o hacer una llamada a la prensa, intervendrá. Los hackers pueden ser muy persuasivos.
Taylor levantó la vista, sorprendida.
—¿Harías eso por Natasha?
Si pediría que Louie manipulara la vida digital de Derek, decía. Sin dudarlo. Por ambas. Esa lacra no complicaría la vida de estas dos mujeres.
—No somos guardaespaldas típicos. No nos gusta la gente que usa a los demás como herramientas—Ustedes significan mucho, pensó y no dijo.
Matt la separó de si con suavidad, pero determinado.
No podía tomar ventaja de esta situación.
Ella estaba angustiadísima, no pensaba bien.
Él tenía que mantener la cabeza sobre sus hombros—.
Tú descansa. Yo cubriré el turno hasta el amanecer.
—Hay espacio aquí, no hay necesidad de turnos —respondió Taylor, su voz firme a pesar del cansancio.
Matt asintió, su propio corazón acelerándose ante la invitación. Se acomodaron en el estrecho sofá, entrelazados bajo una manta de lana. El tráiler se sentía como una burbuja en medio de un océano de arena hostil.
Taylor apoyó la cabeza en el hombro de Matt, y él la rodeó con un brazo, pegándola a su costado. En la penumbra, Matt se permitió bajar la guardia. Aspiró el aroma de Taylor, ese rastro de cítricos y dulzura.
Su nariz avanzó para recorrer la columna de su garganta en un misión solitaria no planeada. Sus labios rozaron la misma piel y cuando ella hizo espacio a la caricia, su decisión de ser caballero colapsó. Inclinó la cabeza y buscó sus labios, que salieron al encuentro.
La boca era tan suave como adivinó. El beso comenzó como un roce suave, una forma de consuelo, pero la tensión de la noche actuó como un acelerador.
Fue un encuentro profundo, cargado de la necesidad de reafirmar que estaban allí, juntos, que la jodida situación no los había quebrado, que se deseaban.
Matt sintió el cuerpo de Taylor ceder contra el suyo, su lengua encontrando la de él con una urgencia que le encendió la sangre. Sus manos bajaron a la cintura de ella, apretándola, mientras Taylor soltaba un suspiro contra sus labios.
Ella sabía a café y besaba con sumisión, dejándose invadir.
Succionó sus labios de a uno, saboreándolos, mordisqueó muy suave y calmó la sensación con su lengua, para volver a apretar su boca y dejar que la humedad y la tibieza fueran bálsamo.
Podría besarla por horas y sentirse más hambriento, así de bueno era.
Sus manos estaban contra su pecho y se sentían cálidas, marcando su presencia. Su polla, bastarda hambrienta que no sabía de momentos inadecuados o restricción, creció para hacerse notar contra el cierre de su pantalón.
Era la señal para retroceder. Con un último pico se desprendió, a regañadientes, y su mirada desenfadada y sus labios entreabiertos casi le provocaron gemir. Deseaba a Taylor con locura, y se sentía un hijo de puta.
Su hermana era su amante, y se debatía en abstinencia a dos metros. Y aquí estaba él, seduciendo a Taylor, tomando ventaja de su momento.
—Tay…
—No digas nada —susurró y miró adelante, y Matt adivinó que el rubor la cubría toda.
—No pienses que…
—No quiero pensar —dijo ella muy quedo, un poquito rota a juicio de Matt.
Dios, ¿qué estaba haciendo? La… Las iba a lastimar y no quería eso. No quería…
Nah, justo era lo contrario. Quería mucho, sin medida, aunque distinto. Estaba destinado a golpearse y rompería más que su tranquilidad en el proceso.