Matt. Agencia Pipen 4 CAPÍTULO 11
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CAPÍTULO 11

Colocó su mano en la espalda baja de Taylor y la empujó suavemente para salir del trailer. Estaba sacudida, pero entera. Su mejilla mostraba signos de un golpe y eso le hizo hervir la sangre. Vería de cobrar esa ofensa. Ese maldito…

Rogaba que no fuera inteligente, que se quedara cerca para poder molerlo a golpes.

Era irracional, apelaba a un lado suyo que no le gustaba.

Su mirada encontró la de Logan, que parecía holgazanear a unos metros y le hizo un gesto para señalar que todo estaba controlado. Siguieron hacia la carpa médica.

—Creo que son anfetaminas —susurró Taylor, y rebuscó en su bolsillo para darle un frasco con una parte del nombre.

Vio el nombre y asintió, tomando el mismo para enterrarlo en uno de sus bolsillos. Al entrar en la carpa encontraron a Natasha semi despierta. Se había incorporado un poco en la camilla, apoyada contra unas almohadas. Tenía el cabello platino despeinado y la mirada fija en la entrada.

Cuando los vio, sus ojos saltaron de él a Taylor. Claramente la vio diferente porque arrugó la naricilla.

—¿Tay? —preguntó.

Su voz era un susurro áspero, desprovisto de su habitual cadencia de mando. Taylor se acercó a la camilla. No se detuvo a medio camino. Se sentó en el borde, rompiendo esa distancia que habían mantenido en el set.

—Las encontré, Shei. Derek trató de ocultarlo, me atacó —la voz de Taylor era un murmullo suave, pero inquebrantable.

—¿Qué quieres decir con que te atacó? ´

—No importa, se fue.

Natasha empezó a respirar de forma errática. Sus manos buscaron instintivamente los bordes de la sábana.

—Tiene mis… suplementos. Necesito que vuelva, Tay. Él…

Matt se mantuvo en la sombra, cerca de la salida, sin quitarle la vista de encima. Verla así, mendigando la presencia de un hombre vil que la encarcelaba con sustancias, que además acababa de atacar a su hermana, le revolvió las entrañas.

—No son suplementos, Natasha —intervino, su voz áspera comandando la atención de las dos—. Es veneno. Y lo usaba para tenerte con la correa corta.

Natasha lo miró con una mezcla de furia y terror.

—¡Tú no sabes nada! Tú solo eres el que vigila las puertas. No sabes lo que pasa en mi cabeza cuando las luces se encienden. No sabes lo que necesito para ser quien el mundo espera que sea.

—Lo que el mundo espera no vale tu vida, Shei —dijo Taylor.

—¡No me llames así!

Ella pretendía volver a un estado que no podía sostener, a pura fuerza de voluntad, pero estaba quebrada, y se le notaba.

—Tú vales muchísimo, hermanita. Tu sueño es importante, lo sé, pero no puedes lograrlo consumiéndote.

Natasha miró sus manos, las apretó. Quiso seguir protestando, pero estaba agotada. Matt vio el momento exacto en que la negación chocó con la realidad. Sus hombros se hundieron. Sus dedos empezaron a temblar con una violencia que hizo que la vía intravenosa tintineara contra el soporte de metal.

—No puedo hacerlo —sollozó Natasha, rompiéndose por fin—. Taylor, quedan muchos días. Si no tengo eso… el mundo va a ver que no soy nada. Que estoy rota.

Taylor la rodeó con sus brazos, pero esta vez fue Natasha quien se hundió en el pecho de su hermana.

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El vacío que Natasha sentía no era solo físico; era un abismo negro que amenazaba con tragarse cada año de esfuerzo, cada sacrificio. Sin Derek y sus píldoras se sentía sin fuerzas. Como desnuda bajo el sol implacable y miles de miradas de desprecio.

—No creas que no lo he intentado, pero… No tenía tiempo. Siempre venía un nuevo show, una oportunidad, una promoción, una gala. Era más fácil —dijo.

—¿Por qué no me lo dijiste? Sabes que estoy para ti —Taylor tomó sus manos.

Natasha apretó sus labios y dos gotas nacieron para desplazarse por sus pómulos.

—Soy el desastre que siempre tienes que limpiar —dijo muy quedo—. No podía mostrarte que la estaba cagando otra vez.

—Ey, no digas eso—respondió ella—. Somos tú y yo, mamá nos lo dijo, ¿recuerdas?

Natasha asintió.

—Todo lo que te he dicho… Mis insultos, mis actitudes… Juro que trataba de no ser una perra, pero…

—Lo eras, pero ahora sé que no eras tú.

Matt las observaba con atención. Tan distintas entre sí, tan diferentes a como las percibían los demás. Estas dos mujercitas lo convocaban de formas que no podía entender, pero… No podía dejar de mirarlas. De anhelar cuidarlas, protegerlas.

Adorarlas. Sentir su piel en sus yemas, recorrerlas con su boca, apretarlas y hacerlas vibrar bajo su… ¡Maldita, maldita mente suya, lo estaba boicoteando¡ Algo no iba bien en él, no podía querer a las dos, no podía desearlas a ambas.

Era cínico, enfermo. Y, sin embargo, era real. Eso sentía. Tragó saliva y se llamó al control

—Sabes que debes parar. No puedes…

—Tay… Necesito terminar esto. Si no cumplo… Hay multas, me pondrán en una lista negra.

—Tu salud es primero.

—Puedo con esto —su voz era un ruego—. Lo peor pasó. El pozo era la penúltima prueba. Lo otro son tonterías que puedo hacer dormida. No voy a ganar, pero terminaré el reality. Tengo que mostrar que soy responsable, que soy profesional. Cuando Derek hable… Porque va a hablar… —sentenció.

—Taylor lo amenazó con excelentes argumentos al respecto. Puede darte insumos de marketing para dar vuelta la tortilla —dijo Matt, y las dos lo miraron.

La mirada de Natasha mostraba su actual fragilidad. La de Taylor la fuerza de una guerrera. La estrella vanidosa había desaparecido. La nerd gris aparecía con la fuerza y el espíritu necesarios para defender a su familia.

—No estás sola. Tu hermana, yo mismo… Estamos para ti.

Hoy debes descansar. Hablaré con el director.

La respuesta de seguridad de hoy fue pésima.

Podrías demandarlos sin problemas, así que te darán el tiempo que necesites para recuperarte.

Setenta y dos horas de margen te ayudarán.

Debes descansar, hidratarte, comer bien, meditar.

Si necesitas romper cosas, rómpelas, si necesitas llorar, llora.

Abandonaron la carpa médica dos horas después, cuando el médico administró un sedante ligero a Natasha para que pudiera dormir. Con suerte eso aliviaría las primeras horas de la abstinencia.

El director pasó a ver cómo estaba y Taylor se comportó a la altura, mostrando su ductilidad y su enojo por las pésimas condiciones de seguridad. El hombre no dudó en aceptar el imperativo de postergar el rodaje del último desafío.

Cuando despertó la llevaron al trailer, que ya estaba reparado y ordenado, para sorpresa de Taylor. Matt le hizo un guiño. Se había encargado de gestionar eso también. Era… Este hombre no parecía real.

Se notaba que estaba muy interesado en Natasha. Bien por su hermana. Bien por ella, pensó con una punzada de nostalgia. Pero era lo que era.

La arropó y salió afuera. Matt caminó a su lado en silencio. El sol empezaba a caer, pintando el desierto de tonos violetas y naranjas que resultaban hermosos después de la fealdad que habían descubierto.

—Gracias, Matt —dijo, deteniéndose a unos metros.

Él se giró hacia ella. Era atractivo, mucho, pero lo que Taylor veía era más. Era al buen hombre. Alguien en quién confiar, con quién contar. El tipo de hombre que había soñado para ella y que parecía la aguja en mil pajares.

—No me des las gracias todavía, Taylor. Las próximas cuarenta y ocho horas van a ser brutales. Pero estaremos bien. Mi colega, Logan… Si, la agencia nos tiene cubiertos. Él cubrirá el perímetro exterior; yo me quedaré dentro con vosotras.

—¿Dentro? —preguntó, sintiendo un vuelco en el corazón.

—No voy a dejarlas solas en ese tráiler con ella pasando por esto.

Derek podría intentar volver o enviar a alguien.

Además, el tema con el acosador sigue vigente —Matt dio un paso hacia ella, acortando la distancia—.

Tú también estás al límite. Necesitas a alguien que te cubra las espaldas mientras tú cubres las de ella.

Taylor se quedó mirando su pecho, sintiendo de nuevo esa atracción magnética que la empujaba hacia él. Era una locura. Estaban en mitad de una crisis, su hermana se debía desintoxicar de pastillas y ella apenas podía mantenerme en pie.

Pero cuando él se le acercaba… De hecho, le puso una mano en la cintura… El ruido del mundo desaparecía.

—¿Quién te cuida a ti, Matt? —preguntó en un susurro, levantando la vista hacia él.

Matt sonrió, una sonrisa pequeña y cargada de una melancolía que me atravesó el alma.

—Normalmente, nadie. Pero no me importaría que tú lo intentes.

Se inclinó, y esta vez el beso no fue en el cabello. Fue un roce lento de sus labios, y Taylor se convirtió en estatua. Esa boca… Tembló sin remedio.

Ese toque parecía una promesa silenciosa que sabía a sal y a desierto. Fue breve, apenas un contacto, pero fue suficiente para darle la fuerza que iba a necesitar para lo que venía.

—Entremos —dijo Matt, rompiendo el beso pero manteniendo su mano en la de Taylor—. Empieza la guardia larga.

Taylor estaba confundida, alelada, sentía… Oh, ¡cuánto sentía¡ Y quería.