CAPITULO 10 #2
Varios perfumes cayeron al suelo estallando en pedazos. El olor a flores se volvió asfixiante. Derek tiró de su cabello con salvajismo y le puso un brazo en el pecho para inmovilizarla, su peso presionándola contra el mueble.
—¡Déjame!
Un golpe seco sacudió todo el tráiler. La puerta no se abrió; saltó literalmente de sus bisagras y Matt entró como un vendaval. No hubo advertencias, ni gritos.
Matt agarró a Derek por el cuello de la camisa y lo lanzó hacia el otro extremo del tráiler con tal violencia que el asistente chocó contra la mesa de comedor, volcándola.
Matt no se detuvo a ver si Derek se levantaba. Se puso delante de Taylor, protegiéndola con su cuerpo.
—¿Estás bien? —preguntó Matt, sin girar la cabeza, manteniendo la vista fija en Derek, que intentaba recuperar el aliento en el suelo.
Taylor asintió, temblando.
—Quiere… quiere los frascos que encontré. Vacíos, pero deben tener trazas…
Matt miró a Derek. Sus ojos eran glaciales y Derek reptó atrás intentando escapar.
—Levántate —ordenó Matt—. Levántate para que pueda terminar esto de forma legal.
Derek, sangrando por el labio, miró a Matt y luego a Taylor. Sabía que había perdido, pero era un hombre perverso que no quería que su mina de oro se agotara.
—No pueden comprobar nada. Y si me echan, Natasha me buscará —escupió, limpiándose la sangre—. No tiene la dosis de hoy. En tres horas empezará a gritar. Y todos lo verán.
Matt dio un paso hacia él, pero Taylor le puso una mano en el brazo.
—No, Matt. Él ya no le va a dar nada más.
Taylor miró a Derek con un desprecio que le nació de lo más profundo de su sangre.
—Vas a dejar este set ahora mismo. Dirás que has tenido una emergencia familiar.
Si vuelvo a ver tu cara rondando a mi hermana haré una conferencia de prensa anunciando lo que presencié y lo que confesaste.
No actúo, pero te aseguro que seré muy convincente.
¿A quién piensas que van a creer? Esta será una preciosa oportunidad de marketing para Natasha: cómo la engañó su asistente fingiendo que le daba vitaminas, cómo la embaucó, su camino de recuperación.
La van a amar. Tú, la sorprendida declaración de mi hermana, sus lágrimas, el análisis de estos frascos irán directos a la fiscalía, al FBI, a quien sea necesario. Vete. Ahora.
Derek miró a Matt, que seguía con los puños cerrados, esperando una excusa para atacar. Sin decir una palabra, Derek recogió su chaqueta y salió del tráiler, desapareciendo en el calor del desierto bajo la mirada atenta de Logan desde muy cerca. Hizo un gesto con su cabeza y siguió al bastardo.
Matt se quedó allí, llenando el espacio con su presencia. El silencio en el tráiler era denso, cargado con el peso de lo que acababa de ocurrir. Taylor se dejó caer en el sofá.
No fue un movimiento controlado; fue un colapso de sus músculos, de sus nervios y de esa resistencia que había mantenido durante años para ser el pilar de su hermana.
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Apenas Derek estuvo fuera de la vista, Taylor sintió que se aflojaba. No era un estremecimiento leve; era una sacudida violenta que le nacía desde el centro del pecho y se extendía hasta sus dedos.
Apretó los dientes intentando contener el sollozo que le quemaba la garganta, pero el aire se le escapaba en espasmos cortos y erráticos. El silencio del tráiler, tras la violencia de la entrada de Matt, se sentía como un peso físico que la aplastaba.
Matt no se quedó de pie junto a la puerta destrozada. Al verla así su postura de combate se disolvió. Cruzó el espacio reducido del tráiler con tres zancadas silenciosas y se arrodilló en la alfombra, justo frente a ella.
La miró con preocupación, con calidez, reconociendo que estaba agotada de nervios y de cargar con demasiado peso.
—Taylor —susurró.
Su voz, habitualmente grave, sonó baja y aterciopelada. Ella levantó la vista, y sintió un tirón en el pecho. Sus ojos estaban anegados; sentía una culpa devastadora.
—¿Cómo no lo vi, Matt? —su voz salió rota, apenas un hilo de aire—. He estado con ella cada día. He organizado sus comidas, sus citas, su vida... Y ese tipo la estaba destruyendo frente a mis ojos. Soy su hermana. Se suponía que yo debía protegerla.
—Nadie ve lo que no espera encontrar en su propia casa, Taylor —dijo Matt con firmeza.
Extendió una mano, dudando un segundo antes de romper la barrera del contacto físico. Finalmente, dejó que sus dedos largos y callosos se hundieran en su cabello y acariciaron su cabeza con una ternura que no esperaba de un hombre de su calibre. Fue el detonante final.
Taylor soltó un sollozo desgarrador, un sonido que llevaba meses, quizás años, gestándose en su interior. Se inclinó hacia adelante y Matt la envolvió con sus brazos, tirando de ella hacia su pecho.
Escondió el rostro en el hueco de su cuello, aferrándose a la tela de su camisa como si fuera el único objeto sólido en un mundo que acababa de licuarse. Matt la apretó contra sí, rodeándola con una fuerza protectora que no dejaba lugar a dudas.
—Escúchame bien —le dijo Matt, apoyando su barbilla sobre la cabeza de ella, mientras su mano seguía acariciando su cabello con un ritmo hipnótico—. Todo va a estar bien. Me oyes, ¿verdad? No estás sola en esto. Ya no.
—Él se llevó... se llevó su calma, Matt. No sé cómo vamos a sacarla de esto sin que se rompa del todo —sollozó, su cuerpo sacudiéndose entre sus brazos.
—La sacaremos juntos —aseguró él, y el peso de su promesa llenó el tráiler—. Vamos a ayudar a Natasha. Vamos a limpiar todo el rastro de ese tipo en su vida. Ella es fuerte, y te tiene a ti. Yo estaré a su lado. De ambas —aclaró.
Matt cerró los ojos un momento, aspirando el aroma de Taylor. Era un aroma a resiliencia, a lucha. Se sintió extrañamente completo con ella así, deshaciéndose entre sus brazos, confiándole su vulnerabilidad más absoluta.
Lentamente, se inclinó y depositó un beso largo y suave sobre el cabello de Taylor. No fue un beso de deseo, aunque la chispa estuviera ahí debajo; fue un sello, un pacto de protección y una forma de absorber parte de su dolor.
Taylor se quedó ahí, dejando que los sollozos se calmaran poco a poco, anclada por el calor de los brazos de Matt y la seguridad de su voz.
El frío del miedo empezó a retroceder, reemplazado por la esperanza de que, aunque el camino hacia la recuperación de Natasha sería un infierno, no tendría que recorrerlo sola.
—Gracias —susurró ella contra su piel.
Matt no respondió con palabras. Solo la apretó un poco más fuerte, mirando hacia la puerta abierta. El sol del exterior seguía castigando la arena, pero dentro del tráiler, algo nuevo y mucho más fuerte que el contrato de un guardaespaldas acababa de nacer.