CAPITULO 10
La carpa médica olía a una mezcla estéril de antiséptico, lona caliente y el rastro metálico del miedo. El zumbido constante de un generador cercano era el único sonido que llenaba el silencio mientras Matt esperaba.
No se había quitado el arnés, ni siquiera se había limpiado la arena que se le había quedado pegada al sudor de los brazos tras el rescate en el pozo. Sus sentidos seguían en modo operativo, pero su mente estaba anclada en la imagen de Natasha desmoronándose en sus brazos.
Había sido como sostener una muñeca desmadejada.
Natasha estaba tumbada en la camilla con una vía intravenosa conectada a su brazo izquierdo.
Su palidez iba desapareciendo, pero sus ojos estaban cerrados y sus párpados temblaban como siguiendo el ritmo de una pesadilla que no terminaba con el despertar.
La voz de Derek afuera de la tienda le puso en alerta. El asistente hablaba con el médico de guardia.
—Es una reacción exagerada al esfuerzo, doctor —decía Derek, con esa voz untuosa que hacía que a Matt le picaran los nudillos—. Ya ha pasado antes. Necesita descanso y sus suplementos habituales. Yo me encargaré de que se los tome en cuanto se estabilice.
Matt apretó la mandíbula y se dirigió afuera haciendo que las botas resonaran contra el suelo de plástico. Derek levantó la vista, y por un segundo, la máscara de asistente solícito flaqueó, revelando un destello de pura hostilidad.
—Lo que dices es muy cuestionable.
—Esto no te incumbe —dijo Derek, entornando los ojos.
—Por el contrario. La seguridad de mi cliente es mi prioridad absoluta. Y su hermana, además, solicitó que no me despegue de Natasha. La familia es la que tiene que actuar aquí.
—Taylor está nerviosa, es comprensible —Derek tenía labia, tenía que concederlo, e intentaba recuperar terreno—. Pero yo soy el que conoce el historial médico de Natasha. Ella confía…
Matt se acercó hasta quedar a centímetros de Derek. Era más alto, más ancho y mucho más peligroso, y se aseguró de que el asistente lo sintiera en cada fibra de su cuerpo.
—La próxima vez que se caiga porque alguien le está negando lo que necesita o dándole lo que le sobra, no la voy a cargar solo a ella —susurró Matt, dejando que la amenaza flotara, fría y letal—. Te voy a cargar a ti también. Y no será para llevarte a una camilla.
Derek tragó saliva, sus ojos escapando hacia la salida.
—Estás loco. Tu agencia va a saber de esto.
Derek salió de la carpa casi huyendo. Matt se quedó solo y volvió con Natasha.
El silencio ahora era distinto, más pesado.
Se acercó a la camilla y observó la mano.
El temblor persistía, un espasmo rítmico en el dedo índice.
Matt extendió su brazo, dudando por un momento, y luego cubrió la mano de Natasha con la suya.
La piel estaba helada. Al sentir el contacto, Natasha abrió los ojos. Por primera vez, no hubo máscara. No hubo orgullo. Solo un par de pupilas inundadas de un pánico tan puro que Matt sintió un tirón en el pecho que no pudo racionalizar.
—Matt… —su voz fue un hilo roto.
—Aquí estoy. Estás a salvo.
—No… no dejes que me dé nada —susurró ella, intentando incorporar su cuerpo, pero fallando miserablemente—. El frasco… él tiene el frasco.
—Lo sé. Taylor se está encargando —Matt le apretó la mano, transmitiéndole la firmeza que ella no tenía—. No vas a volver a tomar nada que no pase por mis manos primero, Natasha. ¿Me oyes? Esto va a cambiar. Vas a mejorar, tranquila, hermosa.
Ella asintió con debilidad y volvió a cerrar los ojos, pero esta vez no retiró la mano. Estaba agotada, agobiada y acababa de pasar por una experiencia estresante. Se aferró a la de Matt como si fuera el único anclaje en una tormenta que amenazaba con arrastrarla.
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El tráiler era, en teoría, un santuario de lujo en mitad de la nada, pero para Taylor, en ese momento, era la escena de un crimen que todavía no terminaba de entender.
Entró cerrando la puerta tras de sí, con las manos temblándole tanto que tuvo que apoyarse contra el mueble de la cocina para no caerse.
Piensa, Taylor. Piensa. Las palabras de Matt resonaban en su cabeza.
La visión de su hermana colapsando en medio de la prueba física volvía a ella.
Si no fuera por el guardaespaldas… Si Matt no hubiese actuado con celeridad y cuidado, Natasha estaría muy lastimada. No quería pensar en lo que pudo pasar.
Tenía que encontrar lo que estaba consumiendo. ¿Como fui tan ciega? ¿Cómo no estuve más alerta?
Empezó a registrar los cajones con una urgencia febril. Natasha era ordenada, pero el que intervino aquí era también Derek. La sustancia o droga no estaría a la vista. Revisó el botiquín: tiritas, suero, analgésicos comunes. Nada.
Fue entonces cuando recordó lo que Matt le había dicho sobre el olor químico. Se acercó a la zona de la cama, donde Natasha guardaba su maleta de marca. Al lado, había un pequeño maletín rígido en el que guardaba las muestras de productos que promovía en redes. Nunca le había prestado atención.
Estaba cerrado con un candado de combinación. Probó con la fecha de nacimiento de Sheila. Nada. Probó con la suya. Nada. Entonces recordó algo que Derek había mencionado una vez sobre su número de la suerte en los contratos. 15/8/23. El día en que Natasha firmó su primer gran contrato.
El candado hizo un clic metálico. Taylor abrió el maletín. No había vitaminas o cremas adentro. Había tres frascos de prescripción, pero los nombres en las etiquetas estaban tachados o eran ilegibles. Vacíos.
En el fondo, encontró un frasco. Tenían que ser anfetaminas. Eso coincidía con la euforia que a veces tenía Natasha, pensó. Ese maldito bastardo de Derek…
Pero esto se terminaría. Ahora que ella sabía, que Natasha estaba expuesta con ella, las cosas iban a cambiar. La ayudaría a la desintoxicación si era necesario, no sabía como funcionaba esto, pero vería de protegerla. Tomó fotos de los recipientes, por las dudas.
—¿Buscabas algo, Taylor?
La voz de Derek desde la puerta del tráiler la hizo saltar. Él estaba allí, apoyado en el marco, con una botella de agua en la mano y una sonrisa torcida que no fingía amabilidad. Era la sonrisa de un depredador que acababa de encontrar a su presa husmeando en su madriguera.
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La respiración de Natasha se había estabilizado, pero Matt estaba inquieto. Taylor se había ido hacia un buen rato. Frunció el ceño y pensó si convenía ir por ella. Natasha seguía dormida, su mano ya no temblaba tanto. La soltó con cuidado, levantándose de la silla.
Su móvil chirrió en su cinturón. Era un audio de Logan. Salió de la tienda para escucharlo.
Logan> Matt, hay algo raro en el sector de los trailers. El asistente de Natasha ha entrado y no ha vuelto a salir. Taylor está dentro. ¿Intervengo?
Matt activó el micrófono y grabó, acelerando el paso hasta casi correr. Ese hijo de perra… Seguramente estaba nervioso y quería cubrir sus bases, destruir alguna prueba. Porque estaba seguro de que era el proveedor de lo que fuera que Natasha consumía.
Matt> No te descubras. Esto es complicado, pero no tiene que ver con el acosador. Acércate, y si escuchas algo, interviene. Yo voy para allá.
La respuesta llegó enseguida.
Logan> Copiado. Tengo visual de la puerta. Derek parece en guardia.
Se apresuró, nervioso y dispuesto a la violencia. Mientras cruzaba el set, vio a los miembros del equipo de producción murmurando, ajenos al drama que se cocía tras las paredes de aluminio del tráiler de la estrella.
Para ellos, era solo un retraso en el rodaje. Probablemente algunos estaban aliviados de que Natasha estaba en calma. No tenían idea de lo que pasaba en realidad.
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—Derek, ¿no golpeas? — Taylor habló con calma, sin bajar la mirada, mientras se incorporaba.
Este hombre era un parásito, había estado alimentando los problemas de su hermana dándole basura adictiva. No se dejaría impresionar.
—Natasha me permite ingresar, soy su mano derecha, su hombre de confianza.
—Y bien que has tomado ventaja de su generosidad —respondió, lívida ante su desparpajo—. Has abusado de tu posición. Es obvio que Natasha está teniendo problemas con sustancias, y tú…
—Mucho cuidado, perra.
Derek entró en el tráiler y cerró la puerta de una patada. El espacio, que antes parecía pequeño, ahora resultaba claustrofóbico, y Taylor tragó saliva.
—Sal. Estás despedido.
El rió con desdén y se acercó más, su expresión violenta y su actitud combativa.
—Eres una entrometida. Siempre lo has sido.
Siempre tratando de proteger a Natasha, sin darte cuenta de que no te registra, eres su sirvienta y sin pago.
Eres lamentable. Yo soy el que la sostiene; se controla en público y es brillante gracias a lo que le doy.
Si no sería una más. Y ella me necesita.
—¡Eres un cínico! Y alucinas. Natasha tiene brillo propio. Tú no eres más que un dealer, un oportunista. Lo que le estás dando… La está matando —dijo Taylor, elevando su voz.
Derek soltó una carcajada seca, dando un paso hacia ella. Taylor retrocedió hasta chocar con la pared del fondo.
—Yo le salvo la vida. Sin esas pastillas, ella no puede ni mirar a una cámara. ¿Qué crees que pasará si le cuentas esto a la prensa? ¿Crees que la verán como una víctima? No. Verán a una mujer inestable que engañó a sus patrocinadores. Tú la destruirás si intentas destruirme a mí.
Derek extendió la mano.
—Dame eso, Taylor. Sé una buena criada y vuelve a organizar los horarios. Yo me encargaré de que Natasha esté lista para la entrevista de la tarde.
—No te voy a dar nada —dijo Taylor, erguida, elevando su mentón—. Y en cuanto salga de aquí, Matt Vargas me va a ayudar con…
El rostro de Derek se transformó, dejando paso a una violencia cruda y desesperada. Se lanzó hacia ella, agarrándola por las muñecas con una fuerza que hizo que Taylor soltara un grito de dolor.
—¡Suéltame!
—¡Dame el puto frasco! —rugió él, empujándola contra el tocador.