Matt. Agencia Pipen 4 CAPÍTULO 9 #2
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CAPÍTULO 9 #2

La vio acercarse al borde. Caminaba con rigidez excesiva, se dio cuenta. Arrugó el ceño con preocupación. Cuando el director gritó Acción, Natasha comenzó el descenso al pozo. Sus movimientos iniciales fueron mecánicos, precisos, la Reina de Hielo cumpliendo con su guion.

Pero las cosas se complicaron cuando empezó la subida.

A mitad de la red de carga, Natasha se detuvo.

Matt vio cómo sus manos se abrían y se cerraban sobre las cuerdas de cáñamo.

No estaba buscando un mejor agarre; estaba perdiendo la capacidad de sentir sus propios dedos.

El sudor le resbalaba por la frente, arrastrando el maquillaje y revelando la palidez.

—¡Muévete, Morozova! ¡La arena va a empezar a caer! —rugió el director por el megáfono.

Natasha levantó la cabeza. Matt vio sus ojos. Estaban dilatados, fijos en el vacío. No era fatiga muscular. Era un colapso del sistema nervioso central. Su pie resbaló del nudo de la red y su cuerpo cayó con un golpe seco contra las cuerdas, quedando suspendida por un solo brazo.

—¡Corten, tienen que cortar ¡Ayúdenla!! —el grito de Taylor desde la zona de monitores fue un alarido de puro pánico.

Matt ya estaba saltando. Se deslizó por la cuerda de seguridad con seguridad y control. El polvo de la arena que empezaba a caer le nublaba la vista, pero localizó la silueta de Natasha balanceándose peligrosamente.

Llegó a ella justo cuando su otro brazo cedía. La rodeó por la cintura, pegando la espalda de ella contra su pecho. El impacto hizo que ambos oscilaran en el aire, suspendidos sobre el fondo del pozo.

—Te tengo. No cierres los ojos, preciosa, anda —le ordenó Matt al oído.

Ella estaba hiperventilando, un sonido agudo y animal que le desgarraba la garganta. Sus manos se aferraron a los antebrazos de Matt con fuerza desesperada.

—No puedo… no puedo sentir las manos… Matt… —susurró ella.

Fue la primera vez que usó su nombre sin el tono de mando o ironía .

—Respira conmigo. Mira mi pecho. No mires arriba o abajo, solo a mí.

Matt la aseguró con un mosquetón a su propio arnés. Sintió que el cuerpo de ella temblaba de forma incontrolable, una vibración interna que parecía que iba a romperla en pedazos. Mientras los técnicos de rescate empezaban a izarlos, Matt levantó la vista.

En el borde del pozo, Taylor estaba de rodillas, con las manos en la boca.

Y justo detrás de ella, Derek. El asistente no se movía.

No gritaba. Tenía los brazos cruzados y una expresión de fría molestia, como si Natasha fuera una herramienta que acababa de romperse y le estuviera causando un retraso en su agenda.

No había rastro de preocupación humana en él. Solo cálculo.

Condenado hijo de mil perras, si solo se acercaba… Si hacía un intento de ir a ella cuando la tuviera segura, lo molería a golpes. Matt la rodeó con su brazo mientras su boca le susurraba palabras de calma.

Despojada de la seguridad que solía vestirla, Natasha Morozova era frágil, tal y como Tay decía.

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El mundo se volvió borroso para Taylor hasta que vio a Matt emerger del pozo cargando a Natasha en brazos como si no pesara nada. Su hermana tenía la cabeza apoyada en el hombro del guardaespaldas, con los ojos cerrados y la respiración rota. Se le encogió el corazón y las lágrimas le brotaron.

—¡Natasha! —Taylor corrió hacia ellos, pero Matt no se detuvo.

—Vamos a la carpa médica. Hay que revisar sus vitales —ordenó Matt con una autoridad que no admitía réplicas.

Los paramédicos se hicieron cargo colocando a Natasha en una camilla. Taylor intentó seguirlos, pero sintió que alguien la agarraba del brazo. Era Derek.

—Tranquila, Taylor. Ha sido un golpe de calor. Yo me encargo de hablar con el médico, él ya conoce sus antecedentes de estrés —dijo Derek con una voz suave, calmada.

Taylor se zafó del agarre de Derek como si le hubiera quemado. Miró a Matt, que estaba de pie a pocos metros, cubierto de polvo y arena, con la mandíbula tan apretada que parecía de piedra.

Los ojos del guardaespaldas se clavaron en Derek y Taylor leyó violencia en ellos. El asistente debió percibirlo también porque retrocedió hasta desaparecer como el cobarde que era.

—Tuviste razón —susurró Taylor a Matt, acercándose a Natasha, que estaba como alienada.

Le acarició el cabello—. Debí haberlo visto, esto no es solo agotamiento.

Shh, Shei, shhh, tranquila, estamos juntas, mi querida —dijo muy quedo, y Sheila recorrió su entorno con la vista, sin fuerzas para recordarle que era Natasha.

Esto hablaba volúmenes. Vio como Matt se limpiaba un rastro de sangre del dorso de la mano. Parpadeó y volvió a mirar a su hermana buscando heridas.

—Ese hombre no puede entrar a la carpa, Tay. Natasha no está enferma, está con problemas de sustancias. Y hoy casi muere por eso. Ese tipo la provee.

Taylor miró la carpa médica y luego hacia el tráiler. Las palabras de Matt encajaron de golpe con actitudes de Sheila, con su genio saliéndose de control, con su ego potenciado, con sus temblores y la obsesionada necesidad de no recordar nada del ayer. Y con Derek con poder sobre ella.

—Quédate con ella—dijo, su voz recuperando la firmeza—. Necesitamos ver que le estaba dando. Iré a revisar el trailer —susurró mientras miraba a la enfermera traer el suero para hidratar.

Matt asintió. La alianza silenciosa entre el guardaespaldas y la hermana se selló en ese momento, ambos determinados a proteger a Natasha…

Sheila. Se dirigió afuera pensando que tanto como a ella le gustaba Matt, él era bueno para su hermana y si esta pudiera verlo, si pudiera hacer a un lado su desesperado intento de triunfar a toda costa, podría tener un futuro.

Si Shei tenia la chance de ser feliz y calmar esa bestia interna que la forzaba a no parar, Taylor estaría en paz. No iba a romper con su hermana por un hombre, por interesante y atractivo que fuera.

Tampoco se quedaría cerca, no era de piedra. Matt Vargas se le había metido bajo la piel en cuestión de semanas, lamentablemente para su corazón.