Matt. Agencia Pipen 4 CAPÍTULO 9
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CAPÍTULO 9

Matt estaba de pie junto a la torre de iluminación con el cuerpo en reposo, pero los sentidos operando al máximo de su capacidad.

Su posición le permitía una visión clara de la zona de descanso de los participantes a cinco metros, un área que, bajo las luces de producción, parecía un escenario de guerra coreografiado.

Sus ojos estaban fijos en Natasha. Algo no iba bien.

No se lograba dar cuenta de qué era, pero…

Ella estaba diferente. Sentada en una silla de lona negra con su nombre impreso en el respaldo con el caos habitual alrededor: una maquilladora retocando el rastro de sudor en su sien, un técnico de sonido ajustando el micrófono en la parte trasera de su cinturón.

Matt no miraba el equipo. Miraba sus manos.

Natasha tenía las palmas apoyadas sobre sus muslos cubiertos por el pantalón táctico del reality.

Sus dedos no estaban relajados. Se movían en un patrón errático, un tamborileo imperceptible que no encajaba con la imagen de control que ella proyectaba hacia las cámaras.

Notó que, de vez en cuando, cerraba los puños con tanta fuerza que los tendones de sus antebrazos se marcaban como cuerdas tensas. No es el café, ni es el frío de la mañana, pensó. Es sistémico.

Matt se removió con inquietud. Dos días habían pasado, Louie había tenido algunos resultados, pero nada concluyente que ubicara a Natasha con alguien en particular.

Matt había intentado razonar con ella, pero cada vez que pudo estar cerca, ella esquivaba la conversación, e incluso desestimó las fotografías como si no la afectaran.

No fue el caso, para nada, Matt lo vio. La reacción había sido visceral, aunque Natasha trató de disfrazarla.

¿Cómo se protegía a una mujer que tenía su pasado bajo llave?

Matt observó a Derek acercarse. Los ojos del gilipollas se posaron en él con una sonrisa sardónica que le tocó los cojones.

Ese tipo no era de fiar. No solo se ganaba el dinero sencillo y casi con ausencias, sino que su presencia solía atizar la discordia.

Y llenar a Tay de trabajo. ¿Ahora es Tay?

, pensó. Dejó de cuestionarse y se enfocó en mirar.

Derek se detuvo detrás de Natasha y, sin decir una palabra, apoyó una mano en la base de su cuello, justo donde el cabello platino se apretaba en una trenza impecable.

Matt notó el impacto físico de ese contacto. Natasha no se movió, no protestó, pero su espalda se arqueó en una reacción visceral de huida que fue reprimida al instante.

Derek se inclinó para susurrarle al oído. El rostro de Natasha, captado de perfil por Matt, permaneció impasible, pero sus ojos... sus ojos buscaron un punto de fuga en el horizonte con una desesperación que le heló la sangre.

Sus ojos se encontraron con los de Logan, que venía con cables en las manos, pero estaba atento a la escena. Sus miradas estaban en sintonía. Esto era raro.

Matt supo que Taylor estaba a su lado solo por su fragancia. La miró rápido. Tenía sombras bajo los ojos que delataban que ella también estaba sufriendo el ritmo del desierto.

—Tu hermana está en su límite, Taylor —dijo Matt, sin apartar la vista de Derek, que ahora le acariciaba el hombro a Natasha con una familiaridad que resultaba obscena dada la reacción de ella.

Matt hacía esfuerzo físico para no atacar al asistente, su tensión por las nubes.

—Natasha siempre está en el límite. Es su hábitat natural —respondió Taylor, aunque su tono carecía de la firmeza habitual. Miró hacia donde Matt señalaba—. Derek la ayuda a concentrarse. Él sabe cómo calmarla antes de las pruebas grandes. Eso dice Natasha.

Matt giró la cabeza lentamente hacia Taylor. La luz del sol naciente resaltaba la preocupación que ella intentaba esconder tras su fachada de mánager eficiente.

—Taylor, mírale las manos —indicó Matt con voz baja y densa—. Mírale los ojos. No está concentrada. Está resistiendo. Hay una diferencia abismal entre la calma y la parálisis.

Taylor frunció el ceño y entornó los ojos hacia su hermana justo cuando esta se soltaba del agarre de Derek con un movimiento que pretendía ser casual, pero que resultó brusco. Natasha se pasó la mano por la cara, un gesto de cansancio que no era común, menos en público.

—Derek ha sido su apoyo estos meses… Ella lo contrató —insistió Taylor, más para convencerse a sí misma que a Matt—. Desde que ella tuvo aquel colapso en Nueva York, él no se ha separado de su lado. Se encarga de su medicación, de su dieta.

—¿Qué medicación? —preguntó Matt de inmediato.

Taylor parpadeó..

—Vitaminas. Suplementos para el estrés. Nada importante, Matt. No seas paranoico.

—La paranoia me mantiene vivo, Taylor. Y a la gente que protejo, también.

—Matt dio un paso hacia ella, invadiendo su espacio personal no para intimidarla, sino para forzarla a ver la realidad—.

Ayer, cuando regresaron de la grabación, Derek cerró la puerta del tráiler con llave.

Ella no salió en dos horas. Cuando finalmente pude entrar para la revisión de seguridad, el ambiente olía a algo químico, ácido.

Y ella no me miró a los ojos ni una sola vez.

Taylor apretó la tableta contra su pecho. La confusión empezaba a ganar terreno en su rostro.

—Ella… ella necesita sus momentos de soledad. A veces tiene ataques de ansiedad y Natasha no me quiere ahí cuando pasa. Dice que solo él sabe cómo manejarlos sin que el equipo de producción se entere.

—¿Y tú le crees? —Matt dejó la pregunta suspendida.

No necesitaba responderla. La mirada de duda que Taylor lanzó hacia su hermana fue suficiente confirmación.

Ese tipo tenía que ser investigado, podía oler que no eran vitaminas las que le daba. Matt había visto amigos y colegas de armas pasar por situaciones de abstinencia. No era bonito.

Pero, ¿cómo una mujer tan sana como Natasha podía caer en algo así? Luego de Nueva York dijo Taylor. ¿Qué había pasado allá?

Sabía poco de estas mujeres. Solo que las deseaba y quería protegerlas. Eso era suficiente, pero necesitaba más. Un acosador persistente era un problema serio.

Un hombre tomando el control de las necesidades de la estrella y dándole sustancias era aterrador. Tenía que saber. Tenía que ayudarla.

+++

El aire dentro del tráiler era espeso, saturado por el olor del café y el perfume metálico de Derek.

Natasha sentía que las paredes se cerraban sobre ella.

La necesidad química pulsaba en ella, el temor de perderse también.

Este hijo de perra… Este maldito al que había dado poder la tenia entre las cuerdas.

Tenía que zafarse. Tenía que hacer algo.

—Siete, Natasha —dijo Derek, sentado frente a ella en el pequeño sofá de piel. Tenía el frasco naranja en la mano, haciéndolo girar entre sus dedos como si fuera una moneda—. Esas pastillas no bastan para cubrir los próximos días. Y eso si no contamos la gala final.

—Dámela, Derek. Por favor.

El por favor le supo a hiel. Nunca se lo decía a nadie, y solo Tay lo merecía, con honestidad. Pero el temblor en sus manos era ya un rugido interno que no podía silenciar.

—¿Y qué gano yo si te la doy? —Derek se puso de pie y se acercó, obligándola a retroceder hasta que sus corvas chocaron con el borde de la cama—.

Ayer fuiste un poco... distante con los patrocinadores.

Taylor tuvo que cubrirte. No me gusta que Taylor tenga que trabajar de más porque tú no puedes controlar tus nervios.

Esa mujercita no convoca, no tiene tu magia.

—Taylor no sabe nada de esto. Y así va a seguir —siseó Natasha, aunque su voz sonó rota.

—Oh, Taylor sospecha. Es lista. Pero confía en mí —Derek le pasó el dorso de la mano por la mejilla. Natasha cerró los ojos para no ver su sonrisa triunfal—. Ella cree que te ayudo. Y es así, ¿verdad? Sin mí, volverías a ser Sheila, la niña asustada de Ohio que no podía dejar de temblar.

Natasha abrió los ojos, la furia luchando contra la necesidad química.

La traición todavía se sentía cruda. Derek era la ex pareja de su terapeuta, el maldito que compartía su información con este monstruo.

Cuando el episodio en Nueva York creyó dar un paso adelante al ir a terapia. Resultó ser el peor error.

—No te atrevas a usar ese nombre conmigo. Dame el pastillero —dijo.

Derek suspiró, fingiendo decepción. Abrió el frasco, extrajo un solo comprimido y lo dejó sobre la palma de su mano.

—Una ahora. Para que puedas con el pozo. Si te derrumbas ahí abajo, Natasha, el frasco se queda conmigo y tú te las arreglas con el síndrome de abstinencia frente a diez cámaras de alta definición. ¿Entendido?

Natasha arrebató la pastilla de su mano.

La tragó sin agua, sintiendo cómo el amargor le raspaba la garganta.

Se miró en el espejo del tocador. Su piel estaba pálida, casi translúcida bajo el maquillaje.

Sus ojos tenían un brillo febril, una intensidad que no era fuerza, sino el último destello de una lámpara que se queda sin aceite.

Se instó a cambiar. No podían con ella. Era la estrella, estaba preparada, podía con esto. El cambio fue evidente en el espejo y lo agradeció. Luego vería. Tal vez Matt…

Tal vez podía confiar en él. Tal vez podía ser más que el maromo caliente que la llenaba y la hacía sentir, además del que le guardaba las espaldas del acosador. De Henry, ese maldito que estaba por ahí, rondándola.

—Muévete —le ordenó a Derek—. Tengo una prueba que ganar.

+++

El Pozo era una de las pruebas más peligrosas del reality.

Consistía en un descenso controlado a una fosa de diez metros excavada en la roca, seguida de una escalada vertical por una red de carga mientras la producción activaba chorros de arena y grava que caían desde los bordes simulando un desprendimiento.

Matt estaba situado en el perímetro superior con el arnés de seguridad puesto por si debía intervenir. No le gustaba nada esto. No tenía idea de cómo harían los otros para cumplir la prueba. Ni le importaba. Su foco exclusivo era Natasha.