Matt. Agencia Pipen 4 CAPÍTULO 8
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CAPÍTULO 8

Logan llegó antes de lo previsto. Matt lo vio bajar del vehículo de producción que venía de la ciudad, último, sin apuro, con una bolsa de equipo sobre el hombro y la credencial colgando del cuello con la misma indiferencia con que un hombre así llevaría cualquier disfraz.

Buscó a Matt con la mirada, pero lo ignoró hasta que lo pudo ver a solas en el perímetro norte. El saludo fue el complicado ritual de puños y palmas que acostumbraban desde que el Ejército los juntó en Medio Oriente tantos años atrás.

—Matt, tomaron tu mejor perfil en las fotos —dijo. La voz baja, plana, con el filo exacto de la ironía sin subrayarla—. Aunque parecías una doncella cogida por sorpresa.

Matt resopló.

—Gracias, Logan, muy útil. Me complace ver que Elijah tiene competencia como bufón del grupo.

—Hablando de él, ¿viste las cuatro versiones distintas de las fotos? —Logan dejó caer la bolsa—. La favorita mía es la del zoom. Se te ve el blanco del ojo.

Matt había visto los memes cuando Elijah los mandó al grupo con el comentario Para la posteridad y una cadena de emojis que Matt no se había molestado en responder.

La foto en zoom era efectivamente poco favorecedora, pero eso no era lo que molestaba. Era lo que había atrás y sus amigos y colegas no sabían. Con suerte podría contenerlo, si sus cojones no ganaban a su disciplina. Era un soldado, joder.

—¿Cómo está el perímetro? —dijo Logan.

El humor terminó exactamente donde tenía que terminar.

—Dos ángulos descubiertos. Acceso vehicular sin cámaras, afluencia de fans y periodistas, en general sin agenda. Zona de equipaje con flujo controlado, pero poco eficiente.

Logan asintió y chasqueó la lengua..

—Lo revisaré. Esto es una pesadilla logística. El acosador está escalando.

—Sí, es obvio que es alguien que la cliente conoció.

—O conoce. No hay que descartar anda. ¿Louie no ha logrado nada todavía?

—No, pero lo hará.

Logan asintió. El hacker los tenía acostumbrados a desempeños brillantes, así que no les cabía duda de que, eventualmente, avanzarían en la identificación de la amenaza.

—Bien. Estaré por ahí.

Desapareció hacia el interior de las instalaciones.

Matt lo observó alejarse. Había algo diferente en Logan, aunque no pudiera nombrarlo todavía, una tensión debajo de la superficie que no era nueva, pero que había subido un grado desde la boda de su hermana Isabel y de Darius.

Sacudió su cabeza y decidió que tenia sus propios problemas por resolver.

La primera prueba exterior del challenge arrancó a las ocho y cuarto con el sol todavía bajo y el desierto en ese color naranja que Matt había aprendido a esperar y seguía sin poder prepararse para él del todo.

Circuito completo: ochocientos metros de carrera con chaleco de peso, arrastre de cincuenta metros bajo red a veinte centímetros del suelo, muro de seis metros con cuerda.

Algunos participantes llegaron al muro con el depósito vacío.

Natasha llegó con suficiente. La técnica en el arrastre era correcta, los codos pegados al cuerpo, la cabeza baja, sin pelear contra el suelo.

La economía de movimiento en la carrera era la de alguien que había aprendido cuándo gastar y cuándo reservar.

Cuando llegó al muro y encontró la cuerda, los muslos se contrajeron con una fuerza que Matt registró en algún lugar que no era el inventario de seguridad, y el cuerpo entero trabajó hacia arriba con una eficiencia que no tenía nada de performance y todo de entrenamiento real.

Alaska no había sido solo televisión. Había algo auténtico en Natasha Morozova debajo de todo lo construido y el desierto lo estaba sacando.

Taylor, que no vino en la primera tanda del ómnibus, lo encontró durante el descanso entre pruebas con la expresión que él ya reconocía: alarma, la de la que porta información que no quiere tener y la ha sacudido.

—Otro paquete —musitó y tragó saliva. Su palidez lo preocupó—. Lo dejaron al lado de mi cartera, en una silla. Apenas estuvo fuera de mi vista.

Matt tomó la bolsa de papel que Taylor sostenía por la esquina. Una foto impresa, como la primera, pero esta vez de un lugar específico. Una calle. Un edificio bajo de ladrillo rojo. Una señal de tráfico con un nombre de condado que Matt no reconocía.

—¿Este es la ciudad en que vivían? —inquirió.

Taylor negó. Matt fotografió la imagen y la mandó a Louie con una línea: Identificar ubicación. Es otra foto.

Taylor lo miraba mientras él guardaba el teléfono.

—¿Crees…? ¿Crees que Natasha está en peligro inminente?

—Estamos trabajando para protegerla.

—Es terca. No va a dejar esto. Hace lo que quiere —susurró y se mordió el labio mientras elevaba la vista y la clavaba en la que ahora reía como si no tuviera una inquietud.

Le molestó que Taylor cargara también con esto, como con todo el que parecía equipaje pesado para Natasha.

—Le diremos lo que pasa y deberá tomar recaudos. Blindarla de la realidad la hace actuar sin recaudos.

Taylor pareció confundida, como si evaluara lo necesario de esto.

—Ella… Es frágil… Se que parece lo contrario, pero…

Tú eres la fuerte aquí, comprendió Matt. Sus ojos fueron a Natasha, que era chisporroteo puro en risas y coqueteo. ¿Qué queda cuando se apagan las lucecitas que te envuelven?, pensó.

Luego miró de nuevo a Taylor. ¿Cómo eres cuando te enciendes? Por un instante la idea de ver a esta mujer brillando para él lo acució.

+++

El área de vestuarios a las cinco de la tarde olía a esfuerzo y desinfectante. Natasha esperó a que se vaciara antes de abrir la bolsa de aseo. Contó. Lo hacía cada maldito día y el resultado no cambiaba. Era un ritual sobre algo que se le estaba escapando del control y lo sabía y no podía parar.

Nueve. Nueve pastillas para quince días, con suerte, que restaban del reality. Más cuatro de clausura. Un déficit que Derek potenció con sus maniobras extensivas. Maldito, maldito.

Él y esa doctora con sonrisa sacarina que la detestaba, podía verlo. Su pretendido asistente había hecho migas con esa perra, la influencer de champú o perfumes.

Natasha cerró la bolsa. Gilipollas, murmuró, sin destinatario claro. Hacia ella misma, hacia Derek, hacia la decisión que tomó de anestesiarse con lo primero que encontró porque el dolor de antes era demasiado grande y nadie le había enseñado otra manera de manejarlo.

Eso era lo que no podía pensar demasiado, el antes.

El motivo. Porque si pensaba en la razón tenía que pensar en lo que vivió, y si pensaba en lo que vivió se veía en aquella casa y eso era el barro, eso era Sheila Miller en su versión más rota, y Natasha Morozova no podía permitirse ser Sheila Miller rota en el desierto de Nuevo México con cámaras en todos los ángulos y un challenge que no podía perder.

Miró su mano. Un temblor. Pequeño, podía ignorarlo si quería. Si te descubren, vuelves al fango. Lo que construiste se convierte en la historia de una chica de pueblo que no pudo con sus demonios. La rubia rusa que era una mentira. La survivor que no sobrevivió lo que importaba.

El miedo era frío y específico. No el temor difuso que la gente describía, era el que tenía nombre, apellido y la cara exacta de lo que había dejado atrás.

Se puso de pie. Se miró en el espejo. Natasha Morozova la miró de vuelta.

Mandíbula firme. Ojos que no pedían disculpas.

El cabello platino húmedo del esfuerzo del día.

Aguanta, se dijo. Te las arreglas. Siempre se las había arreglado. Recogió la bolsa. Salió. El calor era agobiante, hoy tocaba correr como una poseída, pero con eso podía. Estaba hecha para esto, se sentía viva cuando trepaba, saltaba, giraba.

Su mirada tomó cada punto del set. Allá estaba Taylor conversando con Matt. Tenían algo en la mano y el rostro de su hermana era ese serio que anunciaba problemas.

Un dolorcito viejo la atravesó, mezcla de emociones en las que predominaba la culpa. Era cruel con Tay, sabía que lo era. No podía frenarse, su temperamento encontraba salida con ella. Su hermana. Su familia.

La quería, claro que sí, con la misma fuerza que la detestaba. Porque no podía sincerarse. No podía decirle que la habían roto cuando ella la dejó para estudiar, cuando tuvo que valerse sola, cuando…

No pienses, no pienses. Tay te conoce, te perdona. Arrugó la nariz al notar la manera en que Matt la miraba, la expresión relajada y calma. No como la miraba a ella. Era un hambre distinta. Pero hambre al fin, se dijo.

+++

Matt se apartó para acercarse a Logan que estaba haciendo una ronda. El sudor le perneaba la espalda y la arena se le pegaba por todos lados. Jodido desierto. No veía la hora de irse. Encontró a su compañero en el punto elevado del área de rocas. Estaba en el teléfono, así que esperó.

—Todo irá bien, Ptichka.

Mm. Era una palabra en un idioma que no reconocía, dicha rápido, en voz baja, con un tono que no tenía nada que ver con Logan en ninguna conversación que Matt le hubiera escuchado antes. El tipo de tono que los hombres usan cuando no están siendo ninguna versión construida de sí mismos.

Cuando vino a él, empero, su expresión no decía nada. Era el Logan quieto, profesional.

—Llegó otro sobre con una imagen.

Se la tendió y Logan bajó de la roca y miró con atención.

—No conozco el lugar. ¿Su ciudad natal?

Negó.

—Taylor… —se aclaró la garganta—. Su hermana dice que no.

—Mm. Esa mujercita quieta y bonita. Es inteligente y eficiente.

Matt asintió. Le molestó la descripción más de lo que debería. Encajó las mandíbulas.

—Louie debería tener algo ya. ¿Cómo está la cliente?

La cliente. Natasha estaba bien, rozagante, hermosa y tentadora, muchas gracias. E incitándole a que fuera a ella en la noche, además. Tal vez fuera. De hecho, tenían que hablar, ella tenía que saber lo que pasaba, no podía ignorarlo.

Ella es frágil. La preocupación de Taylor vino a él. Y también la convicción de que si entraba a su trailer no sería solo para hablar. Así de débil era su voluntad. O su creciente obsesión por ella.

—Matt… Matt —Logan repitió en voz más alta—. Tienes que hacer foco, mi amigo. Te he observado.

—Haz lo tuyo, Logan —indicó, retirándose, los ojos de su amigo sobre él—. Hagamos lo que debemos para cuidarla. A ambas. Ese bastardo dejó los dos mensajes cerca de Taylor.

—Ve a descansar. Yo me encargo.

Asintió y volvió, decidido a dormir así tuviese que darse la cabeza contra el respaldo de su cama. Se necesitaba lúcido y para ello debía dejar de dar vueltas a lo mismo.