CAPÍTULO 7
Mañana era el primer día de prueba exterior real en el corazón del desierto. La logística era clara: comienzo a las cinco y cuarenta y cinco, con una temperatura baja antes del amanecer para trepar hasta los treinta y ocho antes del mediodía.
Taylor estaba cansada. Había sido un día largo y se sentía rara.
Su habitual equilibrio aparecía desmantelado.
No era depresión sino ese estado de desesperanza que la acosaba a veces.
Suspiró. Lo lógico era darse una ducha, lavarse el día de encima, leer una historia que la llevara a una realidad distinta que le diera semblanza de posibilidades, aunque fuesen ajenas, y dormir.
Sin embargo, sus pies pesaban. Las fotos de la prensa con esa mano de Natasha sobre el brazo de Matt, la cercanía de sus labios, la posesividad manifiesta, la hacían sentir como una intrusa en su lugar de trabajo. Le costaba procesarlo. No era celos, se decía a sí misma, era... decepción.
Esta la acució desde que se enteró de un dato extra, por pura casualidad, cuando el ruido del evento de prensa se diluyó.
Había estado detrás de uno de los decorados cuando escuchó a Derek siendo especialmente chabacano mientras le contaba a la influencer que esos dos eran como lobos en celo desde Boston.
La participante había reído con suficiencia y no ahorró epítetos para su hermana.
Taylor habría interrumpido y puesto morado a Derek de no haber quedado congelada. Matt y Natasha… ¿Era cierto? Entonces… La postura del guardaespaldas, su seriedad, su pretendida molestia por el juego de Natasha no era real. Una fachada.
La posibilidad le revolvía el estómago. La imagen de ambos desnudos era… No sabía por qué le dolía, pero así era. Mierda de mundo falso era este al que Natasha la había arrastrado.
Había creído que Matt era diferente. Sólido. Real. Resultaba que solo era un juguete más en la vitrina de su hermana. Un profesional que se perdía por un rato de pasión física.
Sus pasos la llevaron a su habitación, pero se detuvo en la puerta de Natasha. Quería confirmar los horarios, pero también, quizá de forma masoquista, necesitaba ver la cara de su hermana.
—Hola, pasa y cierra. Coloca el cartel de no molestar. No soporto otra conversación más. ¿Viste las redes?
Hizo lo que le pedía. Se acercó.
—Las vi. No me parece…
—Oh, por favor, no comiences, Tay —dijo mientras se desmontaba frente al espejo.
Sin las pestañas extras, la base fluida y el rubor, las joyas, las extensiones, Natasha Morozova se desarmaba ante ella y se convertía en Sheila. Una mujer preciosa y natural, su hermana a la que adoraba y detestaba a veces a partes iguales. Como hoy.
—Estás jugando con fuego. Tienes un acosador, deberías mantener un perfil más moderado.
—No. No voy a permitir que un loco fuera de sí me detenga. Este es mi momento, tengo que aprovecharlo. Es lo que he soñado, Tay, lo sabes. Escucha… —apretó los labios y la miró fijo—. Lo lamento, ¿okay? No quiero portarme como una perra contigo, te quiero, pero… A veces no controlo mis emociones.
Sí, eso parecía. Siempre había sido impaciente y de gritar y pelear por lo suyo a costa de lo demás, pero parecía más al borde. Taylor arrugó el ceño.
—¿Estás bien?
—Por supuesto.
—No debiste poner a Matt en el medio. Esas fotos…
Natasha se encogió de hombros mientras se quitaba los pendientes de diamantes frente al espejo.
—Por favor, Taylor, es mera promoción. El challenge necesita narrativa y un guardaespaldas guapo es el accesorio perfecto para vender la idea de belleza en peligro.
—Escuché que hay más que promoción —murmuró Taylor, odiándose por el tono de su voz.
Natasha se giró, con una sonrisa que no llegó a sus ojos. Era la misma expresión que usaba a los seis años cuando alguien se acercaba demasiado a su muñeca favorita. Su momentánea gentileza se diluyó.
—Escúchame bien, Tay. Que tú no folles no implica que el resto no lo haga. Es solo sexo. Ese hombre tiene acceso libre a mi trailer.
—Es un profesional contratado, su rol…
—Es mío, Taylor —se hizo adelante y la miró sin parpadear—. No es solo por las cámaras; es porque yo decido quién entra en mi espacio y él... bueno, Matt sabe cumplir órdenes muy bien. No es un juguete para compartir, así que ni se te ocurra ponerle esos ojos de corderito degollado.
Taylor sintió rabia e impotencia. Cerró las manos y se dijo que no valía la pena. Su hermana se encapricharía más si notaba que a ella… No tenía sentido darle forma al interés que había desarrollado por Matt Vargas, como la estúpida sin remedio que era.
—No tienes que ser agresiva, recuerda que estoy de tu lado. Siempre lo he estado, aún a tu pesar. Sería lindo recibir una décima de consideración de vuelta.
Su tono no ahorró vinagre, Sheila lo merecía, y Taylor estaba al limite.
—¡Ay, pobrecita Taylor, la víctima! No tienes que quedarte si soy el monstruo que no te deja vivir. No te necesito. ¡No necesito a nadie, solo a mi!
Taylor retrocedió y desorbitó los ojos ante el grito y la amenaza que era el tacón lanzado con virulencia. No fue tan rápida como debía y el roce de la pedrería incrustada fue como una navaja en su antebrazo.
Salió del trailer cubriéndose la herida y con el corazón en la garganta, sintiéndose herida, pequeña y, sobre todo, cansada. Encontró a Matt en el pasillo y quiso pasar a su lado sin mirarlo, fingiendo que no le importaba que él seguramente estaba aquí para follar con su hermana.
¿Era mucho pedir el poder llegar a su habitación a refugiarse sin ser molestada?
—Ey, Taylor, estás sangrando.
Vino a ella con el entrecejo fruncido y su mirada fija en el corte. Ella intentó seguir, pero él tomó su brazo y observó la herida.
—¿Qué pasó?
—Nada —gruñó—. Estaré bien.
Intentó rescatar el brazo, pero él la retuvo y su mirada la atravesó. Sí que era bueno fingiendo interés y preocupación, lo concedía. Y sí, era atractivo y la hacía sentir cosas. Emociones, deseos, ilusiones.
Es un cateto que no dudó en saltar a los huesos de tu hermana apenas esta le hizo un gesto.
—Ven, hay un botiquín de primeros auxilios en cada baño.
—Dije que estoy bien -se sacudió de su agarre-. Yo lo limpiaré. Ve a hacer tu tarea, si es que te queda tiempo luego de lo extracurricular.
Idiota, idiota, ¿por qué lo soltó? Sonaba amarga, celosa, interesada. Enrojeció y pugnó por escapar, pero él no lo permitió.
—¿Qué se supone que quiere decir eso?
Lo miró con sorna.
—Tú dime. Se supone que eres profesional, pero he escuchado que no es así.
La mirada no bajó, aunque los labios se apretaron y hubo un suspiro. Luego, Matt abrió la boca para decir algo más. Taylor vio venir la explicación y levantó la mano para detenerlo.
—No tienes que explicarme nada, Vargas.
Él frunció el ceño, dando un paso más que Taylor no permitió, retrocediendo.
—No te estoy explicando nada todavía.
—Ibas a hacerlo. Y no hace falta. Lo que hagas o dejes de hacer en tus horas libres, o en las de ella, no me incumbe.
—El beso de hoy me tomó por sorpresa. Lo otro…
Me confieso en falta y me castigo por ello.
No me juzgues, Taylor… No parezco poder dejar de desear lo que no tengo derecho a poseer —dijo.
Su voz era plana, sus ojos intensos y brillando sobre ella —.
Y me complica el trabajo. Eso sí me incumbe.
No me gusta ser el centro de una narrativa que no controlo, pero, halas… Aquí estoy.
Taylor asintió. Podía reconocer la legitimidad profesional, pero el aguijón seguía ahí.
—Dos cosas sobre mi hermana, Matt. Una: ella no mira lo que los demás quieren o necesitan.
No es malicia pura, es que genuinamente no lo procesa.
El mundo es su escenario y nosotros somos decorado o secundarios.
Y la segunda... —hizo una pausa amarga—: nunca asume las consecuencias.
Siempre hay alguien que limpia el desastre por ella. Siempre hay alguien que asume el golpe.
Se hizo un silencio espeso. Taylor se contrajo internamente, dándose cuenta de que acababa de mostrar una herida que llevaba años tratando de cerrar.
Matt no llenó el vacío con una frase hecha o una disculpa barata. Solo la miró con atención quieta que ella empezaba a encontrar insoportable.
—¿Cuánto tiempo llevas siendo esa persona, Taylor? —preguntó él al final—. ¿La que asume?
—Eso no es de tu incumbencia —cortó ella, recuperando su tono neutro.
—¿Esto es realmente lo que haces con tu vida? ¿Limpiar el set para Natasha?
Algo estalló en el pecho de Taylor. No fue rabia, no solo eso. Fue el cansancio acumulado de tres años de éxito profesional que nadie en ese desierto parecía reconocer.
—No —dijo, agitada, intentando calmarse—.
Esto es lo que hago mientras estoy aquí ayudando a mi familia.
Mi hermana es eso, lo único que me queda.
Tengo vida, tengo un negocio. Lo que hago de verdad se llama Forma.
Es una consultora de identidad de marca y packaging para negocios emergentes.
Tengo doce clientes activos en tres países, una socia creativa y acabamos de cerrar el mejor trimestre desde nuestra fundación.
Matt parpadeó, alelado por la vehemente pasión de su voz. Taylor no había querido explicar todo esto, no era necesario.
—No lo sabía. Es admirable, más considerando todo lo que haces aquí.
¿Por qué la miraba así, con esa quieta presencia que sosegaba y la hacía olvidar que era el amante de su hermana?
—No tenías por qué saberlo. Nadie aquí se molesta en preguntar —Taylor se retiró unos pasos, pero el orgullo le hizo agregar—. No vivo a la sombra de mi hermana. Estoy aquí porque elegí estarlo, para protegerla de sí misma. Eso es muy distinto a no tener otra opción.
Lo dijo sin gritar, pero con una firmeza que dejó a Matt en silencio. Taylor se dio la vuelta y se alejó por el pasillo, con la espalda recta y el corazón latiendo con una fuerza que le dolía.
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La vio irse y se quedó solo en la penumbra del pasillo.
Doce clientes. Consultora de marca. Forma.
Se sintió como un idiota por haber implicado que ella era solo la extensión eficiente de Natasha.
No vivo a la sombra de mi hermana. La frase le golpeó con la fuerza de una verdad largamente masticada.
Lo que te golpeó más es lo que te dijo. Ella sabía que él y Natasha habían follado. No había duda al respecto. Su expresión, su molestia… Eran pura decepción de él, y la idea lo puso de malas.
Joder, esto se volvía más y más una trampa. Le disgustaba el dolor en esos ojos, dolor que además era físico, porque estaba herida. ¿Qué le había ocurrido? ¿Por qué no permitió que la ayudara? Se pasó la mano por la cara y resopló. ¡Joder!
El teléfono vibró en su bolsillo. Miró y suspiró.
—He tomado una decisión —dijo Scott. Su voz era más resuelta—. Estás manejando un perímetro con agujeros, un acosador complejo que escala y una situación mediática que se está volviendo tóxica. No vas a poder solo.
—Puedo manejarlo, Scott.
—No se trata de si puedes, se trata de efectividad. Voy a enviarte a Logan.
Matt procesó la noticia. Logan era el mejor activo de la Agencia Pipen para situaciones de alta tensión y baja visibilidad, discreto y jodidamente letal. Y no podía fingir que manejaba algo aquí, estaba desbordado.
—Pensé que no estaba disponible.
—Lo estará. Llega mañana. Entrará como técnico de producción freelance. Nadie debe saber que es de la agencia. Es la manera de que vea lo que tú no puedes.
—Entendido.
Okay, tiempo de retirarse y pensar. Con su colega aquí sería más sencillo. Su mente volvió a Taylor y su herida y sus palabras. Pensó en Natasha y en su juego de posesión y marketing. Pensó en lo enredada que tenia la cabeza, en el acosador, en Logan.
Lo único que consiguió fue un dolor de cabeza intenso y la seguridad de que odiaba y lo ponía a la vez estar en el medio de las Miller. Así de imbécil era. Su madre había criado a una hija inteligente y bella y a un hombre esclavo de sus instintos.