CAPÍTULO 6
Once fotógrafos acreditados. Tres sin gafetes visible que alguien había dejado pasar, seguramente por amiguismo o influencias. Demasiados accesos en un salón que pretendía ser elegante, pero olía a pintura fresca y adrenalina.
El coordinador de seguridad del set tenía una radio que funcionaba cuando quería y una actitud de Está todo bien, ¿qué podría salir mal? que a Matt le crispaba los nervios.
Había resuelto lo que podía y anotado mentalmente lo que no en los primeros diez minutos. El resto era perímetro, observación y tratar de no mirar a Natasha Morozova más de lo estrictamente necesario. Llevaba cuarenta minutos fallando en lo segundo.
El vestido era plateado y ajustado en los lugares justos, con un escote que no era obsceno sino calculado: la diferencia entre los dos era que uno pedía atención y el otro la tomaba por asalto.
La prensa había venido a ver a los participantes en acción, una estratagema de marketing para acelerar el ruido mediático antes del estreno, y Natasha trabajaba la sala con la precisión de quien ha convertido el carisma en un músculo.
La sonrisa cambiaba de registro según el interlocutor, el contacto del brazo establecía cercanía sin prometer nada, y la manera en que inclinaba la cabeza hacía que cada periodista sintiera que era lo único importante en el mundo.
Matt lo reconocía como una habilidad técnica. La admiraba con la neutralidad incómoda de quien sabe que está catalogando un arma de doble filo. Se apoyó contra la pared lateral, cruzó los brazos y esperó. Natasha venía en su dirección justo ahora.
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La adrenalina era lo primero. Siempre era lo primero. Las cámaras, los flashes, el ruido específico de una sala llena de gente que quiere un pedazo de ti; Natasha lo sentía en el cuerpo como otros sienten el primer café de la mañana. Necesario. Activador.
Había dado cuatro entrevistas impecables y había dicho que el reality era una oportunidad de crecimiento personal de tres maneras distintas para que no sonara repetitivo en el montaje. Había sido perfecta y lo sabía. La vanidad era su motor, y no pedía disculpas por ello.
Y entonces, mientras sostenía una copa de champán que no pensaba beber, miró su mano derecha.
El temblor era pequeño, casi imperceptible para el ojo ajeno, pero para ella era un terremoto.
Coño. Lo tapó de inmediato con la otra mano.
Nadie lo había visto. Pero ella sabía lo que significaba: el cuerpo estaba empezando a pasarle la factura.
Esta mañana, tras el primer test de orina, que resultó ser una mera estratagema de la producción para fingir rigor ante la prensa, se había encerrado en su trailer y se había tomado dos pastillas. Estaba convencida de que no repetirían las pruebas todos los días; era solo para las cámaras.
Pero Derek... ¡ese maldito hijo de perra¡ Le había sustraido las pastillas que ella ya le había pagado alegando que el riesgo había subido y que el precio era otro. Quería exprimirla.
Natasha sentía una rabia sorda llenarla, un fuego que le quemaba las entrañas. Bajo la piel de la brillante Morozova, la antigua Sheila Miller, temerosa y acorralada, luchaba por no salir a la superficie. Quería apagarla para siempre, pero Derek mantenía la llama encendida con su extorsión.
Miró a su guardaespaldas. Matt Vargas. Estaba contra la pared con esa expresión de estar en todas partes sin moverse.
El deseo llegó directo, sin transiciones.
Boston. Sus manos grandes en sus caderas.
La calma con la que él tomaba el control.
Lo bien que la follaba, que la hacía volar y explotar. Salvo que ayer no había ido con ella.
Sonrió para las fotos que probablemente le estaban tomando, sorbió leve y pensó en lo bien que le hacía tener una salida a sus nervios. Además, necesitaba una novedad más, extra. Una narrativa que mantuviera a los televidentes expectantes y los fans encantados.
Si el challenge la veía flaquear por la abstinencia o el estrés, necesitaba una historia que lo justificara.
Está distraída.
Está enamorada.
Es humana.
Podía imaginar los titulares. Cualquier cosa que no fuera la verdad de sus adicciones. Cruzó hacia él, sus tacones marcando un ritmo decidido sobre el suelo de mármol.
—Matt… Esto es necesario, otro detalle en tu asignación —dijo y sonrió con coquetería a la vez que se aseguraba de que hubiera ojos sobre ella.
—¿De qué hablas…?
Tomó su brazo con una mano, un gesto casual de quien busca un punto de apoyo en el ruido, y se empinó levemente hacia su mejilla. Lo que iba a ser un beso social duró un segundo más de lo debido. Los labios de Natasha rozaron la comisura de los de Matt.
La fragancia masculina se enredó en ella y su boca disfrutó más de lo que debía el contacto con la piel rasposa por la sombra de barba que crecía rápido y le quedaba tan bien. El contacto fue la mezcla exacta donde el deseo y la estrategia se tocaban.
Los flashes estallaron a su alrededor mientras Matt quedaba tieso y sus ojos oscuros brillaban anunciando tormenta.
Oh, ¡cómo esperaba que desatara un tsunami sobre su piel!
A ver si ahora ignoraba su llamado como hizo la tarde anterior.
Cabrón. Natasha se separó con calma y sacó su teléfono mientras giraba para volver a la sala.
Escribió un mensaje rápido a su equipo de prensa:
Hay material. No confirmen o nieguen, dejen que las especulaciones crezcan y circulen, chicos. Hagan que las redes estallen con trascendidos.
Guardó el teléfono. El temblor en su mano había parado. Por ahora.
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Tardó tres segundos en procesar lo que acababa de pasar.
Lo primero a que atinó fue a mirar alrededor para ver quiénes habían captado la situación.
Probablemente todos, ella vino a él con un plan y lo ejecutó.
La rabia creció limpia y directa por haber sido utilizado como condimento para el marketing.
Natasha ya estaba al otro lado de la sala, brillando bajo los focos. Matt parpadeó y se colocó los lentes e ignoró los intentos de los reporteros que vinieron a él como aves rapaces sobre un festín.
Podía con esto, estaba habituado; los guardaespaldas de la Agencia Pipen custodiaban a los más famosos. No era su primer rodeo con una turba de cámaras alrededor. Sí es la primera vez que eres foco directo.
Cuando se retiraron en masa, esta vez convocados por la influencer que estaba haciendo un Live para su plataforma, respiró hondo.
—¿Estás bien? Discúlpala, no sé qué ocurre con ella, en qué piensa.
La voz de Taylor a su lado, suave y baja, calmó parte de sus nervios. Sonrió por instinto. Esta mujercita era bálsamo mientras su hermana era fuego. Un complemento interesante.
No, no, nada de eso. Simplemente dos damas con distintos temperamentos.
Mierda, mierda. Se hundía en el fango de sus instintos sin remedio. Este no era él. Este nunca había sido él. ¿Sería una fase?
Una cojonuda que lo hacía actuar como un idiota.
—Estoy bien, solo confundido y molesto. Esto no va a salir bien. Mi jefe va a poner el grito en el cielo.
Y sus colegas iban a disfrutar de su notoriedad, porque no dudó por un segundo de que esta estaba gestándose en las redes. Todo era instantáneo hoy día.
—Hablaré con ella, con su equipo, trataré de…
Bajó su cabeza y sonrió con dulzura a pesar de que la cabeza comenzaba a dolerle.
—No te preocupes, Taylor —susurró, y sus ojos se pegaron a los castaños con chispas verdes y amarillas, nadando en la vorágine de esa mirada que contaba del mar de fondo de Taylor Miller—. Soy un hombre grande y los juegos ajenos no me van a mover. No necesitas pelear nada por mí.
—Okay —susurró ella y elevó sus lentes para calzarlos sobre el puente de su nariz para alejarse a continuación.
Sopló por lo bajo. Vaya si ese tono nasal y bajo no le frotaba la polla y lo hacía querer… Por vez enésima se recriminó, casi derrotado. No podía controlar su libido, ¿sería hormonal? Esas cosas pasaban, ¿o no?
Observa el lugar. Mira la gente. Evalúa amenazas o problemas.
Mm. Natasha ironizaba en voz alta enredando a la influencer que la miraba con odio. El rugbier con deseo expreso. No veía la hora de que esto terminara y ella se retirase a su trailer y él pudiera respirar en calma.
Tal vez irse a su habitación y masturbarse para quitarse las ganas que tenían sus testículos llenos y a su polla en alerta.
El teléfono vibró en el bolsillo. Suspiró y se pasó la mano por la cara. Había pasado ¿cuánto? ¿Una hora? Tal vez un poco más. Suficiente para que Scott estuviese alerta, no dudó que llamaba por eso.
Lo atendió mientras fijaba su vista en el grupo que se tomaba las fotos finales.
—Matt. ¿Qué cojones está ocurriendo ahí? —preguntó Scott sin preámbulos.
—Hola para ti también, jefe.
—Sin salseo, jodido.
—Egos y marketing, Scott. Eso pasa. Nuestra cliente sabe revolver avisperos y no duda en usar lo que tiene a mano. Resultando ser yo.
—Es… desafortunado.
Matt tenía algunas palabras más en mente y ningún deseo de dar munición a Scott Pipen para que lo retirara de Alburquerque.
—Si sientes que te ha puesto en una posición comprometida y eso afecta tu trabajo…
Posiciones, de esas había habido varias, y no de las que Scott celebraría, joder. Matt miró hacia la ventana. Afuera, Albuquerque se oscurecía y el aire olía a tierra caliente y a la lluvia que no llegaba.
—Nah, nada con lo que no pueda. Esta gente juega con las cámaras y tira migajas de fantasía al público.
Mañana seré historia vieja y estaré igual de comprometido con esto.
Hay un acosador con acceso que sabe el nombre real y la vida de esta mujer, Scott.
No es un fan. No puedo… No podemos irnos ahora.
—No abandonamos a quienes nos contratan, a pesar de que sean gilipollas —hubo una pausa pesada—. Informe diario. Sin excepciones. Y si esto escala, estaremos allí en horas. Solo tienes que pedirlo.
—Lo sé.
Colgó. Se quedó con el teléfono en la mano, sintiéndose como un traidor a sus propios principios. El suyo era un trabajo, una tarea, y se hacía en equipo cuando el riesgo aumentaba. Pero se encontraba anhelando poder solo, ser…
Ser el hombre que las Miller necesitaban para protegerlas. Taylor y Natasha eran un combo ahora, al parecer.
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Taylor miró las portadas de los medios de prensa que ya habían levantado la supuesta novedad de la relación extraoficial entre Natasha y Matt.
Natasha y su guardaespaldas más juntos de lo que parece.
Un hombre desconocido, latino ardiente, muy cerca de la Morozova .
¿Quien es este hombre? Parece estar atizando el fuego de nuestra estrella de reality favorita.
Las fotos eran nítidas, crueles en su perfección.
Natasha con la mano en el brazo de Matt, inclinada, los labios rozando la comisura de su boca.
Taylor miró la pantalla unos segundos más.
Detestaba que Natasha hubiera puesto a Matt en esta posición.
Su hermana siempre tenía una agenda y Taylor llevaba suficientes años en su órbita para reconocer el patrón.
Matt Vargas era sólido, de esos hombres que no se mueven aunque el mundo se reorganice a su alrededor. Era atento, astuto, gentil y tenía la sonrisa más bonita y natural que había visto en años.
Los hombres del medio solían reír con cálculo y mirar con doble intención todo el tiempo. El guardaespaldas era como un soplo de aire fresco y su hermana lo quería en su red.
Esto la entristecía de una manera que no podía explicarse. Tonta, se reprendió en silencio mientras resolvía un formulario médico. Conoces a este hombre muy poco como para sentirte tan decepcionada porque Natasha lo tiene fichado.
Pero ese beso para las cámaras, esa atención en él no era buena. Sheila lo desecharía apenas usara la estrategia. Ojalá Matt fuera profesional y no se dejara envolver.
Su hermana no empatizaba con los que conquistaba, mirando solo su camino a la cima. Y el peligro por el cual Matt vino era cierto y real y no desaparecería porque Sheila… Natasha, se negara a considerarlo.
Se abocó a conectarse con su socia y sonrió con alivio al ver que la parte de su vida que era luz fluía y crecía. Estos tiempos en los que Natasha se agotaba luego de una performance con la prensa eran espacios preciosos que aprovechaba para adelantar y conectar con su lado de empresaria.
Un rato más tarde escuchó la voz de Matt y le vio en la entrada del área de coordinación. Se apresuró a cortar y fue a buscar los detalles para la locación en el desierto de mañana.
—Aquí tienes. Es a veinte kilómetros. El bus sale puntual —dijo, extendiéndole la hoja.
Matt la tomó, pero no se fue. El silencio se prolongó un segundo más de lo necesario. Taylor levantó la vista. Los ojos masculinos estaban fijos en ella, con una mirada quieta, directa, que no era de seguridad.
—¿Estás bien? —preguntó él.
—Claro —respondió con una sonrisa profesional que no llegaba a sus ojos—. Hay mucho trabajo por hacer.
Volvió a su tablet. Matt guardó la hoja y salió. Taylor esperó a escuchar sus pasos alejarse antes de soltar el aire que no sabía que estaba reteniendo. Tonta, se repitió, y esta vez la palabra no fue neutra.
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La foto llevaba cuarenta minutos en su pantalla. La había mirado con obsesión por cuarenta minutos de zoom, de escrutinio, de confirmación. Natasha. Resopló. Todo ella era falso. Su seudónimo, ese cabello de mentira, los senos hechos, los músculos ganados por desafíos ridículos.
Y hoy había besado y tocado a otro hombre, uno que no era él.
El vaso que sostenía terminó aplastado contra el parabrisas de su coche. Henry lo recogió y terminó de destrozarlo con la mano, despacio, sintiendo cómo el plástico cedía con un crujido satisfactorio.
Sheila. Sheila sonriendo para las cámaras como si los años no existieran.
Como si él no hubiera pasado cuatro años en una celda contando cada segundo, reconstruyendo meticulosamente el momento en que la perra decidió traicionarlo.
Había construido una imagen tan nítida de Sheila Miller en su mente que ya no necesitaba fotos, pero verla con ese hombre. .. Esa era una variable nueva.
Henry respiró despacio, la respiración controlada que se aprende en el aislamiento.
—Bien —murmuró para la oscuridad del vehículo.
El plan seguía en marcha. Solo necesitaba averiguar quién era el guardaespaldas. Si era una herramienta o una complicación. Arrancó el motor. El desierto de noche era un mar de sombras, y Henry Bradbury conocía la oscuridad mejor que nadie.
Había sido paciente, pero la paciencia tenía un límite, y Sheila estaba a punto de descubrir exactamente dónde terminaba el suyo.