Matt. Agencia Pipen 4 CAPÍTULO 5
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CAPÍTULO 5

El muro de escalada tenía seis metros de altura, una estructura de resina y metal que se alzaba contra el cielo azul cobalto de Nuevo México como un desafío geométrico.

Natasha lo devoró en poco menos de quince segundos. No escalaba como una deportista; lo hacía como si tuviera una cuenta pendiente con la gravedad, con una agresividad que convertía cada movimiento en una declaración de guerra.

Matt estaba apostado en el perímetro del campo de pruebas a escasos metros, con los brazos cruzados y la mirada escaneando los accesos.

Se obligaba a mantener un rigor profesional, una disciplina de hierro que le servía de escudo porque sabía que Natasha lo estaba cazando con la vista en cada intervalo.

Ayer a las seis de la tarde él no había aparecido en su trailer.

Había elegido, por pura voluntad y una pizca de instinto de preservación, ignorar la invitación explícita que le había lanzado en el pasillo.

Se había quedado en la sala de monitores, revisando una y otra vez las grabaciones buscando sombras donde solo había arbustos de gobernadora.

Cuando Natasha llegó al set esta mañana, la furia en sus ojos habría incinerado a un hombre con menos determinación. Era una ira fría, la de alguien que no está acostumbrada a que le digan que no, y mucho menos un hombre que ya ha probado lo que ella tiene para ofrecer.

Esa mirada cargada de resentimiento era la que lo había empujado, casi sin querer, al abismo de la memoria, obligándolo a recordar por qué era tan malditamente difícil mantener la línea profesional con ella.

Los pantalones cortos del challenge eran negros, de una tela técnica que se ajustaba a sus muslos como una segunda piel marcando cada fibra muscular mientras ella se impulsaba hacia el borde superior.

Matt registró el movimiento del cuádriceps, la línea del tendón en el hueco de la rodilla y la forma en que sus glúteos se tensaban con una fuerza que él podía casi sentir bajo sus palmas.

Joder.

Apartó la vista con un esfuerzo de voluntad que le hizo doler los músculos del cuello. La devolvió al acceso norte, obligándose a contar los segundos y a identificar a cada técnico que pasaba por el perímetro.

Pero fue tarde. La imagen de Natasha estirándose contra el muro, con la camiseta blanca empapada de sudor y pegada a sus senos se fundió con el recuerdo de ella estirándose bajo él en aquella habitación en Boston.

La boca se le secó de inmediato, una sequedad áspera que no tenía nada que ver con el clima de Albuquerque. Sintió que la sangre abandonaba su cerebro para concentrarse en la presión súbita y dolorosa que le apretaba el pantalón.

Su polla tenía memoria propia que ignoraba los contratos de seguridad y las advertencias éticas.

Boston. Tres semanas antes.

Matt había tardado exactamente dos segundos en reaccionar cuando Natasha abrió la puerta de su habitación completamente desnuda. El primer segundo fue de evaluación táctica, el segundo fue de rendición absoluta ante la evidencia de su propia lujuria.

Entró y cerró la puerta con un clic que sonó como una sentencia.

La habitación estaba iluminada por el resplandor de los edificios que se filtraba por el ventanal.

Natasha era una visión de marfil y arrogancia, de pie en medio de la alfombra, sin un solo centímetro de tela que ocultara las curvas que él llevaba días imaginando.

—Tus ojos no se apartaron de mí en todo el día —dijo ella, con esa voz que siempre parecía estar al borde de una orden.

—Estoy haciendo mi trabajo. Mi cliente es mi prioridad.

—Oh, me encanta, no creas que no. Disfruto de los ojos en mí, pero en este caso…

—sonrió y la punta de su lengua humedeció su labio inferior en un gesto que no por cliché dejaba de ser jodidamente sexi—.

Quiero bastante más, por ejemplo tus manos, tu boca…

Considéralo una extensión de tus servicios de protección. Necesito relajarme.

Ella cruzó la distancia entre ambos con lentitud calculada. Cuando sus manos, pequeñas y de uñas impecables, tocaron el pecho de Matt a través de la camisa de algodón, la conversación terminó.

Puta hostia, había estado perdido apenas ella traspuso el umbral.

Matt la besó con una ferocidad que buscaba silenciarla, una embestida de labios y dientes que Natasha respondió con un gemido de triunfo.

Él enredó los dedos en el cabello platino tirando con la presión suficiente para que ella tuviera que inclinar la cabeza y exponer su garganta.

Lo siguiente que supo era que la estaba lanzando sobre la cama sin delicadezas. Se deshizo de su propia ropa en segundos; la urgencia le quemaba las manos y el pulso le atronaba en los oídos.

No hubo preliminares románticos porque ninguno de los dos los quería. Matt la saboreó con una atención cruda y hambrienta, bajando por su cuello hasta sus senos, atrapando un pezón entre sus labios y succionando hasta que ella soltó un grito que fue mitad dolor y mitad súplica.

Su mano bajó por el vientre plano, encontrándola ya empapada, ardiendo. La abrió con dos dedos, hundiéndose en ella con una fuerza que la hizo arquear la espalda y enterrar las uñas en los hombros de él, dejando marcas que tardarían días en desaparecer.

Natasha era ruidosa, desvergonzada en su placer; sus gemidos eran cortos, guturales, directos.

—Para —dijo ella de repente, con la respiración rota y los ojos inyectados en deseo puro.

Se incorporó un segundo, lo suficiente para sacar un preservativo de la mesita de noche.

Lo tenía todo planeado, pensó Matt con una mezcla de irritación y deseo renovado.

Ella se lo puso con una calma que lo sacaba de quicio y luego se montó sobre él, reclamándolo como si fuera un territorio conquistado.

Matt no la dejó llevar el ritmo por mucho tiempo. Le aferró las caderas con dedos que se hundieron en su carne y la taladró desde abajo con una profundidad explosiva.

Cada embestida era un choque de huesos, un intercambio de sudor y jadeos que no tenían nada de tierno.

Natasha echó la cabeza hacia atrás, con el cabello desparramado sobre las sábanas oscuras, y el sonido que salió de ella fue un rugido de placer animal mientras se apretaba contra él buscando fundir sus pieles.

Fue sexo sucio, rápido y necesario, una descarga de tensión que los dejó a ambos vacíos y temblando. Al terminar Natasha se bajó de él con la misma frialdad con la que un cirujano se quitaba los guantes.

Exactamente como la primera vez, fue al baño, se lavó y volvió a la habitación envuelta en una bata de seda, lista para echarlo.

—Bien —dijo ella, recogiéndose el cabello—. Que siga siendo claro: esto es lo que es. No es personal. Es una transacción. No te hagas ideas.

—Las tengo claras —respondió él mientras se vestía, con el corazón todavía latiendo con fuerza—. Yo también prefiero saber exactamente dónde piso.

Matt parpadeó, regresando al infierno que era Albuquerque. Las putas memorias lo perseguían y lo ponían cachondo en el sitio y momento menos indicado. La lujuria le latía en las sienes, una presión sorda que intentó disipar ajustándose el cinturón táctico y obligándose a mirar el horizonte.

Natasha acababa de bajar del muro, sudada, con la respiración entrecortada y una expresión de triunfo que se agrió en cuanto vio a Taylor acercarse. Su hermana llegó con un anotador bajo el brazo y una botella de agua mineral, caminando con esa eficiencia discreta que la caracterizaba.

Le alcanzó el agua e intentó decirle algo, pero Natasha no estaba de humor para sutilezas y Matt intuía que él tenía que ver con su actitud. La reina no toleraba desplantes de sus súbditos.

Sus palmas ardieron de deseos de darle la tunda que necesitaba, claro que en un sentido… didáctico sexual, digamos. Maldición, ahí estaba otra vez, fantaseando con lo inconveniente.

—¡Estoy agotada y tú te paseas con esos malditos papeles como si estuvieras en una oficina con aire acondicionado!

—le espetó Natasha a Taylor. Su voz, proyectada para que todos en el set la escucharan, estaba cargada de un veneno innecesario—.

¡Muévete, Taylor! ¡Haz algo útil por una vez!

¡Y búscame a Derek! ¿Dónde carajos está ese idiota?

¡DEREK! —gritó, su voz rebotando en las estructuras metálicas del circuito.

Matt vio a Taylor encogerse y dibujar una micro-expresión de dolor que intentó borrar de inmediato ajustándose los lentes y bajando la vista hacia la pantalla de su dispositivo.

Se quedó allí, quieta, recibiendo el impacto de la ira de su hermana con una dignidad silenciosa que a Matt le revolvió las tripas.

Quita eso, estaba furioso. Le pegaba en los cojones que Natasha fuera tan cruel, tan ciega que no viera que su carrera, su logística y hasta su maldito suministro de suplementos dependían de la hermana que ella trataba como a una sirvienta de segunda clase.

Taylor era… Especial. Se comportaba como un animalito tímido al que muchos tomaban por débil, pero Matt notaba la fortaleza de acero que se necesitaba para sostener el ego de una estrella como Natasha sin romperse en el proceso.

Es bonita, mucho. El pensamiento lo sorprendió por su simplicidad. No era la belleza agresiva y manufacturada de Natasha; era más suave, más real. Observó la curva de su mejilla, la forma en que su cabello oscuro se escapaba del moño y la honestidad que emanaba de su postura.

Taylor pasó por su lado poco después, alejándose de los gritos y del caos que rodeaba a su hermana.

El aroma cítrico y especiado de su piel lo golpeó, actuando como un bálsamo que calmaba el fuego turbio que Natasha había encendido con su exhibición en el muro.

Matt le dedicó una sonrisa breve, un gesto de apoyo silencioso que esperaba que ella entendiera.

Taylor levantó la vista, lo miró un segundo y le devolvió la sonrisa con una timidez que hizo que Matt sintiera una punzada. Le nacía el deseo instintivo de pasar la mano por su cabello, de decirle que él sí veía el trabajo que ella hacía, pero se contuvo.

La calma duró poco. El exjugador de fútbol americano, un tipo de dos metros llamado Jason, se acercó a Taylor mientras ella revisaba unas notas cerca de una de las grúas de cámara.

El hombre, aprovechando su envergadura, le puso una mano en el hombro y se inclinó demasiado cerca de su oído, abriendo la sonrisa blanca y depredadora que de seguro funcionaba con las fans.

Estaba tratando de ganar su atención desplegando un encanto barato que Taylor parecía no saber cómo manejar. Matt sintió una ira que no tuvo nada de profesional.

Sus manos se cerraron en puños y sus ojos se clavaron en el deportista con fijeza letal.

No apartó la mirada ni un milímetro, dejando que su intención quedara clara a través de la distancia.

El exjugador notó la tensión en el aire, levantó la vista y se encontró con los ojos oscuros de Matt que le prometían una visita muy desagradable a la enfermería si no quitaba la mano de donde estaba.

El hombre rodó los ojos, soltó el hombro de Taylor y se alejó con un gesto de fastidio, murmurando algo entre dientes sobre gorilas de seguridad con complejo de héroe.

Taylor no se dio cuenta de la confrontación silenciosa, pero Matt no relajó la mandíbula hasta que el tipo estuvo a diez metros de distancia.

Tenía que enfocarse. Su trabajo era la seguridad, no los celos territoriales por la hermana de su cliente. Pero mientras seguía a Natasha hacia el siguiente set de pruebas, su mirada volvía una y otra vez, hacia la figura de Taylor.

El esfuerzo que tuvo que hacer para concentrarse fue físico, pero se abocó a analizar el entorno con renovado rigor. Revisó la línea de arbustos que flanqueaba el campo, el movimiento de los camiones de producción y el sol que ya estaba en su punto más alto, creando sombras largas y engañosas.

El peligro era real, el sobre con la fotografía y la nota lo demostraban.

Había alguien ahí fuera, oculto en algún lugar de ese desierto inmenso, y Matt sabía que, si el pasado venía a cobrar sus deudas, Taylor estaría tan expuesta como su hermana.

Tenía dos personas a las que proteger, le pagaran por ello o no.

Se ajustó el auricular sintiendo el sudor correr por su nuca. Estaba allí para cuidar a la mujer que escalaba muros y exigía atención, pero sus instintos gritaban también por la que prefería no estar en el primer plano.

Serénate y enfría tu cabeza, cabrón, bien sabes que las emociones son la distracción más peligrosa de todas.