Matt. Agencia Pipen 4 CAPÍTULO 4
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CAPÍTULO 4

La primera crisis real del día estalló a las nueve y cuarenta de la mañana.

Para Taylor, las quejas anteriores no contaban; las pataletas de los participantes por el café tibio, la falta de señal de Wi—Fi o la textura de las toallas formaban parte del paisaje acústico del desierto, un ruido de fondo que Taylor había aprendido a ignorar con una paciencia casi mística.

Sin embargo, lo del catering era distinto porque afectaba la salud, y por ende, la viabilidad del rodaje. El proveedor había confirmado, por tercera vez y bajo contrato, menúes veganos y para diabéticos para tres de los participantes que competían en el challenge.

Cuando el camión descargó en medio del calor asfixiante de Nuevo México, Taylor, a la que se le pidió colaborar y no pudo negarse, se encontró con cien bandejas de menú estándar: carne roja, lácteos y gluten por doquier.

El tipo del catering se encogió de hombros con una desidia que le encendió la sangre.

—Es lo que hay. El desierto es difícil para las verduras, la cadena de frío se rompe y esto es lo más seguro —le dijo el hombre, mientras se secaba el sudor del cuello con un trapo que probablemente no había visto una lavadora en meses.

Taylor no verbalizó su exasperación. No se podía permitir el lujo de la histeria ante la falta de responsabilidad o sentido común.

Mientras el coordinador de producción se paseaba por las carpas buscando sus auriculares perdidos y el director de arte discutía sobre el tono de rojo de una bandera, ella sacó su tablet.

En doce minutos de una eficiencia normal hizo tres llamadas.

Una al coordinador de producción para advertirle que la influencer entraría en shock anafiláctico en televisión nacional si probaba un bocado de ese menú; otra al proveedor para informarle que la factura no se pagaría hasta que llegara el reemplazo exacto; y una última a un restaurante de comida orgánica en Albuquerque, a cuarenta minutos de allí, que tenía capacidad para un pedido especial de emergencia.

Lo resolvió en silencio, sin que los participantes supieran que había existido un problema que podría haber cerrado el set.

Mientras guardaba la tablet, sintió ese sabor amargo y familiar en la boca.

Ella era la que pensaba por los demás, la que anticipaba el desastre logístico, la que corregía los errores de extraños que ni siquiera sabían su nombre.

La producción del challenge era un gigante con pies de barro y ella era la que evitaba que se desmoronara a cada paso.

Eres una tonta de remate, Taylor Miller. Era la historia de su vida: ser el pegamento invisible de los sueños de otros, agotándose en las sombras para que el mundo de Natasha y el de estos incompetentes siguiera girando sin contratiempos.

No se consideraba una mujer insustituible, joder, lejos de eso. Nada la haría más feliz que la pudieran sustituir.

La segunda crisis ocurrió a las diez y cuarto. Taylor estaba tratando de colaborar en la organización del set cuando pasó cerca de la rampa de salida de la primera prueba física, una estructura de madera que se elevaba sobre la arena rojiza del desierto.

Matt Vargas estaba allí acuclillado cerca de la base, tocando los pernos con una concentración que Taylor ya empezaba a reconocer como su estado natural.

El paisaje alrededor era impresionante: el cielo de un azul sólido y profundo, y el aroma de plantas como la gobernadora y el mezquite llenándolo todo con una fragancia seca y antigua. Pero Matt no estaba mirando el paisaje.

—Esto va a ceder —sentenció. Su voz era grave, cortando el ruido metálico de los generadores eléctricos—.

El ángulo de presión está mal calculado.

En cuanto el exjugador de fútbol americano ponga sus cien kilos de músculo en este punto, la madera se astillará.

Alguien va a terminar con una pierna rota o algo peor en medio de la transmisión.

Taylor suspiró, cerrando los ojos un instante. No tuvo dudas de que él tenía razón. Matt no era de los que daban avisos falsos, era sólido, le habían bastado dos días en Boston el percibirlo.

Buscó a Harris, el director, un hombre que siempre parecía estar al borde de un colapso nervioso y que detestaba que cualquier subordinado cuestionara su esquema técnico.

—Harris, el señor Vargas dice que la rampa norte es inestable. Hay que reforzarla antes de empezar el rodaje de las once —dijo Taylor al encontrarlo cerca de las cámaras.

Harris se giró, rojo por el calor y el estrés acumulado. Miró a Taylor con un desprecio que no se molestó en ocultar, como si ella fuera una mosca molesta en su campo de visión. El muy gilipollas creía ser el próximo Tarantino, claramente.

—¿Vargas quién?

—El guardaespaldas de Natasha. Él…

—Taylor, dices que debo preocuparme por lo que dijo un don nadie.

Un ingeniero civil dio indicaciones. No tengo tiempo para paranoias de seguridad en un set que ya va retrasado.

Tenemos un calendario de diez mil dólares la hora y no voy a parar por una corazonada de la seguridad privada.

Vuelve a tus planillas de comida y deja que los profesionales trabajemos en lo que importa.

Si tanto te preocupa, ve tú misma y ponle un clavo, pero no me quites el tiempo.

El desprecio en su voz fue como una bofetada. Taylor se quedó paralizada, sintiendo cómo la humillación le subía por las mejillas. Estaba acostumbrada a ser invisible, pero que la trataran como a una sirvienta incompetente frente a los técnicos la dejó sin palabras.

Iba a dar media vuelta, tragándose la rabia, cuando una sombra inmensa se proyectó sobre ella y el aire pareció volverse más pesado. Matt estaba justo detrás de ella, tan cerca que Taylor podía sentir el calor que irradiaba su cuerpo.

—Ella no se va a ninguna parte y hará bien en disculparse por su falta de caballerosidad o modales mínimos.

La voz de Matt bajó una octava, volviéndose extremadamente grave y cargada de una amenaza implícita que hizo que el ruido del set pareciera desvanecerse. No gritó, pero el tono hizo que Harris parpadeara, desconcertado por la autoridad que emanaba del hombre.

—Y sobre lo otro… Si no refuerza ese anclaje ahora mismo —continuó Matt, dando un paso al frente que obligó a Harris a retroceder hasta chocar con una caja de cables—, voy a llamar a la aseguradora del programa.

Les diré que he identificado un riesgo catastrófico que la producción se niega a mitigar y que usted, específicamente, ha sido notificado.

¿Sabe cuánto tardarán en cancelar el rodaje por negligencia criminal? Tres minutos. ¿Quiere probar?

El director tragó saliva con dificultad, mirando a Matt con una mezcla de miedo cerval y resentimiento.

Luego miró a Taylor, pero ya no con desprecio, sino con la cautela de quien acaba de descubrir que la mujercita a la que gustaba recargar con tareas que no le correspondían tenía un protector feroz y muy real.

—Está bien, está bien... no hace falta ponerse así —refunfuñó Harris, evitando la mirada de Matt como si fuera un sol demasiado brillante—. Taylor, lo lamento. Por favor, busca al equipo de mantenimiento. Que lo refuercen con puntales de acero. Que se muevan rápido que el tiempo es oro.

Matt no se movió de su posición hasta que el director desapareció tras las carpas. Taylor sintió un calorcillo subiendo por su cuello, una mezcla de timidez y una emoción que no supo catalogar.

Alguien la había defendido. Alguien había validado su voz y la había puesto en el lugar que merecía. Se sintió vulnerable bajo la mirada de Matt, pero también extrañamente segura.

—Gracias —murmuró, desviando la vista hacia su tablet para ocultar el brillo de sorpresa en sus ojos—. No tenías por qué exponerte así por mí.

—No lo hice solo por ti, Taylor —respondió él, y el uso de su nombre en ese tono ronco le hizo un nudo en el estómago—. Pero no voy a permitir que te hablen así.

La tercera crisis fue la que le robó el aliento y la devolvió a la cruda realidad.

Había ido al depósito de equipaje, una carpa inmensa que olía a lona vieja, caucho caliente y polvo acumulado.

Necesitaba buscar la maleta de suplementos vitamínicos de Natasha para mostrársela a la médica del programa.

El silencio allí dentro era pesado, roto solo por el zumbido lejano de los técnicos y el viento que golpeaba las paredes de lona. La maleta estaba en un rincón, pero lo que le desconcertó fue el sobre apoyado contra el cuero. Sin membrete. Con un nombre escrito con una caligrafía pomposa.

Soltó una exclamación. Sheila Miller. Taylor sintió que el aire se volvía denso en anticipación. Esto no era bueno. Sheila. El nombre real de su hermana, el que Natasha había enterrado bajo capas de maquillaje, éxito y una biografía fabricada en Boston.

Este no podía ser otro que el acosador. Durante las últimas semanas de quietud en Boston y luego la primera en el desierto, Taylor se había permitido el lujo de bajar la guardia.

Natasha estaba tranquila, el peligro parecía una sombra lejana y Matt Vargas parecía una medida exagerada... Pero este sobre era un grito de guerra en medio de la calma.

Lo tomó con los dedos temblorosos, sintiendo cómo el sudor le resbalaba por la espalda. Al abrirlo, la foto de una Sheila de menor de edad, tal vez en sus diecisiete, con el cabello rubio natural y una sonrisa que aún no conocía el peso de la fama, la miró desde el pasado.

Al dorso, la caligrafía firme y despiadada decía: Te encontré, Sheila. Estoy cerca, espera por mí. .

Salió de la carpa casi sin ver, tropezando, el corazón en la garganta. El sol de Nuevo México la golpeó como un mazazo de realidad. Corrió a buscar a Matt Vargas cerca del perímetro norte, donde la tierra se volvía más árida.

—¡Vargas! —Su voz salió cortada, un hilo de incertidumbre y miedo puro.

Él se giró de inmediato, captando la urgencia en su postura. Taylor llegó hasta él, parpadeando con fuerza para no romperse allí mismo.