Matt. Agencia Pipen 4 CAPÍTULO 3 #2
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CAPÍTULO 3 #2

Hot, pensó, y sintió un tirón de deseo tan violento que le costó respirar. Cuando rodeada por el estrés, Natasha necesitaba desahogo, y el sexo era una válvula posible y apetitosa con su guardaespaldas en el lugar.

El recuerdo de Boston la invadió con la fuerza de un tsunami. Se acomodó en el asiento mientras la reunión progresaba. No había nada importante. Su cabeza traía info más relevante. Memorias. La penumbra del camerino en Boston. El olor a sudor limpio luego de un entrenamiento fuerte, y Matt...

Dios, Matt siendo todo, menos un caballero.

El guardaespaldas había sido profesional desde el minuto uno, pero desde que Natasha lo vio supo que tenía que tenerlo.

Esa sonrisa abierta y su expresión, los ojos roble oscuro, ese cuerpo.

Cada centímetro de Matt Vargas la llamó desde el inicio. Así que se aseguró de disfrutarlo.

No era algo común en su esquema o agenda, al contrario.

Los romances que le adjudicaban a diestra y siniestra no eran más que operativos de prensa cuidadosamente pautados.

Esta excepción tenía que ver con su situación, con el deseo de alguien a quien aferrarse en la intimidad aunque fuese por minutos.

Alguien seguro, que no jugara con dobleces. No sabía por qué confiaba en que este guardaespaldas no la traicionaría, pero lo hacía.

Claro que ella fue la que lo abordó, pero él no retrocedió. Lo recordó empujándola contra la pared mientras su mirada la recorría y un gesto de profunda lujuria se extendía por su faz.

Sus manos grandes y callosas enredadas en su cabello y contra su espalda, apretando luego sus glúteos mientras la besaba con una pasión que la hacía gemir.

Natasha se había frotado contra su pelvis sin titubeos, sintiendo su miembro duro contra su coño, que se mojó ante la perspectiva de tamaña polla llenándola.

Deshacerse del vestido corto fue cuestión de segundos y él rompió sus bragas con un tirón impaciente. Salvaje, apasionado, poderoso. Las manos de Natasha fueron a su cinturón y bajaron pantalón y boxers en un movimiento impaciente.

La polla gruesa y larga era lo que esperaba y más, y ella no tuvo reparos en agacharse e idolatrarla con su lengua y su boca.

Devoró, con gula, con gusto. Si pareció experimentada era porque el miembro pertenecía a un hombre sensual y fogoso que la tenía loca de lujuria y porque ella hacía de cada performance la mejor.

El sexo oral no era una práctica habitual para ella, Matt podía considerarse premiado. Claro que no era algo que Natasha promocionaría.

Cuando él la penetró se sintió como una embestida que la dejó sin palabras. Aquel hombre no la follaba, la colonizaba. Y lo mejor era su discreción; al día siguiente, la miraba con esa cara de profesional imperturbable, como si no hubiera pasado una hora consumiéndola.

La ansiedad y el pánico por las pastillas parecieron ceder un poco ante el recuerdo y la perspectiva de volver a tenerlo. El sexo con él era su única droga legal, la única forma de drenar la angustia.

Esta tarde, se prometió, sintiendo cómo su cuerpo se lubricaba ante la sola idea de volver a ser sometida por él.

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La reunión terminó luego de idas y vueltas. Matt no se movió de su posición hasta que el grueso del grupo salió, pero sus ojos no seguían a Natasha. Ya no. Estaban fijos en Taylor y en su tormentosa expresión. Derek y Natasha acababan de dejarle más tarea, el primero con petulancia.

Se demoró en la contemplación de la línea de la columna recta, una postura que denotaba una fortaleza silenciosa, cargando con una responsabilidad que claramente no le correspondía.

Cuando Taylor se giró para buscar algo en su bolso la tela de sus jeans se ajustó contra sus glúteos de una forma que hizo que la sangre de Matt abandonara su cabeza.

Para, se dijo. Pero no podía. No sabía por qué su mente parecía dejar de funcionar al lado de estas hermanas. Tienes tus instintos de protección agudizados, eso es. Y los de copular, agregó con acritud. No parecía él, para nada. Pero aquí estaba.

Se acercó a ella rompiendo su regla de mantener la distancia y solo observar.

A medida que acortaba el espacio, la fragancia de Taylor lo envolvió.

No era el perfume caro y embriagador de Natasha; era algo cítrico, especiado, con una nota suave de vainilla o algo similar que se le metió por la nariz y lo hizo sentir centrado y, a la vez, peligrosamente excitado.

Era un tipo de deseo diferente: menos animal, más sensorial, como una quemadura lenta que no sabías que tenías hasta que era demasiado tarde para evitarla.

—Taylor —dijo él, y su voz le sonó extraña, más profunda.

Ella levantó la vista, quitándose los lentes con un gesto de cansancio que a Matt le pareció sexy de una forma casi dolorosa. El cuello fino, la piel blanca que parecía pedir a gritos ser marcada por sus labios...

Sacudió la cabeza. Estaba bien jodido.

—El cambio del martes. ¿Confirmado? —preguntó, aferrándose al profesionalismo como a un salvavidas.

—Estoy en eso. ¿Afecta mucho tu logística?

—Afecta el traslado vespertino. Necesito saberlo antes de las seis para coordinar con el equipo que me apoya en las salidas.

Taylor asintió, consultando su tablet una última vez antes de guardarla.

—En una hora lo confirmo.

Ella terminó de recoger sus cosas y se dispuso a salir, pero se detuvo un segundo y lo miró a los ojos.

—¿Comiste? —preguntó ella.

Matt parpadeó. La pregunta lo descolocó.

—No.

—El comedor cierra a la una. Son las doce y cuarenta. Ve ahora o te quedarás con hambre hasta la cena. Las meriendas son frugales.

Se fue sin esperar respuesta y Matt asintió mientras pensaba quién cuidaba de esta mujercita que parecía encargarse de lo que la rodeaba como si sus manos suaves pudiesen con todo. Le enternecía que ella cuidara un detalle que nadie más en aquella sala había notado.

Fue al comedor y eligió lo que quedaba para luego tragar la comida casi sin saborearla, con la cabeza hecha un lío.

Su trabajo era proteger, no pensar tonterías, como lo bonito que sería perderse en el aroma de una mujer que no era su clienta.

Minutos después, cuando volvía por el pasillo exterior que daba a los alojamientos, Natasha lo interceptó.

El desierto afuera era un resplandor blanco de calor, pero ella parecía irradiar su propio fuego.

—Matt, quiero verte en mi habitación después de las seis —dijo ella, bloqueándole el paso.

—Tengo tarea, Natasha. Debo revisar el perímetro y asegurarme de que el equipo de seguridad del set esté atento a la tarea. ¿O acaso olvidas por qué estoy aquí?

Ella se acercó un paso más invadiendo su espacio personal con esa confianza absoluta que solo daban la belleza y el dinero. Sus ojos avellana se clavaron en los de él, encendidos con una promesa que Matt reconoció de inmediato.

—No todo puede ser trabajo, Matt. Ni siquiera para un hombre tan... dedicado como tú.

La voz baja, el registro íntimo que ella reservaba para él cuando las cámaras no estaban cerca, fue como encender una mecha. Matt sintió la respuesta inmediata de su cuerpo, la polla tensándose contra el pantalón al recordar el calor de esa piel, de ese coño.

—Esta tarde. Después de las seis —dijo ella.

Natasha sonrió, segura, y se alejó moviendo las caderas con una cadencia que era una tortura visual. Matt se obligó a mirar el horizonte vibrante del desierto de Nuevo México.

Se sentía desbalanceado, como si estuviera caminando por una cuerda floja entre dos abismos.

Tenía a una hermana que lo buscaba para prenderle fuego y a la otra que, sin saberlo, se estaba convirtiendo en una presencia calmante y dulce.

Se iba a quemar si no recuperaba el centro, y podía comprometer la misión.