CAPÍTULO 3
La sala de reuniones estaba saturada y el aire acondicionado, ajustado a una temperatura casi glacial, no lograba disipar la sensación de encierro. Había demasiados cuerpos, demasiada ansiedad y demasiados walkie—talkies chirriando para un espacio tan reducido.
Matt eligió la posición óptima para resguardar y observar: de pie, contra la pared del fondo.
Desde allí dominaba cada ángulo, tenía la salida a su izquierda y la seguridad de que nadie aparecería a sus espaldas.
Era parte de su formación militar y sus años en la Agencia Pipen lo habían grabado a fuego; sobrevivir y proteger empezaba por saber dónde se estaba parado antes de que el caos se desatara.
Los participantes habían ido llegando a cuentagotas, cada uno arrastrando su propio ecosistema de egos. Una cantante de pop latino en ascenso se instaló en la primera fila con la barbilla en alto, como si estuviera esperando que alguien le pidiera un autógrafo que no pensaba dar.
Un exjugador de fútbol americano ocupó el doble del espacio necesario al extender una pierna sobre la silla contigua, expandiendo sus hombros como si tratara de marcar el territorio.
Luego estaba la influencer, una chica con una energía eléctrica y agotadora, de esas que viven para el encuadre perfecto y que parecían sufrir una crisis existencial si no tenían una lente capturando su mejor perfil.
El último en entrar fue un actor que creía haber visto en alguna serie, pero que no estaba en su pico a pesar de que se movía con la desidia de quien siente que le hace un favor al mundo con su sola presencia.
Y todos, absolutamente todos, esperaban. El director del programa consultaba su reloj con gesto nervioso, pero no arrancaba. No podía. Faltaba una pieza en el tablero y el ambiente estaba cargado de esa silenciosa impaciencia que solo provocan las divas.
Cuando Natasha Morozova se dignó a homenajearlos con su presencia, la sala pareció experimentar un cambio físico; fue una especie de reordenamiento del aire, un aumento de la presión estática, como el momento justo antes de que una tormenta eléctrica rompa el cielo.
Ella no entró, se deslizó. Sin apuro, con esa sonrisa que no era para nadie en particular y, sin embargo, parecía destinada a todos al mismo tiempo. Se movió hacia su asiento con la naturalidad de quien confía que el reloj del mundo solo empieza a correr cuando ella llega.
Al pasar junto a Matt, no se detuvo, pero se inclinó lo suficiente. Fue solo un segundo, un roce de calor en medio del frío artificial.
—Te eché de menos —su voz llegó baja, directa al oído de él, con una vibración que Matt sintió hasta en la planta de los pies.
Matt fijó la vista al frente manteniendo la máscara de profesionalismo absoluto, aunque por dentro sus sentidos se habían puesto en estado de alerta máxima.
La influencer, que no había perdido detalle del intercambio, la observaba con una sonrisa demasiado ancha, cargada de una malevolencia que pretendía ser camaradería.
—Llegas tarde —le soltó la chica a Natasha, usando ese tono pasivo—agresivo de quien intenta bromear para ocultar que está midiendo fuerzas.
Natasha se acomodó en su silla con una elegancia felina, cruzó sus piernas largas y enfundadas en pantalones ajustados, y la miró con un aburrimiento tan estudiado que resultaba más insultante que un grito.
La influencer se removió, incómoda, y cometió el error de buscar un aliado.
Miró directamente a Matt, recorriéndolo con una lentitud descarada, evaluando la anchura de sus hombros y la firmeza de su mandíbula antes de dedicarle una sonrisa que era una invitación abierta al pecado.
Luego, se inclinó hacia Natasha en lo que pretendía ser un susurro discreto, pero que Matt captó perfectamente.
—Oye... ese guardaespaldas tuyo sí que es un vaso de agua fresco y tentador en este desierto. Me encantaría beberlo todo —dijo la chica, con un brillo de desafío en los ojos.
Natasha se hizo hacia atrás, como si la influencer fuera algo radioactivo que acabara de tocar su piel. No se molestó en susurrar. Su respuesta fue un latigazo que cortó el murmullo de la sala.
—En tus sueños. Busca tu propio entorno —le espetó, y luego, elevando aún más la voz, remató—: Enfócate en tu carrera. Escuché que va en declive y estos días en cámara te hacen falta si no quieres terminar haciendo anuncios de detergente.
La influencer enrojeció hasta las orejas, quedando muda ante la brutalidad del ataque. Hubo un silencio sepulcral, roto solo por el suspiro largo y resignado de Taylor desde la tercera fila.
Matt hizo un gesto de disgusto interno. Aquella violencia verbal era innecesaria, una ríspida demostración de poder que solo servía para generar enemigos.
Ciertamente te cae bien a ti, cateto, se dijo, dándose cuenta de que, a pesar de la arrogancia, no podía dejar de admirar la fuerza con la que Natasha devoraba el espacio.
El director carraspeó y llamó la atención tratando de recuperar los pedazos de la reunión.
Durante los siguientes minutos, la charla derivó hacia el cronograma, la estructura de las pruebas y la logística de las cámaras.
Matt escuchaba con la mitad de su atención.
La otra parte estaba dedicada a escanear la sala.
Sus ojos se detuvieron en Taylor. Ella estaba con su inefable tablet sobre las rodillas y sus lentes a media nariz tomando notas con una velocidad eficiente que contrastaba con la inutilidad de Derek.
El pretendido asistente estaba apoyado contra la pared en un rincón fingiendo que revisaba su teléfono cuando en realidad solo miraba a su jefa de una manera que a Matt no le gustaba nada.
Había algo parasitario en él que no encajaba con el set o con su rol. Por qué Natasha permitía que este hombrecito vegetara era un misterio para él, pero le fastidiaba. La perjudicada era Taylor, ¿cómo era que no lo veía Natasha?
Si alguien tratase así a Isabel él haría su tarea hacerle la vida difícil, pero la estrella no registraba nada
El anuncio del protocolo médico llegó hacia el final y rompió la calma. La médica del challenge, una mujer de rasgos duros y voz de mando, lo explicó sin rodeos.
—Se harán controles de orina cada setenta y dos horas de forma random. Todo medicamento que tomen debe estar declarado en este formulario —afirmó, agitando el papel y pasando el fajo con copias—. No habrá excepciones, ni por médicos personales ni por estatus de celebridad.
La sala estalló en un coro de protestas. El actor dejó de mirar su teléfono para quejarse de la violación a su intimidad; la cantante cruzó los brazos con gesto desafiante. El ex jugador permanecía aburrido y era comprensible, acostumbrado a la dinámica. La influencer se encogió de hombros.
Algunos van a sufrir con esto, pensó Matt. Tenía el ojo entrenado para detectar las micro—expresiones de quienes ocultaban algo bajo presión. Miró a Natasha, esperando ver una grieta en su armadura.
—Me parece perfecto —dijo ella, regalándole una sonrisa deslumbrante a la médica—. Una competencia limpia es lo único razonable. No hay nada que esconder y esto da garantías.
Claro. Ella era sana y vital, en un estupendo estado físico. Matt la había visto entrenar en Boston y sabía que ese cuerpo atractivo era una máquina de alto rendimiento. En su mente, no había duda de que Natasha hablaba con sinceridad.
Lo que Matt no podía ver era el torbellino helado que se había desatado en el interior de Natasha.
+++
Idiotas. Todos ellos. Natasha mantenía la sonrisa fija, esa máscara de porcelana que había perfeccionado. Ya había evaluado a los demás en Boston y no los consideraba rivales. Eran estorbo desesperados por recuperar visibilidad. Especialmente la influencer.
Sus ojos fueron a ella brevemente. Gilipollas. Creía que podía poner sus ojos en lo que le pertenecía. Natasha no había pretendido ser tan cruel en voz alta, pero la sola idea de que aquella mujer imaginara a Matt tocándola le había provocado una náusea posesiva que no pudo contener.
Matt era suyo. Por el tiempo que ella decidiera, por el tiempo que su libido latiera por ese cuerpo latino que parecía tallado en roca.
Sin embargo, la noticia de los tests médicos la había golpeado como un impacto físico. Su Me parece perfecto sonó firme y desafiante, pero sentía que el suelo desaparecía bajo sus pies. Sonreía porque la sala la miraba, y el público siempre merecía la mejor versión de Natasha Morozova.
Detrás de la fachada, el pánico era una mano fría apretándole los pulmones. Su mirada fue a Derek, que se miraba las uñas y evitaba sus ojos. Las cuentas no cerraban, le dijo su mente frenética. Dieciséis días de reserva. Más de veinte de grabaciones y desafíos, si no se retrasaban.
Las pastillas que silenciaban el temblor de sus manos y le permitían ser la mujer de acero que el mundo exigía se estaban agotando. Y ahora, con controles de orina cada tres días, el abismo se abría frente a ella.
Puedes con esto. Eres Natasha Morozova. Siempre has resuelto tus problemas sola, se repitió, usando su nombre como un ancla para no naufragar. Buscó a Taylor con una mirada lateral. Allí estaba ella, con sus lentes y su tablet, tan predecible y fiable. Familia.
Si le contaba… No, no podía. Taylor no lo entendería; entraría en pánico, trataría de ayudarla de la manera correcta, y lo que Natasha necesitaba no era moralidad, sino soluciones.
Volvió a mirar a Derek. El idiota estaba desperezándose en un rincón. Más le valía que estuviera pensando en cómo burlar esos controles, porque su gallina de los huevos de oro estaba a punto de quedarse sin plumas.
Finalmente, sus ojos derivaron hacia el fondo de la sala. Matt. Tenía los brazos cruzados sobre el pecho, marcando unos bíceps que ella ya había sentido tensarse bajo sus dedos. Los muslos potentes, la postura de alerta.