CAPITULO 2
MATT
El abrazo con Isabel duró más de lo habitual. Matt sonrió y luego dio un cariñoso beso en la frente de su hermanita. No porque estuviese casada dejaba de ser su Isabelita. Chabela.
—Es un tiempo corto, cariño. Estaré de vuelta apenas te des cuenta.
Isabel no dijo nada, pero asintió. Matt la sintió diferente en el abrazo. No era algo físico, aunque su postura era más segura. Isabel estaba más asentada, más en control. Floreciendo en su embarazo. Segura de sí, de su valor; feliz y enamorada.
Esta que lo abrazaba era una mujer en su plenitud, y si Matt sentía una leve nostalgia de la pequeña que creció con él, no podía estar más orgulloso. Isabel Vargas era una mujer de negocios, una esposa enamorada que resurgía sana y fuerte luego de una experiencia terrible. Una futura madrecita.
Espantó el recuerdo feo. No quería pensar en el secuestro, el rescate, el miedo que sintió al pensar que tal vez no la vería más. Estaba viva, plena, y al cuidado de Darius. Su amigo y colega veneraba la tierra que pisaba. Más le valía al gilipollas, o se las vería con él.
Claro que no había chance. Esos dos eran… Intensos. Dare la quería bien y la cuidaba como si fuese una flor exótica y delicada. Matt tenia que dejarla volar sabiendo que siempre estaría para él de otro modo.
—Vas a llamarme —dijo ella contra su hombro. No era pregunta.
—Por supuesto.
—Y vas a comer sano y a menudo. Ese ambiente del cine es conocido por los excesos.
—Isabel…
—Vas a descansar las horas que corresponden, no las que te quedan después de revisar perímetros tres veces. Mirar porno no cuenta como relajación.
Matt se separó lo suficiente para mirarla con la boca abierta. Se llevó una mano al pecho como una doncella victoriana.
—¡Quién eres y qué has hecho con mi hermana!
Ella rodó los ojos y llevó su mano al cabello. El anillo en su mano izquierda captó la luz de la mañana. Darius estaba en la puerta, dándoles espacio, pero sonreía.
—No puedo creer que mis oídos acaban de escuchar esto. No pareces mi ingenua Isabelita. Tan solo ayer…
—Sí, sí, me cambiabas los pañales, lo sé. Lo digo en serio, cuídate. Hollywood es peligroso.
—Voy a Albuquerque, cariño.
—Los participantes de ese reality se creen realeza hollywoodiense, sin embargo. He escuchado algunas entrevistas.
Matt rio y asintió con seriedad e hizo un guiño a Darius, que ahora meneaba la cabeza. Matt podría afirmar que algunas de las presunciones tenían fundamento, pero solo la preocuparía más.
—Cuídala —dijo a su cuñado por encima de la cabeza de Isabel.
—Con mi vida.
—Sé que sí. —Matt soltó a su hermana—. Por eso no te mato.
Isabel puso los ojos en blanco. Darius sonrió. Era la dinámica que habían encontrado, los tres, y funcionaba.
+++
Ya en el avión, Matt eligió asiento de pasillo. Era un hábito de seguridad: visión del espacio, espalda cubierta, salida visible. El cuerpo tomaba esas decisiones solo después de suficientes años.
Se colocó los auriculares, pero no puso música. Su cabeza estaba ocupada. Le había dicho a su hermana que no estaba listo para comprometerse. Ni ganas tenía. Y era verdad. Seguía siendo verdad.
Pero lo que no había dicho era que verla así con Darius, y ver a sus amigos felices… Scott, Elijah y Louie, Nathan, su familia elegida y profesional crecía y los ejemplos de parejas que funcionaban, se completaban y se hacían felices le hacían pensar.
No era envidia. No podía estar más feliz por ellos.
La sensación era más parecida al reconocimiento de un hueco.
Como cuando uno palpa una pared en la oscuridad y encuentra donde falta el revoque.
Eso. Algo faltaba para estar completo. Había un hueco, pero no sabía qué cojones poner en él. Eso era el problema.
El avión despegó y observó a Providence achicarse hasta desaparecer. Luego miró el techo del compartimiento de equipaje y pensó en Albuquerque. Su misión estaba allí. Tenía que prepararse. Estaba inmerso en un asunto importante, Scott Pipen confiaba en él, y su protegida…
Joder, su protegida era una bella mujer que se comportaba como una topadora.
Estaba metido en un lío, sabía que era así. Era fundamental dar un paso atrás, recordarle a Natasha Morozova… Recordarse que esto entre ambos tenía que terminar.
La había cagado grande cuando se dejó seducir. Sí, había sido espectacular, para tirar fuegos artificiales, pero… Lo menos profesional de su carrera, y esta era larga.
Tenía que tomar esta segunda parte de su asignación con absoluto profesionalismo.
Boston fue… Un error. Él había estado mal por su hermana, inquieto.
Había llegado a Morozova con la seguridad de que debía proteger a una engreída más mientras su familia estaba en riesgo.
No esperó a la bella mujer que era fuego y hielo a la vez.
Tenía que ser cerebral ahora. Era el músculo que tenía una función: cuidar las espaldas de una artista. Scott confiaba en él. Este era su trabajo, joder. No podía prestar atención al tirano en sus pantalones que parecía no poder doblegarse cuando veía a la estrella en ascenso, a la hermosa Natasha.
La mujer deslumbrante que follaba como una diosa pagana desinhibida.
El sexo caliente había explotado en medio de la logística preparatoria del programa que se filmaría en el desierto de Alburquerque, mientras se desarrollaban las reuniones con producción, se atendía a la prensa que aparecía a cada instante y se pasaban horas en pruebas de vestuario y cámaras.
Su labor era clara: cuidar a la estrella de un acosador que encontraba huecos para acercarse y aterrorizarla.
Y vaya si la cuidó, ironizó con amargura.
Ella le había volado la cabeza, drenado la polla y dejado como si fuese un condón usado cada vez.
Como si Matt fuese una bebida energizante que se ingería.
Sacudió la cabeza y se aclaró la garganta. Era un idiota. O un masoquista, porque la perspectiva de verla lo ponía cachondo. Eres mejor que esto, gilipollas. Esa mujer solo te usa y tú tienes una tarea que cumplir, no puedes distraerte.
Se enfocó en mirar a su alrededor. A su lado iba una madre con su niño.
Sonrió al ver que el pequeño se afanaba en armar un rompecabezas de autos.
Debía tener uno o dos años menos que el hijo de Nathan.
Pronto la empresa Pipen se inundaría de pequeños.
La inminencia de tener un sobrino le encantaba.
El sueño lo ganó y cuando despertó ya estaban por aterrizar. Estiró sus músculos y tomó su maleta de mano. Viajaba liviano, no necesitaba mucho. Sus zancadas comieron los metros a la salida.
El teléfono vibró en su bolsillo y lo tomó justo cuando salía del edificio y el calor seco lo abrazaba y le quitaba aire. Mierda, era intenso. Resopló y se enfocó en el mensaje, para menear la cabeza al ver que era Elijah para joder con él.
El meme era de las clásicas idioteces que le gustaban al cabronazo: dos fotos animadas.
Arriba, un hombre de traje con el rostro de Matt, pero esmirriado, abrazado por una mujer robusta con una verruga al mejor estilo del villano de los Pitufos.
Lo que merezco, decía el texto. Abajo, el mismo hombre arrastrándose detrás de una mujer sensual y en un vestido despampanante con la cara de Natasha.
Lo que deseo y no puedo tener, rezaba un texto.
Matt sacudió la cabeza y se detuvo para contestar.
Matt: (Emoticon del dedo del medio). Vete a la mierda, Elijah.
Elijah respondió de inmediato.
Elijah: Nah, estoy bien al lado de mi Louie.
El cabrón tenía demasiado tiempo libre. Hizo un gesto casi siniestro al pensar en cómo corresponder. La idea vino de inmediato y tipeó un nuevo mensaje. Era para Louie. El hacker tenía al tonto de Elijah enredado en su mano.
Matt: Ey, Louie. Olvidé decirte, Elijah me contó que quiere llevarte a ese encuentro de Inteligencia Artificial del que le hablaste. No sé cómo lograste interesarlo en el mundo digital, pero Eli está cambiado.
Sonrió y se dirigió a uno de los taxis. No pasaron cinco minutos que tenía un entusiasta audio de Louie agradeciendo el dato. Y diez minutos más tarde, un mensaje de Elijah con dos hileras de emoticones hostiles.
Contuvo el deseo de reír alto. Elijah no podía decir que no a su pareja, así que tendría que tolerar un día de conferencias y muestras de idioma incomprensible y nerds pagados de sí mismos que pretendían tomar el mundo con sus aplicaciones.
Miró el paisaje mientras se aproximaba a la que sería su realidad por unas semanas. Necesitaba ser frio y cuidarse las espaldas. Cuidar el entorno de Natasha, hacer la tarea para la que le pagaban.
Albuquerque era exactamente lo que esperaba.
Ocre, terracota, el verde puntual de los álamos cerca del río, las sombras largas del desierto al final de la tarde.
Matt respondía a ese paisaje de una manera que no le pedía permiso.
Era el color de algo que reconocía sin haber estado aquí antes de esta asignación.
En su cabeza repicaban las palabras de su madre contándole de Sonora, de donde había venido su abuela, de lugares que existían en él como memoria prestada. Paisajes de su cultura, de sus ancestros, de sus raíces.
El vehículo de producción lo esperaba. Lo manejaba un joven asistente, eficiente y ansioso por ser útil. Matt lo saludó por el nombre y el chico se aflojó lo suficiente como para contarle algunos detalles de lo que le esperaba.
—Estamos bastante listos. Los participantes están ansiosos, algunos un poco… complicados.
Hizo un gesto de circunstancias y Matt asintió.
No tenia que decírselo, había observado lo demandantes que podían ser esas estrellitas.
Eran agujeros negros que tragaban la atención y tiempo de los que les rodeaban, pero eso los volvía singulares y atractivos.
Bellos, en forma, únicos en su capacidad de atraer el ojo del público y crear caos o novedad. Tenía que ser agotador.
Las instalaciones del set a esa hora tenían la energía de final de jornada: los técnicos guardando el equipo, algunos participantes en el área de descanso con sus móviles en mano, las luces del desierto cambiando de color mientras el sol bajaba.
Agradeció al muchacho que lo dejó en el centro del lugar y miró alrededor. Esperaba ver a Derek, el asistente de Natasha. O no, porque el jodido tenia la capacidad de no estar cuando debía, a su juicio. Lo poco que vio de él en Boston no le gustó nada.
Sus ojos registraron entonces a Natasha en el otro extremo del área principal.
Estaba hablando con alguien del equipo de producción, de perfil, con esa postura que potenciaba sus mejores cualidades.
El cabello rubio recogido, la línea de la mandíbula suave, su trasero de burbuja hacia afuera y sus senos hacia adelante, pero sin que eso fuera burdo o sexual. Ella era genuinamente sensual.
El calor que le producía era inconveniente. Lo reconocía. Lo había archivado en la categoría problema profesional activo y seguía sin resolverse. Aquí estaba, la polla removiéndose con interés. Abajo, chico, abajo, comandó.
Ella dio la vuelta y le vio, estuvo seguro, pero torció su cabeza sin saludarlo o darse por enterada de su llegada. Sonrió y se dirigió cual reina a un grupo donde destacaban tres periodistas. Matt apretó los labios, molesto.
Así es la cosa, cateto, y lo sabes. No eres nada más que diversión accesible para esta mujer.
Giró y buscó a la hermana, Taylor. Ella era la que conocía al dedillo cada detalle que rodeaba a Natasha.
La vio en el área de coordinación con la tablet y el auricular, de espaldas, tomando una llamada telefónica.
Cuando se dio la vuelta, apreció que tenia los hombros arriba, los brazos tensos y el rostro serio.
Esa mujer dormía poco, lo había notado. Tenía cansancio acumulado, ese que se adquiere de sostener el peso de lo que los demás, lease Natasha Morozov, preferían derivar.
Se regodeó en la contemplación sin planearlo. Había algo en Taylor que funcionaba diferente a todo lo que había en ese espacio. No era que fuera invisible, como había escuchado a alguien murmurar con malevolencia en Boston.
No, esa supuesta invisibilidad de Taylor era una ilusión que ella no construía deliberadamente, sino que el entorno le imponía porque era más cómodo que reconocer cuánto cargaba.
Era cuando uno la miraba de verdad, sin el ruido de lo demás, que notaba la corriente debajo.
Quieta en la superficie. Movimiento real debajo.
Como esos ríos del desierto que en verano parecen secos y tienen agua a un metro de profundidad.
Matt reconocía la fuerza que se escondía en las sombras, y esta bonita chica la tenía.
Ella colgó. Se giró. Lo vio. Algo cruzó su cara: reconocimiento, un ajuste mínimo. No sorpresa. Taylor no parecía sorprenderse con facilidad. Se acercó rápidamente y lo saludó.
—Vargas, bienvenido —su voz sonaba neutral, pero no fría—. Me alegro de que haya vuelto. Natasha despidió al seguridad suplente antes de ayer.
Matt sopló con fastidio. Había debido dejar su puesto cuando ocurrió lo de Isabel, pero su reemplazo era bueno, se aseguró de ello. Era preocupante que esa estrellita fuese tan displicente con su seguridad.
—Ya estoy aquí. ¿Todo en orden?
—Depende de qué llame orden —Lo miró y parpadeó, quitando los ojos de él entonces—. Su habitación está en el bloque C. Le enviaré el código por mensaje.
—Gracias
—Bien. —Ella maniobró con su tableta y Matt escuchó su teléfono sonar.
Eficiente. A tiempo. En control. La observó un momento más, y por eso no se perdió el gesto de disgusto ante el grito de Derek.
—Taylor, querida, ¿dónde está el vestido para el cambio de la tarde?
Le pareció escuchar que ella maldecía por lo bajo, pero no lo pudo asegurar. Taylor no había movido su boca. Pero sus ojos… Matt carraspeó para llamar su atención y entonces comprobó que los enormes faros castaños refulgían.
Oh, sí, había fuego debajo de la superficie.
—Donde te dije que estaría, Derek, querido.
Matt sonrió mientras se dirigía al bloque C.
La palabra querido sonó sacarina, pero estaba envuelta en fastidio.
Se concentró en mirar el entorno. Había múltiples lugares donde se podría esconder una amenaza.
En algún punto del perímetro, más allá de lo visible, había alguien que llevaba meses acosando a Natasha.
Encontró la habitación e ingresó el código. Adentro estaba fresco y olía a nada, pero estaba bien. Dejó el bolso en la cama. Se sentó. Miró el techo. Afuera, el desierto de Chihuahua se ponía rojo.
Bueno, cabrón, aquí estás. Más te vale focalizar en el trabajo. 21 días de filmación. Eso era todo. Días y noches largas en un desierto con egos crecidos que demandaban y tenían poca paciencia. Esto iba a ser… Interesante.