Matt. Agencia Pipen 4 CAPÍTULO 1
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Matt. Agencia Pipen 4

Matt. Agencia Pipen 4

Por Maya R. Stone

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CAPÍTULO 1

TAYLOR

Eso si, el de la cafetera tiene la temperatura ideal para Natasha, tal y como a aquella le gustaba. Taylor suspiró y rodó sus hombros. El cansancio que portaba eraantiguo, estaba adherido a sus huesos.

Ya había revisado e impreso la agenda del día, dos copias porque su hermana siempre perdía una a poco de comenzar la jornada. Mireo con ganas la taza de café en el borde del maquillador y contuvo el deseo de tomarse un instante para ella.

No hay tiempo, decidió. Había un email del equipo de producción marcado como urgente que necesitaba su atención. Algo adicional sobre las reglas del concurso, de ultimo momento. Sopleo con frustración y se conminó a reprimir el fastidio.

No era su tarea, pero el asistente de Natasha, Derek, llevaba meses redirigiendo parte de su carga de trabajo hacia ella.

¡Y vaya que eso si lo hacía con eficiencia!

Taylor resopló mientras caminaba hasta la zona de percheros y revisaba el conjunto que Natasha había elegido para las tomas de prueba: pantalón negro, blusa blanca estructurada y una chaqueta que costaba más de lo que Taylor ganaba en un mes de su propio negocio.

Está perfectamente planchado, determinó.

Inspiró hondo mientras cerraba los ojos, por un momento apostando a que la respiración cuadrada la ayudara.

Gracias a su profe de yoga que le había enseñado esta técnica tan sencilla y calmante.

Inspira por la nariz. Uno, dos, tres, cuatro.

Retiene. Uno, dos, tres, cuatro. Exhala, cuatro tiempos y cuenta cuatro más.

Repite. Listo. Ese instante era lo que podía dedicarse.

La suite olía a las flores frescas que consiguió con el servicio de habitaciones. Los ramos que compró la tarde anterior tenían un par de pétalos caídos y Natasha notaba ese tipo de cosas. Esto parece un cementerio, Tay, es deprimente. ¿No puedes hacer las cosas ciento por ciento? Es frustrante.

¡Vaya que dolían esas frases! Taylor se cansaba de los silencios ante lo que estaba perfecto y las críticas ante la mínima incorrección. Y aquí sigues, pendiente, sin elevar la voz como debes. Todo por una promesa.

No era solo por eso. No era tan simple. Ojalá. Amas a Shei… a Natasha, se recordó. Era así. No estaba tan segura de que fuese mutuo, empero.

Miró el reloj. Las 6.55. Natasha debía comenzar su jornada a las siete.

Cinco minutos era todo lo que necesitaba.

Estos instantes son los que aprovechaba para sumergirse en su propio trabajo, el de verdad.

El que creó y era su orgullo, el que la satisfacía y la hacía sentir viva y orgullosa de sí misma.

Su socia le escribió ayer dos veces para urgirla; había una decisión sobre el proveedor de packaging que no podía esperar hasta la noche. Empezó a tipear. Por primera vez en la mañana, durante aproximadamente trescientos segundos, Taylor Miller existía para algo que no era su hermana.

Cuando la puerta se abrió a las 7.05 minutos, el solaz se acabó. La reina comenzaba su periplo y los súbditos no podían mirar otro sol, ironizó Taylor tratando de imponer humor a su situación.

+++

NATASHA (Sheila)

Detestaba empezar el día tan temprano. Su piel lo sufría, su humor más. Le costaba despertarse y las ojeras se marcaban y le daban un marco sombrío a sus ojos.

Con la práctica nacida de los años realizó la limpieza e hidratación facial, se colocó la base fluida y el bálsamo de labios, se perfumó y envovió su cuerpo semi desnudo en la bata.

Su atuendo estaba en el vestidor, en las mejores condiciones, eso esperaba.

Para eso le pagaba una fortuna a Derek. No era como si este diera tres carajos, amparado en el poder que tenía sobre ella.

No, no iba a pensar en esto, tenía que lucir espléndida y la preocupación le generaba arrugas.

Avanzó por el pasillo con decisión y empujó la puerta, mirando en derredor.

La ropa estaba lista, olía divino y allí estaba el café.

Por supuesto que la que se había encargado era Taylor; Derek brillaba por su ausencia.

Hizo un gesto de fastidio. Comandaría a su hermana a hablar con el asistente, esto era inaceptable. Aunque fuese por las apariencias ese jodido tenía que sostener su rol. Hijo de perra.

Inspiró hondo y se concentró en la expresión de Taylor, que estaba focalizada en su teléfono.

Este era el verdadero termómetro. Mmm. Tenía esa línea entre las cejas y esa expresión distendida que significaba que estaba haciendo algo que no tenía que ver con Natasha.

Atendiendo su pequeño negocio de cajas y moños, seguramente.

Francamente, era molesto, no comprendía que Taylor tratara con seriedad desproporcionada algo tan.

.. modesto. Tan Taylor poder con todo. Avanzó con ruido y fue a la cafetera para servirse un café.

Lo sorbió con placer. Estaba perfecto. Su mirada se deslizó a las perchas y con la taza en la mano fue a ellas.

—Buenos días, Natasha. ¿Descansaste?

Empinó la taza y disfrutó el último sorbo, y asintió mientras dejaba caer la bata a sus pies y se vestía con eficiencia de movimientos para luego observarse en el espejo. Se dio la vuelta, posó en varias posturas.

Bien, estaba muy bien. El traje de chaqueta y pantalón le sentaba.

Gucci, su favorita. Sonrió con placer pensando en lo lejos que había llegado y cómo su yo adolescente la miraría si viajase en el tiempo y se presentase.

La pequeña Sheila estaría con la boca abierta. Natasha, recuerda, eres Natasha.

—El color te sienta —dijo Taylor mirándola con apreciación.

Por supuesto que si. Sonrió y ensayó una mirada seductora, luego giró y sus pestañas se abanicaron y ensayaron una expresión más ingenua. No era tan natural, pero pasaba. Batió su cabello y se calzó los tacones.

—¿Dónde está la maquilladora?

—Dijiste que no la necesitabas en la mañana.

—Claro que no dije eso, las ojeras se ven mal —se inclinó hacia el espejo y se apreció.

Sí había dicho que no la necesitaba, pero no importaba. Quería la atención de Taylor, no su distracción. No es como si le pagaras, sugirió su mente traidora que de tanto en tanto se aliaba con su hermana, pero ignoró el mensaje.

Tay era su familia, sangre de su sangre. Hermana a medias, pero ellas nunca lo vieron así. Taylor era su gente, su hermana. Se tenían una a la otra. Ella, Sheila… Natasha, se corrige. Natasha Morozova, no lo olvides, se insta.

Taylor cruzó la sala sin comentar y la ayudó a ajustar el cuello del conjunto un centímetro.

Luego le dio el corrector líquido y retrocedió mientras Natasha se retocaba.

Sentía los ojos que la miraban con esa expresión de espera tranquila que a veces Natasha encontraba reconfortante y a veces, como hoy, le resultaba insoportablemente fastidioso.

Claro que no era Taylor. Era que Natasha estaba nerviosa. Hoy empezaban las pruebas de cámaras, el reto se hacía real. No, no estaba nerviosa. Ella podía dominarse. No era su primer rodeo. Joder, había sufrido, penado y ganado en Alaska.

Esto era anticipación. Adrenalina. Un nuevo reto estaba al frente y ella debía brillar. Este reality era un paso más a la cima.

—¿Mejor? —pregunta Taylor.

—Mmm.

Movió el cuello con delicadeza mientras su mirada se encontraba a sí misma en el espejo.

Hoy empieza todo. Dieciséis horas de cámara.

Soy Natasha Morozova y soy exactamente lo que la audiencia necesita ver.

Hermosa. Atlética. Inteligente y graciosa.

La estrella emergente que tomará Hollywood por asalto.

Sheila Miller no existía. Sheila Miller era débil y fue enterrada a los diecinueve años, llena de deudas y decisiones que no se podían deshacer.

Sheila Miller creció en un condado cuyo nombre Natasha no pensaba en voz alta ni en su propia cabeza.

Sheila tenía un pasado que Natasha no podía cargar.

Natasha era luz, reflectores, dinero, fama. Presente.

Revisó su teléfono. Había cuatro notificaciones del área de prensa. Sonrió con deleite. Eran todas buenas noticias. La narrativa de esta temporada estaba tomando forma y ella la estaba controlando exactamente como necesitaba.

El teléfono de Taylor sonó fuerte y disruptivo.

La miró con una ceja elevada en silenciosa demanda que su hermana entendía bien.

Este día comenzaba la temporada del Challenge.

Necesitaba a Taylor en su mejor forma, no ocupada en sus insensatos sueños.

Natasha las llevaría a ambas a la cima. Taylor solo necesitaba cuidar de ella.

+++

El teléfono vibró por cuarta vez. Era Claudia, Taylor no necesitaba mirar la pantalla para saberlo. Su socia tenía esa persistencia amable de quien genuinamente cree que Taylor tenía vida propia, y en otro contexto eso sería enternecedor.

—¿Es importante? —preguntó Natasha sin levantar la vista de su propio teléfono.

Sus palabras demandaban un no por respuesta y abandonar a Claudia, pero aquella estaba acostumbrada a sus silencios de radio y a sus respuestas a deshoras.

Era lo que era. Comenzaba el día, de verdad.

Escondió las ganas de mandar a su hermana a tomar por culo y rebelarse y respondió lo lógico en este contexto.

—No.

Silenció y guardó el dispositivo y fue a la cafetera para verter dos cafés, y con ambos se acercó a Natasha en el ventanal. Bebió el oro negro y se relajó mientras la postura de su hermana se hacía tensa.

Los hombros, el ángulo de la cabeza, el rostro, todo se aclimataba a la cámara imaginaria siguiéndola, aunque la real no se encendiera hasta las nueve. Taylor lo conocía de memoria, ese momento en que los retazos de Sheila desaparecían y aparecía la estrella.

Recogió las dos copias de la agenda y se las entregó. Natasha las miró y asintió.

—Necesito que te quedes disponible hoy. Sin desaparecer con el teléfono.

—Sí.

Por supuesto, no osaré a salir de tu burbuja. Las palabras de su cabeza no portaban resentimiento. Llevaba suficiente tiempo siendo honesta consigo misma para saber que lo que sentía era más viejo y más complicado que el resentimiento.

Era el cansancio específico de querer a alguien con los ojos abiertos. Ver exactamente quién es, lo que toma de ti, lo que cuesta, y quedarte igual.

Cuídala, Taylor. Sabes cómo es. Frágil debajo de esa coraza.

La voz de su madre llegó sin anuncio, sin dramatismo. Con esa certeza tranquila de lo que Taylor aceptó a los dieciséis años sin entender del todo lo que firmaba. Natasha se volteó y la evalúo en dos segundos.

—¿Lista?

Taylor levanta su copia de la agenda y sonrió del modo perfeccionado en años: presente, eficiente, sin bordes.

—Siempre.