ELISE #2
Me coloco a horcajadas sobre él con cuidado, manteniendo el peso lejos de su costado izquierdo herido.
Me sostiene la cadera con la mano derecha y me observa con una expresión que hace que el aire entre nosotros parezca algo que podría tocar.
Bajo la mano y le tomo el miembro, acariciándolo lentamente hasta que deja caer la cabeza hacia atrás contra la almohada y su respiración cambia.
—Elise...
—Estoy aquí —tengo el sexo húmedo y no necesito preliminares. Solo lo necesito a él, así que cambio ligeramente de posición, sujetando la base de su miembro. Alineo la punta con mi entrada, y a los dos se nos escapa un jadeo cuando se desliza dentro, donde me detengo.
Tras un segundo, me bajo sobre su miembro lo bastante despacio como para que ambos sintamos cada centímetro.
Gime y dice mi nombre con voz ronca. Dejo de moverme solo para oírlo respirar mientras nos miramos a los ojos.
Me llena por completo, y esa plenitud me ancla de un modo que no esperaba, como si mi cuerpo estuviera recordando lo que significa estar a salvo.
Empiezo a moverme. El ritmo es lento y deliberado, nada que ver con la urgencia desesperada de la oficina o la necesidad hambrienta del sofá.
Me muevo despacio porque hoy mi cuerpo tiene límites, pero eso transforma nuestra unión de un modo que nunca había experimentado.
Esto es algo completamente distinto. Es placer, pero también es conexión y curación.
Me desliza la mano de la cadera a la curva del vientre, apoyándola plana contra la piel, y el gesto me hace saltar las lágrimas.
Traza círculos lentos con el pulgar mientras me muevo sobre él, y vuelvo a llorar, en silencio esta vez, con las lágrimas cayéndome por la cara porque no sabía que fuera posible sentir tanto a la vez.
—Te quiero —dice, mirándome con los ojos húmedos y sin barreras—. Te quiero, y la quiero a ella, y voy a pasar el resto de mi vida asegurándome de que las dos lo sepáis.
—¿Ella?
—Tengo un presentimiento.
Me río entre las lágrimas y me muevo más rápido, apoyando la mano derecha en su pecho mientras con la izquierda agarro el cabecero.
Él sigue mi ritmo en la medida en que su cuerpo se lo permite, levantando las caderas para encontrarse con las mías mientras me desliza la mano entre los pliegues.
Me acaricia el clítoris al ritmo de nuestras embestidas, y el placer va creciendo en olas lentas y concéntricas que nacen en lo más hondo y se expanden hacia fuera hasta que estoy temblando y jadeando con las palmas apoyadas en su pecho.
Me corro con su mano en mi sexo, susurrando su nombre. Él me sigue segundos después, apretándome la cadera mientras arquea el cuerpo bajo el mío. Se corre con un sonido áspero y ronco, algo entre una risa y un sollozo. Es lo más vulnerable que lo he visto nunca.
Permanecemos unidos durante mucho rato, sin que ninguno de los dos quiera moverse.
Apoyo la frente en su clavícula y escucho cómo se le va calmando el corazón.
Me desliza la mano derecha de la cadera a la espalda, trazando dibujos perezosos en mi piel, y el silencio entre nosotros es cálido y no necesita llenarse.
Nos acomodamos en una posición más cómoda, y pregunto:
—¿Cómo vamos a llamarla? —sigo apoyada en su pecho, ladeada para evitar su costado izquierdo.
Me pone la mano sobre el vientre.
—¿Estás segura de que es niña?
Sonrío.
—Tú dijiste que lo era.
Asiente.
—Tengo un presentimiento.
Sonrío, y el labio apenas me molesta.
—La verdad es que yo también. En mi cabeza ya la llamo «ella».
Se relaja un poco más. —Si estamos seguros de que es niña, me gustaría ponerle Marina, por mi madre.
Levanto la cabeza y lo miro. —Rose.
—¿Rose?
—Por nadie. Quiero que nuestra hija tenga un nombre que sea solo suyo, sin parientes muertos, sin obligaciones familiares y sin una carga que ella no eligió.
Lo considera un momento, recorriendo la línea de mi cadera con el pulgar. —Marina Rose.
—Rose Marina Sidorova. —Lo digo en voz alta para probarlo. Suena como alguien a quien me gustaría conocer—. Funciona.
—Puedo aceptar que Rose sea su primer nombre. —Arquea una ceja—. ¿Y si es niño?
—Entonces le ponemos un nombre que tampoco sea por nadie. Un nuevo comienzo. Sin legado que cargar. —Hago una pausa—. Con Alexander de segundo nombre.
Me mira. —¿Quieres ponerle mi nombre a nuestro hijo?
—Quiero que nuestro hijo lleve tu nombre porque te lo has ganado. No porque tu padre te lo diera ni porque el consejo lo espere. Sino porque eres el hombre que me preparaba el café cada mañana y organizó una incursión para rescatarme y traerme a casa.
No dice nada durante un largo rato. Presiona la mano con más firmeza contra mi vientre y me acerca más a él, apretando el brazo derecho a mi alrededor.
Rose Marina Sidorov... o Sidorova, si seguimos las convenciones rusas de los apellidos. Es un nombre con raíces y espacio para convertirse en quien quiera ser. Lleva consigo el amor que él siente por su madre sin cargar con las expectativas de nadie.
Alex posa la mano sobre la mía, cálida y pesada contra mi vientre. —Todavía podría ser niño.
Podría serlo, pero la intuición me dice que es niña. —No lo es.
Sonríe contra mi sien. —Entonces Marina Rose.
Cierro los ojos y me aferro a él, al silencio y al latido que escuchamos en una pantalla esa mañana. Por primera vez desde que me casé con Alex, el futuro no parece una amenaza acechando tras la puerta.