ELISE #2
—Querrás decir que no quieres decírmelo.
Otra pausa. —Lo siento, Elise. De verdad. Puedo pasarte algunos proveedores alternativos, si quieres.
Cuelgo y llamo a Gloria, mi distribuidora alternativa.
Puede cubrir el pedido, pero tardará cuarenta y ocho horas y costará un quince por ciento más, lo que significa que voy a andar corta de stock un sábado por la noche.
Los clientes VIP notan los estantes vacíos.
Los estantes vacíos hacen que el club parezca inestable. Los clubes inestables pierden reservas.
Todavía estoy lidiando con los plazos de entrega de Gloria cuando Jesse me encuentra detrás de la barra. —Elise, hay un inspector municipal en la entrada de servicio. Dice que necesita hablar contigo sobre un problema de ventilación.
—Pasamos la inspección hace tres meses.
—Ya se lo he dicho. Trae papeleo.
Cruzo la sala y encuentro a un hombre que no he visto en mi vida plantado justo dentro de la puerta de servicio, con un portapapeles, una placa municipal y ningún interés en si coopero o no. Ronda los cuarenta y tantos, aspecto pulcro.
—Señorita Hale, estoy realizando una inspección de seguimiento de sus sistemas de climatización y extinción de incendios. Hemos recibido una queja que señala posibles deficiencias de ventilación en sus zonas de cocina y almacenamiento.
Frunzo el ceño. —¿Una queja de quién?
—No estoy autorizado a revelar eso. Necesito acceso a su sala de máquinas y al sistema de extracción de la cocina esta noche, o tendré que recomendar un cierre temporal a la espera de una revisión completa.
Le quito el portapapeles y leo las infracciones.
Deficiencia de ventilación en el sistema de campana de la cocina.
Incumplimiento de normativa contra incendios en el área de almacenamiento B.
Ambos puntos pasaron la inspección de febrero sin ningún problema.
El papeleo tiene el formato correcto, el sello correcto, y es completamente falso.
Tomo fotos y le devuelvo el portapapeles. —Mi abogada se pondrá en contacto con su oficina por la mañana. No voy a conceder acceso en horario comercial por una queja que usted no quiere identificar.
—Está en su derecho. Anotaré la negativa y recomendaré un período de revisión de setenta y dos horas. Quizá le convenga consultar con su asesor legal sobre los plazos.
Sale por la entrada de servicio. Jesse está justo detrás de mí, a un metro, con los brazos cruzados. —Eso ha sido una mierda.
—Lo sé.
—Alguien lo ha enviado.
—Eso también lo sé. —Saco el móvil y le envío un mensaje a mi abogada con los números de las infracciones y una foto de la placa del inspector. Me dirá que se pueden impugnar, pero que el proceso lleva semanas, y mientras tanto, la amenaza de cierre basta para espantar a proveedores y clientes VIP.
El tercer golpe llega a las once.
Charlie llama, y su voz suena rara. Intenta parecer tranquilo, pero llevo leyendo el estado de ánimo de mi hermano desde que tenía quince años y no sabía ocultar unas malas notas.
—Dos tipos se me han acercado fuera del local esta noche, después de mi actuación.
—Intenta sonar despreocupado y no lo consigue—.
Me han preguntado si mi hermana sigue viviendo en el apartamento que figura bajo su LLC.
Conocían la dirección, Elise. Sabían en qué piso.
Me quedo paralizada. Luego agarro el borde del escritorio con tanta fuerza que me duelen los dedos. —¿Qué aspecto tenían?
—Los dos blancos, treintañeros, corpulentos. Uno tenía un tatuaje en el cuello, pero no pude ver qué era con la oscuridad. Fueron amables, lo cual de algún modo lo hacía peor.
—¿Dijeron algo más?
—Uno de ellos me dijo que te avisara de que Portland no permanece en silencio mucho tiempo, así que deberías pensar en tus opciones. —Hace una pausa—. ¿Qué significa eso?
Maldigo en voz baja. Debería asumir que es Alex atacándome desde otro flanco, pero no lo hago. No sé por qué estoy segura de que no es él, pero lo estoy. —Significa que estoy gestionando un asunto, y no tienes que preocuparte.
—Elise, dos desconocidos acaban de decirme que saben dónde vives. Claro que estoy preocupado.
Yo también, pero él no tiene por qué saberlo. —Voy a llamar a Talia para decirle que se vaya esta noche, y quiero que tú también te quedes en otro sitio. No vuelvas a ese local hasta que yo te diga que es seguro.
—No voy a salir corriendo porque dos tipos me hayan asustado.
Suena cabreado y demasiado valiente para mi gusto.
—No estás huyendo. Me estás dejando ocuparme de esto sin tener que preocuparme también por ti. Por favor, Charlie.
Se queda callado un buen rato. Su respiración me llega por el teléfono junto con el ruido de fondo del aparcamiento en el que esté, y odio cada segundo de esta conversación porque mi hermano tiene veintidós años y está asustado.
Yo lo he puesto en esta situación por ser visible en una ciudad que castiga a las mujeres que trabajan sin protección.
—Vale —dice—. Iré a buscar a Talia y la llevaré a un sitio más seguro. Nos quedaremos en un hotel o algo así esta noche. Mañana me llamas y me cuentas qué está pasando. ¿Trato?
—Lo haré.
—¿Me lo prometes?
—Te lo prometo.
Cuelga. Bajo el teléfono y me quedo ahí sentada hasta que me siento capaz de moverme. Espero no haberle mentido a mi hermano, pero tampoco sé qué puedo contarle sin ponerlo en peligro.
Después del cierre, me siento en mi despacho con las luces apagadas y la puerta cerrada con llave.
Talia y Charlie me han escrito en las últimas horas para confirmar que se han registrado en habitaciones del Hilton cerca del aeropuerto.
La playlist de cierre sigue sonando en la pista de baile vacía bajo mis pies.
El bajo vibra en el escritorio, la silla y las plantas de los pies.
El personal se ha ido. Rafa hizo una última ronda y se marchó hace veinte minutos.
Estaba molesto porque no le dejé esperarme para acompañarme al coche, pero aún voy a estar aquí un rato.
Le doy vueltas a la tarjeta de Alex Sidorov entre los dedos, en la oscuridad.
Hace cuatro días, Alex Sidorov disparó a Petrov en este despacho y me dijo que su gente se encargaría. Hace dos días, me advirtió de que el vacío se estaba llenando. Hoy me ha ofrecido un matrimonio que no pedí, y lo he echado porque la oferta me hacía sentir como una posesión.
Ahora mi suministro de alcohol está bloqueado, un inspector municipal amenaza con cerrar el club, y dos hombres le han dicho a Charlie que saben dónde duermo. Como comparto piso con Talia, eso también la afecta a ella.
La propuesta ya no suena teatral. Suena a cuenta atrás, y me estoy quedando sin razones para rechazarla que no tengan que ver con el orgullo.
No llamo al número. Todavía no. Me siento en la oscuridad con la tarjeta entre los dedos y me permito pensar en lo que significaría plantarme junto a Alex Sidorov y dejar que un juez me declare su esposa.
Pienso en el anillo, las apariciones públicas y la primera vez que tendría que besarme delante de gente que estará al acecho de cualquier fisura.
La idea no me asusta lo suficiente. La parte del beso, en particular, no me asusta en absoluto, así que es lo primero que aparto de mi mente, porque sentirme atraída por un hombre con el que estoy considerando casarme para sobrevivir es una complicación que no puedo permitirme.
Los límites los pongo yo. Él lo dijo. Todo lo personal irá en el contrato como línea roja. Esa será la primera condición que estipule, si tengo que hacer esto.
Guardo la tarjeta en el bolsillo y me acomodo en el sofá de mi despacho después de asegurarme de que el sistema de seguridad está activado. No quiero volver a mi piso esta noche después de esas amenazas, y estoy demasiado cansada para buscar un hotel.
Me acurruco en el sofá y me tapo con la manta que hay en el respaldo.
Todavía no me he decidido. Aún no sé si estaría aceptando un acuerdo o cayendo en otra trampa, pero se me acaba el tiempo para decidirme.
El orgullo no me salvará cuando aparezca el siguiente hombre, y ese no vendrá con una propuesta que me proteja.