21
Harper
SEBASTIAN ERA UN amante extraordinario. Se aseguraba de que sintiera cada caricia, cada roce, cada toque hasta lo más hondo de mi ser.
Nos quitamos los abrigos en el vestíbulo.
Se quitó la camisa al llegar a la entrada del salón, y mi blusa le siguió mientras tropezábamos y casi caíamos sobre el sofá.
Pensé que me tomaría allí mismo, pero estaba empeñado en subir.
Hasta que se detuvo en el segundo escalón y casi me arrancó los vaqueros al quitármelos.
Sus pantalones cayeron después mientras se llevaba mi pezón a la boca, devorando mi pecho izquierdo como un guerrero que reclama su botín.
Luego fueron mis bragas, y después sus calzoncillos.
El gemido que soltó cuando le acaricié la polla de arriba abajo me hizo sentir como una poderosa seductora.
Subimos a trompicones hasta el quinto escalón, pero entonces me aplastó contra la barandilla, todavía hambriento de mi otro pecho.
Lo dejé lamer y chupar mientras mis manos recorrían su nuca.
Su polla se frotaba contra mi muslo. Ya no aguantaba más, y él tampoco.
Me levantó la pierna y la enrolló alrededor de su cintura; mi coño rozó su polla dura, y su líquido preseminal dejó un rastro en la cara interna de mis muslos.
—Joder —susurré contra sus labios cuando me rozó el clítoris con la polla—. Te quiero dentro de mí.
Se echó un poco hacia atrás.
—Tenemos que... no llevo condón.
Apreté la pierna alrededor de su cintura.
—Tomo anticonceptivos. Y estoy limpia.
—Joder, Harper.
Volvió a presionar su miembro contra mi coño mientras sus labios me acariciaban el cuello y la mejilla. No me soltaba.
—Yo también estoy limpio. Me hice un chequeo hace poco. El médico me dijo que todo estaba bien —se rio nervioso.
Inclinó la polla y me penetró. Apenas pude aferrarme a él y a la barandilla mientras me llevaba al éxtasis.
Siguió besándome incluso cuando nuestros labios apenas se rozaban.
Cada vez que teníamos sexo, era como si me follara por última vez, y esta vez no fue distinto.
El sudor nos volvió resbaladizos, pero nos aferramos el uno al otro; era como si fuéramos uno solo.
Podía oír los latidos de su corazón como si fueran los míos, fuertes y rápidos, mientras me embestía.
El orgasmo me llegó rápido, y temblé contra él mientras estallaba. El suyo vino poco después, y los dos nos desplomamos sobre las escaleras. Quedamos hechos un lío de brazos y piernas, recuperando el aliento.
—¿Por qué cada vez que hacemos el amor parece la primera vez?
—No lo sé.
Me besó el hombro con pereza.
—Quiero que sea así siempre.
—No sé si podré cumplir esa promesa.
No entendía cómo había logrado mantener su atención durante tanto tiempo.
—No es cosa tuya.
Se levantó y me ayudó a incorporarme. Le tomé la mano, pero tenía las piernas tan flojas que me tambaleé y caí en sus brazos.
—Es cosa mía.
Me tomó en brazos y me llevó al dormitorio.
Hicimos el amor una vez más. Y otra. Y otra hasta la madrugada.
Dormimos hasta tarde. Me desperté con sus besos, y pensé que así quería despertar cada día.
Volvimos a hacer el amor, pedimos comida a domicilio, dormimos, nos despertamos, y así pasamos todo el fin de semana.
Cuando llegó el lunes, todavía estaba agotada hasta los huesos, pero había disfrutado cada minuto del fin de semana.
—Buenos días —dijo Sebastian, mirándome desde arriba con una bandeja en las manos. Solo llevaba los calzoncillos. Se me encendió la cara al ver su torso desnudo. Lo había visto desnudo tantas veces, y aun así, me sonrojaba.
—¿No deberías estar en el trabajo?
El sol que entraba por las persianas abiertas de par en par indicaba que pasaban de las nueve con creces.
—¿No deberías estar tú en el trabajo?
—¿Quieres que lo esté?
Su sonrisa pícara me derritió por dentro.
Negué con la cabeza.
—Tengo unos días libres.
Se metió en la cama y puso la bandeja entre nosotros.
—Te he preparado el desayuno.
Me incorporé y estiré los brazos y las piernas. Sebastian gimió, y me di cuenta de que me devoraba con la mirada. Me aclaré la garganta y examiné la bandeja. Huevos, beicon, y esta vez había preparado gofres en lugar de tortitas.
—Gracias.
Sonrió. Estaba encantado consigo mismo.
Y yo también. El desayuno estaba fantástico.
—¿Dónde aprendiste a cocinar un tío como tú? —pregunté después de acompañar el beicon y los huevos con un vaso de zumo de naranja.
Sebastian arqueó las cejas.
—Que sea rico no significa que no sepa cuidar de mí mismo.
—No sé yo —dije con retintín—. Tienes chef y todo.
—Bueno, es que me gusta comer mejor de lo que yo sé cocinar.
—No me puedo creer que elijas pasar así tu tiempo libre.
—En realidad, estaba pensando que podríamos salir hoy.
—¿En serio? ¿Adónde?
—¿Te apetece ir a una cala a hacer esnórquel?
Aunque lucía el sol, todavía hacía frío.
—No creo que hacer esnórquel en agua helada le siente bien a nadie.
—Hay otro hemisferio donde es verano, ¿sabes?
Ah, se refería a coger un jet privado e ir a otro país para una cita. ¿Me estaba pidiendo una cita? ¿Era eso? Pero antes de que pudiera procesar lo que quería decir, le sonó el teléfono, y torció el gesto al mirar la pantalla.
—Tengo que coger esto.
El tono de disculpa en su voz me llamó la atención.
—Es de la oficina.
Esperaba mi respuesta.
—Tranquilo. No voy a retenerte del trabajo.
—No me importaría que lo hicieras.
Sus ojos brillaron con una intensidad especial antes de darme un beso en la mejilla. Saltó de la cama y contestó el teléfono con fastidio. Me reí para mis adentros y salí de la cama yo también. La ducha me llamaba, y probablemente sería la primera vez desde el viernes que me duchaba sola.
El agua sentaba de maravilla, pero ya echaba de menos a Sebastian nada más entrar.
Tenía el don de dejarte marcada. La forma en que había adorado mi cuerpo el día anterior mientras me enjabonaba era algo en lo que no podía dejar de pensar.
Aparté el recuerdo de mi cabeza. Si seguía pensando en él todo el rato, iba a estar excitada constantemente.
Sebastian seguía hablando por teléfono incluso después de que salí de la ducha y de que terminé de vestirme.
Iba y venía por el dormitorio mientras hablaba con quien lo había llamado, entrando de vez en cuando a su oficina y volviendo.
Fueran cuales fueran sus planes, parecía que la llamada iba para largo.
Mi teléfono sonó. Sería la universidad. El chat grupal de la clase solía estar activo a esas horas.
Yo ya había entregado mis tareas, pero la mayoría no, y les habían dado una prórroga, así que ahora los que no habían hecho los deberes preguntaban a los que sí qué había que entregar.
Pensé en ignorarlo, pero podría perderme algo importante.
No era la universidad. Era Marcus.
Marcus: Estoy fuera.
Un segundo después, llamó el conserje.