19
Sebastian
TODAVÍA TENÍA la polla dura, y estaba odiando cada segundo de esta reunión. Podría estar dentro de Harper en este momento, y en cambio, tenía que escuchar a Kendra quejarse de Chloe.
—No te creo. ¿Tu niñera? ¿En serio? Eso es rastrero incluso para ti. ¿Tan desesperado estás que ahora vas a por la servidumbre? Pensé que no hacías ese tipo de cosas.
—No tengo ningún interés en recibir lecciones de una mujer que abandonó a una niña en un portal. Haga lo que haga yo, tú sigues llevándote el premio a la peor madre del mundo.
—¡Te la estabas follando en el ascensor! ¿Y si Chloe hubiera estado allí?
—¿Lo dices en serio? Tú montaste una fiesta con drogas en tu casa mientras ella andaba por allí.
Cerré la puerta del estudio, con la esperanza de no despertar a Chloe ni de que Harper escuchara la conversación. Kendra tenía un carácter mezquino, y tarde o temprano iba a decir algo vil sobre Harper. Mejor que no lo oyera.
—Para empezar, ¡no fue una fiesta de «drogas»! —Hizo comillas con los dedos alrededor de «drogas»—. Era una fiesta de cumpleaños normal de adultos, y ella estaba en otra habitación.
—Una fiesta de cumpleaños inocente donde resulta que alguien trajo coca. Además, es mi esposa.
Kendra dio un respingo. Tenía un don para hacerse la desconcertada cada vez que recibía información inesperada. Antes me parecía tierno, y en su momento fue la razón por la que me gustaba, pero ahora resultaba irritante. Aunque sus expresiones cómicas seguían teniendo gracia.
—¿Tu niñera? Te casaste con tu niñera. —Soltó una risita, las líneas de expresión luchando por sobrevivir alrededor de sus mejillas botoxeadas.
Se echó hacia atrás el pelo rubio playero, el traje blanco y dorado de Chanel haciéndola parecer mayor de sus treinta años.
Un yo más joven y más cruel lo habría señalado, pero hoy no estaba de humor.
Estaba feliz y a punto de follarme a una mujer que me interesaba cada vez más.
Quería mantener ese buen humor, y ella me lo estaba arruinando.
—¿Tienes algún problema con eso? —Fui al mueble bar del rincón y me serví un whisky.
—Eh, sí. —Se cruzó de brazos—. Si va a ser la madrastra de mi hija, necesito saber quién es, de qué va, y que no es una zorra cualquiera que recogiste de la calle.
—Mira quién fue a hablar. —Según el investigador que contraté, Kendra no había parado de dar fiestas durante los dos años posteriores al nacimiento de Chloe.
No me importa; no tiene nada de malo salir de fiesta, pero que actúe como si casarme con Harper me convirtiera en un ser inmoral cuando fue ella quien expuso a Chloe a desconocidos es ridículo.
—A todo esto, ¿qué haces aquí? A mí no me ves irrumpiendo en tu casa cada vez que quiero hablar con Chloe.
—Eso es porque la tienes tú la mayor parte del tiempo.
Le di un sorbo al whisky.
—¿Y de quién es la culpa?
Evitó mi mirada, como si de pronto le interesara mucho la vista de la ventana.
—Te dije que entonces no era el momento adecuado para hacerme cargo de ella. No estaba bien de la cabeza.
—Ni siquiera me avisaste, joder, Kendra.
¿Sabes que el conserje casi la manda a un centro de acogida?
Ya había llamado a la policía, convencido de que una niña que aparecía aquí diciendo ser mi hija tenía que ser algún tipo de estafa.
Dio la casualidad de que yo estaba en el edificio en ese momento.
¿Tienes idea de lo que podría haberle pasado a Chloe si no llego a estar?
No pretendía gritar, pero aquel día volvió a mi mente con una nitidez pasmosa, como si hubiera sido ayer.
Acababa de volver de un frustrante viaje de negocios a los Emiratos.
El jeque con el que estábamos negociando hacía exigencias descabelladas, y yo estaba al límite de mis fuerzas.
Llamé a la oficina con la intención de tomarme un par de días para recuperarme cuando recibí una llamada de la recepción del edificio.
Una niña que decía ser mi hija tenía una carta que solo me dejaría leer a mí, y estaba llorando en el vestíbulo.
No tenía sentido. Yo no tenía hijos. Al menos ninguno que supiera.
Bajé pensando que era una broma de algún amigo, solo para encontrarme a Chloe con los ojos rojos e hinchados, aferrando un sobre blanco con mi nombre.
Recuerdo su maleta rosa junto a ella, más brillante de lo que probablemente era en realidad.
Cuando el conserje le dijo que yo era el Sebastian Hawthorne al que buscaba, me entregó la carta. Era de Kendra. No leí mucho, pero recuerdo las palabras: Es tuya, y ahora es tu problema.
—No puedo creer que nunca me lo dijeras, ni siquiera cuando estabas embarazada —dije, más para mí mismo.
—Fue una época rara. Pensé... —se removió incómoda sobre sus tacones de gatito blancos—, pensé que alguien se haría cargo.
—A ver si lo entiendo. ¿Esperabas endosarle la paternidad de Chloe a otro? —Resoplé—. Cómo no.
—¡Venga ya! ¡No me vengas con esas! Tú y yo nunca fuimos nada serio. Estuvimos entrando y saliendo durante toda nuestra desastrosa relación. Te acostabas con otras mientras salías conmigo.
—Tú también.
—¿Cómo iba yo a saber que ibas a resultar ser un padre responsable?
—Así que lo admites. Yo sería mejor padre y me merecería más a Chloe.
Puso los ojos en blanco.
—Lo que sea. ¿Dónde está Chloe? Tengo que llevármela; el jet está esperando.
—No te vas a llevar a mi hija a ninguna parte.
—Perdona por querer llevarla a un viaje maravilloso. Pobre Chloe, tener que ir a Disneyland con su madre.
—No puede. Acaba de volver de Suiza. Fuimos hace una semana. Es demasiado viaje para una niña.
—¡Voy a ir a Disneyland! —La puerta se abrió de golpe y Chloe entró como una exhalación. Harper venía justo detrás, con los brazos extendidos, intentando atraparla. Se detuvo en el umbral con cara de culpabilidad. ¿Habría oído parte de nuestra conversación? ¿La mayor parte?
—Chloe, mami y papi están ocupados —dijo Harper, pero a Chloe le dio igual. Corrió hacia su madre y la abrazó. Kendra la estrechó como si no la hubiera visto en años.
—¡Cómo está mi pequeñita! —Hizo girar a Chloe, que rio y chilló. Suspiré. Ahora que Chloe había visto a su madre y se había enterado del viaje, iba a querer ir.
—Cariño —le dije a Chloe—, ¿puedes dejarnos un momento? Tenemos que hablar de unas cosas.
Chloe se encogió de hombros con gesto teatral.
—¿Cosas de mayores?
—Sí, ahora déjanos solos, por favor.
Kendra la retuvo un poco más entre sus brazos y, a regañadientes, la dejó marcharse con Harper.
Ambas se fueron, pero no sin que Harper me lanzara una mirada furtiva. Todavía llevaba puesto ese sexy vestido negro que me moría por arrancarle. Deberíamos haberlo hecho en el coche. Al diablo con Daniel. Tomé nota mental de comprar un coche con espacio de sobra en la parte de atrás y una mampara.
Kendra se volvió hacia mí con los brazos cruzados y una sonrisa de suficiencia que me habría irritado si no hubiera estado pensando en otra persona.
—¿Ves? Quiere estar con su madre.
—Por favor. Lo que quiere es ver a algún empleado de Disney disfrazado de Elsa.
—Entonces, ¿podemos ir?
Estaba rogando. Suplicando. Un yo menos maduro se habría regodeado con este resultado.
La habría hecho suplicar más. Pero me parecía innecesario.
Puede que no fuera la mejor madre del mundo, pero de verdad quería estar con su hija.
Y Chloe estaba de vacaciones, al fin y al cabo. ¿Por qué no dejar que las aprovechara?
—Siempre y cuando no la presentes a tu camello de Florida, puedes llevártela.
Kendra ni siquiera se dio por aludida. Saltó, radiante, con los brazos abiertos.
—¡Gracias!
—Solo puedes llevártela una semana, nada más.
—De todas formas, ese es el tiempo que íbamos a estar fuera.
Salió del estudio casi igual que Chloe. Es curioso cómo las dos tenían esos arrebatos de energía cada vez que estaban contentas.
Antes pensaba que era cosa de Chloe por ser niña; resulta que es genética.
La oí hablando emocionada junto a la puerta del estudio, así que Chloe no se había alejado mucho.
Seguramente había obligado a Harper a esperarla fuera.
Cuando me reuní con ellas en el pasillo, comprobé que tenía razón.
Kendra estaba de rodillas acariciándole los brazos a Chloe, y Harper permanecía detrás de la niña, observando a Kendra.
—¿Es verdad? —preguntó Chloe emocionada—. ¿Puedo ir a Disneyland ya? Harper dijo que aún no lo sabíamos y que a lo mejor era dentro de una semana, ¡pero mamá dice que puedo ir ya!
—Sí, puedes ir.
Chloe se puso a dar saltos y corrió a su habitación, seguramente a hacer la maleta. Harper la siguió, probablemente para supervisarla. Estaba en esa edad en la que quería hacer sola la mayoría de las cosas cotidianas, pero aún necesitaba que alguien la vigilara.
—Supongo que echaba mucho de menos a su madre —dijo Kendra mientras veía a su hija desaparecer en su habitación.
—Quiere ir a Disneyland. No sé cuántas veces tengo que repetírtelo.
Kendra negó con la cabeza.
—Siempre te las arreglas para socavar nuestro vínculo.
—Eso lo hiciste tú solita.
No me explico cómo pude pensar que era alguien con quien pasar el resto de mi vida. No sé en qué estaba pensando. Ty dice que pensaba con la polla durante mi época con Kendra, pero creo que estaba bajo otro tipo de hechizo.
Echando la vista atrás, no logro entenderlo.
Era buena cuando la necesitaba, pero nada más.
Nunca nos llevamos bien cuando estábamos juntos.
Pensé en la noche que pasé junto al fuego con Harper.
No le había contado mis secretos más profundos y oscuros —no es que los tuviera—, pero había compartido con ella una parte de mí que nunca había compartido con nadie, y no me arrepentía.
Es más, quería que supiera más de mí, y yo de ella.
Curioso, ¿no? Creía que era un ser puramente sexual, pero el recuerdo que me venía una y otra vez de aquella noche era Harper y yo hablando.
Cuando Chloe y Kendra se marcharon, fui a mi habitación con la esperanza de retomar aquel explosivo encuentro del coche y el ascensor, pero me encontré a Harper profundamente dormida.
Maldita seas, Kendra. No solo se había llevado a mi hija, sino que también me había dejado a dos velas.
Me metí en la ducha fría y me masturbé pensando en la mujer que dormía en mi cama.
Con Chloe fuera una semana, iba a asegurarme de quitarme a Harper de la cabeza de una vez por todas. Esta vez lo conseguiría.