18
Harper
¿CÓMO ME HABÍA encontrado? Hice todo lo posible para alejarme de él, y de alguna manera terminé en la misma sala que él.
¿Cómo consiguió siquiera una reserva? El Marcus que yo conocía no podía permitirse ni un vaso de agua en un lugar así, y mucho menos comer allí.
Sin embargo, no estaba solo. Estaba con otros dos hombres cuyos tatuajes en el cuello no los hacían parecer precisamente hombres de negocios respetables.
¿Así fue como entró? ¿Qué hacía allí? ¿Estaba metido en algún tipo de red criminal clandestina?
No me sorprendería. Siempre había estado coqueteando con la ley y saltándose las normas.
—¿Estás bien? —Sebastian me sacó de mis pensamientos.
Asentí. Estábamos en el Bentley de camino al ático. Por un momento había olvidado dónde estaba. No sabía cómo había conseguido terminar la cena sin que me diera un ataque después de verlo.
—Te quedaste callada hacia el final —dijo.
—Lo siento.
—No te disculpes. Gracias a ti conseguimos ese trato.
—No creo haber hecho nada.
—Kate no habría dicho que sí si no fuera por ti.
Extendió las piernas todo lo que el coche le permitía.
—No tienes ni idea de lo difíciles que eran antes de esta noche.
Pensé que se irían con la otra empresa. —Sacó el teléfono—.
Espera a que Ty se entere de esto. —Llamó a su hermano, pero al cabo de un rato volvió a guardarse el teléfono en el bolsillo—.
El muy cabrón seguro que me está ignorando por atreverme a ir a por los Park.
¿Sabes que los llamó una ballena blanca?
No creía que fuéramos a conseguir el trato.
—¿Qué? Tu edificio es increíble. El diseño es único. Cualquiera que lo rechazara estaría loco.
—Es muy caro. —Me dijo una cifra que me dejó con la boca abierta.
—Pero no parecían preocupados por el dinero, ¿no? Supongo que entendieron lo que hace falta para construir algo tan hermoso.
El coche avanzaba veloz por la carretera, las luces amarillas parecían hilos a nuestro paso.
Me alegraba poder hacerlo feliz, aunque estaba deseando salir de allí.
La presencia de Marcus había arruinado lo que hasta entonces había sido una cena estupenda.
Tenía la maldita costumbre de arruinarlo todo.
—¿Qué fue lo que te dejó helada hacia el final? —preguntó de nuevo. Esperaba que lo hubiera olvidado—. Estabas bien hasta el plato principal. ¿No te gustó la comida?
Se me escapó una risa nerviosa. —Sí me gustó. Me pareció ver a alguien conocido. —No se me ocurrió ninguna mentira a tiempo, y esa fue la única razón plausible que pude dar para mi reacción sin contárselo todo.
Levantó una ceja. —¿Un ex?
¿Acaso lo había adivinado? —¿Qué te hace pensar eso?
Se encogió de hombros. —Por cómo tu cuerpo quería escapar, pero sin montar una escena. Conozco esa sensación. Ya he pasado por eso.
Por supuesto que sí. Un mujeriego como él seguro que se había cruzado con muchas ex con las que no quería estar en la misma habitación. El recordatorio solo consiguió que me sintiera patética. Pronto iba a ser una de esas ex, si no lo era ya.
—Claro. Debería haberlo imaginado.
Sebastian hizo una mueca. —No pretendía sacar a relucir mi pasado así.
—No tienes que disculparte. Tampoco es que tú y yo seamos algo, ¿no?
—¿No lo somos? —El tono grave y ronco que usó hizo que todo mi cuerpo temblara, pero entonces la parte más racional de mí tomó el control y me enfadé.
—No lo sé —dije, exasperada—. Pensé que habías acabado conmigo después de Suiza. Fue exactamente lo que dijiste.
—Uf. Lo sé —Sebastian se pasó la mano por el pelo, lo que le daba un aspecto irresistiblemente salvaje—.
Pensé... He estado intentando evitarte. Créeme, no quiero sentirme así todo el día.
Pensé que si te hablaba menos, si te ignoraba, la sensación desaparecería.
Pero esta última semana ha sido una tortura.
No puedo dormir sabiendo que estás a mi lado.
Sabiendo que si alargo la mano para tocarte, estaré en los brazos de la mujer que me dio la mejor noche de mi vida.
—¿No podías dormir?
Asintió.
—Yo tampoco —dije—. Pensé que ya no me deseabas.
Me tomó de la mano y me deslizó por el asiento hasta quedar medio sentada en su regazo y medio en el asiento.
Me sujetó la barbilla y me inclinó hacia él hasta que no pude evitar mirarlo a los ojos.
Eran diamantes encendidos por el deseo. Reclamó mis labios, y todo pensamiento desapareció de mi cabeza.
Sus labios eran como fuego contra los míos.
Me quemaron la boca y todo el cuerpo cuando su lengua se adentró para encontrarse con la mía.
Llevé la mano a su cuello, aferrándome a él con todas mis fuerzas mientras me besaba como si fuera su último día en la tierra y yo fuera su último deseo.
Era como un hombre que me necesitaba para sobrevivir.
Y yo que pensaba que me había descartado.
El beso me demostró lo equivocada que estaba.
No me di cuenta de que su mano había bajado a mis muslos hasta que la sentí deslizarse hacia mi centro.
Sus dedos provocaron un cosquilleo en mi sexo con solo rozar mi ropa interior.
De pronto fui consciente de dónde estábamos y de que no podría mirar a Daniel a la cara por la mañana si Sebastian y yo teníamos sexo en el coche.
Lo aparté y me deslicé hacia el otro extremo.
Su rostro se descompuso. Parecía decepcionado.
—No podemos hacerlo aquí. —Miré a Daniel, que mantenía la cabeza rígida como una tabla, con la vista fija en la carretera.
Sebastian se animó. —Ah, vale. —Me tomó de la mano—. Ya casi hemos llegado, de todas formas.
Tenía razón. El coche estaba entrando en el edificio.
Salimos de la mano y entramos en el ascensor sin soltarnos, pero cuando las puertas se cerraron y él introdujo la llave, me atrajo hacia él y me besó.
Me besó con voracidad mientras sus manos recorrían mi cuerpo de arriba abajo, bajando hasta atrapar el dobladillo del vestido y levantarlo para colarse dentro de mis bragas.
Gemí contra sus labios cuando me acarició el clítoris, y él gruñó en respuesta.
Su polla estaba dura, presionando contra mi centro.
Ding.
Las puertas se abrieron, y la señora Andrews estaba en el vestíbulo, mirándonos fijamente. Kendra también.