17
Harper
TAL COMO PREDIJE, las cosas volvieron a ser como antes cuando regresamos de los Alpes.
Sebastian parecía haberse curado de su mal, y ya no me prestaba más atención que la estrictamente necesaria, siempre con la más fría cordialidad.
Mientras tanto, yo lo anhelaba más que nunca.
Cuanto más crecía la distancia entre nosotros, más lo deseaba.
No creo haber deseado jamás las caricias de otro hombre tanto como las suyas.
Y él no me dedicaba ni una mirada. Ni siquiera un roce fugaz que demostrara que pensaba en mí.
Es más, estaba segura de que había olvidado por completo lo que vivimos en los Alpes.
Hasta Jean notó que algo había cambiado entre Sebastian y yo.
—¿Qué tal las vacaciones? —me preguntó una semana después de nuestro regreso.
Yo estaba en la cocina preparándome un té mientras Chloe dormía la siesta. Jean acababa de llegar a trabajar, pues ese día empezaba por la tarde. Entró cargada de bolsas de la compra, que la ayudé a dejar sobre la encimera.
—Bien —dije mientras sacaba las frutas y verduras y las guardaba en la nevera.
—¿Ajá? —dijo con una sonrisita cómplice.
—¿Qué pasa? —pregunté, con la sensación de que se estaba burlando de mí.
Se encogió de hombros.
—Nada.
Se estaba burlando de mí. Supongo que durante la última semana se me había notado a leguas lo que sentía por Sebastian, y pensaba que era una estúpida por haberme liado con él.
La verdad es que no había sido nada sutil.
Cada vez que él entraba en una habitación, lo percibía al instante y mis ojos se iban solos hacia él.
En más de una ocasión, Jean o la señora Andrews me habían pillado mirándolo embobada.
Una vez los sorprendí hablando de mí. No llegué a oír exactamente qué decían, pero era algo así como: «Es igual que las demás».
En aquel momento no dije nada, pero ahora no pensaba quedarme callada, sobre todo teniendo en cuenta que Jean me había tenido entre ceja y ceja desde que llegué.
—No ha sonado a nada. —Por mucho que lo intenté, no pude disimular el dolor en mi voz.
Su expresión se ensombreció, tornándose seria y arrepentida.
—Mira, olvida lo que he dicho.
—A estas alturas ya no puedo. Más vale que lo sueltes. Lo que sea que estés pensando.
Suspiró y se frotó la frente.
—Lo siento; la culpa es de él, no tuya. Esto tenía que pasar tarde o temprano. Así es él. Primero despliega todo su encanto y te hace sentir como si fueras la única mujer del mundo, y luego te da la espalda en cuanto se cansa de ti.
Joder. Había descrito mi experiencia al dedillo.
—¿Estuviste con él? —Eso explicaría por qué no le caía bien. Seguramente pensaba que le estaba quitando a su hombre. Y en cierto modo, así era. Al menos desde su punto de vista.
Jean resopló.
—¿Yo? ¡No!
—Pero pensé...
—Salió con una amiga mía. De hecho, gracias a ella conseguí este trabajo. Él no me interesa en ese sentido. Además, tiene la norma de «no acostarse con el servicio».
Me miró de arriba abajo.
—Hasta ti, por supuesto.
Siguió guardando la compra.
—No te agobies; al menos puedes decir que te acostaste con Sebastian Hathorne. Y encima te llevaste un anillo de propina. No muchas pueden decir lo mismo.
Bajé la vista hacia el enorme anillo de rubí al que ya me estaba acostumbrando. Ojalá fuera de verdad. No recordaba qué decían las capitulaciones, pero dudaba que pudiera quedármelo cuando todo esto acabara.
—¿Cuánto tiempo salió tu amiga con él?
—Ya sabes cómo es. Tres meses y estás fuera. Ella duró dos. Por lo que sé, intentó que formalizara la relación y le salió el tiro por la culata.
Qué curioso. Mis tres meses desde la boda estaban a punto de cumplirse. Por lo visto, así funcionaba él.
Jean se volvió hacia mí y entrecerró los ojos.
—Pero ¿por qué se casó contigo? Eso es lo que no entiendo.
—¿No crees que pueda estar enamorado de mí? ¿Tan imposible te parece?
Cruzó los brazos y arqueó las cejas como diciendo: «¿Por quién me tomas?».
—Vale. Fue un matrimonio de conveniencia.
—Vaya. ¿Por tu parte o por la suya?
—Por la suya. Pero es todo lo que puedo decir.
—Por fin dices la verdad. ¿Por eso empezaste como niñera? No te comportas como una niñera profesional al uso.
El corazón me dio un vuelco.
—Yo no... él no planeó esto. Surgió sin más, créeme. En cuanto a mi trabajo, simplemente tengo otro enfoque.
Levantó las manos.
—Oye, no critico tu trabajo. Solo digo que lo he visto hacer de otra manera.
Y no estoy segura de que sea lo correcto.
El niño de mi último trabajo parecía traumatizado por la niñera.
Le obligaba a hacer de todo: idiomas, ejercicios de lógica, y el crío solo tenía cuatro años.
Y a los padres les daba igual. Ahora que lo pienso, puede que fueran ellos los principales responsables del trauma.
Se quedó pensativa, con la mirada perdida. Al cabo de un momento, negó con la cabeza y dijo:
—En realidad, tu relación con él me da igual; eres mayorcita. Pero deberías andarte con ojo.
—¿En serio? Al principio, cuando llegué, pensé que me odiabas por ser... no sé, ¿cómo decirlo? Falsa.
—Bueno, al principio desconfiaba, pero no sé, no pareces de las que... —dijo, bajando la mirada como avergonzada—. Estafan a la gente. No sé en qué estaba pensando.
Respiré aliviada. No era de las que estafan a la gente, pero sí de las que fingen ser quien no son. ¿Acaso eso no era también una estafa? Preferí no darle vueltas. Solo de pensarlo me ponía nerviosa y más recelosa aún.
—No pasa nada. ¿Qué te hizo cambiar de opinión?
—Chloe. Hablar con Chloe. Y esto.
Sacó una hoja de papel del bolso. Supe enseguida lo que era.
Chloe le había dado una tarjeta de cumpleaños justo antes de irnos a los Alpes.
Me preguntó si podía hacer algo por ella después de que le contara que se acercaba su cumpleaños.
Yo le sugerí que hiciera la tarjeta y la dejara en la cocina para que Jean la encontrara.
—Ha mejorado desde que la cuidas. No está malcriada, pero tampoco es ese autómata en que se convierten algunos niños ricos de su edad. Eres buena en tu trabajo.
—No sé si tanto. Hago lo que puedo.
—Eres buena para ella. Quizás eso fue lo que él vio en ti. Entonces, ¿qué hay de la «conveniencia»? —Arqueó las cejas con picardía.
¿Qué pasaría si se lo contara? Estaba empezando a tener buena relación con Jean, mejor que con nadie desde que dejé Miami.
¿Lo entendería? Sentía lástima por mí, y quería decirle que le estaba haciendo un favor a él y que no era una niñera indefensa que creía poder atrapar y retener a uno de los solteros más codiciados de Nueva York. Pero no era mi secreto.
—No creo que pueda decirlo.
—¿Tiene que ver con la batalla por la custodia?
No dije nada.
—Lo entiendo. Y no te preocupes, no le diré a Sebastian que me contaste nada.
—Gracias.
Y así, sin más, sentí que había hecho una amiga en esta casa.
Terminamos de guardar los víveres y luego me senté en la barra a ver una serie en mi iPad mientras ella preparaba la cena.
Le gustaba hacer elaboradas comidas de cinco estrellas que tardaban un buen rato en prepararse.
El otro día hizo un estofado de ternera que se cocinó durante ocho horas, pero estaba tan jugoso y delicioso que se hacía la boca agua, y las ocho horas dedicadas a prepararlo quedaban completamente justificadas.
Nunca había probado un estofado tan sustancioso y bien hecho.
Había intentado ofrecerme a ayudarla, pero siempre se negaba.
No quería que aficionados arruinaran sus platos, según le dijo a la señora Andrews cuando esta se ofreció a ayudar.
Apareció una notificación que interrumpió una escena muy buena. Era de Sebastian.
Sebastian: Prepárate para cenar a las siete. Es una cena de negocios con un cliente potencial. Dile a Jean que prepare comida solo para Chloe.
Yo: Ya estaba preparando una comida.
Sebastian: [emoji de cara triste] Seguro que es mejor que lo que vamos a comer nosotros.
Yo: ¿Y Chloe? ¿No necesitarás a alguien que la cuide?
Sebastian: Vendrá la señora Andrews. Se lo diré a Jean.
Unos minutos después, Jean soltó una maldición. —Al parecer, solo Chloe va a disfrutar de mi mejor cocina.
—Y la señora Andrews —añadí.
—Es demasiado amargada para disfrutar de nada. Estoy convencida de que esa mujer no tiene papilas gustativas. —Jean dejó caer los hombros y fue a guardar todos los ingredientes que había sacado.
—No tienes que guardarlo todo —dije.
—Mis talentos se desperdician con la señorita Nuggets y la señora Sin Paladar. No, esto lo cocinaré otro día.
Me reí y me levanté. Necesitaba buscar algo que ponerme para una cena de negocios.
Cuando la asistente de compras que contrató Sebastian compró toda la ropa que ahora llenaba mi lado del armario, no me fijé en qué prenda correspondía a cada ocasión.
Todo pasó muy rápido, y lo único que sabía era que había comprado diez de todo.
Esas fueron las instrucciones explícitas que le dio a Sebastian: diez o más para cada ocasión.
Y las ocasiones abarcaban desde viajes en yate a Santorini hasta vacaciones de esquí en los Alpes.
Encontré un vestido negro que parecía apropiado para la cena.
Incluso tuve que buscarlo en Google para asegurarme de que no era un vestido de cóctel en lugar de uno de cena.
Fui al baño a arreglarme. Terminé en tiempo récord y tuve que esperar hasta las siete en punto.
Él no subió. Estaba en el coche esperándome, decía el mensaje que recibí.
Cuando entré en la parte trasera del Bentley, Daniel conducía y Sebastian estaba impecable con un traje diferente, más informal que el que llevaba por la mañana cuando salió.